El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 6 #3
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Esto es lo que yo ansiaba tan desesperadamente.

Una disposición, una puerta abierta. Los umbrandantes son una agrupación, sí, pero también sospecho que tienen algo que ver con mi maldición.

Investigar su origen quizá sirva para descubrir pistas sobre mi destino.

Sin embargo, he de andarme con cuidado, porque debo parecer ansiosa, pero no demasiado ansiosa; inquieta, pero no completamente consumida por la desesperación.

—Cualquier dato nuevo es bienvenido, príncipe Balior.

Pero no querría yo cargarte con esa responsabilidad.

—Bajo los ojos. Son tiempos desesperados.

Soy muy capaz de usar mis encantos femeninos para manipular la situación—.

Imagino que prefe­rirías dedicar tiempo a explorar todo lo que Ishmah tiene que ofrecer.

Nuestros templos son hermosos, al igual que los jardines públicos.

Algo tironea de mi vestido. Giro la cabeza, pero Notos está contemplando el infinito. Yo entrecierro los ojos. Estoy segura de que han sido sus vientos.

—No tengo objeción alguna a visitar los jardines —dice el príncipe—, pero me he traído todos los materiales de mi investigación, si te interesa echarles un vistazo.

Quizá podría arrojar algo de luz sobre el problema de luchar contra esas criaturas.

O, como mínimo, descubrir de dónde vienen y qué es lo que quieren.

—Estoy en deuda con tu generosidad, príncipe Balior. Gracias. Aunque había esperado que pudiéramos pasar algo de tiempo juntos sin carabina —confieso.

Él me lanza una mirada de soslayo mientras Essam tironea de la embocadura.

—¿Quién dice que no podemos?

Yo me enderezo en la silla de montar. ¿Rompiendo reglas, príncipe? Quizá hacemos mejor pareja de lo que yo pensaba.

—¿Qué tienes en mente?

—Tengo en mente que quizá podríamos encontrar un modo de darle esquinazo a tu carabina, si estás dispuesta.

Sí que lo estoy, de hecho. Reprimo una sonrisa y paseo la vista con cuidado por el terreno.

Cuanto más ascendemos, más nubecillas de polvo levantan los pesados cascos de los caballos.

Por entre las grietas de la roca asoman matojos escasos y ­recios.

Los acantilados pintan el horizonte: valles profundos, gargantas estrechas.

No será fácil perder a Notos. Él observa, escucha, sabe.

—¿Ves ese desfiladero? —Señalo con el mentón hacia una formación rocosa y rojiza en la lejanía—.

Es muy estrecho, solo puede pasar una persona a la vez.

A mitad de camino, el sendero se divide.

Ve por el de la derecha; te llevará hasta Kir Bashab.

Yo alejaré a Notos y luego volveré contigo.

Me conozco esta tierra como la palma de la mano, llevo la arena en la sangre.

El príncipe esboza una sonrisa decididamente traviesa.

—Esto va a ser divertido.

Notos sigue con la mirada nuestro descenso hacia el desfiladero.

Es liso, de paredes rojas que se alzan impresionantes y ocultan casi todo el cielo en las alturas, excepto por una delgada franja azul.

Notos pasea la vista entre el príncipe y yo, con los ojos entrecerrados para protegerse del duro resplandor del sol.

No soy capaz de interpretar su expresión.

Tal y como le he indicado, el príncipe Balior va el primero. Yo hago como que estoy asegurando mis suministros para ganar algo de tiempo. Notos orienta su caballo hacia mí.

—No confío en él —murmura.

Otra vez.

—No lo conoces. —Me enjugo el sudor de la frente con un pañuelo.

—Y tú tampoco.

Aprieto los dedos en torno al cuero abrasador de las riendas. El calor es bienvenido en mi piel.

—Hablas de confianza, pero ni siquiera sabes qué significa esa palabra. ¿O acaso te olvidas de que en su día yo confié plenamente en ti?

Una emoción innombrable llamea en los pozos oscuros de sus ojos.

—Me gustaría explicártelo todo —dice en tono quedo— si tuviera la seguridad de que me ibas a escuchar.

Y de pronto, con absoluta facilidad, el pasado se convierte en presente.

—Tuviste todas las oportunidades que quisiste para decirme que te ibas de Ishmah hace muchos años, y no las aprovechaste.

Ni siquiera me dijiste por qué te ibas. —Si me hubiera informado, yo podría haberme preparado.

Si me hubiera dado un motivo, quizá me habría ahorrado parte del dolor—. ¿Fue por tu padre?

Si no recuerdo mal, Notos no tenía la mejor relación del mundo con su padre. Fue uno de los motivos por los que conecté tan rápido con él.

—Eso no es asunto tuyo —gruñe.

Una réplica me chisporrotea en la lengua, pero la reprimo y me la trago. Tiene razón. No es asunto mío. Pero me duele su reticencia a hablar conmigo. Giro a mi yegua y le clavo los talones para internarme en el cañón al galope.

Me inclino, pegada al cuello de Zainab, y sigo el staccato atronador de los cascos.

El camino avanza, serpenteante. El sonido de Notos al seguirme reverbera contra las paredes del cañón.

Es un jinete excelente, aunque su montura, más grande, no puede doblar los recodos con la misma velocidad que mi esbelta yegua.

El camino se divide. Me interno por el de la izquierda, entre las pronunciadas curvas de la roca.

Llego a una nueva bifurcación. Esta vez giro a la derecha y retrocedo hasta que el sendero desemboca en una extensa llanura.

Atisbo al príncipe Balior en la lejanía, trotando hacia el bosquecillo que termina en el oasis.

Me apresuro a seguirlo para darle alcance.

Para cuando Notos salga del cañón, ya estaremos lejos de su vista, en las profundidades de la espesura.