El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 6
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E l alba incendia las arenas del desierto, pero la Ciudad Roja sigue dormida.

Llego pronto a las cuadras para ensillar los caballos.

Las lámparas titilan en sus apliques y crean pequeñas olas de luz ambarina.

Los caballos se remueven cuando paso a su lado y asoman la cabeza por los establos: Hoda, que tiene una marca con forma de estrella blanca en la cabeza de color arenoso; Khaleed, de pelaje negro como la brea.

Aquí, entre las balas amontonadas de heno, yo solo soy Sarai, una mujer en las cuadras, con los ca­ballos.

Zainab me saluda con un golpecito expectante en el hombro. Por supuesto, no he venido con las manos vacías. Le pongo por delante una manzana que llevo en el bolsillo. Se come la fruta con un crujido exuberante.

—Hola, querida —canturreo al tiempo que abro la puerta del establo—. Hace tiempo que no nos veíamos, ¿verdad?

Mucho tiempo. Desde la partida de Amir, las expectativas de padre han aumentado tanto que son imposibles de alcanzar.

He de asistir a todos los eventos sociales, a todas las tediosas cenas políticas.

He de responder con elegancia. He de recordar nombres, políticas, rangos, títulos.

He de sonreír, siempre sonreír. Hacer preguntas. Estar feliz, anhelante, comprometida.

Siento un nudo doloroso en la garganta. Apoyo la frente en el musculoso cuello de la yegua y me esfuerzo por respirar. A veces me siento como si no fuera más que un adorno, algo pulido que debe reflejar la luz y atraer la vista durante un breve interludio.

La conversación de anoche regresa poco a poco a mí y me causa una creciente inquietud.

No puedo librarme de la imagen de un bebé en mi vientre.

Si el príncipe Balior tiene las respuestas que buscamos, eso es lo que me aguarda en el futuro.

Y si no…, habré malgastado mis últimos días atendiendo a la voluntad de otros.

Tardo más de lo normal en ensillar a Zainab.

Ella piafa sin moverse del sitio, pues comprende que el peso de la silla significa una carrera larga y dura.

No puedo culparla. Es lo que más le gusta.

Ensillar las monturas suele ser responsabilidad de los mozos de cuadra, pero yo prefiero llevar a cabo la tarea por mí misma.

Tengo muy poco control sobre mi vida. Me parece necesario encargarme personalmente de algunos asuntos.

Estoy cerrando la última hebilla cuando una repentina ráfaga de calor juguetea con las puntas de mi cabello. Una sensación que me provoca un hormigueo en la piel. Sin darme la vuelta, digo:

—Además de guardia, ¿también actuáis como chico de los recados de padre?

El heno cruje bajo los pesados pasos del Viento del Sur.

—No he venido a entregar ningún mensaje.

—¿Y a qué habéis venido?

Él no responde, así que me giro en su dirección.

Zarcillos de cabello color ébano asoman por debajo de un turbante igualmente negro.

Sus ojos destellan como escarabajos sobre piedra desértica recalentada, bajo unas gruesas y fuertes cejas.

Después de todo este tiempo, sigue siendo el hombre —el dios— más guapo sobre el que se hayan posado mis ojos.

El Señor de la Montaña debe de odiarme de verdad para poner semejantes pruebas en mi camino.

—Voy a acompañaros en vuestro paseo a caballo —dice.

Yo reprimo una réplica particularmente venenosa. Encantador. Absolutamente encantador.

—Si recordáis la conversación de anoche, ya sabréis que tendré una escolta en condiciones. El príncipe Balior se encargará de mi seguridad.

Le doy la espalda y aprieto más el correaje antes de ponerme a ensillar a Essam, un precioso caballo castaño de patas color carbón.

Me sorprende que padre haya permitido que el príncipe cabalgue a este animal, teniendo en cuenta su temperamento agresivo.

Ni siquiera a mí se me permite montar en el preciado semental del rey Halim.

—Con el debido respeto —prosigue él—, el príncipe Balior es un desconocido. Hasta que vuestra unión como marido y mujer sea leg…

—O sea, hasta que me lo lleve a la cama, ¿no?

Un músculo se crispa en la mandíbula de Notos.

Soy lo bastante mezquina como para considerarlo una victoria, aunque la sensación de triunfo va acompañada de la confusión que me provoca esta charla, porque hubo una época en la que la única per­sona a la que quería en mi cama era al inmortal que tengo frente a mí.

Con un esfuerzo admirable, vuelvo a centrar mi atención en Essam.

—Habrá tiempo de sobra para que el príncipe Balior y yo nos conozcamos mejor.

Entiendo que no sois de este reino, pero estas son nuestras costumbres.

Cortejo y compromiso. —Cosa que solo se puede romper si uno de los interesados renuncia—.

Lo normal es un compromiso más largo, aunque los compromisos cortos como el mío tienen sus ventajas…

—Vos no estáis prometida —dice con voz entrecortada.

¿Y eso a él qué le importa?, me pregunto.

—Aún no —digo con una sonrisa.

El brillo en los ojos dorados del semental es la única advertencia que tengo antes de que se abalance sobre mí y lance un mordisco justo donde estaban mis dedos hace un instante.

