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A la luz del día es poco probable que un umbrandante se atreva a salir.
Aunque, a medida que pasa el tiempo, la claridad no parece detenerlos tanto, quién sabe por qué.
Y aún queda la pregunta de cómo ha podido entrar esa criatura en el palacio.
¿La han enviado aquí? ¿Ha encontrado el modo de entrar en la capital?
Resulta sospechoso que yo me la haya encontrado precisamente en la biblioteca del palacio.
¿Puede que haya salido de alguna de esas puertas cerradas con llave?
—¿Qué es lo que sabe el príncipe Balior del laberinto? —pregunta bruscamente Notos.
—No estoy segura. —Contemplo su rostro en busca de respuestas. No encuentro ninguna—. No me ha contado mucho. —D e nuevo, se hace un silencio que se alarga mucho más que el anterior—. ¿Qué pasa? —pregunto. Algo ocupa los pensamientos de Notos. Me pregunto qué será.
El Viento del Sur se restriega la mandíbula, como si quisiese aflojar la tensión en ella. Parece reticente a hablar.
—¿Te has planteado que quizá el príncipe no actúa por motivos desinteresados?
Yo entrecierro los ojos, suspicaz.
—¿A qué te refieres?
—El príncipe Balior ya ha mostrado un claro interés en el laberinto.
Y ahora tú has descubierto que la bestia promete concederle un deseo a quien la libere.
¿Y si lo que Balior desea es poder? ¿Por qué iba a unirse el príncipe Balior a Ammara, un reino más pequeño y débil, si no espera conseguir algo a cambio?
Su voz reverbera entre las tinieblas que rodean las estanterías derrumbadas a nuestro alrededor. Yo contemplo su expresión severa y firme, sus tonos grisáceos. Mi corazón se cierra a la posibilidad de que me hayan engañado tan fácilmente.
—Ya entiendo de qué va esto. —Me cruzo de brazos y niego con la cabeza, frustrada—.
En primer lugar, te olvidas de que fue padre quien concertó mi matrimonio con el príncipe Balior, y no al revés.
En segundo, el príncipe Balior es un erudito que investiga mitos en el reino, así que por supuesto que le interesa el laberinto.
Y por último, si pretende atarse a este reino mediante un matrimonio, ¿por qué iba el príncipe a querer hacerle daño a Ammara liberando a esa bestia?
Nada de todo eso tiene el menor sentido.
El único motivo por el que sacas el tema es porque odias ver que otro hombre ha pedido mi mano en matrimonio.
Sus ojos desprenden un destello peligroso.
—No, no es por eso.
Ya, seguro.
—O sea, que mi inminente matrimonio no te supone ningún problema —insisto, con la mano apoyada en la cadera.
Notos suspira y alza la vista hacia el techo en las alturas, como si fuese a encontrar en él un poco de paciencia. Qué interesante: no llega a replicar nada.
—¿Y si el príncipe Balior no pretende honrar ese matrimonio sino usarlo como estratagema para poder entrar en el laberinto y tener la oportunidad de llevar a cabo su plan?
Eso no me lo esperaba. Llevo todo este tiempo colocando mis propias piezas en el tablero y no me he dado cuenta de que, quizá, el príncipe Balior haya estado cambiando de sitio las suyas en secreto. ¿Y si Notos tiene razón?
¿Y si no la tiene?
Si doy por terminado el cortejo, sacrificaré la única oportunidad que tengo de encontrar el modo de romper mi maldición. Cabe la posibilidad de que todo esto sea un malentendido. Si reacciono mal…
Si creo en lo que dice Notos, permitiré que las sospechas nublen mi mirada. El ansia de conocimiento dará paso a motivos más malvados. Y mi futuro esposo será un traidor.
—Entiendo lo que dices, Notos, pero no tenemos pruebas que avalen tus sospechas. No puedo tomar una decisión basada en lo que podría ser.
—Me parece lícito lo que dices —afirma, porque, por supuesto, intenta considerar ambas perspectivas a pesar de que no estemos de acuerdo. Solo por eso, lo admiro—. Sin embargo, me gustaría enseñarte algo.
Lo cierto es que, a estas alturas, no tengo nada que perder.
Nos alejamos en silencio de la biblioteca y salimos del palacio. Recorremos la Calzada de la Reina, y el Viento del Sur dice:
—¿Sigue abierta aquella panadería del anillo inferior, la que hace las tartaletas de miel?
—Sí —digo, lanzándole una mirada de reojo.
A esta hora, el silencio es dueño de estas calles residenciales, aunque hay algunas ventanas iluminadas por la luz de las velas. Notos aminora el paso para ajustarlo al mío.
—¿Y alguna vez…?
—Sí, a veces.
Admitirlo me hace sentir demasiado vulnerable, pero es cierto: a veces paso por esa panadería que en su día consideré nuestra.
Notos sonríe, y yo sonrío a mi vez.
—Es que siempre te gustaron esas tartaletas de miel.
Sí, siempre me gustaron. Me siguen gustando. Yo preferiría no abordar este tema, pero al girar un recodo y dejar atrás uno de los santuarios de menor tamaño, me encuentro diciendo:
—Nadia pregunta por ti de vez en cuando.
La anciana veía con buenos ojos a uno de los dos, y desde luego no era mí. Tampoco puedo culparla. La naturaleza callada de Notos se gana el favor de las personalidades más gruñonas.
—Podríamos dejarnos caer por allí, si quieres —propone en tono despreocupado, al tiempo que me lanza una mirada sugerente—. No hay nada malo en ello, ¿verdad?
Mi cabeza latiguea hacia él con sorpresa. A pesar de los muros que he alzado alrededor de mi corazón, siento que en ellos aparece una levísima grieta. Nadia empieza a hornear bastante pronto, varias horas antes del alba, si no me equivoco.
—¿Y qué pasa con eso que querías enseñarme?
—Puede esperar.
Bueno, es evidente que no voy a dejar pasar la oportunidad de comerme una tartaleta de miel recién horneada.
La panadería está ubicada al final de un callejón envuelto en profundas sombras.
Llamamos a la puerta. A esta hora, no espero que Nadia abra, pero, para mi sorpresa, lo hace.
Una oleada de aire cálido impregnado de azúcar emana desde el interior hacia la calle.
El mandil y el cabello de la anciana están cubiertos de harina.
Nos echa una mirada y todo su rostro se ilumina.
—¡Princesa Sarai! Y… ¿ese de ahí es Notos? —Se le escapa una exclamación ahogada, propia de una chiquilla—. Caramba, así es. ¡Cuánto has crecido!
Yo reprimo una risa sorprendida. La anciana no tiene la menor idea de que Notos es inmortal. No ha envejecido un solo día desde que se marchó.
—Déjame adivinar —dice Nadia, con un destello travieso en los ojos—. Habéis venido por las tartaletas de miel, ¿verdad? No me he olvidado.
Notos inclina la cabeza con gesto avergonzado.
—Culpables.
Vale, su reacción me parece adorable incluso a mí. Quién sabe por qué.
—Pues tenéis suerte —dice la anciana—, porque acaban de salir del horno. Dadme un segundo.
Cuando Nadia desaparece en la parte trasera de la panadería, el Viento del Sur murmura: