El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 4
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A la mañana siguiente, alguien llama a mi puerta.

—De su majestad —anuncia el mensajero.

Le arranco el pergamino de las manos al hombre. El sello de cera del rey sigue aún caliente.

«El príncipe Balior cenará con nosotros esta noche. Espero tu llegada a las siete en punto. No te retrases.»

Me muerdo el interior del carrillo y arrugo el pergamino en el puño.

—Por favor, hazle saber al rey que asistiré —le informo al mensajero, y cierro la puerta.

La quietud se adueña de mis aposentos, se desliza entre las grietas del suelo.

El eco de un pánico antiguo me come por dentro.

Me acerco a la ventana y contemplo la Ciudad Roja.

Una abrasadora llamarada de color recorre el horizonte.

Una tormenta de arena que se encuentra a kilómetros de distancia, pero que lo cubre todo con una neblina rojiza.

El momento perfecto para que ataque un umbrandante.

Contemplo los terrenos del palacio ahí abajo.

Una figura, difuminada a causa de la luz menguante, se desliza por el patio con los andares resueltos que solo pertenecen a los seres divinos.

Por supuesto, el Viento del Sur está practicando con la espada; y, por supuesto, lo hace desnudo de cintura para arriba.

A esta hora, el aire sigue siendo gélido, pero su musculoso torso reluce de sudor.

Tiene mechones de cabello negro pegados al cuello.

He de admitir que jamás he conocido a nadie que maneje mejor la espada.

Su cimitarra es para él lo mismo que el violín fue en su día para mí.

Veo cómo se flexionan sus músculos cuando corta en dos a un oponente invisible.

Siento calor en la cara. Puede que desprecie a este inmortal, pero ni soy de piedra ni estoy muerta… aún.

Me obligo a apartar la vista, por muy atractiva que sea la escena. Ishmah me llama. No puedo quedarme aquí.

Me cubro con mi capa y desciendo rápidamente las escaleras.

Me interno por unos cuantos corredores poco conocidos para llegar hasta la puerta occidental, más pequeña.

De adolescente solía escaparme a la ciudad cuando las expectativas de padre empezaban a pesarme demasiado.

Me pasaba horas explorando los jardines públicos, las aceras atestadas del zoco.

Cuando padre se enteró de mi desobediencia, selló las puertas y me prohibió entrar en la ciudad sin escolta.

Como venganza, yo soborné a sus guardias.

—Alteza.

Un hombre de mediana edad llamado Mohan inclina la cabeza en señal de saludo. El guardia a su lado, un tipo más joven llamado Emin, me dedica una amplia sonrisa. Le pongo cinco monedas de oro en la palma de la mano a cada uno, una detrás de otra.

—Regresaré dentro de aproximadamente dos horas. —Clinc, clinc—. Si padre pregunta por mí… —clinc—, ya sabéis qué decir.

Mohan me enseña los dientes en cuanto el oro descansa dentro de su puño. Emin está exultante, con los bolsillos más llenos.

—La última vez que os vimos estabais leyendo en los jardines y nos pedisteis que no os molestásemos.

Les he enseñado bien.

No tardo mucho en llegar al barrio viejo.

Con la cabeza agachada y cubierta con la capucha para ocultar mi rostro, me interno en la intensidad del zoco.

Paso por la zona donde se juntan los granjeros, con carros y carretas amontonados como si de juguetes en un arcón se tratase.

Flotan en el aire aromas a cebolla, ajo y pimienta entre el bullicio de clientes y el olor delicioso de la carne a la parrilla.

Y, sin embargo, la producción ha menguado por culpa de la enfermedad.

El grano está marchito, los frutos son escasos y están picados.

Los granjeros se ven obligados a viajar muchos kilómetros hasta el oasis más cercano en busca de agua, y cada vez hay menos a medida que pasan los años.

No es suficiente como para abastecer a la ciudad. Pero hacemos lo que podemos.

Un puesto cerca del final del callejón me llama la atención.

Me detengo y me recorre una oleada de sorpresa que me deja plantada en el sitio.

Hay una mujer sentada detrás de una colección entera de iris negras, mordiendo tranquilamente un melocotón picado.

Pétalos de terciopelo que pintan la negrura de un pozo profundo. Flores prohibidas.

El rey Halim ordenó hace décadas que se erradicase la iris negra de toda Ishmah.

Fue una tarea larga y concienzuda. Se arrancó cada capullo oscuro de cada parterre, de cada jardín, de cada maceta pequeña que disfrutaba del sol en los alféizares de las cocinas.

Se prohibió permanentemente toda importación.

Si se descubre que cualquier ciudadano tiene iris negra, se considera un delito que se castiga con la muerte.

Pues, según nuestro Señor de la Montaña, por la iris negra habré de morir: un pinchazo de una espina de la flor más querida de toda Ammara.

Lo cual me lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo ha conseguido esta mujer cruzar las puertas de la ciudad con esas flores mortales?

Miro en derredor. Nadie parece ver las flores, a nadie parece importarle.

