El viento del Sur (Cuatro vientos 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

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(En el que el Viento del Sur intenta leer un mapa)

–E stamos perdidos.

Una frase pronunciada en tono de reproche. Notos escrutaba la plaza central de Marqa, con su singular pozo y su plétora de rebaños de cabras. Se giró con calma hacia Sarai.

—Al contrario, estamos exactamente donde hemos de estar.

Ella curvó la boca con una expresión que Notos conocía bien. Tras una hora dando vueltas, el polvo y el sudor le cubrían la piel. Desde luego, Sarai no estaba complacida.

—¿Y dónde hemos de estar, exactamente?

—En Marqa —dijo él con la voz entrecortada.

Sarai chasqueó los dientes. Un sonido que Notos había oído con creciente frecuencia durante los últimos meses, mientras exploraban Ammara de norte a sur, de este a oeste.

Se le erizó el vello de la nuca. Él, el Viento del Sur, que en su día fue un poderoso inmortal, se echó a temblar ante la amenaza del temperamento de su esposa. Quién lo iba a imaginar.

—Ya sé que esto es Marqa —gruñó ella, con un destello oscuro en los ojos—. Lo que quiero saber es dónde está el zoco. Es ahí a donde vamos, ¿no? ¿O hemos venido a dar vueltas en círculos durante el resto de la mañana?

Marqa, una ciudad en el extremo norte de Ammara, era la última parada de la Ruta de la Especia.

Debido a su ubicación remota, la visitaban pocos viajeros.

Era una pintoresca aldea rodeada de oasis, con calles ribeteadas de palmeras datileras que arrojaban poca sombra como protección contra el sol que abrasaba desde las alturas.

Se sabía que algunos de esos oasis tenían propiedades ­curativas, pero no era ese el motivo por el que Notos quería vi­sitarlos.

—Sí, estamos buscando el zoco. —Se restregó la frente para limpiarse el sudor y le clavó la mirada a un viandante que se puso a espiar su conversación al pasar, aunque luego prefirió ignorarlo—. No me mires así.

Ella batió las pestañas, la viva imagen de la inocencia.

—¿Así cómo?

—Como si supieses más que yo.

Un comentario que, por supuesto, consiguió que Sarai enderezase la columna y cuadrase los hombros bajo su vestido color zafiro, con gesto desafiante. Le caían mechones ondulados de cabello por la cara, rizados por aquel insufrible calor.

—Es que resulta que sé más que tú —dijo ella con énfasis.

No tenía sentido llevarle la contraria a la verdad. Sin em­bargo…

—Dijiste que querías una aventura —le recordó a Sarai.

Y allí los había llevado la aventura: a recorrer la Ruta de la Especia de principio a fin, todas las ciudades incrustadas en el resplandeciente trayecto, desde los áridos valles del sur hasta las planicies del este, pasando por los altos acantilados del oeste.

Cada región presentaba una impresionante faceta de aquel país que consideraban su hogar.

—Sí, pero preferiría no derretirme mientras la vivimos, si no te importa.

Una sonrisa suavizó las arrugas que circundaban los ojos de Notos.

Le agarró la mano izquierda a Sarai y se la puso en el pecho, sobre su palpitante corazón.

La runa de ópalo que indicaba que estaban casados marcaba su piel.

El brazalete de plomo, gemelo del brazalete de oro de Notos, le adornaba la muñeca.

—¿Así le hablas a tu marido? ¿Al hombre a quien más amas en todo el mundo?

Sarai soltó un resoplido.

—Te tienes en muy alta estima —dijo, aunque se ruborizó.

—¿Acaso lo niegas? —Se la acercó y le plantó un beso en la mejilla tostada por el sol. Y luego en la frente, en la nariz y en la boca, donde la siguió besando un poco más. Sarai se relajó ante su contacto…, una rendición, si bien breve.

—No —murmuró—. No niego nada.

Le pegó el oído al pecho y escuchó los latidos de su corazón.

Por las noches, Sarai solía apoyar la cabeza en su pecho, como si quisiera confirmar que seguía respirando.

La idea de que no habría vuelto a despertar de no ser por su sacrificio le provocaba un nudo en la garganta, con un dolor insoportable.

Sin embargo, Notos jamás la había visto con los hombros tan relajados, tan libres de cargas, como durante ese viaje. Pensaba que posiblemente Sarai jamás se había sentido tan feliz como en aquel momento. Como él mismo bien sabía, la libertad era un regalo.

