16 #3
Notos frunce el ceño. Tal y como yo sospechaba, esto no le hace ni la más mínima gracia. Sin embargo, por una vez, no protesta. Doy las gracias por ello. Mis ojos vuelan hacia su boca. Permanecemos clavados en el sitio, en medio de la marea que atraviesa el zoco.
—Ve con cuidado —susurro.
Sus ojos se oscurecen.
—Tú también.
El Viento del Sur separa la multitud en dos mitades con un ventarrón salvaje.
Echa a correr, salta y sube a lomos de una corriente de aire que lo lleva lejos de aquí, hasta depositarlo delante de dos umbrandantes.
Con un rápido tajo de su hoja, las cabezas de ambos quedan cercenadas.
Notos vuelve a saltar por los aires a lomos de un ciclón que lo lanza hacia las lejanas puertas de la ciudad.
En cuanto a los ciudadanos de Ishmah, necesitan un milagro. Y cuando digo milagro me refiero al palacio.
—¡Todos al palacio! —aúllo, abriéndome paso a golpes entre la multitud—. ¡Al palacio!
Grito estas palabras, esta súplica, una y otra vez, hasta que los ciudadanos se unen a mis berridos. Mi solo se convierte en un trío, en un octeto, en una orquesta cuyo crescendo impulsa colina arriba a quienes huyen.
Me meto la mano bajo el vestido y me arranco el pequeño colgante que llevo al cuello. La fina cadena de oro se rompe. Se la pongo en la mano a una joven cuyos ojos castaños están desorbitados.
—Enséñales esto a los guardias —le ordeno, agarrándola con fuerza—. Diles que la princesa Sarai exige que se dé refugio dentro a los ciudadanos de Ishmah.
Ella asiente y sale corriendo.
Mis pies cambian de dirección antes de darme siquiera cuenta.
Voy hacia Notos, hacia las puertas. Cuanto más me acerco, más cadáveres tengo que sortear por la calzada.
Cuando llego a las puertas, que aún no se han cerrado, veo que varios guardias intentan accionar lo que parece un mango atascado.
Paseo la vista por la zona, jadeando. El vestido se me pega al sudoroso cuerpo.
Una muralla de soldados se reparte por la entrada de la ciudad y lucha contra dos umbrandantes que intentan pasar. No hay rastro de Notos.
—¿Alteza?
Dos centinelas detienen sus intentos de sellar la puerta, boquiabiertos. Esto llama la atención de su superior, un oficial de pecas oscuras y boca fruncida.
—¿Sabe el rey que estáis aquí, alteza? —exige saber.
Yo entrecierro los ojos.
—Quizá deberías preocuparte menos por mi paradero y más por cerrar la puerta.
Una escalera cercana lleva hasta lo alto de las murallas.
Subo los peldaños de dos en dos hasta llegar arriba.
Desde aquí veo toda Ishmah y su palacio, el centro brillante y diamantino en el que desembocan todos los caminos.
Sin embargo, hacia el sur atisbo más umbrandantes: siluetas sombrías y borrosas entre las dunas protuberantes.
Se desplazan con una celeridad horrorosa.
Con un puñado de zancadas cruzan la mitad de la distancia que los separa de nosotros.
—¿Cómo vamos con la puerta? —grito.
Un hombre intenta rotar el mango oxidado.
—Sigue atascada.
La pieza emite un chirrido estridente. Mi mirada vuela hacia la amenaza cada vez más cercana. Zancada a zancada, la distancia entre los umbrandantes y la capital mengua. Zarcillos negros brotan vaporosos de sus siluetas mutantes.
De pronto, el capitán aparta de un empellón a su subordinado, agarra el mecanismo con ambas manos y apoya todo su peso contra el mango, que se desplaza apenas unos milímetros para luego volver a detenerse con otro chirrido.
Yo me giro en todas direcciones, buscando a Notos.
De pronto lo veo. Está ahí…, en el cielo.
Se lanza hacia los tejados y se desvanece momentáneamente.
Dos latidos después, alza el vuelo a lomos de una nube de viento, con la espada en alto, la hoja cubierta de un líquido negro.
