10
–Q uiero hablar con padre.
Ali, que lleva ya una década vigilando los aposentos privados del rey Halim, replica:
—Por desgracia, alteza, ahora mismo no se encuentra aquí.
Tras él hay unas puertas dobles de roble, de no menos de un palmo de grosor. Ni siquiera de niña me dejaban entrar en los aposentos de padre sin cita. Siempre tenía que llamar, como si fuera una desconocida.
—¿Y dónde está? —exijo saber.
—Se encuentra en una reunión, alteza.
¿Tan temprano? Si no ha llegado ni el alba.
A mi lado, el Viento del Sur cambia el peso de pie, con el semblante arrugado.
Él tampoco se fía de esa supuesta reunión en un momento tan poco conveniente.
Vamos juntos a la sala de guerra, que tiene unas puertas cubiertas con paneles bañados en oro.
Las flanquean cuatro guardias. Al acercarnos, un hombre de hombros anchos que enarbola una lanza larga y puntiaguda nos sale al paso.
—El rey Halim ha dicho que nadie debe molestarlo.
—He de hablar con el rey —digo yo.
—No puedo permitíroslo, alteza.
El Viento del Sur se coloca a mi lado, hombro con hombro. Semejante muestra de momentánea solidaridad me deja pasmada.
—La princesa Sarai te acaba de ordenar que te apartes —murmura con un tono de voz no mucho más alto de lo que hace falta para mantener una conversación íntima—.
Permíteme que te recuerde que ocupa una posición social diez veces superior a la tuya y que tiene el poder de mandar que te ejecuten por obstrucción a la justicia, si así le viene en gana. Y ahora, apártate.
El aire empieza a agitarse, avivado por la ira floreciente del Viento del Sur. El guardia da un respingo y retrocede. Les lanza una mirada de soslayo a sus camaradas, que parecen igualmente asustados. Yo sonrío por dentro. Jamás he dicho que no sea una persona mezquina.
Las puertas emiten un sonoro quejido al abrirse lo suficiente como para que entremos Notos y yo. Ante nuestra presencia, los dos hombres que ocupan la larga mesa que se extiende por toda la longitud de la sala de guerra alzan la vista, sorprendidos. El rey Halim… y el príncipe Balior.
El espacio es tan grande que mis pasos reverberan contra las pálidas paredes de piedra y las resplandecientes baldosas de mármol del suelo.
Ante nuestra inesperada aparición, padre nos mira con reproche.
El príncipe Balior, por su parte, me lanza una mirada de curiosidad antes de contemplar a Notos.
En sus ojos negros asoma una sombra de repulsión que ni siquiera intenta ocultar.
—Padre. —Con una facilidad nacida de la práctica, suavizo mi expresión, la tensa crispación de mi boca. Esbozo una cálida sonrisa en dirección al príncipe Balior, como si me disculpase silenciosamente por irrumpir aquí. A fin de cuentas, es nuestro invitado—. ¿Puedo hablar contigo en privado?
El rey Halim clava los dedos en los reposabrazos almohadillados de su sillón. El tapizado de color óxido tiñe su silueta de un tono amarillento.
—Aún no hemos terminado nuestra reunión. Tendrás que esperar.
—Se trata de un asunto urgente.
—Como urgente es esta reunión —replica él—, que ahora va con retraso debido a tu interrupción.
Un calor demasiado familiar empieza a sonrojarme la cara. Me mantengo en pie por mera fuerza de voluntad. Es cierto, las reglas están claras. Pero me estoy esforzando por hacer lo correcto.
—Por favor.
—No pienso repetirlo.
«Soy tu hija», quiero decir. Pero sé lo que sucederá si la situación se nos escapa de las manos.
Y sé que luego, cuando me haya avergonzado hasta obligarme a guardar silencio, tendré que soportar la carga de mis emociones y disimularla.
Cierro la boca y me trago las palabras. No digo nada en absoluto.
—Majestad. —El Viento del Sur da un paso al frente, con lo que atrae la atención de padre y, con ella, su ira—. Disculpad la interrupción, pero la princesa Sarai no irrumpiría aquí si el asunto no fuera tan urgente como afirma.
En ese momento, soy un cuerpo con dos mentes: la mujer que intenta apartar de sí cualquier cariño existente hacia Notos y la chica que se ve atraída por él como si fuese una brillante estrella.
