7
U n inmenso embudo de viento atraviesa el cielo oscurecido y cae sobre la tierra. Golpea el suelo con un estruendoso rugido; una furibunda masa de aire, arena y escombros. A mi derecha, un árbol se desploma, arrancado de cuajo. Zainab retrocede antes de huir hacia la espesura.
Yo me libro de las agresivas ráfagas de viento que derriban árboles y agitan la tela de mis ropas. Entrecierro los ojos para protegerme de la arena y veo que una silueta borrosa se materializa detrás del ciclón. Es el Viento del Sur, aquel que manda sobre los calientes vientos del verano.
El remolino de escombros se divide y deja paso a Notos, que avanza entre el embudo de viento, ileso, aunque su turbante sale volando.
Durante un brevísimo instante, sus ojos se cruzan con los míos.
Aquí, ahora, comprendo que apenas se atisba la superficie de este dios sin edad.
Qué necia he sido al suponer que conocía sus profundidades.
El aterrador vacío que alisa su expresión es del todo nuevo. Contiene un grado de rabia que yo jamás le había visto al Viento del Sur. Para mi vergüenza, siento el latido de un deseo nada bienvenido entre mis piernas.
El príncipe Balior suelta un grito y sale despedido por los aires, arrojado hacia el otro extremo del oasis.
Se estrella contra la orilla opuesta y queda inmóvil.
Demasiado inmóvil. Es la inmovilidad de los huesos rotos.
El horror florece en mí. «Levántate.» Por los dioses, si Notos ha asesinado al príncipe…
Milagrosamente, Balior se estremece. Debería ir junto a él. A fin de cuentas, se trata de un huésped de honor, de mi prometido. Sin embargo, su comportamiento de antes me ha dejado un sabor horrible en la boca. Me va a costar olvidarlo.
Así pues, lo miro. El príncipe Balior se pone en pie a duras penas y se tambalea. La sangre le gotea en la sien. Luego hay un destello de plata en medio del ondulante calor: el príncipe Balior ha desenvainado la espada.
Notos hace un gesto con la mano. Una ráfaga de viento arroja el arma a un lado. El príncipe Balior se bambolea, con la rabia pintada en las facciones, en la boca retorcida.
—¿Piensas esconderte detrás de tus poderes? —escupe. La furia le ruboriza las mejillas mientras rodea el oasis en dirección a su adversario—. ¿O piensas luchar conmigo de hombre a hombre?
Yo los miro de hito en hito y me pregunto si debería interferir o dejar que se hagan pedazos el uno al otro. No quiero que el príncipe Balior sufra ningún daño, pero es difícil descifrar las intenciones de Notos. Parte de mí se siente estimulada ante lo que podría suceder.
El Viento del Sur alza su profunda mirada.
—Yo no soy un hombre —dice en tono frío—. Soy un dios.
El príncipe Balior lanza el primer puñetazo.
El Viento del Sur lo esquiva y le da un golpe bajo en el abdomen, que solo sirve para enfurecer más al príncipe.
De nuevo, este lanza un puñetazo, enseñando los dientes.
Notos lo agarra de la muñeca y lo obliga a girar en círculo para luego soltarlo y arrojarlo por los aires.
Balior aterriza en el suelo con un duro golpe. El Viento del Sur se acerca a él, con expresión atronadora y los ojos del color negro de los soles eclipsados. La fuerza de sus pasos agrieta el suelo bajo sus pies.
Se acerca aún más. Es más bajo que el príncipe, desde luego, pero más ancho, más recio, y no se amilana.
El príncipe Balior alza una mano para protegerse de cualquier golpe que pueda caer sobre él.
Sin embargo, Notos se limita a agarrarlo de la pechera de la camisa y ponerlo en pie de un tirón.
Están cara a cara. Una parte pequeña y retorcida de mí disfruta al ver a Notos dar rienda suelta a sus instintos más bajos.
No me parece un depredador, pero, en este momento, no me cabe duda de que el príncipe Balior es su presa.
Por desgracia, estoy demasiado lejos como para oír lo que dicen. Sea lo que sea lo que esté diciendo Notos, la cara del príncipe adquiere el color de la ceniza. Notos lo sacude. El príncipe aprieta los dientes y asiente.
Tras arrojarlo de nuevo al suelo, el Viento del Sur regresa a mi lado. Tiene los hombros apretados y nudos de tensión bajo la piel.
—¿Te ha hecho daño? —pregunta. Yo lo contemplo, demasiado estupefacta como para digerir su preocupación—. Sarai —s u grave gruñido me roza la piel como una caricia física. Da un paso al frente—, ¿te ha hecho daño?
Miro al príncipe, despatarrado como un trapo en el suelo agrietado.
—Estoy bien. —No estoy bien de ninguna de las maneras—. Aunque quizás deberías preguntarle al hombre a quien acabas de arrojar por los aires en mitad del desierto.
—A mí el príncipe me da igual. Quien me importa eres tú.
Ante eso no tengo palabras. Ni una.
No, eso no es verdad. Tengo unas cuantas, en realidad.
—Te has pasado de la raya.
En la lejanía, el príncipe Balior se pone en pie con esfuerzo. Se sacude el polvo de la ropa. Todas sus extremidades parecen funcionar. Yo debería sentir alivio, pero lo cierto es que no es el caso.
