7 #3
Él ensancha la sonrisa, totalmente triunfante.
—Sarai —dice—, pensaba que nunca me lo pedirías.
—Necesito tu ayuda.
Roshar lanza una mirada de reojo hacia el diván de terciopelo azul en el que estoy repantigada. Al parecer, este diván le ha costado el sueldo de todo un mes. El precio es totalmente absurdo, pero admitiré que es el sillón más cómodo en el que me he sentado en mi vida.
—Por supuesto que necesitas mi ayuda, querida. —Aparta el pañuelo con el que se ha estado puliendo los anillos—. ¿Qué necesitas de Roshar?
Yo doy un tironcito de un hilo suelto de uno de los cojines.
—Se te da bien conversar con hombres.
—¿Bien? Sarai, de verdad. A ti se te da bien. A mí se me da de maravilla.
Bueno, eso no se lo puedo discutir.
—Voy a cenar con el príncipe Balior esta noche. ¿Sobre qué tipo de temas podríamos conversar? Si nos vamos a casar dentro de un mes, imagino que deberíamos poder hablar de algo más aparte de política.
—¿Un hombre de buena posición social como el príncipe Balior?
No debería ser difícil. —Con los labios apretados, Roshar alza una mano y contempla el reflejo de sus relucientes anillos en la pared—.
Dile que te gusta su pelo. Dile que huele muy bien.
Dile que es muy fuerte, brillante, fascinante y listo.
Inflarle el ego a un hombre es la mejor manera de ganarte sus favores.
Muy bien, pero yo no quiero los favores del príncipe. Quiero que nuestra unión sea justa, honesta, respetuosa, alentadora. Soy consciente de que lo estoy engañando, pero frente a mi muerte inminente, no puedo permitirme hacerle caso a mi conciencia.
—¿Qué me dices de aficiones y pasatiempos? —pregunta Roshar.
¿Aficiones? Hace mucho que abandoné la música. Me parece una tarea inútil ahora que mi muerte está a la vuelta de la esquina. Ah, claro, podría enseñarle al príncipe Balior mi diario lleno de números, esta obsesión que tengo con llevar la cuenta atrás hasta mi muerte. Eso sí que sería un error.
—No tengo ninguna afición.
—¿Qué me dices de… montar a caballo? —añade con aire travieso.
Yo le dedico una mirada de ojos entrecerrados.
—Escupe lo que estás pensando, Roshar.
—He oído que el príncipe y tú tuvisteis una cita esta mañana… y que Notos te hizo de carabina.
—¿Quién te lo ha contado?
—No te preocupes por mis fuentes. ¿Qué tal fue?
Una fina brisa sopla por la ventana abierta. Suspiro y me restriego los ojos. La inquietud que sentía antes no ha disminuido, pero en vista de lo chismoso que es Roshar, prefiero no echar más leña al fuego contándole el comportamiento inadecuado del príncipe Balior. Será mejor saltarme esa parte.
—Puede que Notos haya… atacado al príncipe.
Roshar se queda boquiabierto durante un latido, y luego otro. Al cabo, cierra la boca de golpe.
—¿Crees que está celoso?
—¿Del príncipe Balior?
—Piénsalo —insiste, y se inclina hacia delante—. Te vas a casar con un príncipe de otro reino, pero, si mal no recuerdo, en su día esperabas que Notos pidiese tu mano en matrimonio.
Siento una punzada muy cerca del corazón.
Roshar no se equivoca. Yo nunca había querido casarme…
Hasta que llegó Notos. Entonces quise atar mi vida de todas las maneras posibles al Viento del Sur.
Pero Notos es inmortal. No me parecía justo prometerle la eternidad teniendo en cuenta que yo solo iba a vivir veinticinco años.
A día de hoy sigue sin saber mi secreto.
En cuanto a los celos…, puede que sea mezquino por mi parte, pero quiero que el Viento del Sur se muera de celos. Que me demuestre que no soy tan olvidable como me ha hecho creer. Sin embargo, lo único que recibo de él son recordatorios de su deber hacia padre.
—No deja de decir que se limita a cumplir con su obligación de mantenerme a salvo. Además, fue él quien se marchó.
Roshar se encoge. Él estaba conmigo cuando me enteré de que el Viento del Sur se había marchado sin siquiera despedirse.
Roshar recogió mis pedazos rotos y los recompuso como mejor pudo.
De no ser por Roshar, me temo que jamás habría salido del pozo oscuro en el que caí. Jamás podré pagárselo del todo.
—Tienes razón —dice con un gesto despectivo de la mano—. ¿Por qué estamos hablando de Notos cuando tienes a un hombre delicioso que quiere casarse contigo? Háblame más de este príncipe tuyo.
Algo más tarde, ya de noche, llego a los aposentos del príncipe Balior. Diez soldados vigilan su puerta. Más de los que padre coloca en la suya propia, aunque supongo que no se puede escatimar en precauciones cuando se está en una nación enemiga.
La puerta se abre antes de que yo pueda llamar. El príncipe Balior asoma, vestido con una túnica que le llega a las rodillas y pantalones marrones. Va descalzo.
