El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 3
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« R oshar Hammad. Sastre real.»

La placa está tallada con letra pulcra en la pálida textura de la madera.

Tuerzo la boca al ver las florituras ornamentadas del nombre.

La placa original era modesta, uniforme, anodina.

En otras palabras, demasiado aburrida para el gusto de Roshar.

Al otro lado de la puerta se oye una conversación amortiguada.

—Te dije un dobladillo de dos dedos, no de tres —ladra un hombre—.

No me mires así, vuelve a hacerlo. No importa el tiempo que tardes.

—Hay una pausa—. ¿Estás insinuando que no sé la diferencia que suponen dos centímetros?

Querido, llevo una década vistiendo a la familia real.

Yo he creado las modas de cada estación entre los oficiales de mayor rango del Gobierno, los mercaderes más ricos y las familias más influyentes.

¿Te atreves a insinuar que no manejo algo tan esencial en sastrería como los centímetros?

—Quienquiera que sea su interlocutor, emite una respuesta en tono quedo—. Sí, ya me parecía.

Alzo un puño y llamo a la puerta, que se desplaza apenas una rendija antes de abrirse de par en par. Unos ojos grandes y castaños, impregnados de irritación, me contemplan desde detrás de unos anteojos de montura de alambre. El hombre parpadea y frunce el ceño.

—¿Sarai?

—¿Es mal momento? —susurro.

Por encima de su hombro veo a tres mujeres y dos hombres que rodean una pieza de ropa desplegada sobre una gran mesa. Todos me contemplan con inquietud; probablemente se preguntan por qué ha venido la princesa.

—¿Para ti? Jamás. —Roshar chasquea los dedos—. Todo el mundo fuera.

Un revuelo de algodones, una ráfaga de aire con aroma a limón, y de pronto estamos solos.

El silencio se aplasta contra mis oídos.

Con apenas espacio para respirar, entro en la sala y me derrumbo sobre un sillón mullido cerca de una de las muchas ventanas.

El cielo al otro lado está brutalmente despejado.

No recuerdo la última vez que las nubes pespuntearon su tela azul.

Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. Inspiro profundamente y luego suelto el aire. Otra vez.

—¿Has tenido un día duro? —pregunta Roshar.

Ay, si él supiera. Me pinzo el puente de la nariz en un intento de disipar la tensión que siento entre los ojos.

—Ya te lo he dicho antes y te lo volveré a repetir: me cambiaría por ti en un latido.

Roshar chasquea la lengua como si yo acabase de admitir algún delito horrible.

—No lo dices en serio. Puede que yo sea el sastre real, pero, a fin de cuentas, no soy más que un sastre.

Y aun así, no tiene ninguna carga. Es libre.

Paseo la vista por la habitación. Todo es una explosión de colores: rubí, citrino, ámbar, jade.

Rollos de tela descansan sobre largas mesas contra las paredes.

Varios modelos aún en proceso cuelgan del techo, incluida una túnica larga de tono marfil embellecida con hilos de plata.

Roshar está igualmente embellecido: pantalones escarlata, jubón leonado, turbante blanco. Siempre me maravilla ver lo lejos que ha llegado mi amigo. Hace diez años no era más que un aprendiz de tres al cuarto. Y ahora es el sastre de la familia real.

—¿Qué estás pensando, querida?

Una energía nacida de los nervios se crispa bajo mi piel y me pasa por el brazo izquierdo, bajo las puntas de los dedos.

Empiezo a tamborilear sobre el reposabrazos del sillón, siguiendo un ritmo en el que no pensaba desde hacía años.

Ahora mismo, la melodía que acompaña a ese ritmo reverbera en mis tímpanos, un fantasmal eco del pasado. Me encojo y aprieto el puño.

—Una vez más —digo—, me temo que le he fallado a mi ­padre.

—¿Eso es todo? —pregunta en tono sabio, y toma asiento en el sillón colindante.

No. No es ni la mitad.

—Jamás digo nada correcto. No dejo de deshonrarlo. Mis actos son humillantes, una desgracia indeseable. —Aprieto la mandíbula en un esfuerzo por sofocar la creciente vergüenza—. A veces me pregunto si mi padre no preferiría que Fahim estuviese aquí en mi lugar.

Y que yo estuviese enterrada bajo tierra.

La expresión de Roshar adquiere un desacostumbrado cariz sombrío.

—No lo dices en serio.

—Sí que lo digo en serio, sí —susurro.

Vaya si lo digo en serio. Roshar alarga el brazo y toma mi mano entre sus dedos finos y vendados.

Tienen manchitas de sangre en la tela, donde se ha pinchado con alguna de las muchas agujas que maneja.

Las costumbres mandan que ningún hombre toque a una mujer soltera, pero ¿por qué no habría yo de aceptar consuelo de quien me lo ofrece?

Voy a morir dentro de algo más de un mes y necesito desesperadamente el afecto de un amigo.

Además, Roshar prefiere tener hombres en su cama, no mujeres.

Se pone en pie de un salto, se dirige al otro extremo de la habitación y regresa con un plato en el que descansa una pequeña tartaleta de granadillas. Sin decir una palabra, me coloca el plato entre las manos y me pasa un tenedor.

