El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 16 #2
41%

16 #2

El Viento del Sur se agacha bajo las patas de la bestia y le clava la espada en el bajo vientre.

De la abertura mana un líquido. La criatura aúlla e intenta alcanzar al Viento del Sur con una enorme garra.

Notos gira en redondo, pero no consigue esquivar el ataque del todo.

Las uñas de la bestia se le clavan en la parte baja de la espalda, y yo ahogo un grito.

Notos emite una exclamación gutural y se aleja del monstruo, esquivando otro ataque por poco.

El umbrandante se abalanza sobre él. Yo chillo.

Hay un destello de plata y la hoja cercena la cabeza del umbrandante. El cuerpo de la bestia se derrumba convertido en un montón de partes separadas, en medio de un charco de sangre y entrañas apestosas.

—¡Detrás de ti! —grito.

La cabeza de Notos latiguea. Sus ojos oscuros se cruzan con los míos, y me sostiene la mirada. Incluso desde esa distancia, la tensión de su mandíbula es inconfundible.

El primer umbrandante se alza de entre los escombros del edificio derrumbado y ocupa el lugar de su compañero.

El Viento del Sur le lanza una ráfaga de aire desde el otro lado de la calle.

Acto seguido, utiliza su viento como si de una cuerda se tratase y le ata las patas suficiente tiempo como para clavarle la espada en el corazón.

La bestia sufre un espasmo y se derrumba, inmóvil.

Entonces Notos se gira hacia mí. La emoción que se arremolina en su mirada negra me hace vacilar, pero acabo por se­ñalar a los dos chicos agachados cerca de una puerta a medio ­derrumbar. Notos me sigue hasta ellos y los alza en brazos con facilidad.

—Sígueme —dice en tono brusco.

Atravesamos un camino menos transitado. Es aquí donde el Viento del Sur deposita en el suelo a los dos hermanos, que corren hacia una mujer en la lejanía. Ella cae de rodillas entre sollozos y recibe a sus dos hijos entre sus brazos.

Entonces lo recuerdo.

—Tu espalda —digo con voz ahogada—. Déjame echar un vistazo.

El Viento del Sur me aparta las manos.

—Estoy bien.

Sin embargo, la aspereza con la que responde evidencia lo que seguramente ha de ser una inmensa cantidad de dolor. Hay mucha sangre, le empapa la parte de atrás de la túnica.

—¿Seguro que…?

—Soy inmortal —me recuerda.

Yo le clavo la mirada.

—Creerás que me he olvidado.

—Ni siquiera voy a malgastar el aliento enumerando todas las razones por las que esta decisión tuya ha sido una necedad —gruñe, con voz tan grave que apenas es una vibración—. Tienes que regresar al palacio.

—Yo tampoco pienso malgastar el aliento explicándome. Regresaré al palacio cuando haya acabado aquí.

—Esto no es una discusión. —Sus ojos destellan con la potencia de un millar de soles latentes—. Cada instante que pasas en la ciudad pones en riesgo tu vida.

Tiene miedo. Pero el Viento del Sur nunca tiene miedo. Siento que me reblandezco por dentro. Alargo el brazo y le agarro la mano con gesto tranquilizador. Su silueta ancha y curtida cubre por completo la mía.

—Es por la rapsoda —digo, alzando la voz por encima del estruendo—. Tengo que asegurarme de que está a salvo.

—Me da igual la rapsoda —gruñe él—. Quien me importa eres tú.

A pesar de la locura que se ha adueñado de la ciudad, una oleada de seguridad me envuelve. Absorbo estas palabras en la piel, hasta el punto de que casi lo creo.

—Tengo que hacerlo, Notos. —Alzo la mano y le acuno la mejilla. Acaricio con el pulgar su encrespado vello facial—. ¿Me vas a ayudar? —Me mira con una intensidad casi insoportable, pero yo no me amilano. Ansío tener su misma fuerza—. No tardaremos mucho —le prometo.

Notos emite un juramento a media voz, pero me sigue sin protestar más. La puerta descascarillada de Haneen aparece ante nuestra vista. Yo entro a toda prisa, pero la casa parece vacía.

—No está aquí.

—No me sorprende. —Recorre el diminuto interior con evidente enojo—. Lo más seguro es que haya huido al interior de la ciudad. Hemos malgastado un tiempo muy valioso. Vámonos.

—Espera.

Agarro una larga franja de tela cerca de su taburete.

Es el turbante de Haneen; reconozco el dibujo.

Frunzo el ceño y contemplo la mugre del suelo, solidificada bajo el peso de un millar de pies a lo largo de las décadas.

Nuestras huellas son recientes, pero no veo ninguna otra huella que salga de este espacio.

Entonces me fijo en una cortina que cuelga de una pared del fondo.

La han apartado, y al otro lado se abre un pasadizo secreto.

El Viento del Sur me agarra del brazo.

—Voy yo primero —dice.

El pasadizo está en penumbra. Desprende un olor a mineral.

Hay grietas por las paredes de arcilla endurecida.

A unos quinientos metros, el túnel desemboca en una pequeña cámara.

En ella está sentada la rapsoda, frente a un telar, con un chal sobre los hombros.

Está tejiendo a partir de un rollo de tela liado en un cuerno de gacela, totalmente impertérrita ante nuestra presencia.

—Hola, princesa Sarai.

