El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 9 #2
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Por desgracia, me encuentro en el lado contrario de las estanterías. Para atraer a la bestia voy a tener que darle algo que pueda perseguir, lo cual implica que deberé correr más rápido de lo que tarden las estanterías en derrumbarse. Encontrar el momento adecuado va a ser esencial.

En cuanto me estrello contra la estantería con suficiente ­fuerza como para volcarla, el umbrandante me ve. Echo a correr pasillo abajo, guiando a la bestia hacia su ruina.

La estantería choca contra la siguiente, que también se ­vuelca.

Se crea un efecto dominó: textos viejos y documentos con siglos de antigüedad caen al suelo convertidos en trozos de pergamino y polvo.

Cuando llego a la penúltima hilera, estoy a punto de derrumbarme yo también.

La última estantería cae al tiempo que yo hago acopio de las energías que me quedan para mantener la velocidad.

Sin embargo, no soy lo bastante rápida. Mis dedos agarran la estantería y la inercia me detiene en seco, tan rápido que pierdo pie y caigo redonda al suelo.

Retrocedo a gatas segundos antes de que la estantería me aplaste. El umbrandante me ataca, rápido como una avispa. Yo grito y retrocedo hasta encajarme en el pequeño espacio que ha dejado la estantería derrumbada sobre la adyacente.

—¡Sarai!

Un sollozo de alivio me brota del pecho.

Mis uñas arañan la piedra al impulsarme entre pergaminos, mapas y tomos.

El umbrandante, a pasos de distancia, está destruyendo todo a su paso al buscarme.

El pergamino se rasga tan fácilmente como hojas ­resecas.

Yo no me detengo. Cada libro caído es un obstáculo que salvar.

—¡Notos! —exclamo como respuesta.

—¿Dónde estás?

Con los dientes apretados, intento sobreponerme a una oleada de agotamiento. Su voz está demasiado lejos. Respiro entrecortadamente, con la garganta inflamada. Me falta el aliento para responder. El plan ha fallado, y yo he bloqueado mi única salida.

—¡Estoy en los anaqueles traseros! —grito—. ¡Ven, rápido!

El umbrandante está demasiado ocupado destrozando las estanterías como para darse cuenta de que salgo a gatas por el otro lado del pasillo. Llego a una puerta entreabierta y me abalanzo sobre ella. La cruzo, me agacho y aguanto la respiración.

La criatura emerge de las estanterías como salida directamente de mis pesadillas. Dos pozos negros en lugar de ojos, una cola dentada y rematada por un aguijón. De entre sus largos y aserrados colmillos gotea saliva.

No sé de dónde provienen estos umbrandantes, pero estoy segura de que es un lugar de oscuridad, el abismo de algún tipo de infierno demoníaco.

La bestia se inclina hacia delante y alza el hocico.

Yo la contemplo por una rendija en la puerta.

Cuando matan a sus víctimas, les absorben el alma por la boca.

«Estoy hecha de mármol», pienso. «Estoy hecha de piedra. »

Hasta mis pensamientos se han quedado petrificados por miedo a atraer la atención de la bestia. El umbrandante acerca el hocico a la rendija de la puerta y suelta un aliento repugnante.

Una ráfaga de viento destroza una estantería cercana. Vuelan pergaminos amarillentos en todas direcciones. El umbrandante gira en redondo y suelta un furioso rugido gutural.

Mi vista se ha acostumbrado lo suficiente a la penumbra como para atisbar una ancha silueta que aparece al otro lado de la estancia.

Me flojean las piernas de puro alivio. De no estar apoyada contra la pared, caería al suelo convertida en un charquito.

Un ciclón recorre la estancia; Notos desenvaina la espada y avanza hasta un rayo de luz de luna.

Sus ojos son un fuego negrísimo; su rostro, nubes de tormenta.

Es una deidad capaz de arrasar ciudades, exterminar ejércitos, condenar reinos enteros.

Es el Viento del Sur, aquel que manda sobre los vientos del verano. Esta noche se derramará sangre.

Notos lanza un tajo a poca altura con la espada, y una fina hoja de aire puro atraviesa la estancia.

El umbrandante la esquiva y se pone fuera de su alcance; se sube a una de las estanterías.

Al llegar a lo alto, se lanza sobre Notos, que lo arroja a un lado con una potente ráfaga de viento.

El umbrandante se estrella contra la pared.

Una nube de polvo impregna el aire. El Viento del Sur envuelve todos los escombros en un embudo de aire y obliga a la criatura a internarse entre dos estrechas estanterías.

Incluso a esta distancia puedo sentir el calor de ese viento seco.

Notos lanza un tajo. Falla. El umbrandante lo ataca, pero él lo esquiva pulcramente y lo apuñala en los cuartos traseros.

Yo me encojo al oír el rugido que brota de su boca.

El poder de Notos no será suficiente. La única forma de matar a un umbrandante es con sal, o bien decapitándolo, o atravesando su corazón.

