El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 5
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–S e presenta la princesa Sarai Al-Khatib.

Las puertas dobles del comedor se abren simultáneamente y dan paso a una larga mesa en la que descansa toda una cubertería de plata que resplandece bajo la tenue luz de las velas.

El rey Halim y el príncipe Balior ya han llegado.

Este último se pone en pie cuando entro.

Lleva una camisa de color gris pálido con el cuello profusamente adornado y turbante a juego.

Padre ha ordenado que yo vista de rojo: el color nacional de Um Salim.

Así pues, llevo un vestido de un vívido tono escarlata, tan denso como la sangre coagulada.

—Princesa Sarai. —El príncipe hace una larga reverencia. Un rizo de color caoba le cae sobre la frente.

Yo asiento a modo de saludo.

—Príncipe Balior.

La mirada desaprobadora de padre cae sobre mí. «No me decepciones», me advierte. Yo suelto un suspiro por dentro.

—Gracias por uniros a nosotros en esta velada —consigo ­decir—. Espero que la comida sea de vuestro agrado.

—Estoy seguro de que así será. —Me mira a los ojos y esboza una sonrisa vacilante—. Aunque admito que me interesa más la compañía que la comida.

Mi sonrisa se agria antes de tener la oportunidad de formarse del todo.

—Espero estar a la altura, pues.

A pesar de mis intentos por ser educada, el irritante encuentro con Notos esta mañana continúa rondando mi cabeza. Ahora mismo me sigue hirviendo la sangre.

Con un brusco cabeceo, cruzo la habitación sin prestar atención a los hombres que bordean el perímetro de la estancia. La campana de la torre anuncia la séptima hora. Tomo asiento en una silla almohadillada. Justo a tiempo, tal y como prometí.

El rey Halim, que se sienta a la cabecera de la mesa, parece hundido bajo esta tenue luz.

Su camisa violeta le cuelga como tiras de piel vieja de los brazos.

La estampa que presenta resulta dolorosa.

Aunque aún no ha cumplido los setenta años, el rey no se ha recuperado del todo de una enfermedad reciente.

Ha pasado meses encamado, con los pulmones llenos de líquido.

A pesar de los remedios del médico real, la fuerza del rey ha seguido erosionándo­se.

Percibo el esfuerzo que le supone asistir a esta cena. Me preocupa que se agote del todo.

Sin embargo, si manifestase estas preocupaciones en voz alta, padre se limitaría a desecharlas, sobre todo delante del príncipe.

Así pues, aparto de mí esta inquietud y me centro en el tema presente, mientras los criados sirven la comida.

El príncipe Balior. Treinta y dos años. El primogénito del rey Oman.

Y si las negociaciones salen bien, pronto, mi prometido.

Hubo una época en la que luché contra el destino.

Pero esto es un sacrificio que he de hacer.

Ammara se beneficiará del enorme ejército de Um Salim, de sus terrenos ricos y fértiles.

Tengo la esperanza de establecer una conexión lo bastante profunda con el príncipe Balior como para que, una vez que yo haya muerto, este haga todo lo que esté en su mano para proteger a mi reino y a su pueblo.

El rey Halim empieza a cortar su cordero especiado.

—He oído que sois un jinete avezado, príncipe Balior.

Nuestro huésped pone una expresión extrañamente divertida y algo tímida.

—Yo no me atrevería a llamarme avezado, pero es cierto que monto a caballo desde que era un niño. Padre y yo solíamos cabalgar por las montañas, a veces durante días. Esas excursiones están entre mis recuerdos de infancia más preciados.

Bueno, al menos, el príncipe es humilde.

—Quizá no lo sabéis, príncipe Balior, pero Ishmah tiene algunos de los caballos más rápidos de esta parte del desierto. —Padre se mete un trozo de carne en la boca—. Os garantizo que no encontraréis monturas más rápidas.

Y así, sin más, tiene toda la atención del príncipe.

—¿Los criais aquí?

—Así es. —El rey Halim es demasiado orgulloso—. Una camada pequeña pero sana.

El príncipe Balior se mete una cucharada de arroz con dátiles en la boca. El movimiento capta mi atención, y veo un atisbo de su lengua sonrosada. Sus ojos se cruzan con los míos y, de inmediato, aparto la vista. Me da miedo haberme pasado de la raya.

Tras un instante, el príncipe carraspea.

—Me interesaría ver la manada. Tengo cuadras en Um Salim. Quizá, una vez que acabemos las negociaciones, podríamos discutir la posibilidad de cruzar las razas.

—¿Cruzarlas? —El rey Halim suena pasmado—. Por supuesto que no, cada linaje ha de permanecer puro.

Uno de los criados vuelve a llenar la copa de vino del príncipe para luego situarse una vez más en su puesto en la pared.

—Perdonad mi ignorancia, majestad. —Su voz es pura tranquilidad, una respuesta calmante de quien intenta enfriar aquello que ha empezado a chisporrotear y arder—.

