14
E l brazo del Viento del Sur me rodea el pecho y me aprieta contra su cuerpo al tiempo que una muralla de viento me envuelve por completo. Cuando alargo la mano, siento que estoy tocando dura piedra. Un temblor recorre todo el cuerpo de Notos, que respira entrecortadamente.
Entonces me doy cuenta de lo que he hecho: me he interpuesto entre un arma y su objetivo. Debería haberme dado igual. Ningún arma hecha por mortales puede matar a Notos. Y sin embargo, me he movido sin pensarlo.
—Suelta a mi hermana —sisea Amir.
La punta de su espada araña la superficie de la dura pared de aire.
—¿Te refieres a tu hermana o a mi prometida? —dice Notos en tono enojado.
Se hace un silencio tan denso que oigo el ruido de mi propia garganta al tragar saliva. Y entonces, susurros. Susurros frenéticos que reverberan por el aire hasta que no hay rincón del salón de baile que no ocupe el rumor y el rugido de sus oleadas.
«¿Lo he oído bien?»
«¿La princesa Sarai y el Viento del Sur?»
«¿Están prometidos?»
«¿Y qué pasa con el príncipe Balior?»
«No puede ser.»
Amir suelta una risotada, un sonido alto y estridente amortiguado por la cantidad de vino que ha tomado esta velada. Tuleen se encoge, avergonzada.
—Primero —dice Amir en tono desdeñoso, con la mirada fija en el Viento del Sur, por encima de mi hombro—, te niegas a obedecer una orden directa del heredero al trono. Y ahora escupes una declaración tan poco plausible que resulta ridícula. Suelta a mi hermana y no te pongas más en evidencia.
—La soltaré en cuanto bajes la espada —dice Notos con idéntico desdén.
Se suceden varias exclamaciones ahogadas por todo el salón de baile.
El Viento del Sur y yo estamos a un lado de la barrera de aire.
Amir y Tuleen se encuentran al otro, con los invitados a la espalda.
Son todos como polillas atraídas por el brillo de la llama de una vela.
Tal y como está la situación, nadie se da cuenta de que el médico del palacio acompaña al rey Halim fuera del salón de baile. Nadie excepto yo misma.
—Recuerda con quién estás hablando —ruge Amir—. Suelta a mi hermana o mandaré que te decapiten.
—No, no lo harás —espeto yo.
Los ojos de Amir vuelan hacia mí, cargados de confusión. En este momento se parece tanto a Fahim que resulta doloroso.
—En ese caso celebraremos un duelo, y el que resulte ganador tendrá el honor de arrebatarle la vida al otro.
Notos desenvaina su cimitarra. El arma curva emite un destello brillante; su filo está cubierto de muescas de muchas batallas.
He visto a Notos afilar y pulir esta hoja con agónico cuidado en muchas ocasiones.
Nadie puede vencer en duelo al Viento del Sur.
Tiene poderes que exceden los de cualquier mortal.
Si se baten en duelo, estoy segura de que mi hermano acabará tendido en un charco de su propia sangre.
—Aparta el arma —le gruño a Amir.
—Te ha deshonrado al verter esas mentiras. —Su espada no flaquea—. No pienso permitirlo.
Paseo la vista por la estancia. Muchos ojos sedientos de sangre. Sin embargo, hay una persona en particular que se ha ausentado: el príncipe Balior.
—Notos no miente —admito en tono quedo, con la esperanza de calmar la situación—. Estamos comprometidos.
La conmoción reverbera por entre la multitud. Amir es como una de las esculturas que flanquean el distrito de los templos, las deidades santas enterradas para siempre bajo la árida roca.
—¿Crees que soy idiota? —Aprieta tanto los labios que casi desaparecen—. No pienso permitir…
—No es ningún engaño —espeto cuando empieza a acabárseme la paciencia. Mi hermano es el más terco de los hijos del rey Halim.
—¿Padre te ha dado su bendición?
—No con esas palabras, pero siempre ha admirado y respetado a Notos. Es una buena pareja.
Este dato se filtra entre la multitud, primero reverberando y luego como una enorme ola. Los invitados empiezan a poner en duda la legitimidad del anuncio.
«¿El rey Halim les ha dado su bendición?»
Que hablen. Nadie va a dudar del rey.
Al cabo, mi hermano baja la espada apenas una fracción.
—No lo comprendo. —Buena parte de su desdén anterior se ha desinflado, demasiado abrumado por la confusión como para mantenerse—. Sabes bien el daño que te ha hecho este dios.
Vaya si lo sé. Roshar no fue el único que me ayudó a volver a pegar los añicos de mi ser después de que Notos desapareciera sin dejar rastro.
Amir también me ayudó. Sin embargo, me da más miedo la amenaza hacia Ammara que acabar otra vez con el corazón roto.
Puede que el Viento del Sur sea lo único que se interpone entre este reino y la ruina total.
—Amir —digo en tono suplicante—, aparta la espada, por favor.
Él pone una expresión tan ultrajada que cualquiera diría que le he pedido que se desnude.
—Solo si el Viento del Sur envaina su propia arma.
Notos me sigue rodeando la cintura con el brazo izquierdo.
