El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 16
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L a campana sigue sonando, un tañido vívido y metálico que reverbera por los tejados inclinados del anillo superior. La alarma, incesante, precede a los gritos.

El rubí incrustado en el laberinto llamea.

Yo retrocedo. Las sombras empiezan a derramarse por la parte inferior de la puerta, a ascender por las columnas que señalan la entrada.

Se mueven con rapidez. Si no me equivoco, es el mismo tipo de sombra que rodea las siluetas esqueléticas de los umbrandantes.

«Sarai», sisea una voz grave. «Estoy esperando a que llegues.»

Se me queda la mente en blanco, sumida en un frío repen­tino.

—¡Princesa Sarai!

Parpadeo y vuelvo a centrar mi atención en el presente.

En el patio se ha desatado el caos. Los criados huyen hacia el palacio; hay cestos con toallas y canastas de fruta tirados bajo el sol abrasador.

Una puerta se cierra de golpe y se oye el chasquido de la llave desde dentro.

Una mujer muy alterada empieza a golpearla con creciente desesperación.

Sin embargo, las reglas son claras: en caso de que los umbrandantes ataquen, las puertas no deben volver a abrirse una vez cerradas.

Tendrán que buscar refugio en otra parte.

Uno de los guardias corre hacia mí, con la cimitarra desenvainada, y me arrastra por entre los adoquines recalentados.

Mientras tanto, más soldados acuden desde la ciudad para apostarse alrededor del laberinto.

A mí me da vueltas la cabeza. ¿Es posible que se hayan infiltrado más umbrandantes en el palacio?

De ser así, debo asegurarme de que mi familia está a salvo.

Cruzo la mitad del patio cuando, de pronto, pienso en Haneen, la rapsoda. Me freno en seco. El guardia pasea la vista en derredor, preocupado.

—Alteza, tenemos que poneros a salvo dentro del palacio.

Este guardia es joven, quizá unos años menor que yo. Veo el blanco de sus ojos, la capa de sudor que cubre su piel… Está asustado. Y con razón.

Otra puerta se cierra con un estruendo; es la puerta del ala este. Otros dos criados consiguen entrar antes de que se cierre, pero por los pelos. Quizá yo también podría ser como Aziza, la mujer de la historia de la rapsoda, y encontrar mi valor enterrado.

—Necesito que envíes a un puñado de hombres a la biblioteca —le digo al guardia.

—Así se hará, alteza, pero primero tenemos que poneros a salvo.

Normalmente, cuando se avistan umbrandantes en el desierto, la campana suena brevemente y luego guarda silencio para señalar que la capital está segura.

Sin embargo, ahora la campana suena sin cesar, lo cual solo puede significar que algo ha fallado en las puertas de la ciudad.

En cuanto yo entre en el palacio, la puerta tras de mí se cerrará y se pondrá una barricada hasta que la amenaza haya pasado.

Me refugiaré en mis aposentos, con las puertas cerradas con llave, las ventanas echadas con pestillo y las cortinas corridas.

No menos de veinte hombres vigilarán mi puerta…

Hombres que deberían estar protegiendo a los ciudadanos de Ishmah.

—Alteza —insiste con urgencia el guardia.

—Que entren los criados.

—¿Qué?

Hay una docena de sirvientes que siguen en el exterior. Se apelotonan unos sobre otros, se aferran al pomo de la puerta, piden ayuda a gritos. Verlos me encoge el estómago. El joven guardia cambia el peso de un pie a otro, incómodo.

—Son plebeyos, alteza. —Contempla a dos mujeres que forcejean con los sólidos pomos de latón. Una de ellas cae de rodillas con un sollozo quebrado. El guardia aparta el rostro—. Nuestro deber es proteger a la corona.

Plebeyos o no, son mi pueblo. Bastante ruina soportan ya por mi culpa, pienso.

—Cuanto más esperes, más vidas se perderán. Si abres las puertas, cooperaré.

Se me ocurre que resulta embriagador utilizar la propia voz.

Utilizarla de verdad. El guardia se muestra en desacuerdo con un murmullo, pero gira la llave de una de las puertas más cercanas sin quejarse más.

La abre de un empujón y permite que los criados la crucen en tromba antes de seguirlos.

No se molesta en comprobar si voy tras él. No se da cuenta de que le he mentido.

En cuanto el guardia cruza el umbral, yo echo a correr a toda prisa hacia los establos. Oigo un grito y unos rápidos pasos que me persiguen. Me interno por el pasadizo secreto y llego en pocos minutos a la Calzada de la Reina.

El terror impera en las calles. Las puertas que separan el anillo superior y los inferiores están rotas, los recios goznes han sido destrozados a la fuerza.

Todo el mundo, desde los aristócratas más acaudalados hasta las familias marginadas de los suburbios, cruza los amplios caminos pavimentados del anillo superior con la vista clavada en el resplandeciente palacio sobre la colina.

