11 #2
—Si vuelvo a ver que le ponéis una sola mano encima —gruñe Notos—, conoceréis el verdadero alcance de mi ira. ¿Os queda claro?
El rostro del príncipe Balior está ceniciento. Traga saliva, asiente y vuelve a encogerse cuando Notos aparta la hoja de su cuello.
La oscura promesa del Viento del Sur insufla un sorprendente calor en mis venas.
Me da vergüenza que aún tenga el poder de hacer que me tiemblen las piernas.
Notos está calmado, siempre calmado… hasta que deja de estarlo.
No puedo permitirme albergar la esperanza de que me esté protegiendo por algo que no sea el deber.
Padre mira al príncipe con incertidumbre.
El comportamiento de nuestro huésped lo ha hecho reflexionar, al igual que a mí.
No importa lo iracundo que se sienta el príncipe, agredirme no entra dentro de lo aceptable.
Y sin embargo, padre es demasiado orgulloso como para cambiar de parecer. Se gira y me contempla, decepcionado.
—Eres la princesa de Ammara.
—También soy tu hija.
—Aun así, tú y yo teníamos un acuerdo. Y ahora faltas a tu palabra. —A continuación, en tono más suave—: ¿Qué pensaría Fahim de tu egoísmo?
Lo único que me permite reprimir una exclamación ahogada antes de que se me escape son los años de práctica. Las pullas de padre siempre penetran en los rincones más blandos de mi corazón. Mientras el príncipe Balior esté presente, no puedo decirle que me temo que lo están engañando.
—Piensa de mí lo que quieras, padre, pero he tomado una decisión y no pienso cambiar de idea. Notos y yo nos casaremos cuando acabe la primavera.
Tiempo de sobra para romper esta maldición y expulsar de aquí al príncipe Balior. Y, si fracaso, dará igual con quien me case, pues habré muerto.
—Te prohíbo que hables de toda esta farsa —dice el rey entre dientes—. No cuentas con mi bendición. Y tampoco tienes mi respeto. —Hace un gesto despectivo con la mano—. Puedes marcharte.
En cuanto las puertas de la sala de guerra se cierran a nuestra espalda, Notos aparta su mano de la mía. La ausencia de su contacto me provoca un escalofrío inesperado.
—Más vale que tengas una buena explicación para esto —m urmura.
Pues lo cierto es que no, no la tengo.
Me limito a enseñarle los dientes con una sonrisa feroz. Entierro mi incertidumbre y mi pena con todo lo demás.
—Sígueme. —Este no es el lugar indicado para mantener una conversación privada.
En cuanto giro el recodo, Notos debe de darse cuenta de adónde nos dirigimos, pues se adelanta, desciende una escalinata cercana y se interna por el atajo que solíamos emplear en los primeros días de nuestra relación floreciente.
Al cabo llegamos a un pequeño jardín, enmarcado por la sombra de unos laureles y decorado con orquídeas nocturnas.
La luz de la luna cae con tonos de nieve y plata por las ventanas circulares del techo en las alturas.
Hace un lustro que no paso por este refugio.
De hecho, hace un lustro que evito toda el ala oeste.
Es aquí donde estuvieron ubicados en su día los aposentos del Viento del Sur.
Unos aposentos en los que me encontré la mayoría de las noches, enredada entre sábanas húmedas, apretada contra su piel acalorada.
Recuerdo nuestro primer encuentro.
La mañana estaba húmeda y pesada como lana empapada.
Padre me estaba buscando porque quería que aquella noche asistiera a una cena con algún dignatario que había venido de visita.
Yo me negué y fui a buscar consuelo entre las plantas, las únicas que no estaban empeñadas en darle a la plata el lustre del oro.
El roce de un zapato atrajo mi atención hacia la entrada del jardín.
Había un hombre parcialmente escudado tras las enredaderas.
Tenía los ojos fríos, desconocidos, bajo el embozo que le cubría la parte inferior del rostro.
Yo le clavé la vista; no estaba en absoluto de humor para tener compañía.
Él no iba armado. No fui capaz de decidir si era señal de arrogancia o de necedad.
Horas más tarde me lo presentarían oficialmente como el Viento del Sur, pero, en aquel momento, yo no tenía ni idea de qué propósito lo había traído al palacio.
—¿Quién sois? —exigí saber.
Niego con la cabeza para apartar de mí el recuerdo y entro en el jardín. El ayer da paso al presente. No soy capaz de decir a ciencia cierta qué emoción se adueña de mí. No hay separación entre la pena y el anhelo, entre la amargura y el dolor. Todo está entretejido hasta formar un único tapiz.
Me dejo caer en un banco a los pies de una reja y suelto un suspiro.
—Bueno, ha salido tal y como me esperaba. —Me masajeo las sienes, agotada.
Notos contempla la penumbra que cubre el follaje de sombras. Un músculo le palpita en la mandíbula, el metrónomo más irritado del mundo. No quiere mirarme. Odio la debilidad que me impulsa a desear lo contrario.
—¿Y bien? —digo—. Di lo que piensas, si es que piensas algo.
Su atención se desvía a mí momentáneamente y luego se centra en otro lugar.
—¿Por qué da la impresión de que ese ridículo espectáculo fuera culpa mía? No es que me hubieses informado de que iba a participar.
Yo lo contemplo, perpleja.
—Claro que no es culpa tuya.
—Pero estás enfadada.
—No, no estoy enfadada.
—Sí que lo estás. —Esa mirada oscura y penetrante me arranca la piel y el músculo hasta dejar solo el hueso—. Quizá es que llevas tanto tiempo viviendo junto a la ira que ya no reconoces su rostro.
Me faltan las palabras. Solo cuento con un manantial turbio que rodea mi alma.
Un manantial en el que no veo nada, ni siquiera mi propio reflejo.
La convicción con la que habla Notos solo sirve para solidificar mi propia incertidumbre.
¿Por qué se manifiesta el miedo tan a menudo como ira?
Notos no entiende estos granos de sal que intento recoger con las manos extendidas y que se derraman entre mis dedos hasta desaparecer.
—Lo siento —murmuro.
Tiene razón, no es justo echarle la culpa a la única persona dispuesta a estar a mi lado en medio de todo este embrollo.
El dolor que siento por culpa de padre es irrelevante.
Padre me ha insultado en numerosas ocasiones a lo largo de los años, pero esa pulla sobre Fahim ha sido sumamente cruda. La pena es demasiado reciente.
Abro la boca para responder y, de pronto, Notos hunde el rostro entre las manos.
—Habría estado bien que me avisaras.
—Lo sé. —Me muerdo el interior del carrillo. Como mínimo, el dolor me ayuda a dejar de pensar en padre—. Seguramente te dará igual, pero no sabía lo que iba a decir hasta que las palabras salieron por mi boca. Tampoco es que tuviera otra alternativa.
—Por supuesto que tenías otra alternativa.
Aunque mi irritación asciende, hirviente, hacia la superficie, consigo reprimirla. Notos podría haber señalado que yo estaba mintiendo, podría haber renunciado al compromiso y haber acabado con todo. Pero no lo hizo. Y por ello cuenta con mi gratitud.