El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 15 #2
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No es poco común que la nobleza le haga regalos a la familia real a cambio de favores. Luego pasan los años y esos regalos se quedan ahí cogiendo polvo. Roshar suelta un leve sonido estrangulado, como si acabasen de empalarlo brutalmente.

—Un Zarqan no es un simple bolso. Es un ejemplar de las cotas más altas de la moda de Ammara.

Claro que sí.

«Nos encontraremos pronto, Sarai.»

Mi cabeza latiguea en dirección a Roshar.

—¿Qué has dicho?

Roshar alza una ceja con aire curioso.

—He dicho que un Zarqan es mucho más que un bolso. —H ay una pausa—. ¿Te encuentras bien? —Me pone el dorso de la mano en la frente, preocupado—. Te noto un poco caliente. ¿Has ido a ver al médico?

—Estoy bien.

Pero acabo de oír esa voz otra vez. La oigo cuando estoy a punto de dormirme, cuando la vigilia y el sueño se funden. No es una voz que reconozca, pero debo resistirme a su atracción.

—¿Te importa que lea un poco mientras trabajas? —le pregunto.

—¿Leer? —Su semblante se arruga en una expresión de desagrado—. A veces me pregunto por qué somos amigos.

Acto seguido, se pone en pie y se retira al otro lado de la estancia. No tarda en desaparecer detrás de una pequeña montaña de telas.

Yo alargo la mano hacia el pequeño bolso que descansa a los pies de la silla y saco el libro que salvé aquella noche en que me atacó el umbrandante.

Teniendo en cuenta que es la única fuente de información de la que dispongo ahora mismo, no he querido dejarlo en mis aposentos.

Ya me lo he leído tres veces de cabo a rabo en busca de detalles que se me hayan pasado, de algún dato que nos sea de utilidad.

Si el príncipe Balior pretende liberar a la bestia, la única opción que nos queda es acabar con ella.

Abro el libro y empiezo a leer. De vez en cuando, Roshar murmura algo que me saca del ensimismamiento de la lectura. Otras veces oigo el tintineo de una aguja de coser al caer al suelo.

Tras lo que me parece una hora, Roshar se yergue de su postura encorvada, estira los brazos por encima de la cabeza con un bostezo y se acerca a la ventana. Yo estoy leyendo una vez más la historia personal de la bestia cuando Roshar se envara bruscamente y coloca una mano en el cristal.

—Sarai. —Me mira con un aire tan severo que me enderezo en el asiento—. Me parece que te interesa ver esto.

Dejo el libro a un lado y me acerco hasta Roshar.

El laberinto, con sus paredes curvas y pasadizos en zigzag, domina el centro del patio.

Notos avanza hacia la puerta con una seguridad que algunos podrían interpretar erróneamente como arrogancia.

Se detiene ante la entrada y pasa una mano sobre el velo de zarcillos oscuros que se retuercen bajo su enorme puerta.

—Por los dioses —susurra Roshar.

A mí se me eriza el vello de los brazos. Con la nariz apretada contra el cristal, mi exhalación dibuja una nube de vapor en la ventana.

El velo se aparta. La puerta se abre. Notos entra.

Ahogo una exclamación de alarma. Notos dijo que iba a llevar a cabo su propia investigación sobre el laberinto, pero no pensé que quisiese entrar a solas. Pensaba que trabajábamos en equipo.

Roshar se gira hacia mí, extrañamente mudo.

—¿A qué viene el interés del Viento del Sur en el laberinto?

Hay ciertas cosas que no le puedo contar por las buenas a Roshar. Esta es una de ellas.

—No estoy segura —digo, y me aparto—, pero me voy a enterar.

Desciendo a toda prisa por las escaleras centrales y cruzo en tromba las puertas que dan al patio.

Me sale al paso un calor tan denso que me quema la tráquea a cada inspiración.

El sol brilla tanto que ciega. Alzo una mano para escudarme los ojos.

Los tacones de mis sandalias levantan nubes de polvo.

Y de pronto me encuentro delante del laberinto. Alto, ancho, desconocido. Notos aún no ha salido. Siento las raíces de un pánico que florece poco a poco. ¿Y si está atrapado? La última vez que se enfrentó a la bestia, no consiguió matarla. Sus poderes no bastaron. ¿Cómo saber si necesita ayuda?

Bajo las densas sombras latentes que cubren la puerta, hay palabras cinceladas en la piedra, escritas en un lenguaje que el mundo ya ha olvidado.

La columna izquierda de la entrada contiene un enorme rubí redondeado.

Mis ojos lo recorren con curiosidad. Qué extraño.

Jamás he visto brillar así esta joya; parece iluminada por dentro.

Paseo la mirada por el patio. Algunos guardias me observan con cautela, pero no intentan acercarse, seguramente por miedo al laberinto. Yo podría ir tras Notos, pero existe el riesgo de que me pierda en las retorcidas profundidades del laberinto.

«Hola, Sarai.»

«¿No te apetece entrar en la oscuridad?»

Esa voz canta para mí. Me conoce. Alargo los dedos y toco las sombras retorcidas.

El frío me hormiguea en las puntas de los dedos.

En lugar de apartar la mano, la hundo aún más en las tinieblas, permito que el frío me cubra los dedos, la muñeca, el codo.

Doy un paso al frente. Las puntas de mis sandalias rozan la puerta.

Un tañido estridente capta mi atención. Alzo la vista a las alturas y retrocedo hasta caer de culo con un resoplido. Las campanas de la capital tañen. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco…»

Ishmah está siendo atacada.