El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 8
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«S arai. Se acerca la hora. Puedo concederte aquello que buscas.»

Me enderezo de un salto en la cama y miro por la habitación. En la chimenea solo quedan ascuas encendidas, vetas rojas que brillan bajo la ceniza gris.

Mi mente es agua turbia. Por más frenéticamente que tantee entre el fango de mi mente, no recuerdo qué es lo que me ha despertado.

Me echo hacia atrás y cierro los ojos, pero el sueño me esquiva.

Hace demasiado calor…, me quito las mantas.

Hace demasiado frío…, cubro mi cuerpo tembloroso con la gruesa manta de lana.

Mis pensamientos giran y giran en una espiral negra.

Cuando el alba rompe la dura cáscara del mundo, no he pegado ojo desde hace horas.

Por desgracia, no tengo el privilegio de poder quedarme en la cama hasta organizar mis pensamientos. Me acerco a la ventana y me asomo al patio, donde está el laberinto, una mancha oscurecida bajo la luz perlada del alba.

Ayer por la noche vi que el príncipe Balior volvía a pasar por el laberinto.

Desde la seguridad de la ventana de mi dormitorio, lo contemplé ahí plantado ante la puerta durante una eternidad, asomado al otro lado del velo entenebrecido.

Al cabo, Balior regresó al palacio. Ya ha pasado dos veces por el laberinto desde que llegó a la ciudad hace una semana.

A pesar de mis deseos de seguir comentando sus investigaciones, vacilo, pues me temo que mi desesperación revele la razón oculta que me impulsa a querer saber más.

Por otro lado, la espera es dolorosa. Han pasado siete días y el príncipe no me ha dado más datos sobre el laberinto ni sobre la bestia que lo habita.

¿Por qué no habría yo de investigar por mí misma ahora que se dónde he de mirar?

Solo hay un lugar que, creo, podría proporcionarme la información que necesito.

Me visto a toda prisa y desciendo las escaleras hasta la planta de abajo. Unas baldosas hexagonales adornan las paredes y las pintan con tonos turquesa, azul claro y aguamarina. Al final del corredor hay dos puertas gemelas de roble.

La biblioteca de Ishmah es el legado de mi madre.

En su interior descansan sus restos, su recuerdo está envuelto en pergamino quebradizo y polvo.

Según padre, mi madre adoraba la palabra escrita y les leía a mis hermanos todas las noches.

Tras su muerte, toda el ala sur fue reconstruida hasta formar lo que ahora es el mayor depósito de saber que ha conocido el reino.

La estructura de tres plantas es un espectáculo de madera pulida, tapices y latón deslustrado.

Una enorme chimenea se alza en la cámara principal.

Hay varios sillones que ofrecen un asiento cómodo para los visitantes.

En este momento hay algunos investigadores en las mesas que se hallan cerca de la pared opuesta, analizando registros antiguos.

Durante la última época de cultivo nos llegaron ciertas tablillas de arcilla de un reino lejano cuya capital está dominada por una enorme torre.

A mi izquierda, un hombre con anteojos, vestido con una túnica escarlata, repasa una pila de pergaminos tras un largo mostrador. Encima de ese mostrador hay un letrero que dice: «Mientras haya conocimiento, hay luz». Me acerco al archivista jefe.

—Que el Señor de la Montaña te ilumine —digo a modo de saludo.

Él se sobresalta; sus ojos se desorbitan cómicamente tras los anteojos.

—¡Alteza! Caramba, qué sorpresa. ¿Necesitáis algo de intimidad? —Contempla la estancia por encima de mi hombro. Probablemente se fija en las numerosas miradas de curiosidad—. Puedo pedirle a todo el mundo que se vaya si así lo deseáis.

—Eso no será necesario, pero sí que necesito tu ayuda… —b ajo la voz— y tu discreción.

Él se envara y deja el pergamino a un lado.

—Ya veo. —Baja la voz al mismo nivel que yo—. ¿Cómo puedo ayudaros?

Dos hombres vestidos con túnicas amarillas —aprendices de archivista— reúnen una pila de documentos del mostrador y se retiran a la sección de colecciones especiales, en los anaqueles traseros.

Es entonces cuando me doy cuenta de que se ha hecho el silencio en la biblioteca.

No hay rumor de pergaminos ni delicados murmullos.

Me giro y les clavo la mirada a quienes intentan espiarnos, que retoman sus lecturas de inmediato.

—Hace poco me crucé con un símbolo que no conozco. Me gustaría encontrar más información al respecto —le murmuro al archivista jefe—. ¿Me dejas un trozo de pergamino?

Él me tiende lo que le he pedido, junto con una pluma y un tintero. Dibujo el círculo arremolinado, y las cejas del archivista se alzan con gesto preocupado.

—¿Este es el símbolo que habéis visto? ¿Estáis segura?

—Sí. ¿Qué significa?

—Bueno, es el símbolo de nuestro Señor de la Montaña.

Ya veo. Tiene sentido, habida cuenta de que fue el Señor de la Montaña quien mandó construir el laberinto.

—¿Qué más puedes contarme sobre el símbolo?

El archivista recorre el círculo lentamente con la punta de los dedos.