Pensé que ambos nos beneficiaríamos de la transacción.

La fuerza de mis caballos unida a la velocidad de los vuestros. ¿Podéis imaginar semejante criatura?

Su visión resulta convincente. ¿Qué daño haría intentarlo? Por otro lado, padre desprecia los cambios.

—Quizá —concede el rey.

—¿Y qué me decís vos, princesa Sarai? —El príncipe Balior centra su curiosa mirada en mí—. ¿Qué opinión os merece esta posibilidad?

El inesperado cambio de atención me descoloca. No me da tiempo a tejer mis palabras, a suavizarlas hasta convertirlas en algo más paladeable.

—Teniendo en cuenta que sé poco de criar caballos, seguramente no soy la persona ideal a la que preguntarle.

El príncipe parece aún más intrigado.

—Pero estáis familiarizada con los caballos, ¿no?

Yo no miro al rey Halim, aunque desde luego siento sus ojos clavados en mi cara. Seguramente me está advirtiendo de que contenga la lengua.

—Lo estoy, sí. A mi madre le encantaban, o eso me han dicho. —Incluso a pesar del tiempo que ha pasado, el recuerdo me duele—. Ella sabría responder mejor que yo.

El príncipe Balior se queda de pronto rígido al comprender que ha dado un paso en falso.

—Mis disculpas. —Mira al rey Halim, suavemente desprovisto de expresión alguna, una barrera que nadie puede penetrar—. No era mi intención despertar ningún recuerdo doloroso, majestad. Perdonad mi desliz.

Yo soy la primera sorprendida cuando el rey le ofrece su perdón. Una excepción probablemente circunstancial.

De niña, solía intentar sonsacarle a padre información sobre mi madre.

El color de su pelo, el aroma de su piel.

Cuáles eran los sonidos que más adoraba en el mundo.

Sin embargo, padre se negaba a ofrecerme ni las más pequeñas migajas.

Según Amir, la muerte de mi madre lo destruyó, pues la amaba como el sol ama a la tierra.

Solo de pensarlo se me rompe el corazón.

Pincho una zanahoria caramelizada y capto por el rabillo del ojo una figura sombría. Se me queda la mente en blanco. No estoy segura de cómo puedo haber pasado por alto la presencia del Viento del Sur. Conozco su silueta mejor que la de nadie.

Va vestido con camisa color índigo y turbante ocre. Está inmóvil junto a la pared. Un pequeño alfiler de cobre en el pecho indica su puesto en la guardia real. Cuando sus ojos oscuros se cruzan con los míos, siento un agujero en el pecho.

—… y una violinista de éxito.

Me obligo a apartar la mirada de Notos y contemplo a padre, sorprendida. Él me mira expectante, con las cejas alzadas.

—¿Seguís tocando? —El príncipe Balior me estudia por encima del borde de su copa de vino.

Me esfuerzo por centrar mi atención en la charla y no en ese dios vestido con ropas de color índigo.

«Violinista de éxito.» Padre ha pronunciado de verdad esas palabras.

He tocado en los salones de conciertos de más renombre, he ido de gira con las orquestas más famosas del reino.

Y, sin embargo, jamás he oído una palabra de orgullo sobre mis logros por parte de padre.

Con sorprendente serenidad, le contesto al príncipe Balior:

—Hace muchos años que no toco.

—Qué lástima. —Da otro sorbo. Pequeñas gotas rojas resplandecen en su boca—. ¿Me permitís preguntar por qué dejasteis de tocar?

Siento presión en el pecho, como una red de cuerdas. El príncipe no tiene manera de saber el peso de esa pregunta. Nadie me explicó jamás que, cuando muere un ser querido, parte de ti muere con él.

—Supongo que perdí las ganas —murmuro.

El príncipe Balior sigue mirándome inquisitivamente. Su interés me pone en guardia. Esbozo una débil sonrisa como respuesta.

—Confesaré que ya sabía de vuestros triunfos musicales mucho antes de conocernos —prosigue él—. En cierta ocasión, mi madre compró entradas para uno de vuestros conciertos, que no se celebró. Ibais a tocar el Concierto Jerashi para violín con nuestra Orquesta Sinfónica Nacional.

En aquella época, yo tocaba cinco noches por semana. Ibramin me animó a explorar oportunidades más allá de las fronteras de Ammara, incluyendo competiciones. «Ha nacido para esto», le dijo a padre. «No la recluyáis.»

Por desgracia, las conversaciones con Um Salim se agriaron debido a diferencias políticas.

El rey Halim era un hombre demasiado testarudo como para dejar aparte sus opiniones a favor de mi carrera.

No supo hasta qué punto se me rompió el corazón al enterarme de que aquella oportunidad había acabado en desastre.

Durante un mes entero me fui a la cama llorando.

—En aquella época había mucha tensión entre nuestros reinos —explico—. Padre creyó que era mejor circunscribir la gira a las fronteras de Ammara.