—So, bestia, so —gruño.

Essam se aprieta contra la pared del establo, con lo cual me es imposible asegurar del todo la silla de montar. El Viento del Sur insiste:

—¿Cómo sois capaz de confiar en que las intenciones del príncipe sean nobles?

Un inconfundible filo vuelve brusco su tono de voz.

Es algo tan desacostumbrado que me veo distraída de la tarea temporalmente y no me fijo en Essam, que me da un mordisco en el codo.

Lo aparto de un golpe de hombro. El semental se encabrita.

La silla cae de su lomo. Unos pesados cascos se abalanzan sobre mi cara.

Una cálida ráfaga de aire me envuelve por la cintura y me propulsa contra un cuerpo duro.

Notos suelta el aire, su aliento me acaricia la coronilla.

Y de pronto me asalta el recuerdo: nuestras piernas desnudas enredadas entre pálidas sábanas, el ocaso en la ventana abierta en mis aposentos.

La cabeza de Notos echada hacia atrás, su boca entreabierta, su gemido bajo y agónico atravesándome mientras yo jugaba entre sus piernas con manos y lengua y labios… hasta que se derramó en mi boca.

Trago saliva. Se me endurecen los pezones bajo el vestido.

Como si sintiese la reacción de mi cuerpo, Notos apoya una mano grande en mi cadera.

—Sarai —dice en voz baja e imposiblemente profunda.

Me aparto de golpe de su contacto y me alejo a trompicones hasta el otro lado del establo. He puesto mucho cuidado en evitar compartir espacio con la deidad que desechó mi corazón como si no fuese más que un trapo asqueroso. Me duele recordarlo todavía. Me duele que mi cuerpo lo recuerde.

No soy de piedra. Soy increíblemente consciente de la habilidad de este inmortal, de la amplitud de su pecho, de sus musculosos brazos.

Ahora está aquí, ha vuelto entrar a la fuerza en mi vida, aunque no tengo la menor idea de por qué.

Se marchó. Claramente, yo no fui suficiente como para que se quedara.

Así pues, ¿por qué finge que le importo?

El Viento del Sur me estudia durante un largo instante y luego dice:

—En su día afirmaste que no querías casarte. ¿Por qué te casas ahora, después de tanto tiempo?

—No es asunto tuyo.

Y, sin embargo, Notos no retrocede. Más bien da un paso al frente y me empuja un poco más hacia el interior del establo. El seco aroma del desierto se aferra a su camisa.

—Te pliegas a los deseos de tu padre. No es eso lo que querías en la vida.

Tiene razón. Odio que tenga razón.

—El tiempo pasa. La gente cambia. No soy la chica ingenua que fui en su día. —Aprieto los dientes y me esfuerzo por contener la emoción que he reprimido a lo largo de los años, los pedazos de mí que he enterrado y que ansían liberarse—. Quizás no me conocías tan bien como pensabas.

Paso junto a él y agarro la silla caída en el suelo. Se la vuelvo a colocar en el lomo a Essam.

—Quizá —admite, y se gira hacia mí—. Pero, aun así, me cuesta creer que seas tan necia como para depositar tu confianza en un hombre a quien conoces desde hace pocos días.

—El príncipe Balior es digno de confianza.

—¿Estás segura de eso?

Algo en el tono del Viento del Sur me obliga a detenerme.

—Si el rey Halim afirma que el príncipe Balior es digno de confianza, así es. Confío en el juicio de padre. —Vacilo, y luego pregunto—: ¿Por qué fue al laberinto ayer?

Notos entrecierra los ojos con aire suspicaz.

—¿Cómo sabes que el príncipe pasó por el laberinto?

—Eso da igual —digo con voz entrecortada—. Aunque me di cuenta de que abandonaste tu puesto cuando llegué al patio.

Muevo a Essam hasta colocarlo contra la pared. Lo mantengo sujeto mientras intento afianzar las hebillas. El semental, sin embargo, es mucho más ancho que mi yegua. Me cuesta cerrar los broches.

—Deja que lo haga yo.

La mano cálida del Viento del Sur cubre la mía. Siento su palma callosa contra la piel. Debería retirarme, pero mi cuerpo traidor sigue reaccionando a su proximidad. Dioses, ¿qué me pasa?

Me aparto al instante y me giro para que Notos no se percate de mi respiración acelerada. Él acaba de ensillar a Essam con facilidad. El animal ni siquiera intenta morderle, como si el firme y tierno contacto del inmortal lo calmase.

—¿Sabe padre que abandonaste tu puesto? —exijo saber—. Supongo que no debería sorprenderme teniendo en cuenta que lo que mejor se te da es desaparecer.

Notos se envara. El dolor oscurece sus ojos.

Su expresión me destripa con una velocidad para la que no estoy preparada.

No me bas­ta con lanzar pullas ciegas con la esperanza de hacerle daño.

Quiero herirlo del mismo modo que él me hirió a mí.

Es lo justo. Justicia. Sin embargo, al ver su dolor, lo único que siento es una culpabilidad horrenda y cortante.

He aquí la verdad: lo amaba, habría dado mi vida por él.

Y entonces desapareció sin decir palabra, sin… nada.