17 #2
El bamboleo de sus pasos me tranquiliza.
El aroma de su piel resulta embriagador.
En contra de mi propia voluntad, mis ojos se cierran.
Luego oigo el repiqueteo de los tacones de las botas de Notos sobre un suelo de mármol.
Tras girar un par de recodos, un olor levemente astringente me inunda las narices.
Abro los ojos de golpe cuando Notos me suelta en uno de los catres del dispensario como si yo no fuese más frágil que un saco lleno de arroz.
—Tengo que asegurarme de que la capital está a salvo —dice, contemplando la puerta por la que acaba de entrar la sanadora real, cuyos ojos se desorbitan al verme.
Me acerco al borde del colchón y planto los pies en suelo firme.
—Antes de que te vayas, hay algo que quiero discutir contigo.
—¿No puede esperar?
Si fuese posible prender fuego a alguien con la mirada, me atrevería a decir que ahora mismo el Viento del Sur quedaría reducido a cenizas.
—No —digo apretando los dientes—. No puede esperar.
La situación es del todo desesperada. La sanadora real se marcha tan rápido como ha llegado; seguramente se ha percatado de hasta qué punto se ha vuelto denso el aire en la habitación. Notos le lanza una mirada anhelante a la puerta, pero toma asiento en una silla cercana.
Y aquí estamos, dios y mortal, dos antiguos amantes atados por la falsa promesa de nuestro compromiso. Por más que intente relajar la postura, la tensión se crispa bajo mi piel.
—¿Por qué entraste en el laberinto sin decírmelo? —inquiero con palabras roncas.
El Viento del Sur se echa hacia atrás, sorprendido.
—No sabía que tenía que pedir tu permiso para entrar.
—Y no tienes que pedirlo —digo, avergonzada por lo rápido que me sonrojo. Notos tiene razón. No necesita pedirme permiso, pero ¿tan malo sería que me informase de sus intenciones, sobre todo en una situación tan peligrosa?—. Pensaba que habíamos acordado trabajar juntos en esto.
—Y así fue. —Sus ojos oscuros son cautelosos.
No, cautelosos no. Confundidos. Dolidos, incluso, porque así le agradezco que me haya salvado la vida, con acusaciones agresivas.
—Si no te hubiera visto entrar en el laberinto —explico con tono algo más suave—, jamás habría sabido que estabas ahí dentro. ¿Y si no hubieras salido?
El cambio en su expresión es sutil. Se me acelera el pulso, porque sé lo que me va a preguntar antes siquiera de que abra la boca.
—¿Estabas… preocupada por mí?
Ya estoy acostumbrada a mentir. ¿Qué más da una mentira más al fin y al cabo? Sin embargo, me conozco a mí misma. Sobre esto no puedo mentir.
—Sí, estaba preocupada. —Inspiro por la nariz y aliso la manta sobre mi regazo—. Así que…, por favor, tenlo en cuenta la próxima vez.
Con aire grave, austero, Notos asiente.
—Siento haberte preocupado.
—Disculpas aceptadas. —Y ahora, al tema en cuestión—: ¿Has encontrado algo?
—No. —Se pasa una mano por la cara. Tiene una palidez gris e inconfundible en la piel—. Los pasadizos son demasiado complejos. Temí que fuera a perder el sentido de la orientación. Aún no he encontrado el modo de marcar el camino para poder regresar a la entrada.
—¿Y cómo pudiste escapar la primera vez?
Él agacha la cabeza en lo que me parece un gesto de vergüenza.
—¿Me creerías si te dijera que fue un golpe de suerte?
Se me descuelga la boca. Luego, suelto un resoplido y niego con la cabeza, incrédula. Me inunda el alivio al ver la sonrisa en la boca de Notos. Desde luego, es una imagen desacostumbrada.
—Ya suponía que la suerte había desempeñado algún papel —lo chincho y, para mi absoluto gozo, veo que se le sonrojan las mejillas.
Hablando de lo cual…
—Creo que los umbrandantes salen del laberinto —digo.
El Viento del Sur no parece ni un poco sorprendido.
—A decir verdad, ya había pensado en esa posibilidad —dice, apoyando la columna en el respaldo almohadillado de la silla—. Pero, aparte de los que han entrado en la capital, el único umbrandante con el que me he cruzado en Ishmah fue el de la biblioteca. Así pues, ¿qué te hace pensar eso?
—Me encontraba en la entrada del laberinto cuando sonó la campana de alarma. Bajo la puerta se filtraban unas sombras…, las mismas sombras de las que están hechas esas criaturas. Me pregunto si estarán escapando del laberinto bajo tierra, quizá por un túnel que lleve al exterior de la ciudad.
El propio palacio tiene numerosos túneles, muchos de ellos olvidados desde hace tiempo. Notos se masajea la sien, perdido en sus pensamientos, con los muslos separados.
—Como mínimo vale la pena investigarlo. —Centra su atención en mi cara—. ¿Has descubierto algo más sobre el laberinto?
Por un lado, está la conversación que he tenido con el Señor de la Montaña, claro, pero dado que tiene que ver con mi maldición, de momento prefiero no hablar de ello.
Quizá sí debería contárselo a Notos, pero…
no sé. Me parece inútil. Quizá es que ya he aceptado lo inevitable.
