9
«S i me ayudas, te concederé aquello que deseas.»
Me tiemblan los dedos sobre el diario mientras contemplo boquiabierta la tinta que mancha el fino pergamino.
Una vez por década se sacrifican siete hombres a la bestia.
El rey Halim afirma que ese es el único modo de apaciguar a la criatura que mora en el laberinto.
Pero ¿y si la bestia no desea devorar a esos hombres?
¿Y si lo que quiere es escapar, vengarse de quienes la aprisionaron?
Cuanto más reflexiono sobre ello, más injusta me parece la situación. La bestia tiene razón. ¿Por qué debería ser castigada por existir? ¿Por qué no fue castigado el rey, que no sacrificó al toro divino? ¿Por qué no fue castigado el Señor de la Montaña?
Hago una pausa y releo a toda prisa el último párrafo. «Patético rey mortal.»
Se me hiela la sangre.
No está hablando del rey que no sacrificó al toro.
El rey con quien hizo un pacto el Señor de la Montaña para construir el laberinto, un pacto sellado para salvar la vida de su hija enferma, fue el rey Halim.
Si la bestia escapa, bien podría ir a por padre por el papel que desempeñó en su encarcelamiento. No puedo permitir que algo así suceda.
Tan centrada estoy en repasar la pila de libros que no me doy cuenta de que la temperatura ha descendido hasta que me empiezan a castañetear los dientes. Un bajo y leve siseo reverbera desde una cámara lejana. Giro en redondo y enarbolo el candil como si fuera un arma.
—¿Hola?
Una oleada de frío recorre la estancia. Como si fuese una bruma nauseabunda, apesta a descomposición.
Se me pone de punta hasta el último vello del cuerpo.
Me quedo petrificada, plantada en medio de este suelo de piedra.
Algo me roza la nuca, y me giro de golpe, balanceando el candil para estrellarlo contra lo que sea que me haya tocado.
Detrás de mí no hay nada.
Me late tan rápido el corazón que su ritmo se convierte en un apagado zumbido. Es hora de marcharse. Sin duda es hora de marcharse.
Sin embargo, no sé si voy a poder volver aquí; y estos registros son demasiado valiosos. Así pues, los recojo entre los brazos tan rápidamente como me lo permiten mis temblorosas manos. Vuelvo a oír ese siseo escurridizo, como uñas arañando la piedra: está más cerca, al otro lado del umbral.
Dejo aparte los tomos más pesados y recojo tantos libros de menor tamaño como me caben entre los brazos, aunque tengan siglos de antigüedad.
Acto seguido, agarro el candil y voy a toda prisa hacia la puerta.
Me asomo al pasillo, que está oscurecido por completo, sumido en unas tinieblas tan densas que me ocultan hasta las manos.
Entrecierro los ojos y me esfuerzo por captar algún movimiento. Y entonces, el candil se apaga.
La oscuridad inunda mi visión. Estoy enterrada aquí dentro.
Mis dedos se crispan alrededor del mango del candil.
No soy una guerrera. Soy violinista, no tengo pericia alguna en combate.
Sé correr, sé encogerme, sé esconderme… y poco más.
Sea lo que sea lo que se agazapa en las tinieblas, es de gran tamaño.
Lo sé por el modo en que el aire se desplaza a oleadas, como si una figura enorme se moviese.
No me atrevo ni a respirar. Con el corazón al galope, retrocedo hasta el interior de la habitación y, despacio, muy despacio, cierro la puerta.
Un miedo vidrioso nubla mis pensamientos. Soy un cuerpo hecho de pánico y huesos, movido por el instinto. Mis dedos buscan un cerrojo en la puerta, pero no encuentran nada. El pomo está oxidado casi por completo; no es probable que aguante si algo intenta entrar a la fuerza.
Sigo retrocediendo, guiándome por el tacto.
Rodeo el escritorio y es ahora cuando entiendo lo estúpida que ha sido esta misión.
Nadie sabe dónde estoy. Mis pensamientos dan vueltas y más vueltas en espiral y amplifican mi histeria hasta que tengo un momento de lucidez tan brutal que me veo momentáneamente liberada del miedo: el candil.
Se ha apagado, pero debe de haber una forma de volver a encender el pabilo.
Con cuidado, coloco los libros robados sobre el escritorio y empiezo a abrir cajones.
El suelo vibra con el inconfundible ritmo de algo que se desplaza a cuatro patas.
Me tiembla la mandíbula al oír el arañazo de unas garras contra la piedra.
Con manos temblorosas, agarro lo que parece ser yesca y pedernal.
Tras dos, tres, cuatro chasquidos, el pabilo del candil prende.
La luz espanta las sombras…, pero también atrae la atención de la criatura.
Hay unos arañazos en la parte inferior de la puerta; una única garra que recorre su superficie.
La peste a descomposición es más fuerte y viene acompañada de un ápice de humo de leña.
Yo agarro los libros al tiempo que algo pesado empuja la puerta.