El príncipe Balior suelta una tos incómoda y da un sorbo a su vino. Yo apuro lo que me queda de bebida. Me hormiguea la piel bajo el escrutinio del Viento del Sur. El rey Halim me dedica una mirada intensa, como si me hubiese vuelto loca.

—Tendréis que perdonar a mi hija —dice al cabo—. Tiene… bastante imaginación.

Curvo los labios en una sonrisa amarga.

—Me limitaba a explicarle al príncipe Balior el motivo por el que no pude tocar.

—Basta ya, Sarai. Cuando sea necesaria tu opinión, te la pediré. Sigue comiendo antes de echar a perder el resto de la velada.

Mantengo la mirada iracunda del rey. Está pálido…

, demasiado pálido. El sudor le perla la sien y el labio superior.

De pronto recuerdo su precario estado de salud.

Me trago la vergüenza, porque no pretendía provocarle más tensión.

Me tiemblan las manos al cortar el cordero.

El cuchillo raja el suave centro rosado de la carne.

Una oleada de aire caliente me roza la nuca, casi como una caricia. Mi cabeza latiguea hacia Notos. Él agarra la empuñadura de su cimitarra con una mano de nudillos blancos. Por una vez, no me está mirando a mí, sino a padre. El frío de su expresión me pone todo el vello de punta.

Uno de los criados me sirve otra cucharada de arroz en el plato.

Empiezo a pensar en el mejor modo de escapar.

Podría fingir que estoy enferma: una fiebre repentina, quizá, o un mareo.

Sin embargo, me dan miedo las consecuencias de marcharme pronto.

Aunque este príncipe me importa bien poco, entiendo la relevancia de nuestra unión.

La conversación se orienta hacia acontecimientos actuales.

El príncipe Balior está al tanto de la sequía, aunque no sabe que la causan fuerzas oscuras, y no el curso de la naturaleza.

Al parecer, los umbrandantes no han llegado a Um Salim, aunque el príncipe ha oído hablar de ellos.

Ambos hombres discuten el mejor modo de distribuir recursos y ayudar a las granjas de Ammara a lidiar con sus estrecheces.

Al cabo, empezamos a hablar del cortejo.

El rey Halim decide cómo pasaremos el tiempo.

Desayunaremos por las mañanas. Se celebrará un baile dentro de tres semanas.

Haremos excursiones a los jardines públicos y al aviario para que los ciudadanos de Ishmah se acostumbren a la presencia del príncipe Balior.

Yo me apresuro a alzar la copa y darle un sorbo al vino antes de cometer ninguna imprudencia, como por ejemplo arrojarle el líquido a padre a la cara. Para sorpresa de nadie, no me ha pedido mi opinión al respecto.

—¿Y cuántos hijos queréis tener, princesa Sarai? —pregunta el príncipe.

Se me cierra la garganta en pleno sorbo y me atraganto. Escupo el vino sobre la mesa, gotas color rubí que manchan el mantel blanco.

Un bebé en mi barriga. Un niño colgado del dobladillo de mi vestido. Una piedra pesadísima en mi cuello. ¿Cuántos hijos quiero tener? Ninguno.

Siempre lo he sabido. Jamás he experimentado los instintos maternales que las mujeres de la corte afirmaban que acabarían saliendo a la superficie.

Quizá, si mi madre estuviera viva, o si no me hubiese desarrollado a la sombra de una muerte prematura, pensaría de forma distinta.

Pero conozco el dolor de crecer sin madre, y no se lo deseo a ningún hijo mío.

—Por supuesto, has de parir un heredero varón. —El tono de hierro de padre está dominado por la negación. Alberga la esperanza de que el príncipe Balior encuentre un modo de romper la maldi­ción. Yo no estoy tan segura—. Una vez casados, esa será la ­prioridad.

Me trago mis protestas. Nada puede romperme.

—Mi voluntad es la voluntad de Ammara.

Un pequeño sonido atrae mi atención hacia el Viento del Sur, que sigue clavándome la mirada sin ninguna intención de disimular. Estoy casi segura de que ha soltado un resoplido desdeñoso. Como si supiera algo de las pruebas que me aguardan.

—Príncipe Balior —le muestro a nuestro invitado la más cálida sonrisa—, dado que tanto os gustan los caballos, ¿os apetecería ir a cabalgar mañana conmigo? Parece que el tiempo será ideal.

Cierto es que la franja de desierto que separa Ishmah de Kir Bashab —el oasis más grande de Ammara— será brutal. Pero una vez que estemos a cubierto en la densa arboleda, la temperatura será decididamente agradable.

El príncipe Balior sonríe como respuesta. Qué facciones tan agradables tiene. Si no estuviese tan distraída por la presencia ingrata del Viento del Sur, me habría dado cuenta antes.

—Será todo un honor, princesa Sarai.

Ante esto, mi sonrisa se ensancha, un poco demasiado quebradiza y un poco demasiado brillante.

—Basta de formalidades. —Miro al Viento del Sur y digo—: Llámame Sarai.