El umbrandante parece saberlo e intenta mantener la distancia.

Le lanza otro furibundo ataque: tres enormes uñas le abren sendos tajos en el muslo.

Yo me muerdo el labio, preocupada. Sin embargo, comprendo que eso era justo lo que quería el Viento del Sur: colocarse en una posición vulnerable, avivar la sed de sangre del umbrandante, asegurarse de que sus ganas de consumirle el alma lo llevarán a cometer un desliz.

La bestia le rasga los brazos, los hombros, la espalda. La sangre mancha la tela de su túnica. El Viento del Sur no flaquea ni se frena. Aguanta los golpes mientras el frenesí se apodera de la criatura. El hedor a sangre resulta abrumador.

«No puede morir», me recuerdo a mí misma.

Sin embargo, sí que puede acabar gravemente herido, tullido incluso.

El umbrandante vuelve a atacar, y Notos maniobra hasta arrinconarlo en una esquina.

Usa sus vientos para doblar las patas a la bestia, que ruge y chasquea las fauces.

Notos se acerca, con la cimitarra alzada.

—Vuelve a las sombras a las que perteneces, bestia.

La espada desciende, con un intenso brillo de plata, como una estrella caída. El acero hiende el cráneo de la criatura, tan fácilmente como si fuera de agua. Notos le separa la cabeza del cuerpo, y el umbrandante se derrumba, convertido en un guiñapo de carne podrida. Y entonces, por fin, silencio.

Yo sigo incapaz de respirar. El Viento del Sur se lleva una mano a la cara. Una mano temblorosa, si no me equivoco.

—¿Sarai? —Se gira despacio, escrutando las estanterías derrumbadas. La luz de la luna ilumina capas de polvo que convierte en nieve recién caída. Con la respiración alterada, Notos se acerca al desastre que es la biblioteca—. ¡Sarai!

Inspiro hondo y salgo de detrás de la puerta.

—Estoy aquí.

Notos se gira hacia mí. El miedo ha alterado tan profundamente a sus facciones que ha conseguido lo imposible: que parezca más viejo.

Yo tiemblo tanto que me ceden las rodillas.

Él me agarra con un juramento amortiguado, me aprieta contra su pecho y me rodea con los brazos tan fuerte que casi parece una ­extensión de mi mismo ser.

Nuestros corazones laten al unísono: melodía y contrapunto.

Poco a poco, la calidez de su cuerpo derrite mis extremidades rígidas y heladas.

—Sarai. —Le tiembla todo el cuerpo, y sin embargo, arre­bujada entre sus brazos, jamás me he sentido tan segura como ahora—. ¿Estás herida?

Niego con la cabeza, la cara aplastada contra su pecho su­doroso. No puedo hablar. El Viento del Sur agacha la cabeza, su ­nariz me acaricia el cabello. Es muy recio, ni se doblega ni se rompe. Yo le agarro la túnica. No lo suelto.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunto.

—Algunos guardias me son leales. Uno de ellos oyó que preguntabas ayer cómo se podía acceder a los documentos restringidos.

Supuse que volverías. Coloqué centinelas frente a la biblioteca; me informaron en cuanto entraste.

Luego te oí gritar… —Le falla la voz. Habla con un tono lo bastante vulnerable como para transmitir todo lo que siente, aunque sea incapaz de pronunciarlo en voz alta.

Me rompe por dentro. Y odio que me rompa por dentro—. Dime lo que ha pasado.

Así lo hago. Le hablo de las investigaciones del príncipe Balior, del símbolo que aparece tanto en el libro como en la entrada del laberinto. También le hablo del corredor abandonado y de las puertas cerradas con llave. Le cuento lo que he descubierto; la historia de la bestia.

Durante un rato, Notos guarda silencio.

—¿Dónde están ahora esos documentos?

—Los dejé caer —digo—. Este es el único libro que conseguí agarrar.

Me aparto y se lo tiendo. Tiene la cubierta de un sencillo tono gris. No debe de tener más de cincuenta páginas. El Viento del Sur toca el escuálido volumen, con el ceño fruncido.

—Si estos libros nos pueden ayudar a desvelar el misterio del laberinto, volveré a por ellos.

—¡No! —Lo agarro con fuerza del antebrazo—. No puedes volver allí.

Desde que lo conozco, su semblante siempre ha estado contraído en una expresión de rigidez que, sin embargo, ahora se suaviza con un desacostumbrado y contenido humor.

—Sabes que soy inmortal, ¿verdad?

—¿Y qué pasa con tus heridas? —Señalo la sangre que le empapa la parte delantera de la túnica—.

Puedes sangrar. Puedes sentir dolor. ¿Por qué deberías arriesgarte a sufrir alguna ­herida por algo que no sabemos si realmente nos va a ayudar?

—Nuestras miradas se entrelazan. Se me encoge inesperadamente el estómago y aparto la mano.

He dicho más de lo que debía—. Por favor —susurro—.

Esta noche no. Si has de ir, espera a mañana.