El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 11
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E l Viento del Sur se queda como una columna a mi lado, completamente inmóvil en el sitio. Hasta el aire se paraliza. Sus vientos han muerto total y absolutamente.

—¿Disculpa? —Las facciones del rey Halim están tan torcidas que parecen haberse declarado la guerra a sí mismas.

Pienso en qué respuesta darle. Si me paso de dócil…

, no, de­secho esa posibilidad. La siguiente alternativa sería demasiado agresiva, impregnada de resentimiento.

Esa tampoco me vale. Desecho todas las posibles respuestas porque ninguna está a la altura.

Al cabo, llego al mismo centro de mi ser, a este corazón de metal pulido y endurecido.

—Creo que me has oído bien, padre.

Él se mordisquea el interior del carrillo, reuniendo fuerzas.

—No me hace gracia esta treta que te has inventado, Sarai. ¿Acaso no te he prestado suficiente atención? ¿Es por eso por lo que sientes la necesidad de caer en estas artimañas?

Los reyes son, ante todo, reyes. No importa que yo sea su hija; en la corte del rey Halim no hay espacio para las faltas de respeto.

—No es ninguna treta, padre. —He de esforzarme para que no me salga la voz cortante. Sus palabras me duelen más de lo que estoy dispuesta a admitir—. Notos y yo nos hemos prome­tido.

—¿Cuándo? —ladra él.

—Ayer por la noche.

Mi atención se centra en el príncipe Balior, al otro lado de la estancia.

Él también se ha quedado inmóvil, estremecido, ultrajado e incrédulo a partes iguales.

Era de esperar. La furia que llamea en sus ojos oscuros, sin embargo, es tan intensa que me veo obligada a dar un paso atrás. Es como un incendio forestal.

—Sin ánimo de ofenderte, princesa Sarai, ayer por la noche estuve contigo, deambulando por los terrenos del palacio. —El príncipe se alisa la parte delantera de la túnica, un movimiento que evidencia su frustración—. ¿En qué momento tuvo Notos tiempo para pedir tu mano?

Una pregunta perfectamente lógica para la que no tengo respuesta.

—La princesa Sarai y yo nos cruzamos en los corredores —dice el Viento del Sur.

Yo lo miro, sorprendida. Es la perfecta encarnación de unas aguas tranquilas; como si todo se estuviese desarrollando tal y como él pretendía—.

Quería asegurarme de que llegaba sana y salva a sus aposentos, pero no pude esperar, y fue entonces cuando se lo pedí.

El príncipe Balior parece a punto de apuñalar a Notos en el corazón. Tras lanzarle una mirada hostil al inmortal, el príncipe se gira hacia mí, con la expresión profundamente herida.

—Me dijiste que no había nada entre el Viento del Sur y tú —dice—. ¿Eso también era mentira?

Soy muy consciente de la mirada acalorada con la que Notos recorre el lateral de mi cara. Me niego a mirarlo.

—No exactamente —empiezo a decir, y me humedezco los labios—. Sin embargo, tras reflexionar un poco, me pregunté si no me habría equivocado al juzgar precipitadamente sus actos del pasado…

El príncipe Balior suelta un resoplido desdeñoso y se aparta de mí.

—No puedo seguir escuchando nada de todo esto.

Dirijo la vista al rey Halim, que me asesina con la mirada, con las manos clavadas en los reposabrazos del sillón.

—Explícate.

¿Me lo está pidiendo como padre o como rey?

—No estoy muy segura de cómo explicarlo mejor —digo con notable compostura—. Ayer, Notos pidió mi mano en matrimonio. Acepté. Si los dioses así lo quieren, nos casaremos.

Padre niega con la cabeza. Su mirada es tan afilada que casi se me antoja que quiere dejar esta escena cincelada sobre una superficie.

—Ándate con ojo, Sarai. Estás atravesando arenas muy inestables.

Haber aceptado el compromiso con Notos sin que padre lo sepa —sin que lo sepa nadie— podría provocar un escándalo.

Los dedos de Notos, fuertes, se cierran alrededor de los míos. Sobresaltada, lo miro a los ojos. No comprende lo que está pasando, pero está de mi lado. Una cálida gratitud florece bajo mi esternón. La aparto de mí para reflexionar sobre ella más tarde.

—Majestad —dice el Viento del Sur, con la grave resonancia de los vientos que atraviesan una quebrada—, Sarai dice la verdad. He pedido su mano en matrimonio. Comprendo que resulte repentino y que pueda complicar la situación…

—¡Maldita sea, claro que complica la situación! —Gotas de saliva cuelgan de la boca de padre—. No sé qué costumbres maritales existen en el reino del que provienes, Notos, pero en Ammara, nuestras costumbres se respetan.

—Yo respeto vuestras costumbres, majestad.

—La solem­nidad con la que habla Notos suena como solo puede sonar la ­verdad—.

Sin embargo, comprendo que mis actos puedan sugerir lo contrario.

Tengo el mayor de los respetos hacia vos, hacia la princesa Sarai y hacia vuestro reino.

No deseo más que hacer feliz a vuestra hija.

Mis dedos se crispan dentro de su palma.

Notos me da un apretón a modo de lo que creo que es consuelo.

