El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 2
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U n escalofrío lento y helado me congela la sangre, me sobrecarga las extremidades y atrapa tanto mi corazón como mis pulmones bajo un cristal impenetrable.

Soy tanto la Sarai del pasado como la Sarai del presente.

Tengo dieciocho años y también tengo veinticuatro.

Me siento inspirada, apreciada, adorada; y también engañada, rota, sola.

Se me cierra la garganta con tanta fuerza que me da miedo desmayarme.

Pero no me desmayo. No, eso no va a pasar. La vulnerabilidad es el enemigo.

Notos —conocido por todo el mundo como el Viento del Sur— me contempla con unos ojos que son estanques claros y profundos.

Hace cinco años que no veo su rostro, aunque no ha envejecido ni un solo día.

He tocado esa cara, he besado esa cara, he amado esa cara, he despreciado esa cara.

Me resulta pasmoso que aún me siga pareciendo guapo.

Tiene la piel del más profundo tono marrón y negro; unos ojos impenetrables; un torso recio y ancho, cubierto con ropajes de tono esmeralda y crema.

El Viento del Sur, que ve mucho y habla poco.

—¡Sarai!

La voz de padre es lejana, un sol tembloroso al otro lado de una densa niebla.

Me obligo a mover las piernas. Bajo los escalones y cruzo el suelo embaldosado, con una intensa repulsión en el semblante.

Las tiras de cuero en la empuñadura de la cimitarra de Notos parecen nuevas, recién colocadas. Es el único cambio que percibo en él.

—¡Guardias! —grito, y me detengo a un brazo de distancia del Viento del Sur—. Llevad a este inmortal a las mazmorras, que espere allí a mi llegada.

La llamarada que asoma a los ojos de Notos me recuerda a piedra volcánica que se forma por un calor abrasador. Una súbita punzada me deja sin aliento. Me apresuro a aplastar la emoción que siento.

—No tienes autoridad para dar esa orden, Sarai —espeta padre, con la voz contrariada—. Notos ha venido por orden mía. Por ello, habrás de tratarlo con respeto.

—Debes de estar equivocado, padre. Recuerda que se escapó de Ammara hace años. Según nuestras leyes, la deserción se castiga con la muerte.

Se hace el silencio en la sala.

Cuando el rey vuelve a hablar, lo hace con una escalofriante falta de calidez:

—¿Te atreves a poner en duda mi decisión?

—No, padre —respondo sin apartar mi atención del Viento del Sur. No me va a ver flaquear ni romperme—. Pero existe un motivo por el que tenemos leyes. Sugiero que lo usemos como ejemplo.

A fin de cuentas, el Viento del Sur es inmortal.

Como dios que es, solo puede matarlo un arma tocada por los dioses.

La única espada de esta estancia que podría matarlo es la suya propia.

Vaya, yo podría atravesarle el pecho con esa cimitarra si así lo desease.

Pero darle una muerte rápida… es algo que no se merece.

—Vuelve a tu asiento, Sarai.

La orden de padre es tan cortante que me encojo. He de obedecerla, aunque parte de mí teme que el Viento del Sur se desvanezca si me giro.

—No hay necesidad de tratarme como si fuera una niña —d igo—. Solo estoy intentando ayudar.

—Si te portas como una niña, te trataré como a una niña. La presencia de Notos no es de tu incumbencia. Vuelve a tu asiento. ¡Ahora!

Muchos de los guardias se revuelven en sus puestos, incómodos. Hasta el príncipe Balior me mira con compasión.

De algún modo, a pesar del peso que siento en las piernas, ­regreso al pedestal con pasos delicados, sin flaquear. Vuelvo a sentarme en el inmenso trono. Durante toda mi vida he desprecia­do este asiento. Y justo hoy soy agudamente consciente de que se me está tragando.

Me giro hacia el rey.

—Padre…

—Ni una palabra más. —Y entonces, en tono bajo—: Eres una deshonra.

El comentario me acierta de lleno. El calor me sube por el pecho y me pinta la cara de un vergonzoso tono rojo. No pretendía deshonrar a padre. Solo quería protegerlo de este dios desterrado.

