El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 18
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–¿ S eguro que no supondrá un problema? —me pregunta Tuleen, estudiando con incertidumbre la placa ante nosotras.

«Roshar Hammad. Sastre real.»

—Segurísimo. —Doy unos rápidos golpecitos en la puerta—. Y quería disculparme otra vez por el retraso —digo.

Teníamos que habernos encontrado con Roshar hace tres días, pero el príncipe Balior insistió en que saliésemos a cabalgar por la ciudad.

Luego se vio a otro umbrandante por los terrenos del palacio, por lo que Tuleen y yo tuvimos que refugiarnos en nuestros respectivos aposentos hasta que se anuló la amenaza.

—No pasa nada, de verdad —replica ella—. Me alegro de que Roshar haya encontrado un hueco para nosotras.

En menos de un latido, la puerta se abre. Las gafas de montura ancha de Roshar amplían sus ojos de largas pestañas. Lleva una túnica de un vívido color anaranjado y pantalones de tono azul como contraste. Esboza una gran sonrisa en presencia de Tuleen.

—Su alteza. —Le hace una profunda reverencia a mi cuñada—. Y su otra alteza.

Y me hace una reverencia aún más profunda a mí, el muy cretino.

—Tuleen, me gustaría presentarte formalmente a Roshar Hammad. —Lo señalo con un gesto al tiempo que él se yergue y se recoloca el pelo—. No solo tiene un gusto excelente en moda, sino también en repostería.

Tuleen esboza una sonrisa tímida.

—Llámame Tuleen, por favor —dice.

¿Tutearse con la futura reina de Ammara? Roshar parece a punto de desmayarse.

—Pasad. Roshar tiene que ver con qué hay que trabajar.

Dentro de su taller, mi cuñada examina con curiosidad los numerosos modelos sin terminar.

Una túnica de cuello alto y perlas incrustadas le llama la atención.

La anchura de los hombros indica que se trata de una prenda masculina, y los adornos sugieren que se va a lucir en algún acontecimiento importante, probablemente una boda o un funeral.

Roshar, por su parte, agarra la cinta de medir y empieza a dar vueltas alrededor de Tuleen, mordiéndose el labio inferior.

—Tienes una figura preciosa, muy menuda. —Se detiene y ladea la cabeza aquí y allá—. Estoy pensando en una cintura imperio, y tela fina en el corpiño. Nada de plisado. No queremos que la futura reina de Ammara parezca anticuada.

Sin dejar de hablar, se saca un cuadernito del bolsillo y empieza a anotar ideas con carboncillo. Luego cierra de golpe el cuaderno.

—Querida, voy a tomarte las medidas y a sacar algunas muestras de tela, ¿te parece?

Aturdida, Tuleen asiente. Roshar corretea hasta el otro extremo de la habitación.

—Suele tener ese efecto en la gente —le digo yo.

—¡Ah! —Tuleen se sobresalta, y se lleva ambas manos a la boca—. Me he olvidado de decirle cuál es mi color favorito.

Yo la agarro del brazo antes de que pueda acercarse a Roshar. Niego con la cabeza en gesto de desaprobación.

—Yo no lo haría —susurro.

—¿No? —Baja la voz al mismo tono que el mío—. ¿Por qué no?

—Solo hay dos cosas que tienes que saber sobre Roshar. La primera es que odia el color gris. Lo desprecia por completo. —C uriosamente, jamás vuelve a oírse hablar de quienes le encargan un vestido o una túnica gris—. La segunda es que no le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

Mi cuñada da un paso atrás, sorprendida.

—Pero yo no le voy a decir lo que tiene que hacer. Solo he pensado que, si sabe cuál es mi color favorito, el proceso le resul­tará más fácil… —Tuleen deja morir la voz al ver que yo niego ­lentamente con la cabeza—. ¿No?

—No. —Le paso un brazo por la espalda y la alejo de Roshar, por si acaso se le ocurre cometer alguna imprudencia—. Esta es la decisión correcta —le aseguro—. Confía en mí. Roshar jamás me ha fallado. Tiene un don. Tu vestido será asombroso, independientemente del color o el estilo que tenga.

Mientras Roshar se entretiene cortando telas, Tuleen y yo tomamos asiento en los sillones junto a la ventana.

Más allá de los muros del palacio, las calles ya han empezado a transformarse para el festival.

Miles de flores decoran las aceras y los tejados de las tiendas.

Yo echo un vistazo al patio ahí abajo y se me encoge el corazón. No hay señal alguna de Notos.

—¿Desde cuándo conoces a Roshar? —pregunta Tuleen, acomodándose en el sillón.

—Desde hace más o menos una década. Era la única persona aparte de Fahim dispuesta a aguantarme.

Y diez años después, sigue siendo mi amigo.

Tuleen mira por encima del hombro y lo ve sacar una pila de telas, con el carboncillo entre los dientes. Roshar rodea la mesa, murmurando para sí, e inclina la cabeza para garabatear un breve esbozo en su cuaderno.

—Parece que su trabajo le apasiona.

—En general es una persona apasionada, sobre todo en cuanto a la moda. Por cierto, ¿tienes un Zarqan?

Tuleen me mira, claramente confundida.

—Sí.