La madera se comba a causa de la presión, con un quejido.
Yo me encojo tras el escritorio. Me castañetean los dientes y mi mirada recorre la habitación de esquina a esquina.
No hay nada. No hay ninguna ventana ni modo de escapar, y ahora…
La puerta se hace pedazos. Algo entra en tromba; una maraña de extremidades alargadas, huesos protuberantes y sombras líquidas en un cuerpo que parece haber sido destrozado y vuelto a recomponer de cualquier manera. Sus numerosos colmillos asoman, enormes, y rezuman un fluido negro.
Es un umbrandante.
Tengo la boca tan seca como la arena del desierto. ¿Cómo ha podido un umbrandante entrar en la capital? Las puertas de la ciudad, cubiertas de runas protectoras, se cierran antes del ocaso.
La cabeza de la bestia latiguea hacia mí.
Yo grito y retrocedo, esquivando por poco el chasquido de sus fauces.
Se me caen los libros al suelo. Agarro uno de ellos, el que ha caído cerca, y me lo aprieto contra el pecho —una pequeña esperanza que quizá me proporcione más información sobre el laberinto— antes de echar a correr hacia el lado opuesto de la sala.
Dos pasos después, el umbrandante se adelanta y me corta la huida.
Giro en redondo y me agacho para evitar sus mandíbulas.
Regreso a gatas hasta el escritorio, la única barrera cercana.
La criatura es enorme. Abrumadora. Apenas tengo tiempo de arrojarme a un lado cuando me ataca.
El umbrandante vuelca el escritorio y estampa el hocico contra la pared.
Yo me enderezo y echo a correr hacia la puerta.
Giro a la izquierda en dirección al atrio principal.
No me había dado cuenta de lo mucho que me había alejado de las colecciones especiales, pues el estrecho pasadizo se alarga y se alarga, una franja infinita de sombras.
Mi candil oscila enloquecido en una mano; en la otra sostengo el libro.
Un rugido furioso sacude el aire. Entonces introduzco sin darme cuenta el pie en una grieta del suelo y tropiezo.
Sigo avanzando a trompicones, con una punzada de dolor en el tobillo.
Oigo otro estruendo a mi espalda, en la oscuridad. Ya viene.
Estoy apenas a unos pasos de los anaqueles traseros cuando me envuelve un potente hedor.
Dejo el candil y me obligo a correr más rápido; el dolor del tobillo es un recuerdo lejano.
Girar a la derecha me llevará hasta el atrio principal, a la salida de la biblioteca.
Sin embargo, el umbrandante está a pocos pasos de distancia.
Si sigo hacia la cámara principal, la criatura me hará pedazos antes de que pueda ponerme a salvo.
Tengo que darle esquinazo entre las estanterías.
Viro a la izquierda. La bestia, demasiado voluminosa como para hacer giros tan bruscos, se estampa contra la pared.
Cae arcilla del techo, y yo corro a toda prisa por el pasillo ensombrecido.
Relucientes pergaminos encuadernados pasan a toda velocidad, al tiempo que se suceden los golpes sordos de sus pasos a mi espalda, acompañados por un quejido de madera.
Las estanterías a mi derecha se tambalean.
Llego al final del pasillo. Una esquina; el peor lugar imaginable.
Me asomo al recodo y veo que la bestia me busca, husmea en el aire intentando captar mi aroma.
Espero a que gire la cabeza y me interno a toda prisa por otro pasillo.
Si me desplazo con cuidado y en silencio, quizá pueda despistar lo suficiente al umbrandante como para llegar al mostrador principal.
Pongo tanta distancia con la bestia como puedo y, a continuación, me agacho tras una estantería que alberga pergaminos con registros históricos de Ishmah. Los umbrandantes tienen un gran sentido del olfato, no así de la vista ni del oído. Eso juega a mi favor.
Con el libro robado aún apretado contra el pecho, saco un sujetalibros de un anaquel y doblo un recodo, con el oído atento para captar hasta el más mínimo sonido.
Está ahí…, a pocas filas de distancia. Sigue husmeando el aire, cada vez más fuerte.
Contengo el aliento y arrojo el sujetalibros con todas mis fuerzas en dirección contraria al mostrador de la entrada.
La criatura emite un chillido y se abalanza hacia el lugar donde se estrella el sujetalibros. Yo me agacho tras otra estantería para que no se dé cuenta de que me pongo en movimiento. De no ser por las pequeñas ventanas recortadas en el techo abovedado, me estaría desplazando a ciegas.
La bestia no me encuentra, así que vuelve al lugar donde estaba antes y choca contra una estantería.
Yo veo desde lejos cómo oscila. Entonces se me ocurre una idea, y decido cuál va a ser mi siguiente movimiento.
Si consigo atraer al umbrandante hasta el extremo de las estanterías, podría volcarlas unas sobre otras y atrapar a la bestia bajo su peso, al menos el tiempo suficiente como para huir de la biblioteca.