13 #2
—¡Por supuesto que es verdad! —El médico se masajea las sienes, exasperado—. Pero no puedo hacer nada al respecto. Algunos días se lo toma, pero la mayor parte de las veces no. Mientras siga negándose a bebérselo, seguirá perdiendo peso.
—Ya veo. —Sea o no horrible ese brebaje, al rey Halim no le interesa parecer débil ante sus invitados. Ningún rey querría algo así. Es el único argumento con el que cuenta mi arsenal—. ¿Y si se lo doy yo?
—Como mínimo, vale la pena intentarlo.
Me tiende discretamente un pequeño vial lleno de líquido verde. Nos separamos y yo me dirijo al rey, sentado en su asiento. Me inclino en señal de respeto.
—Padre.
—Sarai. —Mira por encima de mi hombro con patente desaprobación—. ¿Dónde está tu prometido?
—Notos vendrá.
Me lo ha prometido. Y aun así, me pregunto cómo puedo ser tan necia como para confiar en la palabra de un dios cuyas promesas se han convertido en mentiras.
Al rey no parece hacerle gracia la situación.
—Me refería al príncipe Balior.
Contraigo la boca en algo parecido a una sonrisa. Por supuesto que se refería al príncipe Balior.
—En primer lugar —digo en tono calmado, consciente de cuántos ojos y oídos se centran en nosotros—, jamás he estado prometida con el príncipe Balior, porque ya estoy prometida con otro.
En segundo lugar, sé que no apruebas mi relación con Notos, pero, por favor, ten en cuenta que solo estoy haciendo lo mejor para Ammara.
—¿Lo mejor? —sisea él—. ¿Cómo va a ser esto lo mejor? El Viento del Sur es poderoso, cierto, pero no tiene la información que necesitamos.
—Tal y como he dicho antes, estaré encantada de discutirlo todo contigo… en privado.
El rey Halim me contempla con la indiferencia que cualquiera esperaría hacia un sabueso particularmente perezoso, no hacia su hija.
—A mí me parece que ya has tomado una decisión. Tal y como yo lo veo, discutirlo sería una pérdida de tiempo.
No me resulta sencillo ocultar el dolor que me provoca ese comentario. Dolor y rabia espinosa.
—¿Así es como me ves, como una pérdida de tiempo?
—Estás poniendo palabras tuyas en mi boca.
—Me limito a afirmar lo que tú ya has dejado claro.
Padre niega con la cabeza en señal de frustración. Los escudos que ambos levantamos no dejan de chocar entre sí.
—¿Acaso no te importa tu propia vida? —susurra.
—Por supuesto que me importa.
—¿Y a qué viene esta farsa con el Viento del Sur?
Oír el dolor en su voz me ablanda momentáneamente. La maldición me aflige, pero, desde luego, a él también. A menudo me he preguntado si se echa a sí mismo la culpa por la posición precaria en la que se encuentra Ammara y por mi muerte inminente.
—No espero que entiendas mis decisiones —digo—, pero me gustaría que confiaras lo bastante en mí como para permitirme vivir una vida que tenga sentido durante el tiempo que me queda.
El rey Halim aparta la mirada. Está confundido; en cierta manera, dividido.
Quizá incluso sienta el corazón roto. Pero yo no puedo asumir la responsabilidad por emociones que no me pertenecen.
Aparto a un lado la tela del vestido y le tiendo el vial de medicina. Padre parpadea, sorprendido. Yo digo:
—Sé que últimamente todo ha sido muy duro, pero el médico me ha dicho que es importante que te bebas esto. ¿Podrías hacerle caso por mí?
Él entrecierra los ojos.
—Sarai…
—Por favor.
Y ahora me permito bajar esos escudos. Permito que padre vea cuánto me preocupo por él, que me quitan el sueño las pesadillas en las que me entero de que ha fallecido sin haberse despedido de mí.
El rey Halim es un hombre duro, pero sigue siendo mi padre, y está dispuesto a entregar su reino a cambio de mi vida. Es algo que jamás podré compensarle.
Me gustaría creer que mi vulnerabilidad lo aplaca en cierta manera, porque me hace un gesto para que me acerque y se traga la medicina sin poner más pegas.
—Gracias —susurro, y él baja la vista—. Enseguida vuelvo para ver cómo te encuentras —prometo.
Acto seguido, me acerco al otro extremo de la sala y ocupo de nuevo mi lugar junto a Tuleen. El murmullo apagado de las conversaciones se convierte en un rugido en mi cabeza. Tuleen me contempla preocupada.
Siento la presencia del Viento del Sur antes de verlo. Una brisa caliente invade todo el espacio y arrastra consigo el aroma del desierto a mediodía. Está ahí, cerca de las puertas arqueadas que dan al jardín. Lleva una túnica de color cuarzo, pantalones negros y turbante color marfil.
Me parece inevitable que su mirada acabe cruzándose con la mía desde el otro lado de la estancia.
Notos se me acerca a zancadas, y a mí se me acelera el corazón.
No estoy lista para esto. Necesito más tiempo.
No debe haber señal alguna de que somos algo más que conocidos.
Le doy la espalda e inicio una conversación intrascendente con Tuleen.
—Princesa Sarai.