Aunque lo he tratado con desdén, el Viento del Sur sigue intentando escudarme.
No me merezco su amabilidad, pero, aun así, soy capaz de apreciarla.
—Muy bien —gruñe el rey Halim, y hace un gesto con la mano—. Tienes la palabra. Cuéntame qué te preocupa.
Todos los ojos descansan sobre mí. El corazón me aletea de pura incertidumbre. Me pregunto si estoy realmente dispuesta a saltar por ese precipicio sin saber lo que me espera al fondo. Por mi pueblo, por mi reino, la única respuesta posible es sí.
—Padre, de verdad preferiría que hablásemos en privado. —L a atención del príncipe va saltando entre Notos, el rey y yo misma—. Estoy segura de que no quieres que el príncipe Balior tenga que presenciar las tribulaciones de Ammara.
—Si el príncipe Balior ha de supervisar algún día el reino, debería tener la imagen completa del estado en que este se encuentra.
Lo que yo pretendía era comentar mis preocupaciones con padre, de forma tranquila y concisa.
Pensaba contarle lo que hemos visto, independientemente de lo poco plausible que sea.
Las implicaciones son graves y tenemos pocos detalles al respecto.
Quizá estoy pensando demasiado, obligándome a atar cabos que ni siquiera existen.
Sin embargo, me da miedo lo que pueda suceder con Ammara cuando llegue mi vigesimoquinto día del nombre y me marche para siempre de este mundo.
Hay un ejército ante nuestras murallas, el príncipe Balior tiene cierto interés en el laberinto y la bestia quiere escapar.
Aunque me quedan pocos días de vida, he de encontrar el modo de obligar al príncipe —y a su ejército— a marcharse de Ammara.
—Padre…
—Maldita sea, Sarai. Escúpelo ya.
Está bien. Él lo ha pedido.
—No puedo casarme con el príncipe Balior.
Silencio. Un silencio asfixiante. El príncipe Balior se ha quedado petrificado en su asiento. Notos me contempla con una desacostumbrada confusión. Al rey Halim se le ha desencajado la mandíbula. Le tiemblan las mejillas. Durante medio latido, temo haberlo vuelto loco.
Pero entonces, padre alza una mano y se dirige a los guardias:
—Por favor, acompañad a nuestro invitado afuera.
El príncipe Balior se pone en pie.
—Sin ánimo de ofenderos, majestad, ¿no creéis que debería oír lo que ha venido a decir la princesa Sarai teniendo en cuenta que soy el tema de conversación?
Una fina capa de veneno cubre sus palabras.
Con gran esfuerzo, el rey también se pone en pie, apoyándose en la mesa. Me duele ver que le cuesta mantener el equilibrio, pero sé bien que es mejor no dar muestras de preocupación por su salud.
—Os pido perdón, príncipe Balior. Por favor, disculpad el comportamiento de Sarai. —A pesar de su falta de estabilidad, la voz del rey resuena con fuerza—. Últimamente no se siente bien…
—Me siento perfectamente bien, padre —digo con los dientes apretados. Y mucho más podría decirle si no hubiera testigos delante—. Si pudiera hablar contigo en privado …
—Este calor basta para volver loco a cualquiera —prosigue padre, dirigiéndose aún al príncipe Balior—. Pensad que justo ayer…
Siento un nudo en la garganta y le doy la espalda al rey. No sé por qué me esfuerzo tanto para que me oiga si está claro que no quiere escuchar el sonido de mi voz.
—Sarai.
El roce de una tierna mano en mi brazo atrae mi atención hacia Notos.
Sus ojos se suavizan al mirarme. Me prometen refugio.
¿Cómo puedo ser tan necia como para pensarme si no debería alargar la mano y aceptar lo que se me ofrece?
Jamás he querido que Notos me viese en este estado penoso y debilitado.
Si no soy fuerte, si no soy asertiva, si no soy autosuficiente, si no me rodeo de una armadura…
, entonces soy vulnerable. Y no puedo permitirme serlo.
—¿Era este vuestro plan, majestad? —pregunta el príncipe—. Me habéis traído aquí con la promesa de una alianza. Y ahora que he bajado la guardia, me humilláis.
Su tono de voz, que ha ido ascendiendo a medida que habla, retumba entre la piedra y el mármol de la estancia.
—En absoluto, príncipe Balior.
Entonces lo oigo: el pánico en la voz del rey, que aviva el mío propio. El príncipe camina en círculos, haciendo aspavientos, con una furia que crece abrumadora. ¿Es posible que, por intentar evitar un conflicto, yo haya acabado provocándolo?
—He viajado casi dos mil kilómetros por las arenas del desierto para llegar hasta aquí.
Y ahora esperáis que me vuelva a mi casa sin esposa, sin unión entre nuestros países, como si esto no hubiesen sido más que unas vacaciones.
—El príncipe suelta una risa indignada—.
Desde luego, nunca me han tratado peor en ningún otro reino ni país.
Me prometisteis la mano de vuestra hija —d ice—.
¿Os vais a echar atrás? ¿Vais a incumplir vuestra palabra?
La cara del rey Halim está tan roja que casi espero que estalle en llamas.
—Príncipe Balior, os aseguro que nadie va a incumplir su palabra, mucho menos yo. Al igual que vos, me estoy enterando ahora de todo esto. Mi hija está confundida, nada más… Debe de ser un golpe de calor.
El príncipe Balior esboza una sonrisa afilada.
—Sí, seguro que es eso.
Con un profundo suspiro, el rey vuelve a tomar asiento, encorvado, con gesto de derrota. Yo le lanzo una mirada a Notos, incapaz de disimular el miedo. Si el príncipe Balior nos ataca, Notos protegerá a padre, protegerá a Ishmah, protegerá al rey. Eso lo sé.
—Os juro, príncipe Balior, que jamás os faltaría al respeto de esta manera. Solo puedo pediros perdón.
La mirada del príncipe, suspicaz, oscila entre el rey y yo misma.
—Entonces, majestad, ¿tengo vuestra palabra de que no sabíais lo que iba a decir Sarai?
— La princesa Sarai —gruñe Notos en tono de advertencia—. No os dirijáis a ella en tono tan informal. No sois su prometido.
El príncipe Balior estudia al Viento del Sur, con los brazos cruzados, la postura laxa y la boca torcida.
—Pues resulta que justo de eso hablábamos el rey Halim y yo cuando nos habéis interrumpido con tan malas maneras.
—Pasa entre la mesa y la silla y rodea la habitación, caminando junto a los guardias apostados en las paredes.
Cuando empieza a acercarse a nosotros, Notos le sale al paso, con la mano apoyada en la empuñadura de la espada.
El príncipe arruga el labio superior en una mueca de desagrado—.
El rey y yo hemos sellado un acuerdo. Pronto, la princesa Sarai y yo nos casaremos.
Mi cabeza latiguea hacia padre, que se niega a mirarme a los ojos.
Teníamos un acuerdo los dos. Sí, yo había aceptado un matrimonio de conveniencia.
Pero primero iba a conocer al príncipe y evaluar su carácter.
Padre me prometió que discutiríamos el compromiso después del cortejo, antes de tomar una decisión definitiva.
Y ahora resulta que ha tomado la decisión por mí, a mis espaldas, sin mi consentimiento.
Me siento muy alarmada. No puedo sacudirme esta sensación, porque, si los motivos que impulsan al príncipe Balior son tan siniestros como sospecho, mis opciones han quedado aún más reducidas que antes.
Lo cierto era que sí tenía un plan, pero ahora padre lo ha partido en dos.
Ahora no funcionará. Hay que ponerle un parche… , rápido.
—¿He hecho algo para ofenderte, princesa Sarai? ¿Por eso te niegas a casarte conmigo?
La pregunta del príncipe Balior atrae mi atención. Me asomo tras la ancha espalda del Viento del Sur y contemplo con cautela al adorado príncipe de Um Salim. Durante un latido, lucho contra el absurdo deseo de apoyar la mano en la espalda de Notos y absorber su calor y su fuerza.
—No, príncipe Balior. —Mentira.
—¿Seguro? —Echa la cabeza hacia atrás con aire curioso—. Porque, si fuera el caso, me gustaría que pudiéramos discutirlo como adultos razonables.
—No es el caso —digo.
No puedo decirle por qué no quiero casarme con él.
Si menciono al ejército, al umbrandante, a la bestia…
¿Quién sabe si el príncipe se vengará de alguna manera?
No, para abandonar el plan he de dar una razón de peso.
De hecho, esta podría ser la única decisión bien ponderada que he tomado desde que llegó el príncipe.
—No puedo casarme contigo —explico— porque Notos y yo estamos prometidos.