—No —dice Notos.
Su siguiente paso elimina la distancia que nos separa. Nuestros cuerpos prácticamente colisionan. Mi pecho roza el suyo. Inspiro, y el aire caliente y arremolinado del desierto me trae recuerdos de una época ya pasada. Si me inclinase apenas un pelo hacia delante, mi nariz le rozaría la mandíbula.
—Permíteme que sea absolutamente claro, Sarai.
—Me mira a los ojos sin pestañear, y yo no me atrevo a apartar la vista por miedo a perderme esas emociones cambiantes que están formando algo nuevo—.
Si no estuviese seguro de que matar al príncipe implicaría una guerra total contra Ammara, lo habría hecho sin vacilar.
Su rabia me deja sin aliento.
—Oh.
Notos frunce el ceño y su mirada desciende hacia mi boca, que se entreabre por voluntad propia.
—No puedes casarte con él —dice.
Trago saliva con dificultad.
—¿Disculpa?
—Este hombre no respeta tus límites y amenaza tu seguridad.
Su falta de decoro traería la desgracia a Ammara.
—Me coloca un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto tan natural que no me doy cuenta de lo que ha hecho hasta que aparta la mano—.
No es bueno para ti, Sarai. He visto el miedo claramente en tu rostro.
Dime, ¿ese es el tipo de hombre con quien quieres unirte de por vida?
¿Y qué pasa con tu pueblo? ¿Y con tu reino?
Mi escudo está forjado de un hierro irrompible. No puede romperse, ni siquiera a causa del miedo a que Notos tenga razón, del miedo a que yo no la tenga.
—Te sigues pasando de la raya, Notos. Como puedes ver, estoy a salvo. —Señalo el entorno con un gesto. La tierra, el cielo, los altos árboles, y a mí misma. Sola, como siempre he estado—. He de ir a por los caballos y a por mi invitado. Padre me mandará decapitar si vuelvo sin ellos.
En el mismo momento en que entramos en el patio de las cuadras del palacio, el príncipe Balior desmonta. Su rostro es una mezcla de sudor, piel quemada por el sol y mugre que se acumula en las arrugas que rodean su boca. El polvo cubre el vívido tono cobalto de su camisa.
Padre se va a poner furioso.
¿Cómo será la venganza del príncipe Balior? ¿Exigirá reunirse con el rey? ¿Hará el equipaje y regresará a Um Salim? ¿Quedará anulado el cortejo antes siquiera de anunciarse?
—Ojalá pudiera decir que he disfrutado del viaje —dice el príncipe entre dientes al tiempo que le pasa las riendas a uno de los mozos de cuadra—, pero ambos sabemos que sería mentira.
«Lo siento», podría decir yo, pero ¿de verdad lo siento? Puede que no apruebe el ataque de Notos contra el príncipe Balior, pero mi prometido no respetó mis límites. De hecho, los vio como obstáculos que tenía que salvar.
Me apresuro a bajar de mi montura. Zainab aplasta el hocico contra el suelo en busca de trozos de hierba seca que asoman por entre las grietas en la piedra.
Tras horas en la silla de montar, me duelen las piernas y apenas me queda paciencia.
Aunque yo no acepte su comportamiento, el príncipe Balior resulta útil.
—En el nombre del rey Halim —digo—, quisiera ofrecerte mis más sinceras disculpas.
—¿Disculpas? —Una risa seca e incrédula resuena por el patio de las cuadras—. Discúlpame tú a mí, princesa Sarai, pero tus disculpas me dan igual. Lo que yo quiero es justicia —dice.
«Justicia.» La palabra rezuma crueldad.
—Comprendo —digo, con la esperanza de calmar su ira hirviente—. El Viento del Sur será castigado por esto. Tienes mi palabra.
El príncipe Balior lanza una mirada hostil en dirección a Notos, aunque el rubor de sus mejillas sugiere vergüenza por la rapidez con la que ha sido derrotado en el oasis.
El Viento del Sur ha desmontado y está quitándole la montura a su caballo.
Se mantiene en el perímetro del patio de las cuadras para darnos algo de intimidad.
Sin embargo, su oído es más agudo que el de la mayoría de la gente.
—Si estuviéramos en Um Salim, tu carabina no habría regresado con vida a Ishmah. Pongo en duda la integridad del rey Halim si es capaz de admitir bajo su servicio a semejante animal salvaje.
Alzo la barbilla y estiro la espalda, con los pies bien plantados en el suelo frente al príncipe. Estoy preparada para lidiar con insultos personales, pero insultar al rey es inaceptable.
—Mi padre es el rey más glorioso que haya conocido Ammara —espeto—. Cuidado con lo que dices, príncipe Balior.
Él responde a mi mirada hostil con otra igual de feroz, aunque estoy casi segura de que bajo tanto aire ultrajado asoma un poco de miedo.
A pocos pasos de distancia, sus guardias esperan sus órdenes.
Por una vez, doy gracias por la presencia de Notos.
Posee la fuerza de cien hombres. Ahora que el príncipe ha presenciado el poder del Viento del Sur, es poco probable que se arriesgue a atacar.
Al final, es el príncipe Balior quien aparta antes la mirada.
—¿De verdad quieres que esté aquí?
La pregunta me pilla tan descolocada que no respondo de inmediato.