La voz ronca de Notos me eriza el vello en la nuca. Está cerca, toda mi columna siente el calor que emana de su cuerpo. Yo sigo conversando con Tuleen y lo ignoro por completo. Al cabo, Notos se aleja, aunque me resulta difícil centrarme en nada que no sea el aroma que ha dejado a su paso.
—¿Quién es ese hombre? —pregunta Tuleen.
Para responder a eso necesito tener una copa en la mano. Agarro la que dejé en el alféizar y la apuro de un trago. El alcohol me quema la garganta con una sensación tan incómoda como necesaria.
—El Viento del Sur —digo con voz entrecortada—. Trabaja para padre; protege Ammara de los umbrandantes.
Suelto un suspiro y me apoyo contra la columna a mi espalda. Los invitados de la velada deambulan amodorrados, como moscas alrededor de un cadáver. Tuleen vacila.
—Parecía enfadado porque lo has ignorado.
Bueno, pues tendrá que gestionárselo él solo.
Tras haber dado cuenta de mi vino, le hago un gesto a uno de los criados para que me traiga otra copa. La bebida me confiere una falsa seguridad. Después de apurarla también, me permito buscar a Notos en medio de la multitud. Lo distingo con facilidad. Pero no está solo.
La mujer es encantadora. Esa es la primera de mis observaciones. Un vestido de plata líquida le cae por la cintura. Un trío de alfileres de rubíes adorna su elaborada trenza. Los dos conversan en lo que, imagino, es un tono apagado; con las cabezas inclinadas el uno hacia la otra.
Un candente abanico de emociones me provoca un nudo en la garganta al ver que Notos curva los labios en respuesta a algo que ha dicho ella. No es del todo una sonrisa, pero casi. Verlo con esa mueca me parece tan desacostumbrado que me resulta difícil apartar la mirada.
Tengo varias preguntas. Por ejemplo, ¿quién es esa mujer?
¿Cómo es capaz de derretir las rígidas facciones de Notos hasta que asoma a ellas algo parecido al afecto?
¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo? Soy su prometida.
Cierto es que todavía no se ha anunciado oficialmente, pero eso da igual.
Que converse con otra mujer —soltera, pues no tiene la runa de ópalo en la mano izquierda— es señal de humillación. Una falta de respeto.
—¿Sarai? —La voz se oye a mi espalda. Vívida y engolada.
Lo que faltaba. Sin embargo, compongo el semblante y me giro. Mi expresión florece como un girasol a mediodía.
—Buenas noches, príncipe Balior.
Por el rabillo del ojo veo que Tuleen pasea la vista entre los dos con curiosidad. El príncipe sostiene una copa de vino a medio vaciar.
—¿Te puedo robar un momento? —pregunta con voz baja y suplicante—. Quería comentar algo contigo.
Qué curioso que, ahora que se encuentra entre la espada y la pared, esté tan manso.
—No quiero que esto sea más difícil de lo necesario, príncipe Balior. Ya he tomado una decisión. Una vez más, mis sinceras disculpas por lo mal que te he tratado. Ha estado mal, y no te merecías…
—¿Ha sido por mis investigaciones? —Con cuidado, examina mi mirada—.
Sé que no he sido sincero del todo contigo en cuanto a mi interés en el laberinto —dice—, pero espero que entiendas que no pretendía ocultarte ningún tipo de información.
Me encuentro en el reino de otro rey, entre un pueblo que no es el mío, y no siempre sé en quién puedo confiar. ¿Entiendes mis preocupaciones?
—Las entiendo —replico y, para mi sorpresa, me doy cuenta de que lo he dicho con sinceridad—. Pero no se trata de eso.
—¿Y entonces de qué se trata? No comprendo cómo se puede pasar de despreciar por completo a una persona, tal y como tú afirmabas despreciar al Viento del Sur, a estar enamorada y prometida.
Tuleen hace una rápida inspiración entre dientes.
«Mierda.»
El príncipe Balior me contempla, expectante.
—¿Y bien?
Creo que no lo ha oído nadie más que Tuleen, aunque sigo convencida de que los invitados me juzgan con miradas frías y cuchichean entre sí cada vez que les doy la espalda. Esta velada no va como yo había planeado. Cómo me gustaría poder disfrutar de un poco de oscuridad y soledad.
—Si hubieras sido sincero en un primer momento sobre tu interés en el laberinto —le digo al príncipe con voz baja—, quizá sí que habría visto la situación con otros ojos.
—Pero es que sí que quiero contarte todo lo que he averiguado.
—Da un paso al frente. A mi lado, Tuleen se queda rígida—.
Con suficiente tiempo, creo que podría recuperar tu confianza en mí.
Te pido otra oportunidad para demostrar que mis intenciones son nobles.
Quiero atar mi vida a la tuya, y espero que tú quieras lo mismo.
—Príncipe Balior…
—Tu padre solo quiere lo mejor para ti. Te ama muchísimo. Ojalá pudieras escuchar los elogios que te dedica a puerta cerrada.
Siento un aleteo de incertidumbre bajo el esternón. ¿Cómo va a ser eso verdad si jamás lo he presenciado?
—¿Te lo vas a pensar mejor? —presiona, con más insistencia.
No sé qué creer, pero digo:
—Reflexionaré sobre ello.
Al menos así conseguiré que me deje en paz.
—En ese caso, hablaremos pronto.
Antes de que yo pueda responder nada, Balior se aleja y se pone a charlar con otro individuo ignorante de la situación.