15
–¿Q ue has hecho qué?
Le clavo la vista a Roshar desde mi asiento. Estoy arrebujada en uno de los enormes sillones que ocupan su taller. Me llevo otra galleta de pistacho a la boca.
—¿De verdad tengo que repetirlo? —murmuro con la boca llena.
Mi amigo es un manojo de nervios. Sus largas piernas lo llevan a la ventana, la puerta, por entre las mesas apiladas con sedas y muselina, lana y lino. La tela esmeralda de su túnica elegantemente confeccionada ondea a la altura de sus gemelos.
—Oh, no, querida. Te he oído a la perfección la primera vez. Es que estoy empezando a preguntarme si estoy soñando o si, de hecho, he muerto.
Y sigue dando vueltas y vueltas y vueltas. Y más vueltas.
—Roshar —le digo—, me estás mareando.
—Ah, soy yo quien te está mareando, ¿no?
—Se detiene y se gira hacia mí. Sus anteojos magnifican lo que ya es un par espectacular de ojos castaños, con largas pestañas, encendidos con una innegable irritación—.
A ver que lo entienda: has besado al Viento del Sur…
, pero estabas prometida con el príncipe Balior. ¿Me equivoco?
Con calma, dejo el plato de galletas. Ya me conozco el humor de Roshar, que cambia más rápido que las modas de cada temporada.
—El príncipe Balior y yo no habíamos confirmado nuestro compromiso. Me estaba cortejando —digo—. Estoy prometida con Notos.
Roshar niega con la cabeza.
—Ya veo lo que es esto. —Empieza a subirse las mangas con movimientos rápidos y superficiales—.
Estás enfadada porque te cosí notas musicales en el vestido sin que lo supieras.
Y ahora quieres sorprenderme de igual modo.
Lo comprendo, querida, de verdad que lo comprendo.
A Roshar le encantan las pequeñas venganzas como a cualquier otra novia despechada, pero tenía la esperanza de que reconocieses esas notas bordadas como un acto de amor.
—Roshar. —Espero hasta que me mira a los ojos—. Te estoy diciendo la verdad.
No quiere creerme, pero ha de hacerlo, así que acaba por soltar un resoplido de enojo.
—Perdóname, Sarai. Es que no se le pueden contar estas cosas a alguien que ni siquiera ha tomado el primer té de la mañana.
Se pasa los dedos por sus cabellos impecablemente peinados.
Luego, como si se acabase de dar cuenta de lo que ha hecho, va a toda prisa al espejo de cuerpo entero y vuelve a recolocarse los rizos.
Yo miro a los ojos a su reflejo. La expresión de Roshar es un caleidoscopio de emociones: horror, ultraje, intriga, ultraje, incredulidad y más ultraje.
Con voz susurrante, me pregunta:
—¿Cuándo os habéis prometido Notos y tú?
—La semana pasada, antes del baile.
Los ojos de Roshar se desorbitan cómicamente. Deja caer los brazos.
—¿La semana pasada? ¿Y no se te ocurrió contármelo?
—No es culpa mía que tuvieses que irte por un encargo, aunque me han dicho que en estos casos se suele felicitar a la novia.
—No intentes cambiar de tema.
Es ahora cuando veo, entre tanto aspaviento y tanto drama, la verdadera naturaleza del carácter de Roshar. Y de esa boca torcida en gesto dolido. He herido los sentimientos de mi amigo, aunque no era mi intención.
—Lo siento —digo—. Pensaba decírtelo, pero no ha sido sencillo. —Le doy un golpecito de frustración al borde del plato. No sirve de mucho—. Para serte sincera, mi padre no apoya nuestra unión.
Él hunde los hombros y contempla su reflejo frunciendo el ceño.
—Supongo que tiene sentido —replica en tono pensativo—, dado que sus planes de casarte con Balior han salido volando.
Asiento, aliviada al ver que Roshar es capaz de asumir mi perspectiva.
—Ha sido todo muy inesperado. El príncipe Balior no está… complacido. —Decir eso es quedarse corta. Y también hay que tener en cuenta a su ejército—. De verdad que lo siento…
—Por favor. —Alza una mano—. No es culpa tuya.
Sinceramente, tampoco es asunto mío. La verdad es que me estoy comportando como un idiota.
Bastante grave es que me haya perdido el evento social de la temporada, y todo por coserle un vestido a una señora que está loca de atar.
¡Y pensar que yo tenía las expectativas altas!
—Se aparta del espejo y se deja caer en el sillón frente a mí.
La bandeja de galletas capta su atención.
Agarra dos y se las mete en la boca a la vez—.
Mira lo que me pasa por su culpa. Si sigo así, el mes que viene habré aumentado cuatro tallas.
Yo me arrebujo aún más entre los cojines.
Por la ventana asoma una desacostumbrada bruma gris que se ha alzado por la noche y que rodea el laberinto.
Estoy segura de que algo se mueve entre la densa niebla, pero si la contemplo mucho rato, me empieza a doler la cabeza y me veo obligada a apartar la vista.
Al cabo, Roshar se calma.
—¿Puedo preguntarte algo?
—No, no te voy a prestar mi lápiz de labios rojo.
Él suelta un resoplido en forma de risa.
—Tenemos un físico muy diferente, querida.
A mí el escarlata me sienta fatal. —Se pone serio—.
