7 #2
—Por supuesto que sí.
¿Qué otra cosa puedo decir? La verdad no me alargará la vida ni salvará a mi reino.
—Sé ver cuando no se aprecia mi presencia. —Una vez más, mira a Notos—. El Viento del Sur estaba preparado para clavarme su hoja en el corazón. Me pregunto si es solo un guardia, tal y como afirmas tú, o algo más. No quiero compartir aquello que es mío.
«Mío.» Un hermoso pajarillo en una jaula. Me trago las palabras que me queman en la lengua.
—Te prometo —digo— que ahora no hay nada entre nosotros.
—Acabas de decir «ahora». ¿Significa eso que en su día sí que hubo algo entre vosotros?
No quisiera mentir. Las mentiras trazan una red demasiado compleja. Pero me temo que la verdad aleje al príncipe Balior y sus investigaciones, que regrese a Um Salim.
—Por favor. —Me duele pronunciar esas palabras, pero las pronuncio igualmente—.
Ha sido una mañana muy difícil y no quiero este tipo de malentendidos en nuestras negociaciones.
Los criados te prepararán un baño. Te sentirás mejor una vez que te hayas lavado y hayas descansado. Entonces podremos hablar.
La irritación le arruga el semblante, pero asiente y se marcha del patio de las cuadras. Sus guardias lo acompañan al ala de invitados. Le paso las riendas de Zainab a un mozo y yo también me giro hacia el palacio. Me muero de ganas de darme un baño caliente y disfrutar de un poco de paz.
—Sarai —me llama Notos.
Me recuerdo quién soy: la princesa Sarai Al-Khatib de Ammara. Mi tiempo no es una obligación.
Tal y como esperaba, sus pesados pasos me siguen, recios, pero con una inesperada celeridad que imita al viento.
A mi izquierda, el laberinto destella con un tono blanco alabastro.
Pequeñas grietas recorren sus muros erosionados.
Me fijo momentáneamente en la entrada y me detengo, contemplando el símbolo arremolinado que hay tallado en la puerta.
«Hola, Sarai. ¿Te apetece adentrarte en la oscuridad?»
Notos me agarra de la muñeca.
—No lo toques —me advierte.
Vuelvo en mí con un sobresalto. De algún modo, ahora estoy justo delante de la antigua entrada velada. Un seco escalofrío late frente a mis dedos extendidos.
Los primeros hilos de inquietud me envuelven. No recuerdo haberme acercado. No recuerdo haber extendido la mano. La voz que ha invadido mi mente se ha desvanecido.
Me libero del agarre de Notos y sigo caminando hacia el palacio.
Paso junto a uno de los jardines y disfruto del fresco aroma a jazmín que flota en el aire como una invitación.
Instantes después, Notos me sale al paso y bloquea mi camino.
Sus mejillas endurecidas por el viento están sonrojadas.
Todavía no se ha buscado otro turbante después del incidente en el oasis.
Me encuentro escrutándole el rostro, el pesado contorno de la mandíbula, la inclinación de la frente.
No es justo que esta estampa que tanto desprecio se presente ante mí con semejante esplendor.
—¿Piensas ignorarme durante el resto del día? —pregunta Notos.
Yo enarco una ceja. Está completamente rabioso. ¿Qué dice de mí que me resulte mucho más atractivo con esta muestra de emoción?
—Durante el resto del día y durante todos los días siguientes, hasta que te marches de mi vida.
Lo esquivo limpiamente y giro un recodo que da a un atajo hasta mis aposentos. Los pasos de Notos me siguen.
—¿Te tocó en el oasis?
Me detengo en medio del pasillo. Me late el pulso desbocado en el cuello.
—Y si me tocó, ¿qué? —Me giro despacio hasta mirarlo—. ¿A ti qué te importa?
El Viento del Sur vacila y se me acerca un paso. La altura de sus hombros eclipsa la luz del sol que entra por las ventanas altas y circulares.
—Quizá sí que me importa. ¿No se te había ocurrido?
Por supuesto que se me ha ocurrido. Y justo ese es el problema.
Estoy a punto de responder cuando un movimiento al fondo del pasillo atrae mi atención.
Un grupo de mujeres nobles holgazanea cerca de una de las estatuas de mármol, las cabezas inclinadas en plena conversación.
Se me encoge el estómago. Reconozco de inmediato a Dalia.
—Aquí no —murmuro—. Hablemos en algún lugar privado donde no nos vayan a espiar.
Notos mira hacia el lugar donde está Dalia, que agita los dedos en nuestra dirección. Recorre al Viento del Sur con una mirada ávida que aviva mis deseos de sacarle los ojos. Por suerte, Notos me sigue sin pregunta alguna. Da zancadas más largas para mantenerme el paso.
—¿Y bien? —dice en cuanto estamos suficientemente lejos de ellas.
—Y bien, ¿qué? —espeto yo.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Te tocó?
Niego con la cabeza con gesto frustrado. Como si le hicieran falta más motivos para atacar al príncipe. Pero bueno, responder con sinceridad se me antoja una derrota.
—No, no me tocó —gruño más maliciosamente de lo que pretendía—. ¿Quieres dejarlo ya?
—Solo intento protegerte, pero no puedo hacerlo si no me permites acercarme a ti.
