6 #2
—Comprendo que lo que hice hace años te dolió —dice con un susurro ronco—. Pero no sabes toda la verdad.
Me tiemblan los labios. Me cuesta hablar.
—¿Y cuál es la verdad?
El negro de sus ojos es una concha impenetrable.
—Preferiría explicártelo cuando tengas más control de tus emociones. Y preferiblemente, que no sea en las cuadras, donde cualquiera puede espiarnos.
Una sonrisilla mordaz asoma a mi boca.
—A mí eso me suena a excusa.
El Viento del Sur me mira con calma. Ni se acobarda ni cede. Siempre se mantiene en su sitio. Es la roca que corta el viento. Envidio esa habilidad suya.
—Me convocaron en otro lugar por orden del rey. Por eso no estaba en mi puesto el otro día. Si quieres decírselo a tu padre, tú misma. Pero no tiene sentido decirle al rey lo que ya sabe.
—¿Decirme qué?
Me giro. Flanqueado por cuatro hombres, el rey Halim se encuentra en la puerta de la cuadra. Toda su figura está desinflada, se marchita bajo este insufrible calor.
¿Debería confiar en la palabra del Viento del Sur o puede que no me lo haya contado todo? Ignoro la mirada de advertencia de Notos y digo:
—Ha habido un malentendido, padre. Al parecer, Notos cree que va a acompañarme en el paseo a caballo.
—Así es. —Al rey no parece importarle mi evidente inquietud—. Será tu carabina.
Carabina. ¿Acaso soy una niña?
—Creo que no entiendo por qué necesito una carabina además de escolta, padre. El príncipe Balior ya me va a acompañar, y he ido en muchas ocasiones a Kir Bashab, como ya sabes. Conozco bien los senderos.
—No te hagas la tonta, Sarai. No te pega.
—Capto un olor dulzón que mana de la túnica de padre: el incienso que usa para librar a su cuerpo marchito de la enfermedad.
Los días en los que se encuentra lo bastante bien como para salir de sus aposentos, el médico lo anima a dar paseos saludables.
Por ese motivo, el rey suele visitar las cuadras—.
Sabes tan bien como yo que los umbrandantes son cada vez más fuertes. No pienso correr riesgos.
—Y tú sabes tan bien como yo, padre, que los umbrandantes no suelen salir a plena luz del día —replico, aunque los últimos acontecimientos sugieren lo contrario.
—¿Por qué siempre tienes que discutir solo por discutir? —e speta—. Notos te va a acompañar, y se acabó la discusión.
Empieza a dirigirse a la salida. Yo debería estar acostumbrada a ver a padre retirarse, pero su figura tiene el inquietante poder de dejarme reducida al nivel de una niña aterrada porque se niega a quedarse.
—Llevas toda la vida apartándome a un lado. —A pesar de la rigidez de mi postura, de la terquedad que me tensa la mandíbula, me da vergüenza oír las grietas en mi voz—. Pero te comportas como si, de repente, fuese muy importante para ti.
Quiera o no quiera reconocerlo, padre recuerda mi relación con Notos claramente, porque, una vez que se hizo pública, quedó demostrado lo poco que conocía a su propia hija.
Me pregunto si esto será un castigo por haber actuado a sus espaldas cuando era más joven, por hacer caso a los deseos de mi corazón.
Despacio, el rey se gira hacia mí. Me duele contemplar su expresión.
—No sé qué te ha entrado últimamente, pero recuerda que todo lo que hago es para mantenerte a salvo. Se nos acaba el tiempo, Sarai. ¿Qué más esperas que haga?
Le lanzo una mirada de soslayo a Notos, que frunce el ceño con un desconcierto probablemente causado por la vaga afirmación del rey.
Hay algo de cierto en lo que acaba de decir padre.
Yo no estaría aquí de no ser por él. Lo arriesgó todo para salvarme cuando era un bebé recién nacido.
Quizá me esté comportando como una desagradecida.
De pronto, el príncipe Balior aparece en el dintel. Trae el cabello peinado y la barba aceitada y recortada. El sol naciente se alza como una estrella roja sobre su hombro.
—Príncipe Balior, bienvenido seáis. —El rey Halim se acerca a él y le planta un beso en la mejilla—. Confío en que hayáis dormido bien.
—Así ha sido. —Me hace una reverencia—. Princesa Sarai.
Yo esbozo una débil sonrisa. De pronto me arrepiento de haber propuesto este plan por despecho hacia Notos, pues ahora me lo tengo que tragar.
—Príncipe Balior.
La mirada del príncipe vuela hacia el Viento del Sur y luego va a posarse una vez más sobre el rey.
—¿Puedo preguntar cómo se llaman las pastas que he recibido esta mañana para desayunar? Son deliciosas.
—Ah. —Una sonrisa desacostumbrada arruga el rostro de padre—. Son nuestras preciadas tartaletas de albaricoque. Le pediré al cocinero que os envíe una nueva remesa a vuestros aposentos en cuanto volváis.
Dicho esto, el rey se marcha y nosotros subimos en nuestras monturas. El príncipe Balior parece bastante cómodo a lomos del semental, al cual dirige con mano firme. Notos, por su parte, ensilla a un ruano castrado. El príncipe contempla al Viento del Sur durante un rato incómodamente largo.