—No se lo digas. Está obsesionado con esos bolsos y podría quitártelo sin que te des cuenta. —Hago una mueca sonriente para demostrarle que estoy más o menos de broma. Tuleen se ríe—. No digas que no te he advertido.

Roshar le pide a Tuleen que se acerque para tomarle las medidas.

Yo me quedo sola mirando por la ventana, sumida en mis pensamientos.

No he hablado con padre desde ese arranque emocional.

Me he pensado si debería disculparme, pero gritar al vacío me ­duele.

Y me duele aún más saber que es posible que jamás se oiga mi voz.

Unos minutos después, Tuleen vuelve a tomar asiento en el sillón.

—¿Qué tal va tu compromiso? —pregunta en tono quedo.

Ay, dioses. Mi compromiso —mi falso compromiso— no es el tipo de tema de conversación en el que quiero entrar. Sin embargo, he tratado bastante mal a Tuleen desde que regresó a Ishmah. No se merece el veneno que yo misma me he tragado.

—Sinceramente —me hundo aún más en el mullido sillón—, no va muy bien.

Tuleen parece sorprendida ante esta respuesta tan honesta, aunque hace lo posible por disimularlo.

—Siento mucho que sea así.

Me pongo de mal humor. Las últimas semanas han sido un absoluto suplicio. El tormento de dormir en los aposentos adyacentes a Notos, de oír cada ruido de su colchón al otro lado de la pared… No he dormido bien desde que se instaló.

—Es normal, ¿no? —Alzo la mano en un ademán indiferente—. Las relaciones necesitan esfuerzo. Todos tenemos malas rachas, ¿no?

La futura reina de Ammara no parece estar de acuerdo.

—Discúlpame si esto está fuera de lugar, pero… me da la impresión de que el Viento del Sur y tú ya habéis tenido malas rachas. —Escruta mi rostro, con ojos amables pero inquisitivos—. ¿Me equivoco?

Me sorprende que Amir no se lo haya contado todo a su esposa. Por otro lado, a mi hermano no le gusta hablar del Viento del Sur.

—Hace años fuimos amantes. No nos… no nos separamos en buenos términos. —De hecho, yo no supe que nos habíamos separado hasta que Notos desapareció—. No esperaba que regresase.

Mi mandíbula se tensa. La obligo a relajarse.

El rostro de Tuleen se suaviza con una compasión que no he presenciado a menudo. Siento su calidez al tiempo que reprimo el impulso de salir huyendo a esconderme.

—Estás enfadada con él.

Estoy enfadada con Notos, con padre y con mis circunstancias. El Viento del Sur no se merece mi ira. Eso lo sé. Intento ser mejor persona, dejar atrás el pasado. Sería mucho más sencillo si parte de mí —una parte más grande de lo que quiero admitir— no siguiese ansiando su afecto.

—Prefiero no profundizar mucho en ello —digo—, pero traicionó mi confianza. Y sí, ahora estamos comprometidos, pero ya aprendí la lección en su día. ¿Cómo puedo confiar en que no vaya a romperme de nuevo el corazón?

Qué patética debo de parecerle a Tuleen. No pretendía abrirme en canal y mostrarle mi alma, pero lo he hecho igualmente.

Mi cuñada se reclina, cruza las piernas y ladea la cabeza con aire pensativo.

—Desde mi punto de vista, parece que Notos se está esforzando mucho en reconstruir la confianza entre los dos.

—Le dedico a Tuleen una mirada interrogativa, y ella se explica—: Cuando te mira, veo que le importas muchísimo.

Pero a mí me parece que estás poniendo distancia entre los dos.

Es tu prometido. Tarde o temprano tendrás que aprender a confiar en él.

De lo contrario, esa falta de confianza destruirá con toda probabilidad tu matrimonio.

Tuleen no tiene la menor idea de que no nos dará tiempo a celebrar la boda.

—Hay mucho más de lo que parece a simple vista, Tuleen. Tú dices que Notos intenta reconstruir la confianza entre los dos, pero yo no lo veo.

—¿Y por qué habría de acercarse a una puerta que está cerrada y creer que puede volver a entrar?

—Es que no lo entiendes —digo con voz estrangulada, resistiendo la punzada que siento en el pecho—.

Por supuesto que no quiero que vuelva a entrar.

Me abandonó. —Y yo no tenía a nadie. Mi madre había muerto.

Fahim había muerto. Amir estaba sumido en su propio dolor.

Padre también se distanció de mí, como siempre había hecho—. Está claro que no me quería.

—¿Se lo has preguntado? —Me mira con aire calmado.

No, no se lo he preguntado. Me da miedo lo que podría responder. Supongo que una pequeña parte de mí siempre se aferró a la idea de que se marchó por algo sobre lo que yo no tenía ningún control. Algo que no tenía nada que ver conmigo.

—Ya me dio su respuesta hace mucho tiempo —le digo.

Ella alza una ceja finamente delineada.

—¿Has pensado que quizá él también sufra? Quizá también tenga miedo al rechazo.

Quizá. Pero yo ya he estado ciega antes. No me atrevo a cerrar los ojos por miedo a que vuelva a suceder.

Durante un rato, Tuleen se limita a mirar por la ventana. Al cabo centra su atención en el laberinto. Contempla la estructura frunciendo el ceño, pero prosigue: