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—En la Ciudad de los Dioses hay una panadería famosa por sus galletas de canela.
Padre solía llevarnos a mis hermanos y a mí cuando éramos jóvenes.
—Se queda parado, como si estuviese ante un umbral invisible que no quiere cruzar—.
Al lado estaba la armería y, tras comprar unos dulces, solíamos asomarnos a las estanterías para ver las armas.
Un día, padre nos dijo a cada uno que eligiésemos una.
—Su mano desciende hacia la cimitarra—.
Bóreas eligió una lanza; Céfiro, un arco; y Euros, un hacha.
Pero yo no quería ningún arma. No tenía el menor deseo de derramar sangre.
Si me lo hubieran permitido, habría optado por pasar mis días investigando textos arcanos.
Pero a padre no le gustaba la idea. A fin de cuentas, yo era uno de los Anemoi.
Le resultaba inconcebible que un dios no fuese capaz de defenderse.
Fue así como conocí en su día al Viento del Sur. Hace unos años, Notos llegó a Ammara con la intención de acabar con la bestia del laberinto. En las semanas, y luego meses, que pasó en la corte, estrechamos lazos justo de este modo: compartiendo historias.
—Así fue como me topé con esta espada. —Sus dedos se crispan en torno a la empuñadura—. Decidí que me convertiría en un espadachín tan bueno que nadie podría obligarme a usarla. Esta espada sería mi escudo, y yo sería libre en todo lo que importaba.
Lo comprendo. De verdad que lo comprendo.
En parte, por eso mismo practicaba yo tanto con el violín.
A padre no le costó arrebatarle su sueño a Fahim a pesar de sus grandes dotes.
Yo lo presencié todo. Decidí ser incluso mejor que él, tan buena que nadie pudiera poner en tela de juicio que lo mío era la música, que la música me pertenecía.
—Si te sirve de algo —susurro—, a mí me pareces muy buen espadachín. Deberías estar orgulloso de lo lejos que has llegado.
Notos me contempla durante un largo instante, en el que ni siquiera respiro.
—Gracias —murmura.
Poco después, Nadia regresa con una bandeja repleta de tartaletas redondas de bordes crujientes.
Yo cojo dos. Siguen calientes. La anciana vuelve a la parte trasera y Notos contempla su dulce con una sonrisa triste antes de metérselo en la boca.
Quizá es por culpa de esta noche. Quizá es que el pasado parece ahora mismo muy presente.
Sea como sea, no me gusta ver tan abatido al Viento del Sur.
—Tu padre se equivocó al presionarte para que fueras alguien que en realidad no eres —le digo.
Él se encoge de hombros. Estamos tan cerca que el más leve movimiento desplaza el aire cálido junto a mí.
—No podemos cambiar a los demás. Es una lección que he aprendido por las malas una y otra vez.
—Deberíamos permitirnos elegir lo que nos hace felices —d igo, manteniéndole la mirada—, ¿no te parece?
Le doy un bocado a mi tartaleta. Los ojos de Notos descienden hacia mi boca.
—Sarai…
Siento una inesperada punzada de dolor en el corazón. Doy un paso atrás.
—Es tarde —digo, pero las palabras no me salen tan fácilmente como yo esperaba—. ¿Qué era lo que querías enseñarme?
Él asiente con aire rígido, aunque no se me escapa el dolor que le nubla el semblante.
—Por supuesto, princesa Sarai, ahora lo veremos.
Tras despedirnos de Nadia, nos dirigimos al oeste.
Llegamos a la parte industrial de la ciudad; en el aire flota el olor a metal fundido de las forjas.
Hay maderos apilados como nieve por la calzada agujereada.
Ascendemos la cuesta de una colina y, de pronto, Notos me agarra del brazo y me obliga a aminorar la marcha.
En un primer momento, no comprendo qué es lo que estoy viendo. Pero entonces las nubes se apartan. La luna baña el terreno de ahí abajo con su luz de plata. Veo caballos, resplandecientes armaduras abolladas, la tierra aplastada bajo el peso de un millar de botas.
Un ejército.
Me giro hacia Notos y pregunto:
—¿Padre está al tanto de esto?
A fin de cuentas, el rey Halim le indicó específicamente al príncipe Balior que su ejército no tenía permiso para entrar en la ciudad hasta que se legitimara nuestro matrimonio.
—Que yo sepa, no. Yo lo he descubierto esta mañana.
—El Viento del Sur se pasa una mano por el cabello negro.
Recuerdo demasiado bien el tacto de esos sedosos mechones—.
Es posible que el interés del príncipe Balior en el laberinto se deba solo a sus investigaciones, pero plantéate lo siguiente: ¿por qué iba a traer a su ejército a la ciudad a menos que pretenda usarlo?
Yo me veo atrapada entre el mañana y el hoy; la amenaza prometida y la amenaza presente.
El Viento del Sur tiene razón. Casarse con el príncipe Balior le concedería un poder significativo sobre mi tierra y mi pueblo, independientemente de su interés en el laberinto.
Su ejército es prueba suficiente de ello. Resulta demasiado arriesgado.
—Tenías razón —admito con palabras lastimosamente frágiles.
Se oye un estruendo de cascos lejanos; los soldados del príncipe meten a sus caballos en un enorme redil.
Dioses, ¿cómo he podido ser tan estúpida?
—. He confiado demasiado pronto en el príncipe Balior.
Ahora me temo que he dejado entrar en Ammara a una amenaza mucho mayor.
—No es culpa tuya —dice Notos—, pero el rey Halim ha de saber esto.
Estoy de acuerdo. Y no hay tiempo que perder.