Una versión antigua de mí misma —una versión joven e ingenua— quiso en su momento oírlo decir algo así.

Ahora, no estoy segura de si el Viento del Sur dice la verdad o si me sigue el juego con la esperanza de frustrar los reprobables planes del príncipe.

Sea como sea, ¿qué más da? Si me prometo con otro hombre, el príncipe Balior se marchará de Ammara.

No habrá motivo alguno para que ni él ni su ejército se queden por aquí.

Con calmada resolución, le digo al rey Halim:

—Como bien sabes, padre, las costumbres de Ammara dictan que los dos interesados han de mostrarse de acuerdo para sellar un compromiso matrimonial, pero que para romperlo solo hace falta la voluntad de uno de los dos.

Si no puedes respetar el hecho de que yo ya había aceptado la petición de mano de Notos antes de esta ­reunión, al menos respeta las tradiciones de nuestro reino.

Mientras Notos y yo nos neguemos a rechazar el compromiso, el rey no tiene autoridad para prohibirlo. Así es nuestra ley. Sería de mal gusto por parte del rey despreciar las leyes de su propio reino delante de un príncipe de visita.

Padre parpadea una vez, dos. Luego se le escapa una risa que se convierte en roncas carcajadas de incredulidad. Notos y yo intercambiamos una mirada muda. El príncipe Balior, al otro lado de la sala, observa al Viento del Sur con los brazos cruzados y una expresión hirviente.

—Ya veo de qué va todo esto —consigue decir el rey una vez que recupera el control de sus emociones—.

Es una broma, un modo de atraer mi atención.

Bueno, pues ya la tienes. Admito que no he estado lo suficientemente presente, Sarai.

Sin embargo, quiero que por favor entiendas que había asuntos más importantes que tratar. Basta ya de pantomimas.

—No es una pantomima, padre. En absoluto.

Me duele insoportablemente que se refiera con frivolidad a una necesidad muy real en mi vida. Una necesidad que no ha cubierto.

Él se echa hacia atrás en el asiento. Su semblante se oscurece.

—Organicé todo esto pensando en tu futuro. El príncipe Balior es la persona a quien necesitas. A quien todos necesitamos.

¿Acaso cree que no lo entiendo? Por supuesto que lo entiendo.

Si no contamos con las investigaciones del príncipe Balior, los umbrandantes seguirán infiltrándose en nuestro reino.

Pero, si he de proteger a mi reino de una amenaza potencialmente mayor y más insidiosa, este es el único camino que puedo recorrer.

Despacio, digo:

—Por favor, papá.

Algo se rompe en la expresión del rey. Es pena, quizá, o dolor. No lo llamo «papá» desde que era una niña. Sin embargo, esto es lo que siempre he deseado: acudir a padre sabiendo que me reci­biría.

—Rey Halim. —El príncipe Balior se gira hacia él—.

Me asegurasteis que la unión entre nuestros reinos estaba garantizada.

Y ahora me entero de que vuestra hija está prometida con otro hombre.

—Tuerce el labio—. Vengo desde muy lejos solo para ser humillado públicamente por una princesa de tres al cuarto y un canalla extranjero…

—Basta —interviene Notos.

El aire se enrosca sobre sí mismo como una serpiente en su nido. Los ojos negros del Viento del Sur se clavan en el príncipe Balior con una muda advertencia. Al notar la tensión creciente, los guardias dispuestos a lo largo de las paredes echan mano de sus espadas.

Lentamente, Notos dice:

—Recordad de quién es la casa en la que estáis, príncipe Balior. Ni se os ocurra faltarle al respeto a la familia real.

Un profundo rubor aparece en las mejillas del príncipe.

—Todo esto apesta a engaño —gruñe.

—No hay engaño por mi parte, príncipe Balior. —El rey alza una mano temblorosa y se restriega los ojos—. No sé qué locura se ha apoderado de mi hija, pero os aseguro que este matrimonio no cuenta con mi bendición.

—¿Vuestra bendición? —sisea él—. ¿Y qué vale vuestra bendición si tenéis las manos atadas?

—Bueno, no nos adelantemos —se apresura a decir padre, intentando apaciguar a su potencial yerno—. Un compromiso se puede romper tan rápidamente como se sella. Una vez que Sarai recupere el sentido común, estoy seguro de que renunciará a su compromiso y todo seguirá tal y como habíamos planeado.

Sin embargo, no hay manera de calmar al príncipe.

—Se me prometió que la princesa Sarai sería mía.

Se abalanza sobre mí. Las puntas de sus dedos llegan a rozarme el codo, y entonces una muralla de viento lo arroja contra la pared. El príncipe choca con el muro, con una exclamación ahogada, y cae al suelo.

Un aullido quebrado atraviesa toda la sala de guerra.

El viento arranca las cortinas y hace volar mapas y documentos de la mesa.

Al instante, los guardias rodean al rey Halim, que contempla a Notos con una mezcla de asombro y miedo.

Los remolinos de aire se acercan al Viento del Sur, que se dirige al príncipe Balior.

Es algo absolutamente inviable, es viento encarnado.

Notos desenvaina su espada y coloca el filo curvo bajo la barbilla de Balior.