El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 12 #2
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—No, Sarai. —Le sale la voz torcida—. No te he dado por imposible.

¿Cómo podría hacer tal cosa? Eres una violinista excepcional, una de las mejores que ha visto este mundo.

Ha sido un honor y un privilegio enseñarte.

—Las arrugas que surcan su rostro se acentúan.

La tristeza se aplasta contra su semblante como un sello sobre cera derretida—.

Me he quedado durante estos últimos años porque esperaba que encontrases de nuevo el camino hasta la música.

Pero me siento más y más viejo cada año que pasa.

Hay otras personas a las que podría enseñar, a las que podría formar hasta que fuesen músicos tan buenos como tú misma.

Lo entiendo a la perfección, pero me da miedo que la situación vaya a cambiar tan radicalmente.

Mis piernas me suplican que huya. Podría abrir la puerta de golpe y echar a correr por el pasillo hasta llegar a mis aposentos, a su sombrío interior.

Sin embargo, pienso en estos últimos cinco años.

Ibramin me ha dado clase cada semana, aunque yo no haya tocado el violín ni una sola vez.

Se merece mi paciencia, mi comprensión, mi respeto.

—¿Tenéis a alguien en mente? —pregunto.

Suelto el pomo y regreso a mi asiento. Me apoyo en el borde, con los puños apretados sobre el regazo.

—Hay un chico en Mirash cuya profesora afirma que ha hecho avances más allá de su capacidad de enseñarle. La familia del chico ha solicitado que lo tome como pupilo. Tiene cuatro años.

La edad a la que yo misma empecé a recibir clases.

No debería importarme tanto. Ibramin no ha jurado enseñarme por toda la eternidad, y no es justo pedirle que se quede. Aun así, me parece una traición que elija a ese chico, que tiene todo el potencial del mundo, antes que a mí. Un fracaso.

En cualquier caso, soy extremadamente educada. Me enderezo en el asiento y digo:

—Ese chico puede considerarse dichoso por teneros como profesor.

El anciano acaricia el cuerpo curvo del violín: los hombros, la cintura y las caderas de una mujer.

—Si decidieras volver a tocar tu instrumento —dice—, me quedaría. Haría todo lo que estuviese en mi mano para ayudarte a recuperar tu pericia pasada.

Las lágrimas asoman a mis ojos ante la mera idea.

—Me duele demasiado —susurro.

—Lo sé.

Acerca la silla de ruedas y alarga una mano seca y áspera hacia mi puño. Aunque no dice nada, Ibramin lo comprende. Amaba a mi hermano como se ama a un hijo.

Pocos sabían del don de Fahim. Ibramin construyó los cimientos musicales de mi hermano del mismo modo que los míos, durante horas y días y semanas y meses y años. A los catorce años, Fahim recibió una invitación para debutar con la Filarmónica de Ammara. Me dijo que era el día más feliz de su vida.

Una semana después, padre ordenó que Fahim se centrase seriamente en sus deberes como heredero.

Nada de violín. Las horas que hasta entonces había dedicado a practicar se convertirían en clases sobre comercio, política y guerra.

Recuerdo oír el llanto de Fahim al otro lado del muro que compartían nuestros dormitorios.

Un corazón roto por los sueños que no se cumplirían.

Luego vino un metódico descenso hacia una oscuridad que no conocía nadie. Creo que algo murió aquel día dentro de mi hermano. Aunque siguiera sonriendo con facilidad, aunque se riese con frecuencia, siempre habría en él una ausencia, un agujero en su espíritu.

—Padre no debería haber obligado a Fahim a elegir entre la corona y la música —susurro, de pronto embargada por la rabia en nombre de mi hermano. ¿Acaso no había espacio para el amor y el deber, para la libertad y la obligación?

Los ojos de Ibramin se desorbitan ante esta frase inesperada. Aun así, dice:

—La música es dolor, pero también es sanación, maravilla y gozo. Recuérdalo. Recuerda que te ha dado forma. Recuerda que la música alimenta y cura.

Contemplo la curva de sus dedos callosos sobre los míos. Trago dolorosamente saliva y me pongo en pie.

—Agradezco vuestra preocupación, profesor, pero he de irme. Os deseo buen viaje y mucha suerte en el futuro.

La melancolía cubre su rostro al responder:

—Que el Señor de la Montaña brille sobre ti, Sarai.

En mis aposentos, coloco la funda del violín en el suelo y abro los pasadores.

El instrumento es una obra maestra de madera roja curvada y sujeciones negras.

Un regalo de padre. Engancho el meñique a la cuerda de la nota mi, fina y tensa, y la taño.

Ante el sonido agudo y metálico, los dedos de mi mano izquierda se curvan sutilmente ellos solos, como si quisiesen ocupar su lugar sobre el diapasón.

Acuden a mí los primeros acordes de piano de la Sonata para violín de Lisandro.

Me coloco el instrumento en el regazo y mis dedos empiezan a moverse.

Cambio a tercera posición y luego a sexta, recorriendo la compleja sucesión de dieciséis notas.

Acabo por fallar en la escala, incapaz de recordar lo que viene a continuación.

