El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 4 #3
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Algunos niños ahogan exclamaciones de pánico. Una sonrisa aparece lentamente en mi boca; me inclino hacia delante y veo un atisbo travieso en los ojos lechosos de anciana.

»—No lo hagas —advirtió Omar al tiempo que llevaba su mano a su propia espada.

»Por algún motivo, la desconfianza de Omar después de tantos meses codo con codo en combate consiguió que a Aziza se le encogiera el corazón.

»—Pues mátame —susurró.

»Omar frunció el ceño, pero no se acercó. Quizá estaba recordando que Aziza le había salvado la vida.

»—¿Por qué iba una mujer a escoger la vida de soldado?

»—Adopté la identidad de mi abuelo para protegerlo. No habría sobrevivido a la guerra.

»Omar guardó silencio durante un momento, contemplando el río. Al cabo, dijo:

»—¿Y qué pasará cuando tu secreto salga a la luz? Pensarán que yo he colaborado en el engaño. Yo también me enfrentaría a una muerte segura.

»—Entonces hemos de mantener el secreto entre los dos.

Cuando Haneen da por concluida la historia por hoy, los niños empiezan a marcharse, hablando emocionados entre sí con la promesa de la historia de la semana que viene. Veo a Notos cerca de la puerta, entre las sombras. Aprieto la boca y me acerco a él.

—Os dije que esperaseis fuera.

El Viento del Sur pasea la vista por la estancia. Hay pocos muebles, el entorno es frugal. La anciana rapsoda sigue sentada en el taburete, con la cabeza girada en nuestra dirección. A pesar de mis esfuerzos para obligarlo a salir, Notos ni se mueve.

—¿Aquí es a donde venís cuando salís del palacio?

Contengo las ganas de darle un golpe en la cabeza. Capaz sería de gritar que soy la princesa de Ammara, para que todo el mundo se enterase. Miro de reojo hacia la rapsoda y veo que está sonriendo.

—Fuera —gruño—. Ahora.

Notos se deja pastorear hasta la calle, aunque no soy tan ingenua como para pensar que puedo obligarlo físicamente a moverse.

Empezamos a regresar hacia el palacio cuando, de repente, se oye un tañido de latón que resuena por toda la ciudad.

Es la campana de alerta. Tres tañidos indican que se acerca una tormenta de arena.

Cinco advierten de la presencia de umbrandantes.

«Dos, tres…»

La campana se detiene.

Resulta impresionante lo rápido que se vacían las calles. En pocos instantes, Notos y yo somos los únicos que siguen en el callejón. Me mira. Lo miro.

—Deberíamos regresar —dice.

Está claro que sí. Un puñado de atajos estratégicamente elegidos a través del zoco nos llevan hasta la Calzada del Rey. El viento arrecia. Sus ráfagas abrasadoras recorren las calles, me revuelven el vestido y me bajan la capucha de golpe. Pronto, las puertas del palacio aparecen a la vista.

Por supuesto, Notos me sigue como una sombra. Me giro y le clavo la mirada.

—¿Esa campana no es la señal para que ayudéis a asegurar la ciudad?

Él me mira a los ojos directamente.

—Sí, y así lo haré, una vez que estéis a salvo dentro del palacio. El rey Halim no quiere que os suceda nada, después de lo que le pasó a vuestro hermano. —Pronuncia esas palabras en tono demasiado quedo—. Mis condolencias…

Yo me quedo rígida.

—¿Por eso habéis regresado? ¿Para disculparos por algo que no tiene nada que ver con vos? —Siento que se alza una barrera desportillada, ladrillo a ladrillo—. Fahim murió hace cinco años.

«Y tú no estabas», pienso. Las palabras, estranguladas, no me salen. No me atrevo a pronunciarlas.

El Viento del Sur contempla el suelo como si le fuera la vida en ello.

—No lo sabía. Me entristeció saber que había muerto —dice en tono bajo—. Disfrutaba de la compañía de vuestro hermano, aunque lo conocí poco.

Otra cosa que he intentado olvidar: la imagen de Notos y Fahim entrenando, descamisados y sudorosos. Mi hermano fue un espadachín excelente, pero el Viento del Sur era harina de otro costal. Yo sospechaba que Notos lo dejaba ganar a veces. Él prosigue:

—Es muy desafortunado que un accidente de caza se cobrase su vida siendo tan joven. Siento mucho vuestra pérdida.

Un accidente de caza. Así explicó el rey Halim la muerte de Fahim a la población de Ammara. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. Notos dice:

—Vuestro hermano era un buen hombre.

Se equivoca. Fahim no era solo un buen hombre. Era el mejor.

—¿Por qué habéis vuelto?

Me tiembla la voz, y me temo que se romperá en mil pedazos si lo permito. Juré que jamás volvería a revelar semejante debilidad, pero los ecos de mi pasado pesan sobre mí. Se niegan tercamente a morir.

Algo cambia tras los ojos de Notos. Algo que me asusta, que abre en dos esta herida que aún no se ha curado en mi interior.

Una vez más, estoy sangrando por dentro, sin que nadie lo vea.

Me apresuro a apartarme de él, sin aliento, con una presión en el pecho.

Sea cual sea la emoción que ha expresado, no quiero reconocerla.

—Sarai…

—Da igual. De verdad que da igual. —Mi corazón tiembla ante el impulso de huir—. Decidle al rey lo que queráis. Solo conseguiréis reforzar lo que ya sé a ciencia cierta: que no sois más que un perro carente de voluntad propia.

Cuando cruzo las puertas del palacio, el Viento del Sur no me sigue.