El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 17 #3
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Despacio, me acerco a la cama del rey. Está encogido, es lo que queda cuando un cuerpo se marchita.

Su piel suelta parece más bien pergamino mojado.

Mi preocupación aumenta más allá de los límites que me he puesto y me amenaza una oleada de pánico en espiral.

Sigue respirando…, de momento. Me pregunto quién dejará antes esta tierra: padre o yo.

Me duele contemplar este lento deterioro. He llorado, he gritado, he suplicado y exigido milagros a los dioses. Todo ha dado igual. Cuando el Señor de la Montaña exige una vida, no hay nada que pueda cambiar su decisión.

—¿Cómo te encuentras, padre?

Él suelta un resuello.

—Estaba discutiendo las leyes de Ammara con Amir. Aún tiene mucho que aprender.

—¿Por qué hablas ahora de esas cosas?

Me inclino hacia delante, con el puño apretado, como si pudiera estrellarlo contra esto que se está desarrollando ante mí, esa realidad en la que mi hermano gobierna y mi padre yace muerto en el suelo.

—Porque la suerte ya está echada, Sarai. Ya no puedo retrasarlo más; me da miedo dejar a Amir mal informado. No podemos permitir que nuestro pueblo sea vulnerable.

«¿Y qué pasa conmigo?» Es un grito mudo, que formulo solo en mi mente.

—Padre…

—Basta. Ya no hemos de hablar más del tema. ¿Entendido?

Yo miro a Amir, que me devuelve la mirada.

—Entendido —murmuramos los dos al unísono.

Mientras Amir le da más charla al rey, yo ocupo el asiento libre junto a mi cuñada y la saludo con un cabeceo.

—Tuleen.

Ella sonríe, aunque su sonrisa carece de la despreocupación que yo esperaría de alguien que se alegra genuinamente de verme.

Lo cierto es que me lo merezco. No le he mostrado ningún tipo de amabilidad voluntaria a Tuleen; ha sido un error por mi parte.

Hay días en los que, sin ninguna duda, me vendría bien tener una amiga en el palacio.

—Quería ofrecerte mis disculpas —digo. Tuleen se mantiene cautelosa, pero me hace un cabeceo para que prosiga—. Te he juzgado injustamente. No has demostrado más que amabilidad hacia mí…

—¿Y por qué lo has hecho? —Brusca, clara, pero amable.

Yo bajo los ojos.

—Me daba miedo que me tratases como las otras mujeres de la corte. —Sin embargo, alzo la cabeza y la miro con respeto—. Pero eres mejor que ellas. Y mejor que yo. Siento haberte tratado tan mal. Quiero que sepas que me alegro de que seas parte de nuestra familia.

Tuleen aparta la vista y parpadea rápidamente. Traga saliva y luego se gira hacia mí.

—Gracias —susurra.

Que esté tan dispuesta a perdonarme es más de lo que merezco. Y no es solo su perdón lo que necesito. Se hace un silencio ­incómodo, roto solo por las voces de Amir y el rey. Le pregunto a Tuleen:

—¿Has ido ya a ver a Roshar para que te haga un vestido para el festival?

—¿A Roshar Hammad? —Se le desorbitan los ojos—. Pero si es el sastre real.

—Y tú la futura reina de Ammara. Tienes todo el derecho a solicitar sus servicios.

Tuleen se inclina hacia delante en el asiento. Mechones sedosos de sus cabellos descompuestos le acarician los hombros.

—No sé…

—Es amigo mío. Le enviaré un mensaje —digo—. Vamos a encontrarnos con él dentro de, digamos, dos días. Yo también necesito un vestido para el festival.

—¿Estás segura? —pregunta Tuleen—. No quisiera entrometerme en vuestra amistad.

—No te estás entrometiendo. Te mereces un vestido digno de una reina. Mi cuñada habrá de tener el mejor vestido de toda Ammara.

Esbozo una sonrisa que, esta vez, es genuina.

—¿Hemos conseguido rechazar a los umbrandantes? —pregunta de pronto el rey Halim con voz áspera y un borboteo líquido en la garganta.

Centro mi atención en padre y alargo el brazo para agarrarle la mano. Sus dedos se crispan al rozarlos, pero no se apartan. Se me hace un nudo en la garganta; no recuerdo una época en la que no haya ansiado un poco de su afecto.

—Sí, gracias a Notos.

—Me alegro de que haga bien su trabajo —dice Amir en tono sarcástico, arrastrando las palabras. Me contempla con los brazos cruzados desde el otro lado de la cama—. ¿Puede decirse lo mismo de su papel como prometido tuyo?

No le hace nada de gracia que no se lo haya contado yo.

—Pues lo cierto es que sí —respondo con falsa dulzura.

Agarro un paño de la mesa de noche, lo mojo en un pequeño cuenco de agua a mis pies y empiezo a enjugar el sudor del cuello del rey.

Amir me clava una mirada cargada de enojo infantil. Típico.

