El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 17
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M e despierto tumbada y contemplo un cielo color ala de cuervo.

Mi pecho asciende y desciende. Me hormiguea la piel bajo la caricia de un viento seco que sopla de alguna abertura fuera de mi vista.

Parpadeo una vez, dos veces. No veo estrellas, ni nubes, ni luna.

Es como si estuviera bajo tierra, aunque no sé cómo va a ser algo así posible.

Con cautela, me enderezo hasta quedar sentada.

Recuerdo la caída. La curva plateada de la hoja de Notos. Y luego… nada.

—¿Hola?

El sonido se apaga en cuanto sale por mi boca.

Sea lo que sea este lugar, el aire aquí dentro tiene un peso desacostumbrado; sabe a óxido y humedad.

Al cabo de un rato, mis ojos se acostumbran a la penumbra.

El espacio es pequeño, rodeado por todas partes de pálida piedra.

En la pared de enfrente hay un espejo de cuerpo entero con marco de plata.

Siento una atracción que no puedo negar, que me obliga a ponerme en pie y acercarme a su resplandeciente superficie.

Alargo una mano para tocar el ornamentado marco, pero mis dedos lo atraviesan.

Así pues, nada de esto es real. Es un sueño.

«Es real, Sarai.»

Me sobresalto. Mi cabeza latiguea a un lado y a otro, pero estoy sola. Excepto que… ¿estoy realmente sola o es que no veo a quienquiera que ocupe este espacio?

—¿A qué te refieres? —pregunto, y sigo examinando el entorno.

«Al espejo», dice esa voz que está en todas partes y en ninguna. «Vuelve a mirar.»

Mi atención se centra una vez más en el espejo.

No hay reflejo alguno, sino imágenes que emergen desde debajo de su superficie plateada.

Al cabo, estas imágenes cambian de color y de forma.

Me veo a mí misma, asomada a la ventana de mi dormitorio, vestida de luto.

Tengo los ojos hinchados y enrojecidos. Debo de estar viendo los primeros días tras la muerte de Fahim.

—¿Qué es esto? —exijo saber—. ¿Por qué me enseñas algo que ya ha sucedido?

«El espejo muestra lo que ha sido, lo que es y lo que será.»

—¿Y qué será?

«Asómate al espejo y lo descubrirás.»

La imagen desaparece y se convierte en algo distinto. Retrocedo, horrorizada. Veo al Viento del Sur, tumbado de espaldas con los ojos cerrados. La mugre y la sangre de la batalla le manchan la túnica. Parece que no respira.

Esto no tiene sentido. Notos no puede morir si no es mediante un arma tocada por los dioses. Si su caída ha sido presagiada, ¿qué objeto está destinado a matarlo? ¿Cómo es que la mera idea me provoca tanta angustia que no puedo ni respirar?

Miro con más atención. No, sí que respira. Pero está… ¿dormido? Entonces me doy cuenta de algo más: Notos descansa sobre una cama. Mi cama.

La imagen se desvanece y yo me encuentro contemplando mi propio reflejo.

Apoyo una mano contra el espejo y, para mi alivio, compruebo que es sólido.

Entonces, algo se mueve a mi espalda. Giro en redondo.

Se ha materializado ante mí una figura de hombros anchos cubierta con una capa de lana oscura. Una holgada capucha le cubre el rostro.

—¿Quién eres? —me atrevo a preguntar.

«No recuerdas la primera vez que nos encontramos. Por aquel entonces eras un bebé enfermo.»

Mis ojos se desorbitan.

—El Señor de la Montaña —susurro.

«Así que lo recuerdas.» El Señor de la Montaña se desliza hacia mí. Bajo la capucha atisbo una abertura, como una boca. Hay un destello blanco… ¿Dientes?

«No te preocupes, Sarai. No he venido a cobrarme tu vida… aún.»

Quiero responder, pero hay otra voz más lejana que me exige que me despierte.

Esta voz me es conocida, me promete paz.

Estoy segura de que grita mi nombre. Una vez más, miro en derredor.

Contemplo estos muros desconocidos. Este cielo que no es ningún cielo.

El aroma almizcleño de la tierra aplastada.

Debo de estar soñando. Es la única explicación lógica.

—¿Por qué me has traído aquí? —le pregunto al Señor de la Montaña—. ¿Para asustarme? Tendrás que esforzarte más. —D ebo de estar loca para encararme con un dios—. Padre prohibió la iris negra en Ammara hace mucho.

«¿Crees que la política del rey evitará que reclame como mío lo que se me prometió?» Hay una pausa. «Asómate al espejo y lo ­verás.»

El impulso nace del mismo centro de mi ser.

Me asomo al espejo y mi reflejo desaparece.

En su lugar veo la Ciudad Roja. Sus arcadas curvas y sus templos ribeteados de columnas.

La hierba y las flores de dulce aroma de sus numerosos jardines.

Y sin embargo, al parpadear todo se convierte en sombras, en residuos humeantes entre los resplandecientes tejados y las estatuas de mármol: los umbrandantes inundan las calles.

El Señor de la Montaña se asoma por encima de mi hombro. Sus labios fríos me rozan la oreja al decir:

«Cada vez queda menos.»

