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—El barrio viejo es de las zonas más seguras de la capital —r eplico—. Aunque me reconocieran, nadie se atrevería a ponerme una mano encima. A todo el mundo le interesa mantener la seguridad.
A fin de cuentas, Ishmah es el corazón de los negocios de Ammara.
Debido a nuestra escasez de recursos, la mayoría de sus ciudadanos depende de la mercancía que llega desde aldeas muy lejanas.
Si aumentan los delitos, los negocios se verán afectados.
Nadie se arriesgaría a perder su sustento por hacerme daño.
—No estáis tan a salvo como creéis. —Se coloca detrás de mí.
Su amplia complexión es una barrera contra la creciente marea de viandantes.
Eso también lo recuerdo, cómo su cuerpo solía moverse como un reflejo del mío—.
Se sabe que esta misma semana han desaparecido dos mujeres; sus familias han informado de las desapariciones.
El mes pasado se encontró a un joven mutilado en un callejón.
Prueba suficiente del ataque de un umbrandante.
—M i sangre chisporrotea con una energía oscura, un pulso apagado de rabia creciente—. E incluso hoy…
Giro en redondo. Lo único que evita que Notos choque contra mí son unos rápidos reflejos.
—Basta —siseo—. Estáis intentando asustarme, pero no os saldrá bien. Esta es mi casa, mi reino. Vos sois, en el mejor de los casos, un visitante. Y, en el peor, un extranjero.
Notos me lanza una mirada firme, con los ojos marrones vigilantes por encima del embozo que le cubre la cara. En ellos aletea una emoción que desaparece al instante. Es pesar, si no me equivoco. Añado:
—Dejadme ser absolutamente clara. —Me echo a un lado para que pase una madre muy alterada que carga con dos bebés—. Dentro de las murallas de Ishmah no hay umbrandantes. Jamás han abierto brecha. Basta de crear un miedo innecesario.
Aprieto el paso y sigo avanzando. Ya no esquivo limpiamente a quienes se cruzan conmigo.
No, ahora aparto a quienes son más pequeños y débiles que yo.
Me abro camino a codazos entre mujeres que cargan con grandes madejas de algodón y lana.
Notos, por su parte, me pisa los talones, una sombra a mi espalda cuya presencia no es bien recibida.
—¿Vais a decirle al rey que he salido? —pregunto por encima del hombro al tiempo que giro en otro callejón.
Notos me mantiene el paso con una facilidad frustrante.
—Eso depende. —Suena levemente sin aliento—. ¿Vais a seguir explorando el mercado a pesar de las órdenes de vuestro padre?
—Haré lo que me venga en gana.
—Entonces no tendré más remedio que informarle de vuestro paradero.
En este momento me encantaría perderlo de vista, informe o no a padre. La puerta de color amarillo desvaído al final del callejón es una estampa reconfortante. Me dirijo a toda prisa en su dirección cuando, de pronto, Notos me agarra del brazo.
—¿Adónde vais? —exige saber.
A pesar del poder de su agarre, sus dedos me aprietan apenas lo suficiente como para detener mi avance.
—Dejadme seguir —espeto—. Llego tarde a la historia.
—¿A la historia?
Me libro de él de un tirón. ¿Quiero que sepa que me siento a los pies de una abuela para escuchar sus historias? No. Pero no he conseguido quitármelo de encima.
—Suelo venir a escuchar a una rapsoda. Empecé a venir cuando… —Niego con la cabeza; no quiero mencionar la muerte de Fahim—. Es algo inofensivo. Un puñado de niños que escuchan hablar a una anciana. Si queréis serle de utilidad a mi padre, quedaos aquí montando guardia.
Notos le echa un vistazo a la baqueteada puerta, con una profunda desconfianza. Se le ha descolgado un extremo del turbante, pero se lo vuelve a recolocar. Por entre la tela asoman mechones de cabello negro.
—Preferiría acompañaros dentro. ¿Y si alguno de ellos supone una amenaza?
Yo resoplo.
—Son niños, Notos. Estaré bien.
Él se limita a clavarme la vista.
—Lo digo en serio.
—Y yo también. Esta gente no sabe quién soy. Y quiero que siga siendo así. Quedaos aquí.
Giro en redondo y entro. Doy las gracias por la oscuridad que enfría mi creciente frustración. En silencio, ocupo un espacio en la parte trasera de la estancia. Haneen ya ha empezado a hilvanar los hilos de la historia. Espero no haberme perdido mucho.
—Aziza cogió de golpe su camisa y se la puso a toda prisa para tapar su desnudez.
»Omar la contempló, pasmado.
»—Eres una mujer.
»Aziza alzó la barbilla en señal de desafío. Sí, era una mujer vestida de hombre entre las filas del ejército de su nación. El castigo por ello era la muerte.
»—¿Y? ¿Me vas a delatar?
»—Sabes que debo hacerlo.
»Ella torció el labio en gesto de disgusto.
»—De no ser por mí, habrías perdido la vida en la última batalla.
»En las primeras semanas de entrenamiento, Aziza se había preguntado si sobreviviría. Pero había aprendido. Se había esforzado, mientras que otros no tanto. Se había negado a aceptar la derrota.
»Omar escrutó el entorno, como si ahora mismo se hubiese dado cuenta de lo aislados que estaban. Aziza miró hacia el lugar donde había apoyado la espada, contra un peñasco cercano. Omar también miró el arma.