El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 8 #2
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Dos hombres custodian la entrada de la biblioteca.

Por suerte, parecen estar dormidos. Por supuesto, en cualquier otro momento, algo así sería completamente inaceptable teniendo en cuenta que su trabajo es…

, bueno, vigilar la puerta. Aun así, no pienso quejarme.

Contengo la respiración y paso de puntillas entre ellos.

Abro la puerta con cuidado. La madera emite un suave chirrido, pero los hombres no se despiertan.

Entro sin que ninguno se percate de mi presencia.

Rodeo el mostrador frontal y me dirijo a las estanterías que albergan las colecciones especiales. No me molesto en buscar entre los anaqueles. Si los documentos sobre el laberinto están restringidos, se encontrarán guardados a buen recaudo bajo llave.

Tal y como hice antes, intento abrir la puerta que hay entre dos estanterías. En cuanto rozo el pomo de latón, este me quema la piel. Aparto la mano, frustrada. No lo comprendo. ¿Por qué no puedo abrir la puerta? ¿Y por qué el pomo le pareció perfectamente normal al archivista?

A mi izquierda hay un pasadizo aparte, estrecho y carente de estanterías. Salpican las paredes varias puertas distribuidas a intervalos regulares. Siete en total, todas con pomos de latón. Intento abrir las dos primeras y compruebo que están cerradas con llave y que el metal se congela al tocarlo.

Me interno más en el pasadizo. Mis sandalias arañan el suelo; los tablones de madera dan paso a piedra agrietada.

Aquí el techo está más bajo. Intento abrir las puertas tres, cuatro y cinco.

Cerradas con llave. Cuando voy a probar con la sexta, oigo un chasquido a mi espalda.

Giro en redondo y alzo el candil hacia la oscuridad.

—¿Hola? —Una ráfaga de aire helado sopla desde las profundidades del corredor. Trago saliva y retrocedo un paso—. ¿Notos?

Mi voz reverbera débilmente, sin respuesta.

«Cálmate», me digo. Sin embargo, mi corazón se ha lanzado a un galope que no puedo controlar. El corredor parece cernirse a mi alrededor, cada vez más estrecho. Las paredes de piedra se comban hacia mí. Durante un instante, estoy segura de que las sombras se mueven y cambian de forma.

Aprieto con más fuerza el candil. Solo queda una puerta. A esta distancia apenas puedo atisbar el pomo curvo de latón pulido. Sea lo que sea lo que padre sabe del laberinto, no ha querido que yo me entere. Ni yo ni nadie. Razón de más para continuar.

Sin embargo, esta última puerta no es como las otras.

El pomo se calienta muchísimo al tocarlo, hasta extremos incómodos.

Con un leve empujón, la puerta se abre fluidamente.

Los goznes no emiten ningún sonido. Al otro lado reina la oscuridad, o eso me parece.

Alzo más el candil, que ilumina los largos anaqueles de una estantería.

Escaso y sin ventanas, el espacio del interior alberga un escritorio repleto de libros abiertos y pergaminos desenrollados sobre el que arde una solitaria vela.

Contemplo la débil llama titilante, que emite un singular resplandor en medio de un charco caliente de cera.

La vela lleva algún tiempo ya encendida.

Y sin embargo, no hay huellas apreciables en el suelo, cubierto de una capa tan gruesa de polvo que solo puedo suponer que nadie ha entrado en este espacio desde hace siglos.

Pero entonces, la pregunta es quién ha encendido esa vela.

Se me eriza el vello de los brazos. Si tuviese un mínimo de sentido común, me marcharía y no regresaría jamás aquí. En este lugar hay algo oscuro, algo que no quiere que lo encuentre. Mis instintos batallan contra el deseo de descubrir secretos antiguos. ¿Qué es lo que padre esconde aquí?

En cuanto cruzo el umbral, la vela se apaga.

Está tan oscuro que mi candil apenas penetra en estas tinieblas densas como la sangre.

Empiezo a repasar los documentos, aunque no sé bien qué es lo que estoy buscando.

Hay tomos escritos en idiomas desconocidos.

Otros contienen gráficos y mapas. Desato un lazo rojo que cierra un gran pergamino y repaso la letra elegante con la que está escrito.

No hay mención alguna del laberinto, ni de los umbrandantes ni de la bestia.

Lo dejo a un lado y elijo otro libro aleatoriamente.

¿Es un viejo diario? Lo abro por la primera página y empiezo a leer.

Al reflexionar sobre mi existencia, soy cruelmente consciente de mi propia naturaleza atroz.

Y, sin embargo, mientras deambulo por los pasillos de mi prisión, siento que estoy cambiando.

Mis dedos se vuelven rígidos; mis hombros, más anchos.

Se me encorva la espalda y mis brazos cuelgan a poca distancia del suelo.

Voy a escribir ahora mi historia, antes de olvidar quién fui en su día.

Verás, nada de esto fue culpa de mi madre, sino de su marido.

El egoísta rey Minos despreció la generosidad del dios del mar al no sacrificar al toro blanco como la nieve que le fue concedido.

Cuando el dios del mar se enteró de que no se le había hecho ningún sacrificio, buscó la ayuda de nuestra querida diosa del amor.

Para castigar al rey Minos, la diosa del amor sometió a la reina —mi madre— a un potente encantamiento.

Cuando la reina posó la vista sobre el toro divino, se enamoró de la bestia. Y así fui yo concebido.

Fui despreciado desde que nací. La progenie de una mujer y un toro.

Bestia, monstruo, animal. Estaba claro que aquel no era mi lugar.

Y, sin embargo, nadie me trató peor que el autoproclamado Señor de la Montaña.

Fue él quien decidió que yo era una amenaza para todo lo divino.

Fue él quien exigió que me desterrasen de la Ciudad de los Dioses.

Pero el Señor de la Montaña tenía un secreto propio. Se le daba muy bien ocultarlo, aunque ¿quién osaría ponerlo en duda? Yo sabía de los horrores que se habían cometido contra él. Quizá, al mirarme, el Señor de la Montaña vio reflejada en mí su propia naturaleza degenerada y sintió vergüenza.

El Señor de la Montaña es el culpable de que yo me encuentre aprisionado en esta jaula, sin haber cometido delito alguno.

Él, que decidió que una bestia como yo no podía caminar entre sus dioses inmaculados e inocentes, hizo un pacto con un patético rey mortal y le exigió que construyera una prisión de infinitos muros de piedra en la que encerrarme.

Lo cierto es que no sé si llegaré a escapar jamás del laberinto.

Ya he aprendido a no albergar esperanzas.

Pero, si de algún modo llega hasta ti esta súplica escrita, te pido por favor que vengas a rescatarme.

Si me ayudas, te concederé aquello que deseas.