Notos se planta delante de mí. Un gesto dulce…, pero innecesario. Una vez que recupero la capacidad de hablar, pregunto:

—¿Cómo has sabido quién soy?

—¿He de enumerar todas las maneras por las que os he reconocido?

—Asegura los hilos y empieza otra fila de color—.

Vuestros pasos. Vuestro aroma. Vuestro acento y el modo de expresaros.

Todo ello me indica vuestra posición social.

—Su atención se centra en el Viento del Sur.

Sus ojos anchos y lechosos sobrevuelan el lateral del rostro de Notos—.

El hombre que os acompaña huele a desierto.

Ya ha venido antes a verme, pero solo en una ocasión y desde lejos. ¿Es vuestro guardián?

El Viento del Sur se me acerca tanto que el calor de su cuerpo me hormiguea en la piel, incluso bajo el vestido empapado de sudor. Trago saliva.

—Notos es mi prometido.

Haneen sonríe.

—¿Veis? —replica—. Hay muchas cosas que aún no sé.

—Me preocupaba tu seguridad —le explico.

Su sonrisa se ensancha aún más. Jamás he visto una expresión más serena en un momento más violento. De hecho, Haneen parece bastante cómoda, descansando entre sus mantas y almohadas multicolores.

—¿Y qué pasa con vuestra propia seguridad, niña?

—Ya hay alguien que cuida de mí.

—Ya me he dado cuenta. —Gira la cabeza hacia Notos, que la contempla con ojos entrecerrados. Si no me equivoco, el escrutinio de la mujer ciega lo incomoda.

—Ven con nosotros —le pido—. Aquí no estás a salvo.

—¿Porque soy ciega? —Ante mi falta de respuesta, Haneen suelta una risita—.

Yo diría que veo mejor que aquellos cuya vista no está empañada.

No os preocupéis, querida. Llevo casi nueve décadas sobreviviendo a todo tipo de problemas.

—Introduce otro hilo en el telar, sin prestar la menor atención a los gritos que reverberan al otro lado de los muros del pasadizo—. Los umbrandantes no me asustan.

¿Es valentía o necedad? La verdad es que me da igual.

—Aun así, no quiero que sufras una muerte brutal.

Haneen alza la cabeza. Sus manos cobrizas descansan sobre los hilos tensos de color zafiro, naranja y rojizo.

—Hay destinos peores.

El Viento del Sur da un paso al frente.

—Puedes venir con nosotros si así lo deseas, pero, si no, hemos de marcharnos. Aún podemos salvar a otros.

—Tienes razón, mi querido chico. —Al oír esto, reprimo una sonrisa, porque yo no llamaría «chico» a este dios de milenios de antigüedad—. Marchaos. No os preocupéis por mí. No podría estar más a salvo.

Notos me agarra de la mano.

—Hemos de marcharnos —me susurra.

Sí, pero…

—Regresaré —le digo a la rapsoda.

—Lo sé —dice Haneen.

Al salir nos encontramos el zoco más atestado que hace unos minutos. Algunos caminos deben de estar bloqueados, y la gente se habrá visto obligada a internarse por senderos más estrechos. La mayoría de los puestos han quedado destrozados, aplastados en el suelo.

—Por aquí —dice Notos.

—No. —Lo detengo de un tirón de la mano. Parece a punto de agarrarme, cargarme al hombro y echar a volar, y al infierno las buenas maneras—. Algo va mal con las puertas de la ciudad. Hay que cerrarlas.

—Y se cerrarán, una vez que te haya llevado al palacio.

Yo suelto un suspiro.

—Notos.

—¿Qué, Sarai? —Alza las manos al cielo y se pasa los dedos por sus rizos despeinados. Una familia numerosa pasa junto a nosotros, seguida de un pequeño rebaño de cabras—. No vas a venir conmigo.

—No te estoy pidiendo que me lleves. —A pesar del caos que se desata a nuestro alrededor, yo mantengo la compostura—. Puedes dejarme aquí.

—Si crees que te voy a dejar aquí e ir yo solo a las puertas de la ciudad, es que has perdido el juicio.

—Pues es exactamente lo que te estoy pidiendo.

Alguien me aparta de un empellón y se dirige a toda prisa hacia un recodo. Llevo a Notos a tirones hasta un umbral medio derruido y me aprieto contra su silueta ancha y musculosa. Él me mira. Poco a poco, como una tormenta roja que amaina, su expresión se suaviza.

—Me lo estás pidiendo —aclara—. No me lo estás ordenando.

—Así es.

Porque lo primero requiere confianza, y lo otro, obediencia. Sé bien cuál de las dos valoro más en este dios que ha arriesgado su vida y su integridad para salvarme de…, bueno, de mí misma.

Notos se acaricia la barbilla con el pulgar.

—¿Por qué?

La respuesta a esa pregunta de dos palabras no debería ser tan complicada, y sin embargo, contiene una historia que abarca toda la longitud de mi relativamente corta existencia.

He vivido una vida a salvo, resguardada; una vida que, en muchos sentidos, nunca ha sido mía del todo.

Creo que puedo hacer el bien antes de que se me acabe el tiempo.

—Este es mi pueblo —le explico—. Es mi familia. Es mi casa. No me voy a detener ante nada para proteger mi hogar. ¿Tú no harías lo mismo?