Esta mujer está infringiendo la ley, aunque yo no le deseo la muerte.

Ganarse la vida en esta tierra afectada por la sequía es muy difícil.

Mientras yo no toque la flor en sí, estaré a salvo.

Me alejo y le echo un vistazo a otro carromato.

El mercader vende finos collares de cobre forjado y plata, entre otras cosas.

Frunzo el ceño y paso un dedo por la superficie de un pequeño espejo con rubíes incrustados.

Estoy segura de que he visto algo moverse en el reflejo.

Lo contemplo más de cerca y mi mano se queda inmóvil.

No necesito ver al Viento del Sur para sentir su presencia. La percibo como una nube de calor en la nuca, un aroma a sal y piedra caliente. Aprieto los dientes a causa de un dolor inesperado. Mi cuerpo recuerda visceralmente ese olor.

—Si planeas acosarme sin que me dé cuenta —digo, arrastrando las palabras—, no te está saliendo bien.

—¿Sabe tu padre que estás aquí? —pregunta él con tono grave y profundo, más una vibración que un sonido.

—Frecuentas la compañía del rey Halim. —A pesar de mi pulso acelerado, sigo echándole un vistazo a la mercancía del vendedor—. Imagino que podrás responder tú solo a esa pregunta.

En ese momento, Notos se coloca en mi campo de visión.

Un hombre grande, ancho y recio que, a pesar de ser apenas igual de alto que yo, abruma con su presencia el espacio que nos rodea.

Me da rabia que siga teniendo este efecto sobre mí.

Aparto esa sensación, la reprimo tanto como puedo y aplasto el sentimiento bajo el tacón de mi bota hasta reducirlo a polvo.

—Los guardias están poniendo tu vida en peligro al permitirte entrar en la ciudad sin escolta —dice en tono de desaprobación—. No es un asunto para reírse.

Me paso la lengua por el interior del carrillo. Está claro que el oro no basta para garantizar su silencio.

—Soy la princesa Sarai Al-Khatib —afirmo al tiempo que cojo el espejo de la mesa y lo alzo hacia el sol—. Puedo hacer lo que me venga en gana.

—Tu posición te garantiza ciertos privilegios, de eso no hay duda. Pero también has de considerar los peligros, Sarai…

Mi cabeza latiguea hacia él.

—No me tuteéis, buen señor. No resulta formal.

Creo que el Viento del Sur ni siquiera respira. Por otro lado, yo tampoco.

Lentamente, coloco el espejo sobre la mesa con sumo cuidado.

Envaro la columna por fuerza de voluntad, como si estuviera hecha de ladrillos.

Obligo a mi mente a convertirse en piedra.

Y sin embargo, mi corazón está herido. Lo siento llorar entre las costillas, pues mirar a este inmortal es recordar todo aquello que he perdido.

En su día creí que yo era suficiente para el Viento del Sur.

Él, desde luego, era suficiente para mí.

Y ahora, todo lo que quiero es preguntarle por qué.

¿Por qué no fui suficiente? ¿Tuve demasiado ímpetu, demasiada ambición, demasiado orgullo?

Al cabo, Notos inclina la cabeza en gesto de obediencia.

—Perdonadme, princesa Sarai.

Siento en la garganta un inesperado nudo de pesar. Hubo una época en la que fui la princesa Sarai para todo el mundo menos para él.

—Me habéis estado siguiendo —consigo decir con voz estrangulada—. ¿Por qué?

Una mujer que carga con un enorme barril de grano pasa entre los dos en un intento de cruzar por la fuerza el bullicioso mercado. El Viento del Sur se aparta a un lado hasta que ella pasa.

—Vuestro padre me pidió que os tuviese vigilada.

—¿Ese es el único motivo por el que estáis aquí?

Notos no responde, y a mí se me encoge el corazón. Es toda la respuesta que necesitaba.

Paso junto a él y me interno aún más en el caos del zoco. Se acerca la hora de la contadora de historias. La rabia le pisa siempre los talones al dolor. ¿Quién se cree que es para hablar de peligros? Él no comprende lo altos que son los muros del palacio.

Notos, tan frustrante como siempre, me sigue. Se abre camino con facilidad entre la muchedumbre. Pasamos al lado de un grupo de mujeres que tiñen telas en enormes cubas de madera. Yo decido desafiarlo:

—¿Y sois capaz de formaros vuestra propia opinión o debéis obedecer siempre lo que diga el rey?

—La prioridad del rey es vuestra seguridad.

Yo resoplo y paso por encima de un perro desnutrido antes de girar un recodo e internarme por un camino más tranquilo entre los edificios.

—Resulta irónico.

—¿Qué resulta irónico de esta situación?

—Si padre quisiera mantenerme a salvo, os habría alejado de mí tanto como fuera posible.

A pesar del obvio insulto, el tono de voz de Notos permanece neutral.

—Le estáis complicando la vida al poneros así en peligro. ¿Creéis que una capucha evitará que alguien os reconozca o que os haga daño?

¿En peligro? Valiente estupidez.