—Por desgracia, no mucho. Se supone que estos remolinos representan el poder sobre la tormenta. Se cree que este pequeño triángulo simboliza el Monte Syr. —Frunce el ceño—. Ojalá pudiera contaros más.

Es más de lo que esperaba y menos de lo que soñaba con­seguir.

—No pasa nada. Aun así, me gustaría investigar algo más sobre el laberinto. Supongo que tendrás documentos al respecto.

El archivista jefe se estira del todo detrás del mostrador.

—Tal y como le dije ayer mismo al príncipe Balior, alteza, todos los textos que tienen que ver con el laberinto son de uso restringido.

—¿Uso restringido? —La inquietud se adueña de mí—. ¿Y quién puede consultarlos?

—El rey Halim.

No parece propio de padre. Siempre ha apoyado sin reservas el conocimiento y el aprendizaje.

—Imagino que mi posición social me permite saltarme esa restricción.

El archivista se enjuga la frente con un pañuelo.

—Ojalá fuera así. —El pañuelo desaparece en su puño cerrado—. El decreto fue firmado por el mismísimo rey. Solo quien autorizó el documento puede tener acceso.

Echo un vistazo por el corredor tenuemente iluminado por donde los aprendices de archivista desaparecieron hace unos minutos. Padre no censuraría ningún tipo de información a menos que supusiese una amenaza para el reino.

—¿Es ahí donde se guardan los documentos restringidos?

—No puedo decíroslo, alteza. —No necesito más confirmación. Rodeo el mostrador y me dirijo a zancadas hacia los anaqueles traseros—. Alteza…

Paso a su lado. Cuanto más me alejo del atrio central, más estrechas se vuelven las estanterías. El aire se hace más frío, y la luz, más tenue.

—¿Dónde están esos documentos? ¿Aquí?

Intento abrir una de las puertas. En cuanto mi mano roza el pomo de latón, el metal se hiela. Aparto la mano con un siseo de dolor.

—Alteza, por favor. —El hombre se interpone entre la puerta y yo al tiempo que intenta subirse las gafas por la nariz sudada—. Os suplico que no intentéis entrar en ninguna habitación sin tener el permiso del rey.

Yo sigo tratando de procesar lo que acaba de ocurrir.

—¿Qué hechicería es esta? —pregunto, señalando la puerta.

El archivista jefe abre la boca y emite un pequeño sonido de inquietud.

—¿A qué os referís con hechicería? No os comprendo.

—El pomo de la puerta. Está tan frío como el hielo.

—¿Qué?

—Tócalo —insisto.

Él vacila, pero luego agarra con firmeza el pomo de latón, con la boca torcida en gesto de confusión.

—Disculpadme, alteza, pero a mí me parece que el pomo está perfectamente normal.

¿Cómo es posible? Vuelvo a alargar la mano para tocarlo, pero en cuanto mi piel roza el metal, todo el pomo se congela. Un latido después, la desagradable sensación me obliga a apartarme.

—Todas las puertas están cerradas con llave —insiste el archivista con evidente agitación—. No se pueden abrir sin el permiso del rey Halim. Yo lo solicitaría encantado para vos, pero teniendo en cuenta su enfermedad…

—¿Perdona? —Entrecierro los ojos—. ¿Qué sabes tú de su enfermedad?

El archivista no es capaz de mantenerme la mirada mucho tiempo.

—Solo que está enfermo y que descansa en sus aposentos.

Ni siquiera los consejeros de padre están al corriente de su menguante salud. Por eso ha mandado que Amir regrese de su lu­na de miel antes de lo esperado.

—¿Y cómo te has enterado?

—Los criados del palacio hablan. —Traga saliva y se sube las gafas con mano temblorosa—. No quiero perder mi puesto, alteza.

Yo agacho la cabeza. Qué sencillo me resultaría exigir que me deje entrar. Pero este hombre es un ciudadano de Ishmah, y yo, como princesa, soy su emisaria. Mi puesto acarrea ciertas obligaciones de las que no puedo escapar ni que tampoco puedo cambiar o desechar.

—Mis disculpas —le susurro al archivista jefe.

Acto seguido, giro en redondo y me alejo de los anaqueles traseros. Salgo de la biblioteca. No quiero que se preocupe por si me da por contravenir el decreto del rey. Y menos si hay gente en la biblioteca. Tendré que volver a una hora en la que nadie pueda presenciar el allanamiento.

Más tarde, cuando el cielo está compuesto de franjas de seda negra, enciendo un candil.

Al otro lado de la ventana de mi dormitorio, las estrellas salpican el horizonte como sal derramada, brillantes y plenas.

Me pongo una fina túnica por encima del camisón, me lo ciño con un cinturón y abro con cuidado la puerta, sosteniendo el candil por encima de mi cabeza.

Una luz anaranjada tiñe el pasillo. Todo está vacío, tal y como había esperado.

El camino más rápido hasta la biblioteca pasa por el corredor del este.

Por desgracia, eso implica pasar por delante de los aposentos de padre, y ni se me ocurriría ir por ahí.

Así pues, me encuentro recorriendo a toda prisa pasadizos más oscuros, aplastándome contra huecos sombríos para evitar que me vean.

El aire está helado; flota en él un dulce aroma a jazmín.

Soy una mujer sola entre altas columnas de piedra.