El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 12
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L a tarde siguiente, trasladan las pertenencias de Notos a los aposentos adyacentes a mi habitación.

En las horas posteriores al anuncio de nuestro compromiso al rey me dediqué a hacer algo que rara vez hago: dejé un rastro de migas de pan por toda la corte.

La historia oficial fue la siguiente: anoche se avistó a un umbrandante en la biblioteca.

Nadie salió herido, aunque se han reforzado las medidas de seguridad para proteger a la familia real.

La presencia del Viento del Sur es una precaución necesaria.

Yo esperaba que su proximidad nos concediese la oportunidad de desentrañar el misterio del laberinto sin interrupción.

Por desgracia, Notos parece evitar mi compañía a toda costa.

Algunas mañanas, cuando estoy en la cama, intento escuchar al otro lado de la pared que compartimos, mientras él se viste.

Cuando consigo reunir el valor de acercarme a su puerta, Notos ya se ha marchado.

No tiene ni idea de los sueños cada vez más vívidos que tengo, en los que aparecen sus anchas manos y rápidos dedos.

A veces me quedo dormida con la mano entre las piernas y la piel hormigueante de sudor después de un alivio particularmente dulce.

Una semana después del avistamiento del umbrandante, informo a mis criadas de que voy a desayunar en mis aposentos en lugar de en el comedor.

Es pronto, aún no ha amanecido, pero quiero pillar a Notos antes de que se marche.

Se suele escapar de entre mis dedos con demasiada facilidad, pero hoy no pienso permitirlo.

Agarro un manto del armario, me lo echo por encima del camisón y me lo sujeto con un cinturón. Luego me acerco a la puerta que conecta nuestras habitaciones. Pego la oreja a la madera y escucho el susurro de las ropas mientras él se pone el uniforme. Cuando llamo a la puerta, el rumor se detiene.

Entonces oigo las lentas pisadas del Viento del Sur, innegables, al acercarse. Aguanto la respiración y pongo una expresión neutra. Un chasquido en la cerradura y Notos abre la puerta.

Lleva unos pantalones y una guerrera tan fina que el vello rizado del pecho se aprecia por debajo de la tela.

El estado desastrado de su pelo indica que se ha pasado los dedos por la cabellera repetidamente…

o que otra persona lo ha hecho. En cuanto la idea me asalta, la descarto.

No he oído nada que indique que Notos tenía huéspedes. Y me niego a considerar la posibilidad.

—Buenos días. —Le dedico una sonrisa—. ¿Te gustaría desayunar conmigo?

Él me contempla.

—Desayunar.

—Sí, desayunar. Hay quien dice que el desayuno es la comida más importante del día. —Hago un gesto hacia mi salón, donde hay cubiertos para dos, así como frutas, pan recién hecho, verdura en rodajas con hummus y té humeante.

Notos mira el desayuno, luego me mira a mí, luego vuelve a mirar el desayuno y una vez más a mí.

—No muerdo —le aseguro.

—Mucho.

Me quedo boquiabierta de la sorpresa y luego se me escapa una risa. Bueno, tiene razón.

—Mira —me atrevo a ponerle una mano en el pecho, sobre el duro latido de su corazón—, si hemos de convencer al príncipe Balior de que ha perdido la batalla, tendremos que ser más… convincentes.

Su mirada desciende hasta mi mano en su pecho. El tamborileo bajo mi palma se acelera.

—Una pareja perfecta de enamorados.

Alza la cabeza y sus ojos se tiñen de cautela y entendimiento a la vez.

Siento calor en el rostro y retiro de golpe la mano.

—Así fue en su día. —Decir eso en voz alta me cuesta más esfuerzo de lo que estoy dispuesta a admitir—. Evidentemente, las circunstancias han cambiado, pero diría que seremos capaces de mantener las apariencias, ¿no crees?

Él se pasa una mano por el mentón.

—Supongo…

—Genial. —Lo obligo a cruzar el umbral de un tirón—. Pues tendremos que practicar. Evidentemente.

—Por supuesto —replica en tono suave.

Toma asiento. Yo también. Estamos lo bastante cerca como para que nuestras rodillas puedan rozarse si yo me giro levemente hacia la derecha.

—¿Té? —pregunto.

Él asiente y yo le sirvo una taza. Notos me devuelve el favor. Añade incluso una cucharada de azúcar, tal y como me gusta. Lo miro con las pestañas entornadas. Da un sorbo al té. Tras un rato de silencio, deja la taza en la mesa.

—Bueno, pues… —dice.

Yo me quedo rígida en la silla.

—Pues…

—¿Cómo crees que deberíamos hacerlo?

Es una pregunta en la que he pensado mucho, desde diferentes perspectivas y todos los enfoques posibles. Y aun así, no tengo la menor idea.

—Para serte sincera, no estoy segura. —Esta conversación ­requiere, como mínimo, tener el estómago lleno.

Hundo una zanahoria en el hummus y me la llevo a la boca.

La muerdo con un crujido satisfactorio—.

Tenemos que pasar tiempo juntos. —Mis ojos vuelan hacia su cara y luego se apartan—.

