El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 7 #4
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Estoy bastante intrigada, pues me encantan las historias.

—Adelante.

—Cuando era niño, acompañé a mi padre a Ishmah. En aquella época, nuestro pueblo sufría. Una tormenta de arena había diezmado la región; las cosechas de todo el año se habían echado a perder. Nuestra única opción era acudir al rey Halim en busca de ayuda.

»Pasamos muchos días en este palacio, en estas mismas estancias.

En ocasiones, las discusiones se alargaban hasta bien entrada la noche.

Sin embargo, al acabar nuestra visita, el rey Halim accedió a prestar a Um Salim tanto oro como el reino pudiera necesitar en un año.

Usamos ese oro para reconstruir nuestras ciudades y aldeas.

Jamás he olvidado ese favor. —Inclina la cabeza hacia delante y se contempla los dedos entrelazados, con el ceño fruncido—.

Me preguntas qué espero ganar de esta alianza.

—Alza su mirada hacia la mía—. Espero construir un mundo más generoso y próspero.

Este razonamiento me resulta tranquilizador. Yo también creo en ese tipo de generosidad.

—Eso es admirable, príncipe Balior. Gracias por contármelo. —Hay un silencio—. Durante el paseo de esta mañana mencionaste que podíamos discutir… ciertos asuntos.

—Ah. —Sonríe—. ¿Cómo he podido olvidarme?

—El príncipe hace un gesto hacia su escritorio, donde hay una pila de libros en precario equilibrio—.

Tras hacer cierta investigación preliminar —dice—, he encontrado menciones a bestias sombrías en un selecto número de textos.

Por lo que he podido averiguar, esas bestias absorben, o, mejor dicho, extraen el alma de los seres vivos. ¿Correcto?

Un escalofrío me recorre por entero.

—Sí, básicamente sí.

—¿Y no sabéis de dónde vienen?

—No.

Él se rasca la barba.

—¿Sabes por qué atrapó vuestro Señor de la Montaña a la bestia en el laberinto?

Pues no, la verdad es que no lo sé.

—¿Por qué lo preguntas?

—Según mi investigación, es posible que la bestia provenga del mismo reino que los umbrandantes.

O, al menos, de un reino adyacente. Algunas fuentes indican que, en su día, la bestia ni siquiera era una bestia, sino un inmortal que fue obligado a someterse al poder del laberinto.

Si descubriésemos por qué fue encarcelada la bestia, quizá podríamos arrojar algo de luz sobre el asunto.

—El príncipe Balior tamborilea con un dedo sobre la pila de libros, y luego niega con la cabeza con aire lastimoso—.

Diría que te estoy aburriendo con mis observaciones.

—En absoluto —le aseguro. A estas alturas, cualquier idea es bienvenida, por peregrina que sea.

Él esboza una sonrisa de gratitud, como si no fuera la primera vez que se encuentra con un público no muy interesado. Desde luego, sé cómo se siente.

—Piensa en lo siguiente: si es cierto que el poder del laberinto convierte a sus prisioneros en bestias, es asumible que la bestia regrese a su forma previa cuando sea liberada de la prisión. ¿Cierto?

No puedo evitar que me asome una sonrisa a los labios. El príncipe está más animado de lo que lo he visto hasta ahora.

—Cierto.

—Y si la bestia proviene del mismo reino que los umbrandantes, ¿podría ser que supiese cómo erradicar a esas criaturas, o al menos cómo devolverlas a su reino natal?

Se me descuelga la boca durante un instante. Me apresuro a cerrarla.

—Excelente pregunta, príncipe Balior.

Eso me da bastante en que pensar. ¿Y si la bestia está conectada de alguna manera con mi maldición? Al descubrir más sobre el laberinto, quizá sea posible liberarme de lo que me aqueja.

Mientras el príncipe Balior busca más información en sus libros, yo echo un vistazo al material que hay en el escritorio. Me detengo al ver un libro fino entre diversos registros.

Debe de ser tan antiguo como la propia Ammara; apenas es una tela hecha jirones y cubierta de mugre. Las páginas son tan quebradizas que me temo que se desintegren al tocarlas.

Lo que capta mi atención, sin embargo, es el símbolo en la cubierta del libro.

Es un círculo cerrado, como una concha, superpuesto a un pequeño triángulo.

La punta de mi dedo recorre el borde de hierro del símbolo, aunque no recuerdo haber movido la mano.

A medida que paso el dedo por encima, mi concentración desaparece.

El metal caliente se vuelve tan frío que quema.

«Sarai.»

Aparto de golpe la mano y recupero de pronto el control de mí misma.

Calor. El sol en mi cara. Estoy al lado de una ventana, aunque no recuerdo haberme acercado.

El laberinto, blanco como el hueso, descansa en el patio ahí abajo.

Miro por encima del hombro y veo al príncipe Balior encorvado sobre sus textos, con el rostro contraído en gesto de concentración.

Mi atención vuelve a centrarse en el libro que descansa sobre mi vientre, que se encoge de inquietud.

Este símbolo… lo he visto antes. Y entonces me doy cuenta: el símbolo arremolinado de la cubierta del libro del príncipe Balior es el mismo que está grabado en la puerta del laberinto.