14 #2
Sus palabras me duelen, lo cual significa que han de contener algo de verdad.
Sin embargo, entonces mi vida era diferente.
Con Notos me sentía libre. Me atreví a mostrarle a una mujer escondida en lo más profundo de mi ser, una mujer que solo ansiaba aceptación.
Cuando se marchó, me pregunté si había llegado a amar alguna vez a esa mujer… El brillante fuego de la mujer que fui.
—La Sarai a la que conociste ya no está —digo entre dientes—. Lo único que tenemos es el presente, ¿lo comprendes?
El Viento del Sur no tiene la menor idea de que una maldición me aflige. No sabe el pánico que me causa cada día que pasa. Él es eterno.
Al cabo, Notos suspira.
—Lo comprendo. —Aunque está claro que no está de acuerdo conmigo—. Si quieres que vayamos a investigar a la biblioteca, no deberíamos retrasarnos.
Nos marchamos a toda prisa del salón de baile.
Hay cuatro soldados que montan guardia en la puerta de la biblioteca.
Dicen que no han visto al príncipe Balior, pero cabe la posibilidad de que este los haya sobornado.
Dentro, el silencio impera en el enorme atrio.
Un aire de abandono ensombrece toda la zona.
Los sillones están vacíos; la chimenea, apagada.
No se capta el aroma del fuego. Tampoco hay señal alguna de que por aquí pululen los umbrandantes.
Enciendo un candil en el mostrador principal y me acerco junto con Notos a las estanterías traseras, con una mano pegada a su espalda. El calor de su piel por debajo de su túnica es lo único cálido en este lugar sin luz.
—Por aquí —susurro.
Recorremos el sombrío pasillo, donde el aire se vuelve helado.
Me empiezan a salir nubecillas de vapor por la boca.
La zona de las colecciones especiales sigue siendo un desastre; hay libros y documentos desparramados de cualquier manera por todas partes.
Llevo a Notos hasta la última puerta, al final del pasillo.
La llama de nuestro único candil tiembla.
La sala está vacía. Han vuelto a colocar las cosas en su sitio y a levantar el escritorio volcado. Los anaqueles están vacíos, se ven las paredes por detrás. No hay rastro de ningún libro ni pergamino.
—No habrás sido tú quien ha limpiado esta habitación, ¿verdad? —le pregunto a Notos, intranquila.
—No. Vine a buscar aquí, pero no encontré nada.
—¿Ningún documento?
—Nada.
Lo que sospechaba. Si Notos no ha vaciado esta habitación, ¿quién ha sido? ¿El príncipe Balior? ¿El archivista jefe? Podría mandar a que registrasen la habitación del príncipe, pero ¿y si me equivoco?
Notos dice:
—Supongo que podría investigar por mi cuenta, ponerme en contacto con algún que otro viejo conocido a ver si alguien tiene libros o información sobre el laberinto.
Asiento.
—Yo seguiré buscando en el libro que conseguí llevarme, por si encuentro algún otro detalle relevante.
Cuanto más averigüemos del laberinto, más probable será que nos topemos con algún dato que tenga que ver con mi maldición.
No encontramos nada más, así que regresamos con las manos vacías a los pasillos.
Me voy poniendo de peor humor a medida que atravesamos el palacio.
Quiero hacerle a Notos varias preguntas sobre el baile de esta noche, pero este no es el lugar para mantener una conversación privada. Estos pasillos tienen oídos.
Una puerta cercana me llama la atención. Nos servirá.
—Entra aquí. —Abro la puerta y lo arrastro conmigo.
La oscuridad nos rodea, aunque una franja de luz se cuela por debajo de la puerta cerrada. El reducido espacio está atestado de sábanas, manteles y toallas dispuestos en anaqueles.
—¿Una alacena de ropa? —dice Notos, arrastrando las palabras—. ¿En serio?
Alzo la barbilla.
—¿Se te ocurre algo mejor?
Él suelta un resoplido sobre mi rostro alzado.
Su aliento especiado me resulta tan familiar que aprieto dolorosamente los dientes.
Estamos muy cerca; las puntas de sus botas rozan mis sandalias.
Notos es una sombra ante mí, un fantasma de mi pasado, aunque desprende suficiente calor como para rivalizar con el sol.
Una vez más, comprendo el error que he cometido. La presencia de la deidad nubla mis ideas y me arrebata la capacidad de pensar claramente. No hay peor lugar para una conversación entre antiguos amantes que una alacena. Aquí, sus alientos se convierten en los míos.
—¿De qué quieres hablar, Sarai?
Esa sensación fea y aplastante vuelve a mi pecho, más fuerte que nunca. Pienso en la promesa de Notos, la promesa que rompió. Pienso en esa mujer del vestido de plata. Pienso en lo sola que me he sentido, en lo sola que he estado siempre, a pesar de haberme pasado la vida rodeada de gente.
—¿Recuerdas nuestra conversación al principio de esta semana? —digo.
El Viento del Sur me contempla con cautela.
—No te sigo.
Me va a obligar a deletreárselo. Pues bien.
—Hablamos de mantener la fachada de este compromiso falso. De ser un poco más convincentes.
Su silencio es elocuente. Más que ver el temblor en su mandíbula, lo presiento.
—Te pido perdón por haber revelado nuestro compromiso. Entiendo que algo así te enfade. Debería haberlo discutido contigo previamente.