Me quedo arrodillada en el sitio, contemplando el violín. Luego lo meto de nuevo en la funda y cierro la tapa. ¿Para qué voy a volver a la música si mi vida se va a acabar?

Lo cual me recuerda algo. Me acerco al escritorio, donde mi diario sigue abierto. Quedan veintiocho días. Verlo me estremece. Me apresuro a meter la blasfema prueba de lo que me queda de vida en el cajón del escritorio.

El baile comenzará dentro de pocas horas.

Empiezo a prepararme. Padre cree que voy a cambiar de idea sobre el príncipe Balior, así que sigue manteniendo una fachada de celebración.

Me pongo un liviano vestido del color del cielo como si de una armadura se tratase, zapatillas de seda ribeteada de diminutos ópalos y una pinza de perlas para sujetarme la compleja trenza, así como kohl en los ojos.

Meto la mano tras el tocador y saco una cajita en la que descansa un fino brazalete con forma de flecha, forjado en plomo.

El brazalete gemelo del que lleva Notos.

Si estamos prometidos, la costumbre dicta que la mujer ha de llevar una pieza de joyería regalo del novio, símbolo de su compromiso mutuo.

También servirá para reforzar la idea del compromiso con Notos a ojos del príncipe Balior.

Con la boca fruncida, saco el brazalete de la caja y me lo pongo en la muñeca. Entonces suenan golpes en la puerta.

—¡Un minuto!

Abro la puerta y me encuentro con un hombre alto y esbelto vestido con una túnica tan lujosa que me da la impresión de que los dioses han cortado el cielo del ocaso en franjas rosadas, anaranjadas y violetas para luego tejer con ellas esta prenda excepcional que tengo ante mí.

Enmarca su mandíbula una barba frondosa y bien cuidada.

Este rostro me es muy querido, aunque hace meses que no lo veía.

—Amir. —Me veo obligada a agarrarme al marco de la puerta para que no se me doblen las rodillas de sorpresa—. ¡Pensaba que no llegabas hasta la semana que viene!

—Nuestras monturas eran muy rápidas. —Sus dientes destellan en una sonrisa que he echado de menos amargamente—. Se me ocurrió darle una sorpresa a padre.

—Le encantará ver que has vuelto antes de lo esperado.

Nos miramos y yo reprimo el impulso de dar un paso hacia atrás y cerrarle la puerta en la cara.

—¿Te encuentras bien? —Escruta mi rostro, de pronto no muy seguro.

—Por supuesto. —No soy consciente de lo fuerte que estoy agarrando el marco hasta que mis uñas se clavan en la madera. Me obligo a relajarme—. ¿Por qué lo preguntas?

—No pareces muy entusiasmada de verme, nada más.

Alzo una mano y me restriego el pecho, justo donde he sentido una punzada. Amir tiene buen aspecto, los ojos brillantes. Su piel tiene el beso de la sal y del sol, del calor y del viento. Me da la impresión de que parece una persona libre.

—Por supuesto que me alegro de verte —susurro.

Esta verdad va acompañada siempre de amargura: él puede marcharse de Ishmah y buscar la felicidad más allá de los terrenos del palacio mientras que yo me quedo aquí, siempre aquí, para preguntarme dónde se habrá marchado otro de mis seres queridos y por qué.

Nos abrazamos. Aprieto mi complexión, más menuda, contra la suya. Amir huele a menta y a barniz. Su ausencia ha durado tres meses, y en ese tiempo han cambiado muchas cosas.

—Háblame de tu luna de miel —le pido—. ¿Ha sido tan maravillosa como esperabas?

—Y mucho más, muchísimo más. No estábamos listos aún para volver a casa.

Entra de golpe en mi habitación y mira en derredor. Una cálida brisa mueve las cortinas y agita el extremo de su turbante, que le cuelga del hombro. Tiene tatuada en la mano una runa color ópalo. Tuleen, su esposa, lleva tatuada la misma marca.

—¿Cómo está Tuleen?

No podría ser más educada. A fin de cuentas, se trata de mi cuñada. La futura reina de Ammara. Así intento verla, y no como la mujer que apartó a mi hermano de mi lado.

—Está bien. Ahora mismo se encuentra descansando… Ha sido un viaje muy largo. La verás esta noche. —Se gira hacia mí con una intensidad que me amilana—. ¿Seguro que te encuentras bien, Sarai?

La culpabilidad se adueña de un espacio en mi corazón.

¿Qué decirle, que me queda un puñado de semanas de vida?

¿Que me he prometido con el inmortal que me rompió el corazón solo para salvar a Ammara de un hombre que pretende destruirla?

¿Que sufro todo el tiempo, que estoy furiosa todo el tiem­po, que fracaso todo el tiempo?

Todo esto sería mucho más fá­cil si padre no me hubiese prohibido mencionarle la maldición a nadie, incluido Amir, que no tiene ni idea de mi muerte ­inminente.

Como no respondo de inmediato, Amir se acerca a la ventana, quizá porque ha percibido que necesito algo de espacio.

—Te pregunto porque padre me ha informado de tu compromiso —explica.

Yo me envaro, repentinamente alarmada.

—¿Cuándo?

Amir no parece enojado. Me habría esperado un aluvión de maldiciones escupidas.