—Princesa Sarai. —Inclina la cabeza a modo de saludo. Sorprendentemente, no me dedica ningún cumplido dulce. No puedo culparlo teniendo en cuenta lo que ha sucedido en el desierto.
—Príncipe Balior.
Paso a su lado y tomo asiento en el salón.
El príncipe ocupa un sillón junto al mío.
Dos de los hombres del rey Halim se unen a los centinelas de fuera.
Técnicamente, como mujer soltera, no se me permite entrar en sus aposentos sin compañía.
Sin embargo, mis guardias saben que no les conviene ir por ahí contándolo.
Entre los dos sillones hay una mesita baja con un juego de tazas de té. El príncipe vierte el líquido hirviente en una taza de cobre.
—¿Azúcar? —pregunta.
—No, gracias.
Me pasa la taza y se echa azúcar en la suya. La cucharilla repiquetea contra el borde de metal. El príncipe suelta un profundo suspiro y se echa hacia atrás, té en mano, para mirarme con ojos oscurecidos por el remordimiento.
—Me gustaría disculparme por mi comportamiento de hoy. Ha sido inaceptable. Me avergüenza haberte incomodado. Te prometo que no volverá a suceder.
Yo doy un sorbo a mi taza. Las hojas de menta dejan en el té un sabor amargo.
—Gracias por la disculpa. —¿De verdad puedo creerme que siente remordimiento? Quizá—. El calor puede volver loca a cualquier persona cuerda.
—A algunos más que a otros.
El cambio de tono indica que no se refiere a sí mismo, sino al Viento del Sur. Despacio, bajo la taza y la deposito en la mesa. Una sensación de temor lleva todo el día cerniéndose sobre mi cabeza. Es hora de hablar de ello.
—Me siento absolutamente humillada por lo que pasó en Kir Bashab —digo—.
Si lo deseas, iré a hablar con padre del tema y discutiremos qué medidas tomar.
Tenías razón. ¿Qué ejemplo estamos dando al permitir semejantes actos de violencia?
Tiene que haber consecuencias, incluso para el Viento del Sur.
Inesperadamente, mis palabras no parecen gustarle al príncipe. Hace unas horas se mostraba contundente, agresivo, pétreo. Ahora está relajado, laxo, tranquilo.
—Lo he pensado mejor y me he dado cuenta de que quizá me dejé llevar antes —replica—. No puedo culpar al Viento del Sur por proteger a una mujer, sobre todo si piensa que esa mujer está en peligro.
Yo enarco las cejas de pura sorpresa.
—Un cambio muy drástico de opinión —digo, aunque experimento un resquicio de alivio al saber que no quiere castigar a su adversario.
—Si, bueno… Notos vino a verme antes y se disculpó. Hemos llegado a un entendimiento. —Da un lento sorbo, un movimiento que capta toda mi atención—. No creo que vaya a haber mala sangre entre nosotros.
—Oh. —Parpadeo, estupefacta. Eso está… bien. Pero entonces, ¿por qué me siento tan inquieta?—. Bueno, me alegro de oír que se ha resuelto el tema. Pero quiero insistir en lo que te dije antes. Entre el Viento del Sur y yo no hay nada. Hace mucho tiempo que no lo hay.
—Me alegra saberlo —dice, con una breve sonrisa—. Cuando nos casemos, no habrá más hombre en tu vida que yo.
Me mira durante tanto tiempo que me siento incómoda. No es una amenaza, aunque decididamente suena como si lo fuera. Me pongo en pie y me acerco a la ventana para alejarme un momento de su atención. Piedra roja tallada bajo un manto violeta: el ocaso en Ishmah.
—¿Puedo preguntarte algo? —Me giro y contemplo al hombre con quien me voy a casar. Él me contempla a su vez, con una intensidad desacostumbrada, las piernas cruzadas. Me hormiguea la piel bajo su escrutinio.
—Claro, lo que sea —dice.
—¿Qué esperas conseguir de esta alianza?
—Hago un gesto hacia el desierto más allá del cristal aún caliente—.
En conjunto, Ammara es mucho más pequeña que Um Salim.
Y nuestra riqueza, aunque grande, depende del comercio continuo por la Ruta de la Especia, que ha disminuido en los últimos años por culpa de la sequía.
Si sigue sin llover, me temo que mi reino se enfrentará a una hambruna.
A todas luces, nuestro matrimonio será una desventaja para ti.
El príncipe frunce el ceño al tiempo que se sirve otra taza de té. Añade una cucharada de azúcar y se oye un suave clinc al agitar el líquido.
—Admitiré que, cuando el rey Halim me propuso por primera vez la posibilidad de concertar un matrimonio, rechacé la oferta.
—Deja la cucharilla y da un sorbo, mirándome directamente—.
Tienes razón. Una unión con Ammara supone una desventaja para Um Salim, sobre todo teniendo en cuenta que nuestras cosechas no son siempre abundantes y que más bocas que alimentar supondrán más presión sobre nuestra agricultura.
Sin embargo, la vida no siempre consiste en obtener ventaja económica.
—Con todo el cuidado de un niño que maneja un objeto de cristal, el príncipe deposita la taza en la mesa—.
Si te parece bien, me gustaría contarte una historia.