¿Por qué has elegido a Notos? Casarte con el príncipe Balior te habría dado más seguridad que hacerlo con un dios que no tiene vínculo alguno con el reino.
Además, pensaba que odiabas al Viento del Sur.
—Escruta mi rostro—. ¿O aún sientes algo por él?
En realidad, la pregunta adecuada es qué es lo que no siento cuando estoy en presencia del Viento del Sur.
Mis sentimientos hacia él son tan enormes como la propia Ammara, con las mismas profundidades inexploradas.
Me aterra tener que llegar al fondo de sus sentimientos y enfrentarme al dolor que aún experimento por dentro.
—Lo que siento por Notos es… complicado.
—Ya sabes que siempre puedes acudir a mí, Sarai. Yo te escucharé.
—Habría acudido a ti —digo— de no haber pasado los últimos días escondida en mi habitación para evitar a padre.
Día tras día, el rey Halim me manda mensajes escritos con letra casi ilegible en los que me ordena que asista a alguna cena, me disculpe con el príncipe Balior, reniegue de mi compromiso con Notos y presente una disculpa pública.
Y lo que es peor, si el príncipe Balior y yo hubiésemos respetado el compromiso, lo más seguro es que hoy mismo se hubiera celebrado la boda.
Pero nada de eso ha sucedido. Llevo durmiendo muy mal desde la noche del baile.
En dos ocasiones me he despertado de pie delante de la ventana de mi dormitorio, contemplando el laberinto del patio y sin recuerdo alguno de haberme bajado de la cama.
Incluso he empezado a dormir con el candil encendido, porque a veces tengo la certeza de que las sombras se mueven.
Le he preguntado a Notos si ha avistado nuevos umbrandantes, pero dice que no.
—¿Sabes qué? —Roshar hace un ademán—. No importa. Sí, deberías habérmelo dicho, pero ya lo he superado. En serio. Vamos a centrarnos en temas más importantes. —Su sonrisa se ensancha, de oreja a oreja—. ¿Cómo fue el beso?
A pesar de que intento parecer impertérrita, se me ruboriza todo el rostro. Anoche me quedé dormida pensando en unas manos fantasmales que me recorrían los pechos, que me acariciaban entre las piernas.
Con calma, alargo la mano para coger una galleta. Entonces me doy cuenta de que me las he acabado todas. Me pongo la bandeja con más galletas en el regazo.
—Estuvo bien.
—¡Ay, Sarai, no! Eso es inaceptable. —Me quita la bandeja de galletas.
Yo suelto un graznido de protesta. Roshar me coloca un dedo bajo la barbilla y me alza el rostro hacia él, con un meneo de cejas—.
A mí no se me escapa nada, querida. Mira esos labios, fruncidos e hinchados.
—Me huele el cuello, lo cual me divierte y horroriza a partes iguales—.
¿De dónde sale ese aroma a madera que te rodea? ¿Te ha besado aquí?
Yo lo aparto de un empujón.
—Eres ridículo.
Alargo la mano hacia la bandeja, pero él la pone fuera de mi alcance.
—No, no. —Alza un dedo—. Hasta que me digas la verdad, ni una.
¿Qué es lo que prefiero, galletas o cordura? Hoy soy débil.
—Está bien, fue más que notable. Fue todo un terremoto.
Como yo ya sabía que sería. Es decir, hasta que lo aparté de un empujón. Han pasado días y aún me arrepiento. Notos me hace daño. Y yo le hago daño a él. ¿Cuándo se acabará este círculo vicioso?
Roshar se apiada de mí y me tiende la bandeja de dulces. Sin embargo, se me ha quitado el apetito.
—Me daba miedo contártelo —admito— por si te ibas de la lengua. Sin ánimo de ofender.
Él suelta un resoplido.
—¿Me estás diciendo que pensabas que yo iba a ir contando por ahí tu secreto? ¡Jamás haría tal cosa! —Yo le lanzo una mirada larga e incisiva. Los dedos de Roshar tamborilean con rapidez sobre el reposabrazos. Sus anillos reflejan la luz—. ¿Tienes alguna prueba de lo contrario?
—A los catorce años, a finales de verano, le dijiste a Jem que estaba enamorada de él.
Roshar se cruza de brazos.
—Fue un malentendido, nada más. Estaba seguro de que él sentía lo mismo. Solo intentaba ayudar.
—A los dieciséis años, le dijiste a padre que me marché del baile de primavera para practicar para un recital inminente.
Eso desencadenó una pelea particularmente amarga entre padre y yo.
—El rey Halim me preguntó dónde estabas. No podía mentirle…
—A los diecisiete le dijiste a una de las nobles que su nariz me parecía una verruga aplastada.
Roshar se ruboriza.
—No me lo tengas en cuenta. Además, ¿qué querías que hiciera?
—¡También le regalaste uno de mis vestidos!
—Me prometió un Zarqan, Sarai. ¡Un Zarqan! ¿Sabes lo difícil que es encontrar uno de esos?
Lo único comparable con la obsesión que tiene Roshar por esos bolsos de mano tan exclusivos y hermosos sería el amor de una madre por su retoño.
—Si querías un Zarqan, podrías haberte llevado uno de los que tengo en mi armario. Hay un montón de bolsos que ni siquiera he tocado.