—Ya te permití acercarte en su día —digo con voz estrangulada. Las palabras son como esquirlas de cristal en mi garganta—. Jamás volveré a cometer ese error.
Me giro para alejarme, pero el Viento del Sur se coloca delante de mí y me agarra del brazo.
—Para. Haz el favor…, para.
Su mano es tan grande que me cubre por completo la parte superior del brazo. Y aun así, su roce es suave. Siempre lo ha sido. Yo bajo la mirada, atraída por un destello de oro en su muñeca. Todo en mi interior se queda petrificado.
—¿Qué es eso?
Él intenta retirar la mano, pero le subo la larga manga de la camisa para revelar un delicado brazalete de oro forjado con forma de flecha.
Se abre un abismo en mi interior. Un abismo que ruge y espanta todo pensamiento racional.
Yo también tengo un brazalete de forma idéntica, pero hecho de plomo.
Notos se los compró a un artesano hace años.
Me regaló el mío en mi decimonoveno cumpleaños.
Dos flechas, porque yo le había atravesado el corazón y él había atravesado el mío.
—¿Por qué llevas esto? —susurro con voz temblorosa. Mis ojos se alzan hacia los suyos—. Explícate.
De pronto alerta, Notos traga saliva. Se lleva una mano al cuello con expresión dolorida.
—Nunca me lo he quitado.
Eso no puede ser.
—Estás mintiendo.
—No estoy mintiendo. —Me aparto de él con un respingo, incapaz de soportar lo que implica que haya seguido llevando todos estos años este símbolo del amor que compartimos—. Sarai…
—Basta. No quiero hablar de esto.
—Intento hacer lo mejor para ti —dice él entre dientes—, para tu padre, para tu reino. ¿Qué más quieres de mí?
La soga se cierra en torno a mi cuello con demasiada facilidad. Lo cierto es que no tengo ninguna respuesta para él. ¿Qué es lo que quiero? Esto no. Esto nunca.
—Nada —siseo—. De ti no quiero nada.
Giro en redondo y echo a andar por el corredor. Mis pasos resuenan sobre las baldosas. El resoplido despechado de Notos llega hasta mí.
—¿Y soy yo el que está mintiendo?
Me detengo. Padre habría seguido andando, pues no es el tipo de persona que necesita decir la última palabra.
Pero yo no soy padre, pienso amargamente.
Me giro, con una mirada que tiene la potencia de un millar de soles del desierto.
Y sin embargo, cuando mi mirada se posa en Notos, las llamas se apagan al instante, pues reconozco el pesar que anida en esos ojos negros. Es un reflejo del mío propio.
—Te conozco, Sarai —murmura—. Sé reconocer cuándo estás dolida, cuándo estás asustada, cuándo estás tan desesperada que sientes que no existes.
No deseo causarte más dolor del que ya te he provocado, pero el hecho es que estaré aquí hasta que Ishmah quede libre de umbrandantes.
No sé cuánto tiempo hará falta. ¿Podríamos por lo menos intentar hablar de lo que pasó entre nosotros?
Mi rencor disminuye y disminuye hasta convertirse en un trozo de carbón que arde al rojo.
Si pudiera, me arrancaría el corazón del cuerpo y caminaría por la tierra sin su insufrible peso.
Pero si he de discutir mis emociones destrozadas con el Viento del Sur, me temo que acabaría haciéndome pedazos, incapaz de encontrar la fuerza para mantenerme entera.
Hay días en los que lo único que me ancla es la ira que llevo por dentro.
—No, no podemos —digo.
Él parece dolido, pero se marcha sin poner objeciones.
Doy las gracias por ello. Qué alivio supone este corredor vacío.
No hay guardias que me vean derrumbarme contra la pared, con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso a causa de una mezcla de rabia, confusión y autodesprecio.
Han pasado cinco años, pero ha bastado un puñado de acusaciones a la cara para bajar mis defensas.
—¿Una riña entre amantes?
Alzo la vista con un sobresalto y veo al príncipe Balior. Con los brazos cruzados, se apoya en la pared. Va vestido con una túnica gris limpia y tiene el pelo húmedo tras el baño. Le dedico una mirada penetrante.
—Espiar es de mala educación.
El príncipe parece adecuadamente avergonzado.
—Estos pasillos no favorecen exactamente la intimidad. Sonabas muy dolida.
—Pues como puedes ver, me encuentro bien, solo cansada por el paseo de esta mañana. —Y necesito desesperadamente un baño—. ¿Tú has descansado?
—Sí, gracias. —Me recorre lentamente con la mirada de la cabeza a los pies—. Parece que no te llevas bien con el Viento del Sur.
Me restriego las manos contra el vestido.
—Tenías razón antes: el Viento del Sur y yo compartimos un pasado. Lo conocí siendo joven, una época en la que casi creí que estaba enamorada de él.
—Ya veo. —Me dedica una mirada firme—. ¿Y ahora?
Doy un paso al frente y me coloco una sonrisa en la cara, si bien algo hostil.
—Príncipe Balior, si eres tan observador como creo que eres, sabrás ya que lo único que siento por el Viento del Sur es repugnancia. Has venido a pedir mi mano en matrimonio, y espero que pronto estemos prometidos. ¿Te apetecería discutir los detalles de nuestras nupcias inminentes con un té?