El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 13
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U na gota de sudor me recorre las vértebras. Esto ha sido un error. ¿Quién se pone un vestido de manga larga en pleno verano? Pues, al parecer, yo. Me temo que me voy a derretir entera antes de que asomen las estrellas.

Las puertas del salón de baile, que dan a los jardines del este, están abiertas de par en par.

Ramas colgantes y setos podados proporcionan un alivio sombrío entre su follaje.

Los invitados deambulan por los senderos de los jardines, con sus bebidas.

No alcanzo a contar cuántos son. Hay dignatarios de visita desde reinos vecinos, gobernadores de ciudades lejanas de toda la Ruta de la Especia, aristócratas acaudalados.

Amir y yo nos refugiamos tras una columna en el perímetro del salón de baile. Al otro lado de la enorme cámara, padre supervisa los festejos desde su trono sobre un pedestal. La tarde se va refrescando hasta dar paso a la noche, y el rey se hunde en su opulento asiento.

El médico del palacio viene de vez en cuando a comprobar su estado. Le ofrece al rey un brebaje que este no deja de rechazar. Yo me muerdo el labio inferior, preocupada. Padre no debería estar aquí, teniendo en cuenta cómo se encuentra. Lo mejor sería que descansase en sus aposentos.

Amir parece darse cuenta. Apura su bebida —la segunda de la velada— con aire de completa congoja.

Mientras tanto, yo paseo la vista por la zona en busca de unos hombros anchos; aún no he visto a Notos.

Sin embargo, sí que veo a Dalia, acompañada de su pequeño séquito.

La media sonrisa que curva su sinuosa boca me provoca un nudo de inquietud en las tripas.

—Y pensar que voy a pasarme la vida codeándome con esa gente a la que desprecio —gime Amir—. No me extraña que Fahim evitase siempre estos eventos.

Le lanzo una mirada de soslayo a mi hermano, olvidándome momentáneamente de Dalia.

Amir tiene razón y, al mismo tiempo, se equivoca.

Fahim siempre fue el más animado de los hijos del rey, pero después de que padre lo obligase a abandonar el violín, se retrajo.

Sus estudios requerían cada vez más atención.

Solía saltarse las comidas. En el año previo a su muerte, yo dejé de esperar que viniese a cenar.

Solo puedo imaginar hasta qué punto se desequilibró su vida, aplastada para siempre bajo las expectativas imposibles de nuestro padre.

Me giro hacia mi hermano y pregunto:

—¿Estás listo?

No necesito más aclaración. A juzgar por el modo en que Amir frunce la boca, sabe de lo que estoy hablando.

—Da igual que esté listo o no —dice—. No tengo alternativa, ¿verdad? —En cuanto esas palabras salen de su boca, Amir frunce el ceño, con las facciones pintadas de una desolación que me resulta familiar—. Supongo que Fahim tampoco tuvo alternativa cuando quedó decidido que iba a ser rey.

Recuerdo haber visto una mirada parecida en los ojos de Fahim, abrumada por las responsabilidades. Empiezo a sentir pánico, porque no quiero que Amir corra el mismo destino que nuestro hermano.

—Amir —le agarro la mano con fuerza. Él me contempla, sobresaltado—, si alguna vez te sientes perdido y no estás seguro de con quién hablar, por favor, acude a mí.

Me giro hacia la reunión. En ese momento, una mujer esbelta acompañada de un hombre mayor —su padre, supongo— saluda a mi hermano con un beso en la mejilla.

—Hola, querido —dice.

Amir sonríe y estrecha a Tuleen en un abrazo. Ella se aprieta contra mi hermano con gusto. Yo intento no clavarles la mirada. ¿Esto que siento es envidia? ¿Soy consciente de mi propia pérdida, de una felicidad que experimenté en su día y que se echó a perder?

—Que nuestro Señor de la Montaña te ilumine, Sarai.

La voz de Tuleen me recuerda a los vientos del desierto: grave y etérea. Le rozo la mejilla a mi cuñada con los labios. Su aroma, perfumado con jazmín nocturno, se queda pegado a mis narices al retirarme.

—Y a ti también, Tuleen.

Ella mira de reojo a mi hermano, pero la atención de Amir está centrada en un grupo de consejeros en el otro extremo de la habitación. El grupo lo llama, y Amir se disculpa y se acerca a ellos entre la multitud que deambula, bebe y baila por el jardín.

Tuleen se toquetea uno de los botones de su ornamentado vestido verde, apenas un tono más claro que sus ojos del color del musgo.

—Felicidades. Me he enterado de que pronto te vas a prometer en matrimonio con el príncipe Balior. —Me señala con un gesto y luego baja la mano, como si ese ademán le hubiese dado vergüenza.

—Gracias.

Doy un sorbo a mi bebida y sigo paseando la vista por la sala.

Por supuesto que Tuleen cree que me voy a casar con Balior.

Tal y como prometimos hacer, ni Notos ni yo hemos anunciado nuestro compromiso.

El rey Halim se aferra a la esperanza de que acabaré por ver mi error antes de que la corte se dé cuenta de que las circunstancias han cambiado.

—Tendremos que celebrarlo —dice Tuleen.

