El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 11 #3
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—Es que… no se me ocurrió nada más —susurro—.

El tiempo es un lujo que no nos podemos permitir.

Si el príncipe Balior quiere liberar a la bestia del laberinto, no pienso facilitarle aún más la tarea casándome con él.

Esperaba que, al eliminar la posibilidad del matrimonio, Balior se viese obligado a marcharse de la ciudad junto con su ejército.

No había previsto la terquedad de padre…

ni que el príncipe considerase la posibilidad de quedarse para cortejar a una mujer que ya está prometida con otro.

Él alza la cabeza.

—¿Y en qué posición crees que me has puesto a mí, o a tu padre? ¿Qué pasa con las consecuencias a las que pronto me enfrentaré por haber pedido tu mano?

Siento una punzada de culpabilidad. Una vez más, Notos me recuerda que he tomado una decisión imprudente por mera de­sesperación.

—Puede que padre sea severo, pero no es ningún idiota. No quiere ser tu enemigo, por más que le desagrade nuestro compromiso.

—¿Piensas seguir poniendo muchas excusas?

Por segunda vez, pierdo el equilibrio, me veo expuesta, vulnerable.

—Ya me he disculpado. Asumo toda la responsabilidad por ponerte en esta situación.

Entiendo que atarte a mí en matrimonio debe de ser una carga para ti.

—Me atraganto, las palabras son como cristales rotos en mi garganta—.

Pero no te preocupes. No es más que una engañifa hasta que el príncipe Balior se rinda y se marche de la capital.

—No era a eso a lo que me refería —dice él.

Ya, seguro.

—Y entonces, ¿a qué te referías en realidad, Notos?

La luz de la luna espolvorea sus ojos sin fondo. A pesar del tiempo que ha pasado, aún me cuesta identificar sus emociones.

—Tú no quieres casarte con el príncipe, pero tampoco quieres casarte conmigo.

La Sarai de dieciocho años habría dicho lo contrario.

Él se acerca. Los helechos que ribetean el sendero del camino le acarician los tobillos al pasar.

—Soy una herramienta —prosigue él.

Mejor ser herramienta que víctima. Mejor ser la aguja que el hilo.

—Si así deseas percibir esta situación, es decisión tuya. Pero yo pensaba que no te gustaba el príncipe. ¿No te alegra librarte de él?

Notos se acomoda en el banco a mi lado. Nuestros hombros se rozan. Una ráfaga de aire cálido y salado me sopla en la cara. Trago saliva y lucho contra el impulso de enterrar la nariz en su cuello.

—Un hombre como el príncipe Balior no aceptará la derrota.

Soy muy consciente de ello. Al rechazar la mano del príncipe, me estoy condenando a mí misma y a mi reino. El príncipe Balior iba a ser nuestra salvación. Ahora me temo que se convertirá en nuestra ruina.

—El príncipe Balior le suplicará a padre que reconsidere su postura con respecto a las tradiciones de Ammara. Amenazará con declararnos la guerra y exigirá que se celebre nuestro matrimonio. Pero yo no pienso ceder. Y padre no se opondrá a nuestra unión.

—¿Cómo lo sabes?

Como si no fuera ya obvio.

—Porque eres el Viento del Sur —le digo.

Él se gira hacia mí, y descubro que nuestras bocas están separadas por la más mínima distancia, una sombra cálida especiada con nuestros alientos—.

Eres formidable. Inmortal. Nuestra mayor arma a la hora de derrotar a los umbrandantes.

Pero, aparte de eso, eres una deidad increíblemente poderosa.

Padre no quiere enfrentarse a tu ira por miedo a que quieras vengarte.

—Yo jamás le haría daño a Ishmah —dice.

—Lo sé. —Por eso confío ahora en él, a pesar de haber jurado no volver a fiarme jamás—. Pero padre no te conoce como te conozco yo. Y eso puede jugar a nuestro favor.

—¿Y qué pasa con el ejército del príncipe Balior? ¿Quién dice que no se vengará de esta lamentable situación recurriendo a la fuerza?

Puede que deba pasar algún tiempo —días o semanas—, pero, al cabo, el príncipe Balior acabará por bajar la espada y alzar el pañuelo blanco en señal de rendición. No le interesa aumentar más la humillación.

—El príncipe Balior es demasiado orgulloso como para recurrir a amenazas —explico—. Quiere ganarse la victoria, pero no a la fuerza.

—Sarai…

—Lo sé —me apresuro a decir—. Y tienes razón: os he puesto tanto a padre como a ti en una posición muy difícil.

Y lo siento, de verdad que lo siento. Sé lo que se siente al estar atrapado en una situación en la que no deseas estar.

Pero lo hecho hecho está. Ahora he de encontrar el modo de proteger a Ammara lo mejor que pueda.

No es una rendición. No estoy bajando la guardia ante el dios que me rompió el corazón. Pero, por más que no desee la cooperación de Notos, la necesito. Ya no soy la chica que fui. Mi piel ya no se rompe con tanta facilidad.

—¿Me vas a ayudar? —le imploro.

La mirada del Viento del Sur se cruza con la mía.

Esas pupilas brillantes resplandecen con una concentración tan aguda que, por un momento, me siento muy poca cosa.

Todo esto, tanto esfuerzo, para fingir que quiero atar mi vida a la del inmortal a quien desprecio.

Por Ammara. Por mi pueblo. Y por nada ni nadie más.

Al final es Notos quien aparta primero la mirada.

—¿Qué debo hacer?