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Un anciano arrugado y vestido con una túnica de color amarillo pálido está sentado cerca de la ventana que da a los jardines florales del palacio.
Es Ibramin, el músico más virtuoso de su generación.
Iluminado por un rayo de la menguante luz del sol, con el instrumento acunado entre el hombro y la barbilla, Ibramin cambia de primera a tercera posición.
El arco extrae del violín un sonido de profunda angustia; las notas se suceden con lenta vibración.
Me llevo la mano al pecho y aprieto los dientes.
Me pican los ojos con lágrimas de emoción.
He tocado todo tipo de conciertos, sonatas, romances, caprichos, partitas y piezas. He dominado cada estudio y he memorizado todas las escalas en todas las claves. Pero esto… no lo reconozco.
Aun así, no puedo negar su belleza ni el dolor que transmite. Cuando la música llega a su resolución, me veo liberada de su doloroso hechizo. Me enjugo los ojos y suelto un aliento largo y tembloroso. Una vez que mis emociones se encuentran bajo control, entro.
Ibramin me dedica una sonrisa a modo de saludo.
—Buenas tardes, Sarai. —Acerca rodando su silla de ruedas hacia mí—. Imagino que te has estado aplicando diligentemente esta semana.
Cada semana, sin excepción, mi profesor me hace esta pregunta. Y cada semana, sin excepción, respondo:
—Así es.
Da igual que ni siquiera haya rozado mi instrumento desde hace años.
No puedo ni contemplar de pasada el violín sin pensar en Fahim.
A él también le encantaba, y era un músico mucho más prodigioso que yo.
A menudo solíamos dar clase juntos, antes de que sus deberes como heredero lo obligasen a abandonar la tarea.
Cierto es que mi carrera como violinista resulta inusual, teniendo en cuenta mi posición social.
Aun así, padre me alentó a estudiar música.
Creo que así se sentía más cerca de nuestra madre, que en su día también fue una violinista notable.
Atravieso la estancia y tomo asiento en una silla frente a Ibramin. Una desvaída alfombra verde decora el suelo. Una de las paredes está cubierta de anaqueles repletos de partituras. Mi vida puede medirse en recuerdos de este lugar y de todo lo que he conseguido:
Tengo cuatro años. Me colocan en las manos regordetas un violín diminuto.
Tengo ocho años. Me paso cuatro horas al día memorizando escalas y estudios.
Tengo doce años. Debuto con la Orquesta Sinfónica de Ishmah.
Tengo quince años. Mi reputación me precede. Toco en los auditorios de más prestigio de toda Ammara, en todas las ciudades principales de la Ruta de la Especia. Conozco lugares en los que nunca había estado, cosas que jamás había visto.
Tengo dieciocho años. Estoy enamorada. Practico con un frenesí que me resulta nuevo. Mi alegría se despliega por cada una de las notas.
Tengo diecinueve años. Me ahoga la pena. Cuando me coloco el violín bajo la barbilla, la música no viene a mí. Coloco el instrumento en su funda y lo dejo en el fondo de mi armario. Lo abandono y me abandono a mí misma.
—¿Sarai?
Doy un respingo. Ibramin me contempla con preocupación.
—Mis disculpas, señor —digo—. Me había distraído. ¿Habéis dicho algo?
—Te he preguntado si te apetece tocar algo. ¿Nana de invierno? —Escruta mi rostro, aunque no estoy segura de qué es lo que busca—. Esa siempre te ha encantado.
Yo me muevo incómoda en la silla. Tiene razón. Me encanta. Me encantaba.
—Creo que no tengo muchas ganas de tocar —respondo, como cada vez que me pregunta—. Ha sido un día agotador.
—¿Quieres intentarlo, al menos?
No se me escapa la súplica en su voz. Intentarlo. No parece una palabra muy peligrosa. En realidad es inofensiva, no lleva implícita ninguna expectativa.
Normalmente, Ibramin y yo dedicamos nuestras lecciones a repasar teoría musical y contrapunto.
La mayoría de los días los pasamos sentados en silencio.
Yo finjo que estudio y él finge que no he abandonado por completo la música.
Pero a veces… a veces me pide que toque.
Yo me niego siempre. Pero hoy… hoy pasa algo distinto.
Asiento con un gesto de aquiescencia. Ibramin rueda hasta colocarse a mi lado y me tiende su instrumento.
Un barniz de color rojo oscuro cubre la templada madera de arce trasera.
En comparación, el color de mi violín es mucho más claro, de un uniforme tono dorado con remolinos más oscuros cerca del cordal.
Acepto el instrumento y siento su peso conocido.
Se me hace un nudo en la garganta y recuerdo todo aquello que desearía olvidar.
Ahí está el rostro de Fahim, el destello perlado de su boca en plena carcajada mientras yo lo veía tocar.
Y años después, la fatiga que apagaba sus ojos antaño brillantes.
Ahí está la inquietud del silencio durante las comidas en las que antes reinaba la alegría.
Ahí está la puerta de su dormitorio, mi mano apoyada sobre la fría madera, la confusión y el miedo entrelazados después de que Fahim no hubiese bajado a desayunar.
Ahí está lo que aguarda tras esa puerta. Eso que embruja mis días incluso ahora.
—¿Vas a tocar? —pregunta Ibramin.
Con gesto delicado, meto el violín en su funda.
—No.