A fin de cuentas, no se puede escapar al destino.
He sido una necia al pensar que podría ganarle por la mano a un dios.
—No —le digo—. Nada.
Él me contempla con atención. Quizá perciba que no estoy siendo del todo honesta.
—Te pregunto porque uno de mis conocidos de Mirash se puso en contacto conmigo esta mañana. Sabe algo que pensó que nos interesaría. Cuanto antes podamos hablar con él, mejor.
—El Festival de la Lluvia empieza la semana que viene —le recuerdo.
—No se me ha olvidado —murmura él.
Ojalá no me complaciera tanto ver que se acuerda de las costumbres de Ammara, pero no soy tan indiferente como intento aparentar. Sí que me complace. Me complace muchísimo.
—La capital cierra sus puertas durante los días previos al festival. —Me muevo y el catre suelta un chirrido—. No podemos salir hasta que el festival haya terminado.
En realidad, ¿qué más dan otros cinco días?
—No debería ser problema —dice Notos.
Yo vacilo, irritada ante mi repentina indecisión. Me apresuro a desterrarla.
—Teniendo en cuenta que estamos prometidos, lo adecuado a nuestra situación sería que me acompañases durante los festejos.
Ahora más que nunca, mi pueblo necesita certezas. Necesita fuerza y guía. No lo decepcionaré.
Notos alza la cabeza. Sus ojos están muy oscuros. Siento como si contemplase mi propio reflejo, como si su dolor fuese mi dolor, como si esta herida la compartiésemos los dos. Agarro la manta en mi regazo a puñados, de pronto insegura.
—Estaría a tu lado —susurra el Viento del Sur— si creyese que quieres que esté a tu lado.
—Es que quiero que estés a mi lado —digo. Y luego me apresuro a añadir—: Por el bien de Ammara, por supuesto.
El Viento del Sur me mira, reflexivo, durante un largo momento. Lo bastante largo como para incomodarme.
—Si así lo deseas…
No tengo la más mínima idea de lo que deseo.
—¿Sigues enfadado conmigo? —pregunto.
—No estaba enfadado contigo, Sarai.
—Ah, ¿no?
—Puede que se manifieste como ira —admite—, pero, en esencia, se trata de miedo, tristeza y vergüenza. Jamás había conocido el miedo hasta que te vi caer de la muralla y creí que no llegaría a tiempo hasta ti.
Yo consigo esbozar un leve:
—Oh.
Y despacio…, muy despacio, esa herida dentro de mi corazón que tanto tiempo lleva ahí empieza a cerrarse. Le importo. Le importo mucho, creo. Quizá ha llegado la hora de que deje de preocuparme por lo que pasó y empiece a preocuparme por lo que podría pasar.
—¿Eso es todo? —dice, y se pone de pie.
Lo es y no lo es. Siempre estoy hambrienta, siempre tiendo las manos, jamás me calmo, jamás me sacio. El Viento del Sur llega a la puerta y yo le digo:
—¿Notos? —Se detiene, se gira y me mira. Mi corazón se encoge y se para—. Sé que estás enfadado conmigo —susurro con un sentido remordimiento—. Sé que no me he portado de la manera más sensata. Y sé que es tu deber protegerme, pero… gracias —digo— por salvarme la vida.
Un viento suavísimo me acaricia el pómulo, parecido al roce de sus dedos callosos.
—No te he salvado la vida porque fuera mi deber, Sarai. Te la he salvado porque… —inspira hondo— porque no quiero vivir en un mundo en el que no estés tú.
Sus palabras me curan y me asustan a partes iguales. Lo sé. Creo que siempre lo he sabido. Pero no estaba preparada hasta ahora para aceptar la verdad.
—Ve con cuidado.
Dicho esto, se marcha.
La sanadora real regresa para examinarme de la cabeza a los pies. Me obliga a beber algún tipo de horrible brebaje que, según afirma, me ayudará a aclarar la cabeza. Si supiera lo que anida en ella: una sombra oscura…, el Señor de la Montaña, que ansía mi vida.
Una hora más tarde, me deja marchar con orden de descansar e hidratarme.
Regreso a mis aposentos para lavarme y luego abro el diario que descansa en mi escritorio.
Veintitrés días. Cuanto más contemplo ese número escrito con tinta, más me aprieta el pecho.
Otro recordatorio de lo impotente que me siento.
Comprendo que no voy a poder descansar en este estado de alteración, así que voy a buscar a padre. Lo encuentro en sus aposentos, en la cama. Amir y Tuleen están sentados a su lado, hablando en voz baja.
Los aposentos del rey Halim son el triple de grandes que los míos. Incluyen un despacho, dos salones, una impresionante biblioteca, un dormitorio y una espaciosa cámara de baños. En la pared del otro extremo hay una puerta que lleva a las habitaciones de la reina. Llevan veinticuatro años vacías.
Al verme, Amir se pone en pie de golpe.
—¿Dónde estabas? —Rodea la cama y me inspecciona en busca de heridas—. Te buscamos en tus aposentos, pero no estabas allí. Me daba miedo que te hubieras ido a la ciudad.
—Me refugié en la biblioteca —le digo a Amir—. Salí en cuanto me pareció seguro.
—Gracias a los dioses por ello.