6 #4
Una niebla baja me besa la piel al entrar en la arboleda.
Aminoro la marcha y echo la cabeza hacia atrás para asomarme a los agujeros entre el dosel de ramas, que motean el lugar de sol y sombra.
Poco después llegamos al oasis. Sus asombrosas aguas claras están protegidas por gruesos muros de piedra.
Me echo a reír y bajo de la montura.
—Eso ha sido estupendo.
—Pues sí. —El príncipe Balior desmonta con una floritura. Tiene el pelo despeinado por el viento; le da un aspecto muy atractivo—. No estaba seguro de que fueras capaz de algo así.
Mi sonrisa flaquea. Ha sido un comentario inofensivo, pero el dolor que experimento es muy real.
—De niña era diferente. Tenía menos miedo.
—¿No nos pasa a todos?
Acaricio el hocico aterciopelado de Zainab antes de que esta se aleje para pastar.
Essam bebe copiosamente del estanque quieto.
De pronto, la mano del príncipe se apoya en la parte baja de mi espalda, y yo me pongo alerta.
Me muevo para colocarme fuera de su alcance, de pronto cautelosa.
En Ammara no se permite que ningún hombre toque a una mujer soltera.
Y el príncipe está mucho más cerca de lo que resulta apropiado.
—¿Necesitas algo, príncipe Balior?
A mi espalda, el agua del oasis lame suavemente la orilla. Pero esta ausencia de viento resulta extrañamente espectral.
Él alza las manos con los dedos extendidos en gesto de inocencia. La confusión nubla su semblante.
—Solo quiero pasar tiempo contigo, Sarai.
—Pues tendrás que hacerlo a una distancia respetable.
—¿Respetable? —Se ríe como si yo acabase de hacer una deliciosa broma—. Diría que eso da igual teniendo en cuenta nuestro inminente matrimonio.
Esas palabras no me hacen gracia. Por supuesto, no todo el mundo en Ammara respeta la tradición —prueba de ello es mi relación pasada con Notos—, pero yo no le he dado al príncipe ninguna señal de que quiera contravenir las costumbres de mi gente ahora mismo.
—No te olvides de que, de momento, no estamos ni prometidos ni casados.
—Y sin embargo —esboza una sonrisa quizá demasiado afilada—, ¿qué importa un mes más o menos? Tu padre pretende anunciar el compromiso pronto, si no me equivoco. No resulta inaudito que los novios se toquen durante el cortejo, siempre y cuando se haga en privado.
—Un mes más o menos supone una gran diferencia —afirmo, negándome a ceder a su retorcida lógica.
El príncipe Balior me contempla. De pronto me doy cuenta de lo alto que es. Una espada cuelga de su cinto. Asumo que es diestro con el arma.
—No comprendo —dice, y da un paso al frente—. Suponía que querías burlar a tu carabina para que tuviéramos algo de intimidad.
—Y así es. —Retrocedo otro paso, más cerca del agua. Los largos peñascos que la rodean me bloquean la huida. Mi única opción es volver por donde hemos venido—. Pero no por ese motivo. ¿No quieres conversar sin que nos miren?
Él niega con la cabeza, como si mi obstinación le resultase divertida.
—Sarai —la curva de sus dedos sugiere el deseo de agarrarme posesivamente—, pronto nuestros reinos separados serán uno. ¿Por qué esperar? No hace falta que se entere nadie.
Hace años, me importaron poco las consecuencias de llevarme al Viento del Sur a la cama. Fue a Notos a quien le entregué mi virginidad. Si el príncipe Balior se entera de que soy impura, es enteramente posible que retire la oferta de matrimonio.
—No nos conocemos desde hace tanto —digo, esforzándome por calmar la alarma que se ha despertado en mi interior—, así que seré clara.
Hasta que estemos casados, no pienso tocarte ni dejar que me toques.
Podemos pasar el rato en compañía, eso es todo.
Espero que respetes los deseos de tu prometida.
El príncipe suelta un resoplido desdeñoso.
—Has sido tú quien me ha pedido que pasemos tiempo solos. Has sido tú quien ha esquivado a su carabina. Prácticamente me has suplicado que te toque.
—¡Yo no he suplicado nada! —espeto.
—Tus ojos dicen lo contrario.
Cuando mis tacones rozan el borde del agua, una brisa fuerte rompe la superficie cristalina del oasis. El príncipe Balior está cerca de los caballos, bloqueando el camino. Lo más seguro es que reconozca la ventaja que le da esa posición, pues no hace el menor movimiento por cederme terreno.
—Apártate, príncipe Balior.
Su boca se tuerce en una expresión desagradable.
—Por supuesto. —Hace un gesto con el brazo con aire burlón—. Prometo que no te tocaré sin tu permiso.
No confío en la palabra de este hombre con quien he de casarme.
Pero Zainab es mi única vía de escape. La yegua se remueve, alterada, al tiempo que el viento arrecia y comienza a aullar.
El aire mismo chisporrotea, cargado de sensaciones.
Essam se sobresalta y echa a galopar hacia los árboles.
Yo alzo la vista a las alturas. Una repentina niebla cubre el cielo, que pasa de un brillante tono ambarino a una enfermiza palidez amarilla.
Entonces, una gigantesca explosión sacude la tierra y, de pronto, el sol se oscurece.