—Deberías habérmelo contado.

Yo suelto un resoplido.

—¿Para que pudieras desacreditarlo a la primera oportunidad que se presentase? Creo que no.

—¿Para qué iba a necesitar yo desacreditarlo? —replica Amir—. Para eso se basta y se sobra él solo.

No le falta razón. Pero, aun así, siento el inexplicable impulso de proteger al Viento del Sur de la indignación de mi hermano. La historia que compartimos Notos y yo es nuestra, de nadie más. Amir no tiene nada que ver con ella.

—Hablando del Viento del Sur. —Vuelvo a mojar el paño y estrujo la tela para escurrir el agua—. Nos acompañará durante el Festival de la Lluvia.

El rey Halim intenta enderezarse en la cama, pero le tiemblan los brazos a causa del esfuerzo y vuelve a hundirse en las almohadas con un sonido de frustración.

—¿Cómo voy a explicarle su presencia al príncipe Balior? Piensa que vas a entrar en razón.

Otra vez con lo mismo. Con delicadeza, enjugo la clavícula del rey, donde se acumula un charco de sudor. Con las cortinas corridas, el aire está enrarecido.

—Ya te lo he dicho, padre, la decisión está tomada. No voy a cambiar de idea.

—Sarai. —Suspira—. Por el bien de nuestra gente, has de rechazar la mano del Viento del Sur. Por favor. Si muestras verdadero remordimiento por tus actos, quizá aún estemos a tiempo de convencer al príncipe Balior.

—Ah, ¿soy yo quien debe mostrar remordimiento? —Suelto un resoplido y dejo caer el paño—. ¿Por qué, exactamente? Accedí al cortejo del príncipe Balior, pero cuando Notos pidió mi mano en matrimonio, él y yo no estábamos formalmente comprometidos. Notos y yo no hemos hecho nada malo.

—Excepto hacerme quedar como un idiota y debilitar a nuestro reino.

Todo se reduce siempre a la imagen de padre. No hace mención alguna a mi vida, a mi muerte inminente. Aunque supongo que no sería capaz de mencionarlo con Amir y Tuleen aquí delante.

—Sabes bien que esa no era mi intención…

—¿Y cuál era tu intención? —inquiere—. Porque, a juzgar por lo que veo, todo lo que has hecho ha sido completamente egoísta.

«Egoísta.»

Un tintineo resuena en mis oídos. Lo miro, lo miro y lo sigo mirando, pero continúo igual de pasmada.

Mi asombro no disminuye, solo se transmuta, se convierte en algo distinto, algo al rojo vivo bajo mi esternón.

«Ahora no», pienso. «Espera hasta que estéis a solas, sin público.

No es adecuado. Es una falta de respeto.

Es justo lo que padre querría.» Pero ¿qué pasa con lo que quiero yo?

Y así, todo lo que he enterrado en mi interior durante estos largos largos años me rompe por dentro y sale a borbotones.

—Si hay alguien aquí que es egoísta —escupo, y le clavo un dedo—, eres tú, padre.

No has hecho nada más que menospreciarme, insultarme y hacerme pedazos.

Te importa más impresionar a un soberano visitante que el bienestar de tu hija.

Ni una sola vez has conseguido que sienta que puedo ser yo misma.

Ni una sola vez has conseguido que sienta que me quieren por ser quien soy.

Se hace el silencio. Amir y Tuleen se han quedado petrificados. Las lágrimas emborronan demasiado mi vista como para distinguir la expresión de padre. Mejor así. No quiero ver más semblantes de decepción.

—¿Acaso disfrutas aplastando a tus hijos? —resuello, con un nudo de emoción en la garganta—. ¿Acaso te han prometido los dioses tratarte bien en la otra vida si consigues moldear a tus hijos hasta que tengan la misma personalidad severa y rígida que tú?

Una inspiración suave y temblorosa rompe el silencio. El rey Halim niega con la cabeza.

—Sarai…

—Una cosa te voy a decir, padre: he hecho todo lo que he podido para convertirme en la princesa ideal, en un perfecto reflejo de ti mismo.

Y mientras tanto… —Me ahogo, inspiro e intento hablar de nuevo—.

Y mientras tanto siento que cada vez soy menos yo.

Está claro que jamás estaré a la altura de tus imposibles expectativas.

Así pues, me pregunto: ¿por qué te molestaste en salvarme la vida?

Por lo que se ve, no ha sido más que una pérdida de tiempo.

Tuleen ahoga una exclamación.

Se me escapa un aliento tembloroso, y luego otro. Los sollozos no tardarán en hacer acto de presencia. Cuando eso ocurra, pretendo estar muy lejos de esta habitación.

—Habría sido mejor que me dejaras morir. Al menos, así no habrías vivido en un perpetuo estado de decepción.

El rey Halim jamás ha tenido un aspecto más diminuto bajo las mantas. Tiene la boca abierta en gesto pasmado y un remolino oscuro en los ojos.

En silencio, salgo de la estancia.