Abro los ojos de golpe y ahogo una exclamación. Un destello blanco y estelar inunda mi vista. Estoy tumbada sobre un suelo duro y caliente que me abrasa toda la espalda. Capto el sonido del caos, un ataque directo a mis oídos tras la quietud de ese extraño lugar ultraterreno.

Una mano grande se posa sobre mi corazón desbocado.

—Tranquila.

Ese tono grave y firme me envuelve con su calidez. Me calma.

El brillo mengua hasta que mi vista se acostumbra al color azul de las alturas.

El Viento del Sur se inclina sobre mí, con un halo del sol de mediodía iluminando sus rizos oscuros.

Hay una emoción tan profunda en sus ojos agitados que, por un momento, los muros que he levantado alrededor de mi corazón flaquean.

Notos nunca pierde el control, pero ahora…

Jamás lo había visto tan desequilibrado.

Despacio, me enderezo hasta quedar sentada.

—¿Qué ha pasado? —grazno.

Notos aparta la mirada, con la mandíbula apretada.

Estoy tumbada a la sombra de uno de los edificios cercanos.

A poca distancia de nosotros hay un puñado de soldados, mientras que otros guardias dirigen a los ciudadanos por la calle.

Como Notos no responde, les dedico a ellos una mirada interrogativa.

Solo uno de los soldados tiene la valentía de acercarse.

—Habéis caído, alteza.

Contemplo lo alto de la torre. Es una gran caída, yo diría que de más de sesenta metros. Nadie sobreviviría a algo así.

No me doy cuenta, pero debo de haber alargado la mano hacia Notos, porque, de pronto, mis dedos están entrelazados con los suyos. Con la misma rapidez, él se envara y se aparta. Aprieto el puño y me lo llevo al estómago crispado. Si no quiere tocarme, allá él. No pienso ir suplicándole migajas.

—El Viento del Sur os agarró antes de llegar al suelo —añade el soldado. Ante la mirada afilada de Notos, el hombre guarda silencio.

Comprendo lo que ha sucedido. ¿Cuánto poder debe de haber necesitado el Viento del Sur para viajar desde un extremo a otro de la capital en el tiempo que tarda un cuerpo en caer desde esa altura? No se trata de volar más rápido que el viento. Se trata de convertirse en el viento.

—Dejadnos —ladra Notos.

Los guardias se retiran; algunos cargan con compañeros heridos en camillas. Yo contemplo las puertas, que ahora están cerradas y bloqueadas. Algo enorme golpea contra ellas desde el exterior. Las puertas se estremecen, pero aguantan.

Hubo una época en la que los umbrandantes solo aparecían bajo el amparo de la noche; la luz del sol era veneno para su existencia. Pero algo ha cambiado. Ahora son más fuertes. Me temo que algún día las runas protectoras de las puertas fallarán.

—Notos —digo en tono quedo.

El Viento del Sur se incorpora.

—Vas a tener que ir a ver a un sanador —dice con voz entrecortada, sin querer mirarme a los ojos—. Es posible que hayas sufrido heridas en las que no me he fijado.

Acto seguido, me alza en sus brazos y me aprieta contra su amplio y sólido pecho. La multitud se aparta para dejarle paso. Echa a caminar hacia el palacio.

—Notos…

—En el nombre de los dioses, ¿cómo se te ha ocurrido acudir a las puertas de una ciudad que está siendo atacada? ¿Acaso quieres morir?

Las palabras le salen estranguladas, apenas un gruñido. A pesar de su tono, me sostiene con ternura.

—¿Y acaso tú crees que voy a quedarme cruzada de brazos mientras mi pueblo es masacrado? —espeto—. ¿Ese es el tipo de persona que crees que soy?

—Ha sido una decisión imprudente. —La Calzada de la Reina describe una curva. Resulta imposible ignorar el alcance de la destrucción. Muchas personas ya han empezado a rebuscar entre los escombros de las casas derrumbadas, intentando localizar a familiares y pertenencias—. Te creía más lista.

Aunque el comentario me duele, paso por alto ese juicio de valor. Lo único que yo quería hacer era ayudar a mi pueblo. ¿De qué le iba a servir a nadie escondida tras unos altos muros?

—Piensa de mí lo que quieras —le digo—, pero no lamento lo que he hecho. Volvería a hacerlo otra vez. Ishmah es mi hogar, y estoy dispuesta a hacer lo que sea para protegerla.

Él vacila, y parte de esa rabia salvaje disminuye, desciende hasta convertirse en un talante algo más calmado. Aun así, el torbellino de emociones que me recorre no amaina.

—Te pido disculpas —murmura Notos—. No debería haberlo dicho.

Para eso ya es tarde.

—Bájame.

Hemos llegado a las puertas del palacio.

—Te bajaré cuando hayamos llegado al dispensario.

—¿Quién va? —pregunta alguien desde lo alto de las mu­rallas.

—Soy Notos. Tengo a la princesa Sarai. Necesita ver a un sanador inmediatamente.

Las puertas se abren con un ominoso quejido. Entramos en el patio principal y los criados y mozos se detienen a vernos pasar. Si estuviese menos agotada, quizá insistiría en ir por mi propio pie. Sin embargo, parece que estoy perfectamente cómoda en brazos del Viento del Sur.