—No estoy enfadada porque se lo hayas contado a toda la corte —siseo. Tarde o temprano se habría sabido la verdad, con o sin su ayuda—. Estoy enfadada porque me has ignorado durante toda la velada.
—Yo no te he ignorado —replica Notos, con voz tan acalorada como la mía—. Quien me ha ignorado eres tú.
Un lento latido me consume. Me empieza a hervir la sangre. La Sarai herida es un animal bien distinto.
—Ah, ¿sí?
—Estabas hablando con Tuleen —gruñe él—. Cuando intenté acercarme a ti, fingiste que no existía.
Yo cierro la boca de golpe, sorprendida. Tiene razón. Se me había olvidado que lo ignoré delante de mi cuñada. Y sin embargo…
—¿Por qué no te acercaste una segunda vez?
—Sarai. —Niega con la cabeza, el gesto de un hombre a punto de perder la paciencia—.
Pero ¿tú te oyes a ti misma? Si me ignoras, supondré, como cualquier persona cuerda, que no quieres estar cerca de mí.
Sea como sea, Amir estaba presente. Me odia, eso ya lo sabes.
Estaba intentando evitar una escena, cosa que evidentemente no ha funcionado.
Me comporté del modo que creí mejor para ti.
Algo me araña con una desesperación aterradora. Algo que quiere ser visto, reconocido, oído, calmado. Aunque estoy delante de Notos, me siento como si estuviera delante de padre. Intento alcanzarlo y siempre acaba por apartarme. Siento que soy una carga.
—Pues no, no es eso lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres?
Mi mente retorcida tiene las agallas de malinterpretar su tono de voz, más bajo, como si fuera algo decididamente más íntimo.
—Que hubieras vuelto a mí. —Para poder enfrentarnos a ese nuevo mundo unidos en lugar de separados—. En cambio, me he pasado toda la velada viéndote flirtear con otra mujer a pesar del plan que habíamos urdido.
—¿Qué? —Se queda pasmado—. ¿Con quién?
—Tenía el pelo negro, vestido plateado, mucho pecho. ¿No te acuerdas? —Mira qué oportuno—. Le tocaste la espalda. Vi que le tocabas la espalda. —Echo los labios hacia atrás como una perra rabiosa—. ¿Quién es?
Y una vez más, ese maldito y pavoroso silencio. Me da miedo lo que vaya a responder, aunque no soy ninguna cobarde.
—No sé quién era —dice él.
—Mentira.
Notos contempla el techo y murmura lo que me parece que es una oración.
—Qué rápido lo supones todo, Sarai. Sí, parece que le toqué la espalda a esa mujer. —Entonces me mira—. ¿Te has preguntado por qué?
Valiente estupidez de pregunta.
—¡Pues porque te sientes atraído por ella, evidentemente!
—Por los dioses —murmura.
Se lleva una mano al cinto y saca un objeto largo y afilado: una daga. Yo me quedo mirando el arma.
—No comprendo.
—No sé quién era esa mujer. Nunca la había visto. —Escruta mi mirada. Quizá tiene las mismas ganas desesperadas de entenderme que yo de entenderlo a él—. Pero vi la forma de esta hoja bajo su vestido. La registré, y esto era lo que tenía.
Antes de entrar en el palacio, todos los invitados que no sirvan a la familia real deben desprenderse de sus armas. Acto seguido se registra concienzudamente a cada persona. ¿Cómo consiguió esa mujer burlar la seguridad?
—Me preocupaba que pudiera usarla contra el rey.
Notos envaina la daga y la devuelve al cinto.
—¿Dónde está ahora esa mujer? —pregunto.
—Encerrada. La están interrogando.
Ya veo. Notos debe de reconocer mi escepticismo, porque añade:
—Tengo un deber hacia la corona. Ya lo sabes.
Alzo la barbilla. La rabia, ese enérgico brote verde, siempre lleva al miedo que pudre sus raíces.
—¿Qué pasa con tu deber hacia mí? Soy tu prometida.
Notos se echa hacia atrás, apoyando el peso en los talones. Yo siento la tentación de avanzar un paso y salvar esa minúscula distancia.
—Este compromiso es una farsa.
—Para todos los demás, no.
—¿Y a ti qué te importa lo que los demás piensen de ti? —p regunta con un aspaviento de pura exasperación. Golpea sin querer una de las estanterías. Caen al suelo varias sábanas—. ¿Por qué es más importante cómo te perciban que cómo te percibas a ti misma?
Yo retrocedo de un respingo.
—Eso no es así.
—Ah, ¿no?
Hago un esfuerzo para inspirar hondo. Siento que no controlo mis propias emociones, sino que soy impotente ante ellas.
—No finjas que sabes cómo me siento —digo con los dedos apretados—. No estamos hablando de mis emociones, estamos discutiendo que no has sido capaz de mantener tu promesa.
—¿Mi promesa? —Suelta un resoplido desdeñoso—. Te repito que has sido tú quien me ha ignorado, Sarai. Esto ha sido culpa tuya, aunque ahora me pregunto por qué lo has hecho. ¿Te da vergüenza que te vean en mi compañía? ¿Te doy yo vergüenza de alguna manera?
—Por supuesto que no.
Nada más lejos de la verdad.
—Entonces, ¿dónde está el problema? —exige saber.
—¡El problema es que te necesitaba! —exclamo—. ¡Te necesitaba y no estabas ahí!