Antes de partir de Ishmah, se habían casado en los jardines palaciegos, bajo una pérgola repleta de iris negras.

El rey Amir, la reina Tuleen y el recién nacido príncipe Raj fueron sus testigos.

Intercambiaron votos y se besaron para sellar su compromiso mutuo hasta el fin de sus días.

Notos jamás se había sentido tan completo, de corazón y de alma.

Le pertenecía a Sarai, y Sarai le pertenecía a él. No quería nada más.

—Empiezo a poner en duda tu capacidad de llevarnos antes del ocaso a dondequiera que esté ese mercader —dijo su esposa con patente frustración en la voz—. ¿Quién decías que era?

—Un amigo de la familia. —Técnicamente, era un amigo de la familia real, aunque a Sarai no le hacía falta saberlo. Eso arruinaría del todo la sorpresa, un plan que llevaba meses en marcha.

—No dejas de decir lo mismo —murmuró ella, y se echó hacia atrás para escrutar a Notos—. ¿Cuántas vueltas más hemos de dar?

—Pocas.

O eso esperaba. Sarai frunció la boca, con una ceja alzada. Desde luego, no estaba convencida.

—Mira —protestó Notos—, no es sencillo recorrer estos senderos. La mitad de ellos ni siquiera se encuentra en el mapa.

Lo sabía bien. No dejaba de consultarlo cada tres minutos.

—Te recuerdo que, de no ser por mí, seguramente habríamos acabado perdidos, sin rastro alguno de civilización en cientos de kilómetros. —Sarai aguzó la sonrisa—. Dame el mapa.

Intentó quitarle de golpe el pergamino aceitado, pero Notos lo alzó para ponerlo fuera de su alcance.

—Dijiste que podía ocuparme yo.

—Eso fue antes de darme cuenta de que no sabías leer mapas.

Bueno, eso no era del todo cierto. ¿Qué necesidad tenía Notos de mapas y direcciones si el viento discernía entre el este y el norte, entre el sur y el oeste?

Por desgracia, después de perder su poder y su inmortalidad, Notos se sentía extrañamente separado del entorno.

El viento ya no era más que una sensación, un roce de aire contra su piel. Ya no le hablaba.

Había sido un pequeño precio que pagar por la vida que compartía con Sarai. Su esposa era alegría, consuelo, seguridad, compañerismo, afecto, identidad, hogar. Volvería a recorrer de nuevo todo el camino, volvería a entregarlo todo, para poder vivir el resto de sus días con ella.

—Soy perfectamente capaz de leer un mapa —dijo Notos, levemente indignado.

Sarai hizo un aspaviento de exasperación.

—¿Tanto te cuesta admitir que nos hemos perdido?

—Es que no nos hemos perdido.

Con la cabeza gacha, Sarai se pinzó el puente de la nariz con dos dedos.

—Bueno, pues cuando te enteres de dónde estamos, ven a buscarme.

Y se fue.

Notos la vio desaparecer por un callejón lateral.

No le importó. Al menos así podría leer el mapa en paz.

Que fue justo lo que hizo. El lutier debía de estar cerca…

, quizá. Su tienda estaba ubicada al final de un camino al este de la plaza principal.

Por desgracia, había numerosos senderos que atravesaban la ciudad entera, mientras que en el mapa solo aparecía uno.

La única esperanza que le quedaba a Notos era dar vueltas hasta cruzarse con la tienda por casualidad.

Optó por una calle al azar y empezó a caminar. Llegó a un callejón sin salida y desanduvo sus pasos. Se internó por otra calle igual de caótica, que al cabo desembocó en un recinto sin techo con un letrero de madera. No había mercancía alguna, salvo un único arco que descansaba sobre una mesa.

El lutier estaba sentado en una silla, encorvado sobre un trozo de madera, tallándolo. A juzgar por sus bordes curvos, debía de tratarse de un violín. El hombre tenía una melena desbaratada del color de las nubes de tormenta. Marcaban su piel las arrugas provocadas por un millar de sonrisas.

¿Qué probabilidades había de que hubiese varios lutieres en una aldea tan pequeña?

—¿Eres Hassan Odeh? —preguntó Notos.

El hombre dejó las herramientas.

—Lo soy.

Notos le tendió un mensaje con el sello del rey. Lo había llevado consigo todos aquellos meses, oculto en el frontal de su túnica. El lutier lo estaba esperando. El mensaje estaba destinado a confirmar su identidad.

