El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 3 #2
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A pesar del nudo que siento en las tripas, algo tira suavemente de mí, con insistencia, hacia la ventana desde la que se ve el patio central, donde hay una estructura redonda y medio derruida del color del hueso.

Desde hace veinticinco años, el laberinto ensombrece el mismísimo corazón del palacio.

Lo construyeron justo después de que el rey Halim cerrase el trato con el Señor de la Montaña.

A cambio de mi vida, el Dios todopoderoso exigió un bastión lo bastante seguro como para contener a una bestia durante toda la eternidad. Ahí debería haber acabado todo.

Sin embargo, cuando al año siguiente no hubo crecidas, padre empezó a sospechar que algo iba mal. Regresó al Monte Syr y exigió una explicación. Fue entonces cuando el Señor de la Montaña le contó el verdadero precio de su benevolencia.

A cambio de mi vida, Ammara iba a sufrir una lenta descomposición.

Las lluvias de verano ya no enriquecerían la tierra, no llenarían las presas ni abastecerían las granjas.

Yo viviría, pero sería una existencia maldita, pues al cumplir los veinticinco años el Señor de la Montaña vendría a cobrarse también mi vida.

Centro mi atención en el extremo más alejado del laberinto. Notos rodea el patio. Cada pocos instantes, lleva la mano a la empuñadura de su cimitarra. Esa mirada tranquila no deja de buscar, nunca está quieta.

Una vez cada década se sacrifica a siete hombres, que son entregados a la bestia aprisionada dentro del laberinto.

Una criatura blasfema. Su apetito ha de ser saciado siempre.

Por más que se ha intentado, nadie ha podido matarla.

Notos, sin embargo, llegó hace seis años a Ishmah y prometió acabar con la bestia.

No lo consiguió. Hasta el día de hoy, es el único que ha podido escapar del laberinto.

En cierto modo, tiene sentido que sea él quien lo vigile.

—Mira esos hombros. Y esos «muslos». —Roshar me da un golpecito de cadera—. No me importaría que me apretase con ellos la…

—¡Roshar!

Suelta una estruendosa carcajada ante mi grito ultrajado. Niego con la cabeza y luego lo aparto de un empujón. Solo consigo que se ría más. De repente, se endereza y aplasta la nariz contra el cristal.

—¿Y ese quién es? —Las ansias aflautan su tono de voz—. ¿Tu futuro príncipe?

Mis ojos vuelan a la izquierda. Veo al príncipe Balior, que emerge del ala de invitados del palacio.

En el mismo momento en que entra en la línea de visión de Notos, este aminora la marcha.

Los dos se miran desde ambos extremos del patio de piedra recalentado.

El príncipe Balior le echa un vistazo al laberinto, frunce el ceño y se acerca a Notos.

Yo me inclino más, con el rostro aplastado contra el cristal caliente.

Dios y príncipe, antiguo amante y futuro marido.

Los dos mantienen una conversación durante un rato incómodamente largo.

Roshar se gira hacia mí, con la boca apretada.

—Una mujer atrapada entre dos hombres. Hay situaciones peores en la vida.

Yo no estoy tan segura. El dios que me rompió el corazón o el hombre a quien me debo atar durante el resto de mis días quiera o no quiera.

El príncipe Balior se dirige hacia la arcada por la que se entra al laberinto, pero Notos da un paso lateral y bloquea su avance.

Aunque no consigo ver la expresión del Viento del Sur bajo el embozo que le tapa la cara, me imagino que su respuesta es una orden grave, calmada y reverberante. Nadie puede acercarse. Es la ley.

Al cabo, el príncipe Balior se rinde y regresa al ala de invitados. Yo me aparto de la ventana. El aire se ha vuelto más pesado, si tal cosa es posible. Las paredes se ciernen sobre mí, me sofocan la piel.

—Necesito aire —murmuro, y me dirijo a la puerta.

—¡Espera! —Roshar viene tras de mí a la carrera—. Llévate esto. —Me da otra tartaleta de granadillas. Lo contemplo con exasperación, pero él dice—: La vas a necesitar.

Amir debería volver a Ishmah con su esposa en cuestión de semanas.

El momento no podría ser peor. Entre el regreso del Viento del Sur, la llegada del príncipe Balior y mi propia muerte inminente, no tengo capacidad mental para sumar otra preocupación a las que ya me aquejan.

Me da miedo lo que vaya a pasar cuando Amir y yo volvamos a vernos.

No nos separamos en los mejores términos.

Le supliqué que no se fuera, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión.

Tuvimos una discusión acalorada. Yo me burlé de su falta de liderazgo y Amir se burló de mi incapacidad para arreglármelas sin él.

Y luego se fue. Sin una despedida en condiciones, sin…

nada. Han pasado tres meses y el recuerdo sigue siendo amargo.

El personal del palacio ya está preparando el regreso de mi hermano. Era de esperar. Algún día, Amir llevará el peso de la corona en la cabeza y un reino sobre los hombros. No era responsabilidad suya, pero así es la vida, que cambia de forma tan inesperada como las arenas. No envidio ese destino.

Un muro de calor abrasador me golpea al salir al patio. Varios criados corretean entre las diferentes alas, con cestos de colada o suministros de limpieza. La luz del sol hierve las losas de piedra bajo mis pies. El laberinto desprende un brillo de alabastro.

Rodeo dos veces la estructura, pero Notos está extrañamente ausente.

¿Será posible que el rey lo haya mandado llamar en el tiempo que he tardado en llegar desde el taller de Roshar?

El laberinto rara vez se queda sin vigilancia.

Aun así, la bestia sería capaz de matar y arrastrar al interior a algún centinela.

No sería ni mucho menos inaudito. Antes de llegar Notos, al rey Halim le costaba mantener a los guardias.

Se veían atraídos fácilmente por el laberinto.

Su puerta no está hecha de arcilla, arena, metal ni piedra. Un símbolo que parece una luna o un sol ha sido tallado sobre ella, con un triángulo en el centro. Apoyo la mano en su superficie y una ráfaga de aire gélido sopla contra mi piel.

«Hola, Sarai.»

Doy un respingo y giro en redondo.

—¿Notos?

Aquí no hay nadie.

La inquietud me recorre, y me apresuro a regresar a mis aposentos.

Una vez allí, me siento frente a mi escritorio y saco mi diario.

Lo abro por la página más reciente de números.

Una línea infinita de equis que pronto dejará de existir.

Mañana es el día cuarenta y seis. Mi corazón palpita al pensarlo.

Miro hacia la ventana. El ocaso es inminente. Llego tarde a mis lecciones.

El pasadizo principal que va al ala sur da a un atrio luminoso, un enorme jardín que se extiende desde la primera planta.

Alberga una colección de glicinas trepadoras, fragantes laureles y estanques ribeteados de guijarros.

Al girar un recodo, lo oigo: la amortiguada reverberación de unas cuerdas de violín, seguida de una escala ascendente de notas musicales que se suceden lentamente.

Se me corta la respiración y aminoro la marcha al llegar a la sala de música. Me asomo por la puerta parcialmente abierta.