—Tienes aspecto de necesitarla.

Esbozo una temblorosa sonrisa de gratitud.

—Gracias.

Nací con privilegios. Las riquezas de Ammara me pertenecen por derecho.

Y sin embargo, solo tengo un amigo. No confío en las mujeres de la corte, que meten los dedos entre los barrotes de mi prisión como si yo fuese un pájaro enjaulado para ofrecerme miguitas y bocados.

Al parecer, solo valgo para hacer favores.

—Está bien. —Roshar se deja caer en un taburete tapizado de tela verde olivo, con una taza de refrescante té de menta en la mano—. Cuéntame lo que ha pasado.

Suavemente, tamborileo con las púas del tenedor en el plato.

—Esta mañana he conocido al hombre con el que me van a casar.

—Ya veo. —Da un sorbo—. Deja que lo adivine: era pavorosamente aburrido.

Me encojo de hombros.

—Aún no me he formado una opinión de él. —Aunque sí que aprecio el intento del príncipe Balior de protegerme de la ira de padre. Durante las próximas semanas, el príncipe me cortejará hasta que se formalice el compromiso. Y entonces nos casaremos—. Pero… hay más.

—Ah, ¿hay más? —Roshar alza la vista y da otro sorbo.

Dejo de lado mis modales y me meto toda la tartaleta en la boca. Con los carrillos llenos, consigo decir:

—Notos ha vuelto.

Roshar escupe el té por todas partes.

—¡¿Qué?!

Con un pañuelo me limpio el té que me ha llovido en la cara. Tuerzo la boca.

—¿Quieres que lo repita?

Él se pone en movimiento: cruza la habitación, va hacia la puerta, pasa a la ventana, regresa al taburete.

—Por los dioses, Sarai. No me puedes soltar semejante bomba sin previo aviso. —Poco a poco, su asombro se convierte en una vívida y ansiosa curiosidad—. ¿Cuándo ha sucedido? ¿Por qué? ¿Lo has visto? Necesito todos los detalles.

Le respondo mientras paladeo el sabor agridulce de la mermelada de granadilla.

—Nos hemos visto esta mañana. No, no sabía que había regresado. Sí, padre está al tanto de su presencia. Ah, y ha nombrado a Notos miembro de la guardia real.

—¿La guardia real? Ay, necesito sentarme. —Se desploma en el taburete y se abanica con uno de sus bocetos—. ¿Lo sabe Amir? —Se lleva la mano a la boca y reprime una exclamación ahogada—. ¿Te imaginas el derramamiento de sangre que va a haber?

Se me encoge el estómago de inquietud. Dejo el plato a un lado. Quizá no debería haber comido tanto y tan rápido.

—No —contesto—. Sigue de luna de miel.

—Qué suerte tiene; le han dado la oportunidad de ver el mundo mientras que de mí se espera que me quede aquí, atada para siempre al príncipe—.

Estoy segura de que todo irá bien. Amir tiene cosas más importantes de las que preocuparse más allá de una insignificante venganza.

La mirada de Roshar me comunica que no está de acuerdo, pero, por suerte, no insiste en el tema.

—¿Y cómo te encuentras de verdad? —Sus ojos se suavizan tras los anteojos—. Han pasado años desde que se fue, pero…

Pero el tiempo es traicionero. Puede que hayan transcurrido las estaciones, pero hace pocas horas estuve delante del Viento del Sur y me sentí otra vez como si fuese una chica de dieciocho años.

—¿Sinceramente? —Trago dolorosamente saliva—. Confundida.

Tardé años en volver a construir mi vida. Durante ese tiempo, no solo pasé un duelo por Notos, sino también por Fahim. Decidí que la vulnerabilidad no volvería a tener poder sobre mí. Mi corazón me pertenecería solo a mí y a nadie más.

Roshar me apretuja los dedos en gesto de solidaridad.

—Es válido sentirse así. Es esperable, incluso. —Frunce el ceño, quizá al darse cuenta de cómo me tiembla la mano—. ¿Cuál es tu plan?

—¿Qué plan?

—Supongo que estarás ya planeando la mejor manera de asesinar al Viento del Sur.

Mi boca esboza la más leve sonrisa.

—¿Cómo lo has sabido?

—¿Cómo quieres que lo hagamos? Cuéntame. —Se inclina hacia delante, ansioso como un cachorrillo—. Sabes que siempre estoy aquí si hay que ayudarte a enterrar un cadáver.

Sí que lo sé. Y le doy las gracias por ello. Pero no le deseo la muerte a Notos. Solo quiero que sufra.

—Necesitaré tiempo para pensármelo —digo.

Al ver que estoy ligeramente de mejor humor, Roshar se acerca a una ventana algo más apartada y se detiene junto a ella.

—Ay, no. —Se lleva la mano al pecho y la luz destella en sus anillos—.

Sarai, ¡es él! Está más guapo de lo que recordaba.

—M ira por encima del hombro, se percata de mi expresión agria y se encoge—.

En serio, querida, tienes dos ojos. Dime que no es uno de los hombres más deliciosos que has visto en tu vida.