—¿Nos va a acompañar tu guardia?
Le dedico una sonrisa tensa.
—Por desgracia, sí.
A siete kilómetros de la capital, el paisaje cambia de piel.
La arena da paso a la tierra endurecida, una roca chamuscada que tiembla bajo el aire sofocante a medida que se acercan las Montañas Ramil.
En sus faldas, un anillo de sorprendente verdor interrumpe un paisaje monocromático, una densa espesura de recios árboles.
Ishmah no es más que una mancha en la lejanía, un punto de color óxido sobre el fondo dorado de las dunas.
Tras dar un sorbo de mi odre de agua, meto el pequeño contenedor en la alforja de suministros atada a la silla de montar de Zainab. El sudor me empapa la parte interior de los brazos, aunque el ligero vestido de lino garantiza que no me dé un golpe de calor.
—¿Necesitas un descanso? —le pregunto al príncipe Balior, que cabalga junto a mí—. Algo más adelante hay sombra.
—No, no es necesario. —Va sentado a horcajadas sobre el ancho lomo del semental, con las riendas en una mano, sudando profusamente.
El color ruboriza la piel pálida de sus mejillas—.
Cuanto antes lleguemos a Kir Bashab, antes podremos regresar al palacio…
para disfrutar de un refrescante vaso de té de menta.
Yo tuerzo la boca en una mueca sonriente.
—Me parece justo. —De lo que recuerdo de mis estudios, Um Salim está emplazada a mucha menos altura.
Su ubicación costera proporciona una fresca brisa marina que en Ammara brilla por su ausencia—.
No queda mucho —le digo a mi compañero de viaje—.
Te aseguro que la excursión habrá valido la pena.
—Confío en que así sea. —Hace una pausa—. ¿Qué es esa formación en la lejanía?
Miro hacia donde señala. En lo alto de la cumbre plana de la montaña, una antigua estructura de piedra refleja la luz blanca del sol.
—Eso es el Monte Syr, el lugar más sagrado de Ammara.
Ese monumento, que se suele visitar durante el Festival Anual de la Lluvia, tiene un amplio pedestal y un enorme asiento de piedra que en su día pudo ser un trono.
—Ya veo. —Está claro que he avivado la curiosidad del príncipe Balior—. ¿Podríamos pasar a verlo un momento?
Yo me encojo. Normalmente me parecería bien, pero dudo que nuestra carabina permita ningún desvío no planeado.
—Por desgracia, no tenemos tiempo.
El príncipe frunce el ceño en señal de decepción. Una vez más, echa un vistazo al lugar sagrado antes de mirar hacia delante con un suspiro.
—El origen de muchas de nuestras creencias apunta a esos lugares sagrados. Hasta el laberinto es una maravilla, aunque tu guardia no me dejó acercarme el otro día, cuando fui a verlo.
—Te pido disculpas por ello. Es una medida de seguridad, pero estoy segura de que podremos hacer una excepción. —Le dedico una pequeña sonrisa—. Yo hablaré con padre.
El sudor sigue cayendo por la cara del príncipe Balior. Se lo limpia con la manga.
—No hay prisa. Si algún día he de gobernar Ammara a tu lado, todo lo que es tuyo acabará siendo mío. Ya habrá tiempo de explorarlo.
Me envaro ante esa elección de palabras. Todo lo que es mío no acabará siendo suyo. Lo compartiremos.
De repente, el príncipe baja la voz:
—Por cierto, ¿quién es? Me refiero a tu carabina.
Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro, hacia el lugar donde está Notos, sentado a horcajadas sobre su montura.
—Es el Viento del Sur.
—Entonces, ¿es inmortal? ¿No los desterraron a él y a sus hermanos de la Ciudad de los Dioses?
Por supuesto que el príncipe Balior sabe quiénes son los Anemoi, los Cuatro Vientos. Dioses hermanos que poseen un enorme poder, un manantial siempre rebosante. Y además, el príncipe tiene razón: Ammara no es el hogar de Notos. Solo es el sitio adonde lo han desterrado.
El príncipe continúa:
—No sabía que era leal al rey Halim. —Una pequeña arruga aparece en su ceño.
Se hace el silencio entre los dos durante un rato. Yo me balanceo a un lado y a otro a medida que Zainab avanza por el camino polvoriento. Pequeñas piedras se deslizan bajo sus cascos. Al cabo, encuentro el valor para hablar:
—Te pido disculpas por la escena con mi padre hace un rato.
Él me dedica una sonrisa desconcertada.
—¿Qué escena?
Mi expresión se relaja un tanto. La vieja y conocida vergüenza se disuelve con más facilidad de lo normal. Este hombre es muy amable.
—Padre y yo no solemos estar de acuerdo. Piensa que necesito protección más allá de la capital.
—El rey Halim te ama. No se puede culpar a un padre por cuidar de su hija.
Sí, y mi mal comportamiento no le facilita en nada la vida.
Mientras avanza a lomos de Essam por una pequeña cuesta, el príncipe Balior dice:
—Los umbrandantes cada vez son más fuertes, ¿verdad? Tiene sentido que tema por tu seguridad.
Cuanto más se acerca mi día del nombre, más se aferra padre a mi vida. La mayor parte de los días no puedo ni respirar.
—Supongo que sí.
—Quizá yo pueda ayudar en algo.