Yo emito un sonido esquivo. Si Tuleen quiere celebrar mi compromiso con un hombre al que ya no estoy prometida, ella misma. Por suerte, yo no asistiré a esa celebración.

Tuleen abre la boca, vacila y vuelve a cerrarla. Por dentro suelto un suspiro de alivio. No hay mayor aire malgastado que el que se va en la charla intrascendente.

No tengo ni la menor idea de por qué Tuleen decide quedarse conmigo habiendo tantas nobles ansiosas por hablar con ella.

Al igual que yo, ella creció en la corte.

Pertenece a una familia aristocrática de abolengo.

Y precisamente por eso me niego a acercarme mucho a ella.

Estas nobles siempre buscan con ansia todo tipo de debilidad, siempre dispuestas a devorar hasta las más pequeñas migajas.

—Esta noche estás encantadora —dice de pronto Tuleen, con una desesperación que me crispa por dentro—. ¿De dónde has sacado tu vestido?

Yo tamborileo con los dedos sobre el cristal y me pregunto hasta qué punto me meteré en problemas si me marcho sin contestarle. Bastante tensión ha sufrido mi relación con Amir en las últimas semanas. No puedo arriesgarme.

—Se lo encargué a Roshar Hammad. Es el mejor sastre del reino.

Ojalá estuviera aquí. Roshar adora estas funciones…, no hay nada que le guste más que un buen escándalo.

—Su trabajo es exquisito —dice ella, contemplando mi vestido—. Me encantan los detalles cerca del corpiño. ¿Son notas musicales?

Yo bajo la mirada. Las puntas de los dedos marrones de Tuleen recorren lo que indudablemente es un conjunto de ocho notas. Me he puesto este vestido en tres ocasiones distintas, pero es la primera vez que me fijo en ese detalle.

—Bastante adecuado para una violinista —dice, e inclina la cabeza.

Dejo mi copa en un alféizar cercano. De pronto me abruma el cariño hacia mi amigo, que ha sido capaz de tejer notas musicales en mi vestido para que yo lleve la música allá donde vaya sin saberlo.

—Tú tienes un aspecto muy… —miro a mi cuñada en busca de algún cumplido— saludable.

A ella se le cambia la cara. No es ninguna sorpresa, pues he empleado una palabra que se usa más para describir al ganado que a una mujer hermosa vestida de seda.

—Gracias —replica—. Muy amable por tu parte. —Entonces lanza un vistazo hacia las puertas del salón de baile—. Tu prometido es muy guapo.

Mi cabeza latiguea, pero… no. Quien ha entrado es el príncipe Balior, vestido de resplandeciente seda blanca.

Sus ojos se centran en mí con aire depredador.

Yo lo contemplo calmada, hasta que aparta la vista.

Me parece bien. No es en su cara en la que he estado pensando estas noches hasta quedarme dormida.

—Lo es —concuerdo en tono brusco.

Y sin embargo, sigo mirando en derredor. Dalia se ha ido acercando, reptante, a medida que avanza la velada. Ahora empiezo a fijarme en algunas miradas de disgusto que me lanzan ciertos invitados. Bajo la vista, pensando que quizá me he manchado el vestido, pero no hay nada en él.

—¿Qué tipo de personalidad tiene?

¿Por qué estamos hablando del príncipe Balior? Deberíamos estar comentando que a los demás invitados parece ofenderles mi presencia. Cruzo la vista con una mujer noble particularmente distinguida, y su semblante se contrae de pura repulsión.

—Se merece algo mejor que tú —prácticamente escupe, para luego girar en redondo y desaparecer entre la multitud.

Yo contemplo a la gente, absolutamente pasmada.

—¿A qué ha venido eso? —susurra Tuleen, preocupada.

—No lo sé… —Un hombre con túnica color lavanda atrae mi atención. Está cruzando la estancia; se trata del médico real—. Discúlpame, Tuleen. —Me apresuro a interceptarlo. Avanzo a toda prisa; mis sandalias se deslizan por el mármol—. ¡Señor!

Él se gira con un sobresalto. Sus gafas se le resbalan nariz ­abajo.

—Princesa Sarai. —El médico se recoloca la túnica, avergonzado, y recorre la estancia con la mirada. Debe de tener una década menos que el rey. Lleva el pelo canoso peinado hacia un lado para cubrir la calva—. ¿Necesitáis algo?

Una pareja en pleno baile me da un empujón por la espalda.

—¿Qué es ese tónico que queríais darle a padre?

—No estoy seguro de a qué os referís.

Le lanzo una mirada firme.

—Señor.

Él suspira. Me fijo en las profundas ojeras que tiene. He oído que apenas duerme un puñado de horas a causa de lo entregado que está al cuidado de padre.

—No es nada de lo que alarmarse. Solo es un remedio para ayudarle a ganar algo de peso.

Un invitado particularmente entrometido se sitúa cerca de nosotros, pero yo le clavo la mirada hasta que se escabulle hacia alguna otra parte.

Probablemente, este no sea el lugar idóneo para discutir la salud de padre.

Me apresuro a arrastrar al médico hasta un hueco ensombrecido en el que tener algo más de intimidad.

—¿Y por qué no se lo bebe?

—Dice que sabe horrible.

Yo reprimo una mueca sonriente. Desde luego, suena como el rey Halim.

—¿Y es verdad?