13 #3
El pánico recorre mis terminaciones nerviosas.
¿Cómo distinguir las mentiras de la verdad?
¿He sido injusta al juzgar prematuramente el carácter del príncipe Balior?
Un matrimonio sin amor no es exactamente una condena de muerte.
Creo que podría llegar a respetar al príncipe, suponiendo que tuviera tiempo para ello.
Por desgracia, Dalia aparece, probablemente invocada por fuerzas malévolas. Contempla al príncipe marcharse con una sonrisa salaz en la boca.
—Desde luego, sabes mantener el espectáculo por aquí.
No tengo tiempo para esto.
—¿Qué has oído?
—Algo sobre un compromiso. —Sus ojos vuelan hacia el Viento del Sur—. Pero no con el hombre con quien tu padre quería que te casases.
Se me acelera el pulso, que late desbocado en mi cuello. Hay un momento y un lugar para anunciar mi compromiso con Notos, y no es ni aquí ni ahora.
Doy un paso al frente.
—Dalia…
Tuleen agarra a la mujer antes que yo. Aunque es más menuda, el frío en su mirada bastaría para acobardar a los hombres más curtidos en batalla.
—¿Qué te importa a ti lo que haga la princesa Sarai?
En mi opinión, tu único propósito esta velada ha sido soltar chismorreos en la corte.
—Dalia se aparta un paso de la futura reina de Ammara, de pronto cautelosa.
Su séquito parece haberla abandonado—. Creo que es hora de que te vayas —dice Tuleen con voz entrecortada.
Mira más allá de Dalia, alza una mano y curva dos dedos en señal de «venid aquí».
Tres guardias se aproximan—. Por favor, acompañad a lady Yassin fuera de la sala.
Se hace el silencio. Todos los invitados giran el cuello hacia el espectáculo. Tantos ojos y tantos prejuicios que el aire mismo se vuelve asfixiante. Hasta el rey Halim nos observa desde su pedestal.
Dalia tiene cara de haberse llenado la boca de sal.
—¿Disculpa?
Tuleen mantiene la vista fija en su belleza de amplio busto.
—Eres una mujer noble. No deberías caer en el chisme fácil. Asegúrate de guardarte para ti esos comentarios maliciosos.
Y, dicho esto, los guardias acompañan a Dalia fuera del recinto.
Tras la partida de la mujer, las conversaciones explotan.
Cuando acabe la velada, todo el mundo sabrá ya que lady Dalia Yassin ha sido sacada a empujones por orden de la futura reina de Ammara.
Sin embargo, nadie sabrá que ha sido por mi incapacidad para defenderme a mí misma.
Resulta humillante no poder ocuparme de mis propios asuntos.
—¿Princesa Sarai?
Aprieto los dientes. No estoy de humor para fingir buenos modales. Me giro hacia la mujer de mi hermano. Cómo me gustaría que no hubiese presenciado la facilidad con la que Dalia me ha dejado fuera de combate. Yo debería ser más fuerte. Soy más fuerte, de hecho.
—¿Sí, Tuleen?
No hay rastro de la tierna futura reina, de esos ojos moteados de verde como aguas revueltas. En su lugar hay una mujer furibunda, con la mandíbula tensa y los labios apretados.
—Yo no te gusto mucho, ¿verdad?
Me paso el día socializando y halagando, sonriendo y mostrándome educada. Es totalmente agotador. No puedo más.
—No es que no me gustes. Es que no confío en ti.
Ella me contempla, calmada.
—¿Por qué no?
—Porque eres una mujer de la corte. Has nacido para urdir planes, y como tal, tú y yo jamás llegaremos a entendernos.
—Pareces muy segura de ello.
—Es que lo estoy.
—Y sin embargo, te acabo de defender de esa horrible criatura.
Mi réplica se desintegra antes de tener la oportunidad de tomar forma. Me muevo incómoda en el sitio. Tiene razón. Por otro lado, ¿para qué sirve un favor? ¿Quién dice que no lo usará en mi contra en el futuro? Ella añade, en tono suave pero no débil:
—Tienes derecho a tu opinión, pero espero que, a su debido tiempo, pueda demostrarte que te equivocas.
Antes de que yo pueda responder, Amir regresa con una copa en la mano. Engancha su mano libre a la cadera de su mujer y la aprieta contra sí. Tuleen intenta sonreír, pero su infelicidad es patente. Siento una punzada de culpabilidad.
De pronto, Amir se envara.
—¿Qué demonios está haciendo ese aquí?
Se me encoge el estómago. El futuro rey acaba de centrar la vista en Notos, al otro lado de la estancia.
Yo también lo miro. La mujer vestida de plata sigue a su lado, siempre a su alcance.
Una ráfaga de pura ira me hierve bajo la piel.