El derecho está extendido, con el arma en alto.
Le toco la parte interior de la muñeca, con una pregunta silenciosa.
De inmediato, el Viento del Sur envaina la espada.
Amir lo imita, y es entonces cuando desaparece el muro de aire.
Toda la estancia suelta el aliento; numerosos invitados se abanican ante este espectáculo tan emocionante como alarmante.
Desde luego, está claro que será el evento social más entretenido de toda la temporada.
Amir mira a Notos a los ojos.
—Tú y yo aún no hemos acabado.
El Viento del Sur no dice nada. Se limita a mirar a mi hermano, que sale en tromba de la habitación con Tuleen pisándole los talones.
La multitud empieza a dispersarse y yo me abro camino hacia la mesa donde descansa el refrigerio.
Agarro un vaso de agua y lo apuro de un trago.
Su frescura espanta la sequedad de mi garganta.
Todo este espectáculo me ha alterado más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Pero ¿qué puede hacer una mujer atrapada entre la espada y la pared?
Yo esperaba que Notos me hubiese seguido, pero lo veo en medio del salón, dirigiéndose decidido hacia el pasillo. Se me encoge el corazón al verlo retirarse.
Antes de darme cuenta, me pongo en movimiento. Dejo la copa y aparto a los invitados a izquierda y derecha. Agarro a Notos del brazo antes de que llegue al pasillo.
—¿A dónde vas?
«¿Vas a encontrarte con esa mujer misteriosa?» Desde luego, iba con bastante prisa.
Él me contempla con impaciencia.
—A la biblioteca. Quiero probar algo.
A esta hora de la noche, la biblioteca está cerrada. Vacía. Una ubicación ideal para encontrarse con una mujer soltera sin el peligro de manchar su reputación. Mis dedos agarran a puñados el frontal de su túnica del color del ocaso.
—Tenemos ciertas cosas que discutir.
—Sea lo que sea, tendrá que esperar.
—No puede esperar.
Sus ojos se avivan con una advertencia.
—Sarai.
—Notos.
Es entonces cuando su atención se centra en mi brazalete. Se le oscurece la mirada. Ver su expresión me provoca una oleada de calor que me arrebata el aliento.
—Es un símbolo —explico, anticipando su pregunta—. Representa nuestro compromiso. —Me alegra hablar en tono indiferente. Hasta a mí me parece creíble—. A fin de cuentas, fue un regalo que me hiciste tú.
—Así fue —replica él lentamente—. No sabía que aún lo tenías.
De pronto soy muy consciente de nuestra proximidad, de la presión de sus duros músculos contra los míos, del roce del aire caliente contra mi piel, que asciende y fluye al compás de su respiración.
Ya me he encontrado antes aquí; fue la época más delirantemente gozosa de mi vida.
No augura nada bueno que me cueste tanto mantener la distancia.
—Por más que me apetezca comentar las joyas que te has puesto —dice—, tengo que hacer algo, y no puede esperar.
Tras un instante, lo suelto. Por supuesto que va a encontrarse con esa mujer misteriosa.
Me imagino las manos de Notos en sus caderas.
Me imagino que esa mujer le pasa los dedos por el cabello.
Me imagino que sus bocas se unen, suaves, abiertas.
Me llevo una mano al pecho, por encima del estruendo de mi corazón.
—¿Qué puede ser tan importante a esta hora? —Mi voz, traicionera, tiembla—. Soy tu prometida.
El Viento del Sur me estudia. Por una vez, no me parece tan terrible bajar la guardia. Confío en él, aunque me temo que eso juegue en mi contra. Notos me lleva hasta un hueco tenuemente iluminado. Baja la voz, y su ancha complexión bloquea al resto de invitados que deambulan por aquí cerca.
—¿Te has dado cuenta de que el príncipe Balior se ha esfumado durante el baile?
Asiento.
—¿Crees que ha ido a la biblioteca?
—A la biblioteca o al laberinto.
Me siento tan aliviada que casi doy un respingo cuando Notos pregunta:
—¿Qué te dijo el príncipe antes?
—Nada importante, solo que espera que podamos discutir todo este malentendido.
—Vacilo, no muy segura de qué decir a continuación, hasta que suelto—: Cree que hacemos una pareja excelente y que nuestros reinos serán más fuertes unidos que separados.
Quiere que hablemos de la posibilidad de seguir adelante.
El Viento del Sur se crispa por completo. Verlo me complace. Al menos no soy la única a la que le afecta su imagen buscando la compañía de otra persona.
—¿Y qué le has dicho tú?
—Que me lo iba a pensar.
—¿Y te lo vas a pensar? —Bajo ese tenue resplandor ambarino, las manchas de color agrietan los pozos negros que son sus ojos—. ¿De verdad que lo vas a pensar?
Yo frunzo el ceño y aparto la mirada. ¿Lo pregunta por el bien de Ammara o por algo más?
—Aún no lo he decidido.
Mi respuesta no parece satisfacer particularmente a Notos.
—Pero ya es cosa segura, Sarai. El príncipe Balior tiene planes ocultos.
—Lo sé.
—¿Seguro? Porque la Sarai a la que yo conozco jamás se habría planteado hacer un trato con el enemigo.