No quiero humillar más al príncipe Balior, pero si podemos echar sal en la herida, debería bastar para alejarlo de la ciudad.

El Viento del Sur hace una pausa en pleno sorbo. No parece entusiasmado ante la idea, pero tampoco me lleva la contraria.

—Está bien. ¿Cómo deberíamos pasar tiempo juntos aparte de compartiendo el desayuno?

—Para empezar —digo—, sería más sencillo si dejaras de evitarme. ¿Cómo podemos mantener una fachada convincente si no asistes a ninguna de las comidas del rey?

A pesar de su mala salud, padre sigue ojo avizor. Si Notos me sigue dando esquinazo, se dará cuenta de que algo no va bien.

Él aparta la vista con aire culpable. Al otro lado de las ventanas, los resplandecientes tejados de Ishmah destellan bajo el sol amarillo. El Monte Syr reluce en la lejanía, reducido a una colina borrosa de piedra yerma.

—Tengo deberes que atender.

De alguna manera, yo ya sabía que Notos iba a decir algo así.

—¿Y no puede cubrirte alguien?

Un músculo late en su mandíbula, pero asiente y dice:

—Preguntaré. Supongo… que daño no hará enterarse de si los guardias han percibido algo sospechoso en el príncipe Balior o en las inmediaciones del laberinto. Me apresuro a darle un bocado a un pepino—. Con eso podríamos decidir cuál será nuestro siguiente paso.

Asiento y mastico tan rápido como puedo. Con la boca medio llena, consigo decir:

—Quizá podríamos recabar más información sobre la b…

En lugar de la palabra «bestia», me sale una burbuja de saliva por la comisura de la boca. Una ráfaga de calor se apodera de mi cara. Por los dioses. Echo mano del paño y me limpio la saliva de la barbilla. Notos me mira y reprime una risa. Yo lo asesino con la mirada, pero él carraspea y dice:

—¿Qué pasará cuando el príncipe haya regresado a Um Salim?

Claro. Porque, una vez que nos hayamos quitado de en medio al príncipe Balior, esta farsa ya no será necesaria.

—Tendremos que romper el compromiso.

El Viento del Sur se remueve en su silla. La puntera de su bota me da un golpecito en el tobillo. Yo me esfuerzo al máximo para no pensar mucho en ese maldito roce.

—Imagino que ya te habrás inventado algún tipo de historia para la corte.

Suena… ¿indiferente? ¿Frustrado? Difícil de decir.

—No. —Arrugo la servilleta en el puño y añado—: Pero no te preocupes. Algo se me ocurrirá.

—Sarai.

Me sobresalto. De pronto, todo a mi alrededor cobra nitidez. Estoy sentada delante de Ibramin en la sala de música. A su espalda, una ancha ventana en saliente enmarca los jardines florales del palacio. Flores rosas asoman por las ramas desnudas de los árboles.

—Mis disculpas. —Le dedico una débil sonrisa—. Me he distraído un momento. ¿Qué decíais?

Él tamborilea con los dedos sobre las cuerdas de su instrumento.

Esa vívida percusión sugiere una impaciencia desacostumbrada en él.

Me encojo por dentro. La lección empezó hace una hora, pero en lugar de completar mis ejercicios de contrapunto —e l tema de hoy es la forma melódica—, me he pasado la mayor parte del tiempo intentando no pensar en Notos… , con niveles variables de éxito.

—La Sinfónica de Ishmah va a tocar esta noche —dice—. Me sobra una entrada. ¿Quieres acompañarme?

Mi sorpresa inicial da paso a algo mucho más tierno y doloroso. No recuerdo la última vez que fui a un concierto en el que no tocase yo misma.

—Por desgracia, padre espera que asista al baile de esta noche. Quizá en otra ocasión. —Antes de que Ibramin pueda responder, desde el campanario se oyen los tres tañidos que señalan el final de nuestra clase. Me pongo en pie y me dirijo a la puerta—. Nos vemos la semana que viene, profesor.

—No estaré aquí.

Me detengo, con los dedos cerrados alrededor del pomo de la puerta. Despacio, me giro hacia Ibramin.

—Ah, ¿no? ¿Vais a visitar a algún familiar?

—No, Sarai. —Suelta un suspiro y baja la vista hacia su instrumento—. Me marcho de Ishmah.

Los primeros zarcillos de inquietud empiezan a cerrarse sobre mí.

—Pero vais a volver, ¿no?

Él alza sus ojos hacia los míos.

—No lo sé.

Mi boca se abre y luego vuelve a cerrarse. Trago saliva y me obligo a abrir la boca de nuevo.

—¿Cuándo habéis tomado la decisión?

—El mes pasado.

—¿Y no se os ocurrió decírmelo?

—Para ser sincero, pensaba que no te importaría.

Me duele, aunque no puedo culparlo por pensar así.

La distancia es mi único escudo. ¿Qué sucedería si me permitiese retirarlo?

Traición, engaño, decepción, sufrimiento.

Aprieto con más fuerza el pomo de la puerta.

Lucho contra el impulso de arrancarlo de cuajo.

En este momento, sujetar el pomo es lo único que me mantiene en pie.

—Es como si me hubieseis dado por imposible —susurro.