De la otra mano brota una ráfaga rugiente que se dirige a un trío de umbrandantes.
El Viento del Sur está tan concentrado en derrotar a las bestias que ya se encuentran dentro de las murallas que no se fija en la amenaza que se acerca desde fuera.
Él es el único que puede detener el caudal de monstruos, este diluvio arremolinado de oscuridad y ruina.
Mientras tanto, los arqueros en lo alto de las murallas disparan flechas con la punta cubierta de sal hacia los umbrandantes que se acercan a la capital. Una de ellas acierta en el muslo a un soldado, que se derrumba en plena carrera con un grito.
Yo me giro hacia los arqueros.
—¡Disparad solo si estáis seguros de que vais a acertar a vuestro objetivo!
En el suelo, el hombre se arrastra, con el rostro contraído de dolor. Me vuelvo hacia el centinela más cercano.
—¡Mandad un caballo a por él ahora mismo!
Sin embargo, un umbrandante llega antes al hombre.
Su grito me hiela la sangre. Al final me veo obligada a apartar la vista.
La muerte del soldado me deja atontada. Habrá otro, y luego otro…
, hasta formar una montaña, un mar de muertos.
Los soldados siguen forcejeando con el mecanismo atascado.
En el tiempo en que el peso combinado de sus cuerpos consigue desplazar la puerta otro par de palmos, tres bestias más entran en la ciudad.
—¡Sacadla de aquí! —ruge el capitán.
Alguien empieza a llevarme a tirones hacia las escaleras. Me libro del agarre del guardia de un empellón.
—¡Notos!
El Viento del Sur se detiene en pleno movimiento y gira la cabeza. Examina brevemente la zona, pero no ve más que la matanza. No sabe dónde estoy.
Una vez más, el guardia intenta agarrarme.
—Princesa Sarai…
—Si me tocas otra vez —escupo—, mandaré que te decapiten.
El hombre se detiene, pasmado. No intenta detenerme.
Yo me agarro a los peldaños de madera de una escalera de mano y empiezo a subir a una de las torres.
Ahí abajo, quienes no han podido llegar a la Calzada de la Reina se apelotonan en sus hogares o se refugian entre callejones.
Otros se desangran bajo el asfixiante calor; sus débiles súplicas se sumen poco a poco en el silencio.
A medio camino, un peldaño podrido se rompe bajo mi peso. Caigo con un grito y me agarro a los maderos. Me balanceo con fuerza y mi hombro choca contra el muro de piedra. Desde ahí abajo, la voz atronadora del capitán resuena por encima del estruendo de la batalla.
—Subid ahí y bajadla antes de que se rompa el cuello.
—Pero es que ha dicho…
—Me da igual lo que haya dicho —ruge él—. Si cae, nos decapitarán a todos.
Mi pie encuentra otro peldaño. La escalera se tambalea, pero aguanta.
Llego hasta lo alto. Ammara se extiende a mis pies, una alfombra dorada bajo un cielo azul como una joya.
Notos lucha contra un grupo de umbrandantes a los que ha aprisionado bajo una enorme cúpula de aire arremolinado.
Las bestias atacan con sus garras engarfiadas la barrera transparente, sin éxito alguno.
Notos aprovecha para abalanzarse sobre el monstruo de menor tamaño y atravesarle el corazón con la espada.
—¡Notos! —Hago embudo con las manos y grito con más fuerza—. ¡Notos!
Otro umbrandante cruza las puertas a medio cerrar. Se me hiela la sangre en las venas.
«Sarai», susurra una voz. «¿Por qué huyes?»
Se me nubla la vista. Todo se vuelve oscuro a mi alrededor. ¿Se trata de un sueño? ¿De un espejismo? Una figura encapuchada se materializa ante mis ojos. Retrocedo un paso; las suelas de mis sandalias arañan la mugre del suelo de la torre.
—¿Quién eres? —digo con voz estrangulada—. ¿Qué quieres?
«Sabes bien lo que quiero, Sarai.»
La figura encapuchada desaparece en un parpadeo. Yo retrocedo, confundida, y no llego a ver lo cerca que estoy del hueco de la escalera. Mi pie resbala en el borde y, de pronto, caigo.