14 #3
Notos se queda inmóvil. Mi exclamación ahogada reverbera por el espacio cerrado.
No sé cómo hemos llegado hasta aquí, con los cuchillos en alto y el pasado enturbiando el aire con recuerdos amargos.
Nos miramos a los ojos y, entonces, el Viento del Sur me aplasta contra la pared.
Mi espalda choca con las estanterías. Algo se me suelta por dentro cuando su lengua hambrienta se adentra en mi boca.
Suelto un gemido, alto, largo y ansioso.
Aquí, ahora, las transgresiones de nuestro pasado no importan.
Somos dos cuerpos que chocan en la oscuridad, dos pares de manos que se toquetean, dos bocas y dos corazones unidos.
Desprecio a Notos, y pensar en él me duele.
Lo desprecio, lo temo y lo deseo. Tengo hambre de él: de la presencia firme del Viento del Sur, de la seguridad de sus brazos, de la suave presión de su roce.
Sin embargo, ahora no hay ninguna suavidad.
En la oscuridad anida el hambre, un deseo tan agudo que siento que se me doblan los huesos bajo su fuerza.
El Viento del Sur me aplasta por completo, sus manos me enmarcan el rostro, me encajan la cabeza; y él me arrebata todas y cada una de las palabras afiladas que podrían salir por mi boca, cada insulto incisivo, cada comentario mordaz y cada afrenta cortante.
Quiere conquistarme, pero yo no cedo a la ligera.
Como de su boca al igual que él come de la mía, con lenguas penetrantes y dientes agresivos.
Cada uno de los gemidos dolientes que sale de su garganta es un botín de guerra.
En este momento, Notos es mío, su cuerpo es mi reino.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que exploré su topografía, pero mis manos la recuerdan, mapean sus músculos tensos, su fuerza bruta, la larga línea de sus muslos.
Reptan hasta su abdomen, pecho, hombros, cuello.
Y luego descienden hasta la parte baja de su espalda, hasta los firmes orbes de sus glúteos, que agarro con firmeza entre las manos.
Las estanterías de madera a mi espalda crujen cuando Notos echa las caderas hacia delante.
La longitud de su erección se aprieta contra mis muslos.
Me estremezco y separo las piernas para que pueda pegar la polla a esta parte de mí que tanta hambre tiene.
El placer me nubla la mente, la empapa de puro delirio.
¿Cómo puedo haberme olvidado de lo que se sentía al arder por completo ante él?
Un suspiro delicioso vibra en mi garganta.
Me restriego lentamente contra él. No es justo que sea tan irresistible, teniendo en cuenta que he hecho todo lo que estaba en mi mano para mantener la distancia.
Me he visto arrastrada fácilmente bajo el influjo del Viento del Sur. Pero ya he dejado de resistirme.
Con un gemido doliente, Notos aparta la boca y retrocede hasta la otra pared. Una pila de sábanas le cae sobre los hombros. Yo no consigo recuperar la respiración. Me tiemblan las rodillas. Temo que cedan y acabe por derrumbarme, incapaz de soportar mi propio peso.
—Te pido perdón —susurra—. Eso ha estado fuera de lugar. No…
Deja morir la voz. Le faltan las palabras.
El brillo de los ojos negros de Notos me tiene sumida en un trance. En la penumbra, mi mirada se acerca a la suave mancha que es su boca entreabierta, a esa lengua con la que he soñado tan a menudo, a pesar de mis esfuerzos por apartarla de mi mente.
Esto lo sé: el deseo es un animal. Un animal que, durante años, ha dado vueltas y vueltas en su jaula. Yo no lo alimenté en un primer momento. Y así, la bestia creció cada vez más hambrienta, hasta que no cabía en la guarida. Arremetió contra las paredes y la puerta hasta liberarse.
Alargo la mano y le agarro la parte delantera de la túnica. Me lo acerco de un tirón, pecho con pecho, entrepierna con entrepierna.
—Deja de hablar —murmuro, y aplasto mi boca contra la suya.
Notos me desata la trenza. Mis mechones caen libres.
Él introduce los dedos por mis rizos, me agarra el cráneo con una rudeza deliciosa.
Se me endurecen los pezones bajo el vestido.
Gimoteo. Curvo la espalda y me aprieto del todo contra él.
El aire se humedece con el sudor creciente de dos sombras entrelazadas.
Se me escapa un ronroneo grave y gutural.
Le agarro la ropa a puñados; me muero de ganas de que clave esa larga y dura asta de carne en mi mismo centro.
Una de mis piernas se enrosca alrededor de su muslo, en un intento de acercármelo aún más.
Él cede y me agarra entre sus brazos. Cierro las piernas en torno a su cintura, y él me sujeta contra las estanterías.
Algo cae de las alturas y se hace pedazos.
Con los brazos entrelazados a su cuello, hundo la cara bajo su barba y succiono su piel acalorada. El Viento del Sur es poder puro y desatado. El aire que nos rodea se carga de estática. Sus caderas se restriegan contra mí, agresivas. Una espiral de tensión al rojo vivo se enrosca bajo mi piel.
—Sarai…
Notos se aprieta aún más contra mi piel y yo abro aún más las piernas.
Una deliciosa fricción, un calor insoportable.
Lo aprieto, con el más fuerte de los nudos.
Ese siempre sido el problema entre los dos.
Nuestros cuerpos están sincronizados, melodía y contrapunto.
Y eso es lo que más temo: olvidar. Permitir que vuelva a entrar en mi vida.
Y que vuelva a marcharse. Quizá ahora no, pero algún día sí.
Ammara no es su hogar. ¿Qué motivo tendría para quedarse?
Rompo nuestro beso, con la respiración entrecortada.
—Bájame, por favor.
Lo hace de inmediato. Yo me aparto de él y me agarro a las estanterías con toda la fuerza que poseo. Derrumbarme hasta formar un charco de pura emoción no va a ser posible.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Notos en tono quedo.
—Sí, estoy bien.
—Ya.
Le lanzo una mirada asesina. Notos se acerca, pero mi mano sale volando y lo detiene.
—Esto ha sido un error —digo.
Él se me queda mirando. Tiene los labios hinchados y las mejillas enrojecidas.
—¿Te refieres al compromiso?
Aprieto los dientes. Está siendo deliberadamente obtuso.
—Me refiero al beso.
—Ya veo. —Esa reacción calmada llega hasta mí en medio de una insultante contemplación—. Porque me deseas.
Casi me ahogo con mi propia lengua.
—Porque te has aprovechado de mí.
El Viento del Sur suelta un resoplido.
—No hay nadie que pueda aprovecharse de ti, Sarai, pero… está bien. Si te niegas a admitir que me deseas tanto como yo te deseo a ti, tú misma.
—Y luego soy yo quien miente.
El inmortal se queda en silencio. La oscuridad se propaga por el aire y nubla el espacio entre los dos, hasta el punto de que me cuesta verle la cara por completo.
—¿Y en qué te he mentido yo, si puede saberse?
—Si de verdad me desearas, tal y como dices —argumento—, te habrías quedado a mi lado hace tantos años. Pero no lo hiciste.
El vacío se adueña de sus ojos y apaga el fuego que ardía en ellos. Me duele verlo desaparecer. Y me duele aún más que el pasado sea presente, que esta herida no se haya curado. Notos retrocede un paso y todo mi cuerpo se queda frío.
—Tienes razón —dice a regañadientes—. Aunque, por otro lado, sueles tenerla.
Me aparta de un levísimo roce y sale al pasillo. La repentina luz me ciega.