Sin pronunciar palabra alguna, el hombre canoso sacó una funda de cuero de la parte trasera del puesto y la colocó en la mesa.

—El violín proviene del reino de Marles —dijo—. Se lo compré a un mercader ambulante el año pasado. Produce un sonido elegante, vívido y pleno, perfecto para solistas. —Vaciló, y luego dijo—: Sería un honor para cualquier lutier que Sarai Al-Khatib tocase uno de sus instrumentos.

—¿Notos?

Él se giró. Sarai se acercaba por entre la multitud. Parecía insegura; paseaba la mirada entre el lutier y él mismo, con una pregunta silenciosa. Al ver la funda, se quedó petrificada y preguntó:

—¿Qué ocurre aquí?

Habían pasado meses intercambiando correspondencia.

En un primer momento, Notos había abordado a Amir antes de partir de Ishmah, hacía ya seis meses.

Quería regalarle la música a Sarai, del mismo modo que ella le había regalado a él su corazón.

Un instrumento que pudiese llevar consigo en sus viajes.

Un modo de sanar la herida que ahora tenía.

Sarai no sabía nada. Había sido una auténtica hazaña conseguir que no se enterase. Pero Notos se había andado con mucho, muchísimo cuidado, para presenciar aquel momento: el lutier abrió la funda y mostró su contenido. En el suave interior de terciopelo descansaba un violín.

Su esposa se llevó una mano al pecho. Empezaron a correrle lágrimas por la cara.

Notos sintió una punzada en los pulmones, pues recordó, como se recuerda todo lo doloroso, su partida de Ishmah.

Mientras preparaban los petates, Sarai había sacado la funda de la parte trasera de su armario.

Se había arrodillado en medio del dormitorio, había rozado el violín y se había echado a llorar.

Aunque se mantenía firme en su decisión de haber salvado la vida de Notos, le dolía vivir sin música.

—Sé que no es igual que el violín que tienes en casa —dijo Notos, con miedo repentino a haberse pasado de la raya—. Pero es el mejor que se puede comprar.

En silencio, Sarai acarició las cuerdas. Tañó la más grave con fuerza.

Habían pasado quince meses desde que Sarai perdió el don de la música. Notos reconocía el hueco que ella tenía en el corazón, aunque Sarai lo negase. Quizá ya no tenía la aptitud de un genio, pero siempre habría un día nuevo, otra mañana resplandeciente. Podría volver a empezar.

—No es necesario que lo aceptes —dijo Notos—, pero Amir ha corrido con los gastos. Si lo quieres, es tuyo.

Una vez más, Sarai tañó las cuerdas, de la más grave a la más aguda. Le tembló la mano.

—Está afinado. —Miró al lutier—. ¿Tienes una barbada? ¿Rosina?

El hombre fue a buscar el material y Sarai aprovechó para arrojarse en brazos de su esposo.

—Te quiero —dijo con voz estrangulada y los ojos anegados de lágrimas—. No tenías que tomarte tantas molestias por mí.

Por supuesto que tenía que tomárselas.

—Haría todo lo que pudiera para hacerte feliz —le murmuró, pegado a sus cabellos—. Te prometo que lo intentaré durante el resto de nuestra vida.

Sarai tembló con un suave gemido de dolor.

—Gracias —susurró— por compartir la vida conmigo. Te… te quiero. Es que te quiero.

Él le plantó un beso junto a la oreja. Aquello no resultaba nada difícil. De hecho, amar a Sarai era lo más sencillo que había hecho en la vida.

—Yo también te quiero.

Cuando se apartó de ella, una pequeña multitud se había reunido en torno a los dos.

En aquel momento, Notos captó algunos susurros emocionados, ansiosos por oírla tocar, en medio del seco aire estático.

Sarai Al-Khatib, princesa de Ammara. El reino la había conocido.

El mundo la había conocido. Por supuesto que la gente la recordaba.

Tras colocar la barbada en el violín, Sarai se puso el instrumento bajo la barbilla y curvó los dedos sobre el mango del arco ya preparado. Aun así, vaciló.

—Me siento… extraña. —Escrutó el rostro de Notos, con patente indecisión—. ¿Y si sueno horrible?

¿Cómo podía sonar horrible algo que nacía del corazón?

—No sonarás horrible. —Notos sonrió a su esposa con gesto tranquilizador. Sentía el corazón a punto de estallar—. Toca —le pidió.

Sarai Al-Khatib llevó el arco a las cuerdas. Y tocó.