¿La acaba de tocar o acaso me lo he imaginado?
No, estoy segura de que lo he visto acariciarle la parte baja de la espalda con la mano.
—Padre cuenta con los servicios del Viento del Sur —explico. Me salen las palabras erizadas; prácticamente las escupo—. Llegó hace tres semanas.
Amir tiene aspecto de que nada le gustaría más que prenderle fuego a Notos.
—¿Desde cuándo acepta padre que regresen traidores a nuestro reino?
Yo pienso exactamente lo mismo. Y sin embargo, sin Notos, el umbrandante de la biblioteca me habría matado y despedazado. El Viento del Sur ha venido a proteger Ammara. Y eso hay que tenerlo en cuenta.
—Ya sabes la presión bajo la que se encuentra padre. La sequía es pertinaz. El comercio mengua. Los umbrandantes se siguen multiplicando por motivos desconocidos. Ahora mismo, el poder de Notos es una bendición para Ammara.
—¿Y qué más dará que el Viento del Sur tenga poder si echa a correr ante la primera señal de problemas? Hay otros capaces de protegernos, otros más dignos de confianza.
Tiene razón y, al mismo tiempo, se equivoca. Hay otros, sí, pero ninguno posee el poder del Viento del Sur. Amir gruñe:
—Si el Viento del Sur no deja de mirarte, le voy a sacar los ojos y se los voy a echar de comer a los cuervos.
—No, por favor —digo—. Has bebido demasiado.
Y yo también.
Amir apura el resto del vino y deja la copa vacía en una mesa. Un fino barniz letal cubre sus ojos con un brillo.
—Amir —advierto. Mi hermano echa a andar hacia el otro extremo de la sala. Yo me abalanzo y lo agarro del brazo—. Espera. —É l se zafa de un tirón, y yo giro como una hoja al viento—. ¡Amir!
Corro tras él y, con las prisas, casi choco con un grupo de gobernadores. La acompañante femenina de Notos se ha marchado, para mi gozo. Y que no vuelva. El Viento del Sur saluda a mi hermano con una pronunciada reverencia.
—Amir.
La expresión del futuro rey se endurece.
—Para ti, príncipe Amir.
—Mis disculpas, príncipe Amir.
Mi hermano enseña los dientes en una mueca. Tuleen intenta llamar su atención, pero es como si tratara de derribar un muro de piedra. La voluntad de Amir es inquebrantable. Toda la familia es así.
—Demuestras muchas agallas volviendo así a Ishmah —escupe—. Puede que padre crea saber lo que necesita este reino, pero en cuanto la corona sea mía, te desterraré a las Tierras Baldías.
A estas alturas, la mayor parte de los invitados se ha reunido para presenciar el intercambio.
Forman un semicírculo a nuestro alrededor.
Notos no se amilana ante el antagonismo de Amir.
En cambio, lo que hace es dedicarme una mirada con esos ojos negros y resplandecientes.
Hay una pregunta implícita en ellos: «¿Cuánto sabe de lo que está pasando? ». Me da miedo responder.
Me coloco entre los dos y le pongo a mi hermano una mano en el pecho.
—Amir, basta. Tal y como te he dicho, ha sido padre quien ha pedido que Notos regrese. No puedes culparlo por responder a la llamada del rey.
—Puedo y lo haré.
Cinco dedos me rodean suavemente el brazo. La mano de Notos es tan ancha que puede rodearlo con facilidad.
—¿Se lo explicas tú o se lo explico yo? —murmura junto a mi oído, y me provoca un escalofrío.
—Aparta las manos de mi hermana —gruñe Amir.
Notos se niega a apartar la mano y mi hermano se abalanza sobre él.
Sin embargo, Amir no espera que el Viento del Sur se aparte tan rápido.
Toda la noche bebiendo vino le ha atontado los reflejos.
Se estampa de cara contra una mesa cercana.
La mesa vuelca, y varios espectadores retroceden y chocan entre sí.
Platos y cubiertos caen al suelo. Se hacen añicos las copas de cristal.
El rey Halim contempla el espectáculo con horror creciente. Mientras tanto, el príncipe Balior lo observa todo con los brazos cruzados y la boca apretada en una mueca compasiva. La princesa, el futuro rey y el Viento del Sur enzarzados en una pelea. Semejante cotilleo se contará durante años.
—Nos marchamos —digo en voz baja, y me giro hacia mi cuñada—. Tuleen, por favor, asegúrate de que Amir llega sano y salvo a sus aposentos.
Le hago un gesto a un guardia cercano para que venga a ayudarnos.
Amir se pone en pie con dificultad, con todo el rostro enrojecido bajo la barba. Desenvaina su cimitarra. Y yo me pongo en movimiento para interponerme entre la espada y el corazón de Notos.