Desde este punto elevado, veo toda Ishmah, a sus miles de ciudadanos correteando como una colonia de hormigas. En la lejanía atisbo las puertas de la ciudad, abiertas de par en par. Los umbrandantes cruzan por ellas, sus huesos protuberantes envueltos en sombras. La campana no deja de sonar.

Salto sobre una pila de cajones y me zambullo entre la multitud de ciudadanos que huyen de las calles.

Alguien me da un codazo en la espalda, y me tambaleo con un grito de dolor.

Otra persona me agarra del vestido e intenta derribarme al suelo.

Yo me giro con un rugido y aparto la mano de la mujer de un manotazo.

Sus ojos se desorbitan al reconocerme, pero yo sigo avanzando entre la corriente.

Al cabo, llego al anillo inferior. La masa de cuerpos es aquí aún más horrenda, al pasar por el cuello de botella que es la entrada del zoco.

Varios puestos están derribados. Paso junto a un carromato de especias volcado de costado, del que se derraman comino amarillo y canela rojiza como si fueran la sangre de la ciudad.

Un viento seco cruza los caminos serpenteantes.

Huele a humo amargo y chamusquina: el olor de un incendio que lleva activo bastante tiempo.

Casi he llegado a la casa de Haneen cuando escucho unos gritos que provienen de la calle adyacente. Oigo el inconfundible sonido de la piel al rasgarse.

Corro a toda prisa por un callejón y me asomo por la esquina de un edificio medio en ruinas.

Tres umbrandantes. Bloquean el camino algo más adelante y hacen pedazos a la multitud de ciudadanos en plena huida.

Se derrama la sangre, la tierra seca la absorbe por sus grietas.

Hay extremidades arrancadas, y los ojos de la gente se desorbitan de terror.

Una mujer aparta a su hijo de un empujón y cae en las fauces de un umbrandante.

Alguien intenta lanzar un tajo con una espada oxidada, pero a menos que la hoja esté cubierta de sal, no le hará daño a la criatura.

En pocos segundos, los ciudadanos caen ante el ataque de esas bestias.

Los muertos alfombran la calle. Ocho, once, catorce…

, más y más. Un hombre cae, se hace un ovillo de costado y se cubre la cabeza con los brazos.

La bestia baja el hocico hasta su rostro e inspira.

Todo sucede en menos de un latido. El umbrandante alza la cabeza y el cuerpo del hombre se desintegra con una ráfaga de viento.

A mí se me rompe el corazón en dos. Me temo que su alma jamás estará en paz.

La gente intenta huir en dirección opuesta, pero las calles están tan atestadas que queda poco espacio para maniobrar, mucho menos para respirar. Esas bestias no tardarán en arrebatarles el alma a todos.

—¡Por aquí! —rujo yo.

Algunos ciudadanos se internan a toda prisa en el zoco, donde los caminos son hilos tan estrechos que los umbrandantes no pueden recorrerlos.

Giro en redondo y corro por una atestada calle lateral, luchando contra mis instintos, que me dicen que huya en dirección contraria.

Giro un recodo y un suave gemido atrae mi atención.

Hay dos niños arrebujados junto a una pared; me miran con rostros amedrentados bajo una capa de mugre.

Supongo que son hermanos. Me agacho frente a ellos.

—¿Dónde está vuestra madre? —pregunto.

Un remolino de polvo sopla por el callejón algo más adelante y arroja a una enorme figura contra el edificio más cercano con un estruendoso crujido. Sobre la cacofonía de la ciudad se oye un gruñido inconfundible.

—Quedaos aquí —les digo a los chicos.

Tan silenciosamente como puedo, giro el recodo para investigar.

En medio de un enorme montón de escombros, un umbrandante se pone en pie sobre unas patas larguiruchas. Su cola, como un látigo, golpea a un lado y a otro. La bestia echa la cabeza hacia atrás y emite un rugido estremecedor.

En el otro extremo de la calle aparece el Viento del Sur, espada en mano. Su túnica ondea a la altura de sus piernas. Sus ojos negros, esculpidos en una cara cincelada por las manos de alguna divinidad enajenada, destellan con una rabia desenfrenada.

Yo me agacho cerca de uno de los umbrales velados de la calle, intentando recuperar el aliento.

De pronto, Notos adopta una postura completamente diferente.

Su espada es un borrón. El aire avanza en espiral hacia el umbrandante y lo golpea directamente en el pecho.

La criatura sale disparada hacia atrás y se estrella contra el tejado de un edificio cercano. La estructura se derrumba bajo su peso.

El umbrandante sigue intentando ponerse en pie cuando, de pronto, una segunda bestia aparece, más grande y grotesca que la anterior, con una boca repleta de dientes rotos. El nuevo umbrandante baja la cabeza y se abalanza sobre el Viento del Sur.

Yo soy la única espectadora de la batalla que sigue; dios contra bestia. Sombra y sol. Una fuerza brillante que obliga a retroceder a la oscuridad.