Notos sigue escrutándome con expresión impasible.

La fuerza necesaria para mantener semejante máscara es demasiado grande…

Es una fuerza que yo misma no poseo. Bajo los ojos.

Después de esta vergüenza, dudo que el príncipe Balior se muera de ganas de unir su vida a la mía.

¿Habré echado a perder antes de tiempo la única oportunidad que tenía de salvar mi vida y la de mi pueblo?

Una levísima brisa agita el dobladillo de mi vestido.

Mi atención vuela de nuevo hacia Notos. Eso también lo recuerdo: sus emociones y el viento están entrelazados para siempre.

Contemplo sus manos, de las que brotan esos vientos.

Las palmas anchas y callosas de piel marrón.

Incluso ahora, mi cuerpo recuerda su peso.

El rey Halim da por excusado al Viento del Sur con la promesa de discutir un asunto más tarde. No lo veo irse. Las puertas se abren y vuelven a cerrarse de golpe. Pasa una eternidad hasta que el rey habla de nuevo.

—Príncipe Balior, quiero disculparme por esta escena tan deplorable. —Contempla a ese hombre mucho más joven que él con sentido remordimiento—. Mi hija…

—No hay necesidad de disculparse —replica el príncipe Balior, y alza las manos en gesto de buena voluntad.

Su guardia personal ha retrocedido, los soldados vuelven a ocupar sus puestos—.

Gobernar un reino es siempre un engorro, como estoy aprendiendo poco a poco.

No veo falta alguna en que vuestra hija quiera proteger vuestros intereses.

Una oleada de inesperada gratitud me calienta por dentro. Es un gesto amable que no merezco. Él prosigue:

—Si nos casamos a final de mes, diría que sería una necedad no dar este incidente por zanjado. —Una sonrisilla furtiva asoma a los labios del príncipe—. Me encantará pasar tiempo juntos, princesa Sarai.

Yo asiento, aunque mi atención, por un desliz, se desplaza hacia las puertas de la sala del trono, por las que Notos ha salido hace unos instantes. Obligo a mis ojos a centrarse de nuevo en los del príncipe Balior.

—A mí también me encantará.

El rey Halim alza una mano, y un criado da un paso al frente.

—Ilan os llevará a vuestras habitaciones. Imagino que estáis cansado después de tan largo viaje. Mañana daremos un festín para celebrar las inminentes nupcias.

El príncipe hace una larga reverencia.

—Aprecio vuestra hospitalidad, majestad. Me encantará comer con vos y con la princesa Sarai. Buenas noches.

Dicho lo cual, se marcha.

En cuanto nos encontramos a solas, me giro hacia padre.

—¿Por qué?

Él se echa hacia atrás en su asiento, con un suspiro. El tiempo ha desvaído los cojines, ha convertido su tono escarlata en el color del óxido.

—¿Qué me estás preguntando, Sarai? Necesito más detalles. «Por qué» no me basta.

El rey Halim no es ningún idiota. Me va a obligar a decirlo. Pues muy bien.

—¿Por qué has permitido que Notos regrese sin ningún ­castigo?

—Porque lo necesito. Porque nuestro reino lo necesita. Esta misma mañana ha aceptado un puesto en la guardia real.

—¿En la guardia? —Intento recuperar el aliento—. ¿Por qué colocas a Notos en un puesto de poder?

¿Por qué le da la bienvenida a nuestro hogar con los brazos abiertos? Me tiemblan las manos. Aprieto los puños entre los pliegues de mi vestido.

—¿De verdad he de explicar algo tan evidente? —espeta—. Fahim nunca era tan lento a la hora de entenderlo todo, y no malgastaba el aliento haciendo preguntas.

Siempre me sorprende la rapidez con la que regresa la pena. A pesar de que han transcurrido ya cinco años, aún siento que mi hermano murió ayer mismo. El brillante y amado Fahim, el primogénito de padre.

—No me había dado cuenta de que mis preocupaciones eran un modo de malgastar el aliento —replico en tono rígido—. Me aseguraré de moderarlas la próxima vez que crea que nuestro reino está bajo amenaza.

Él se pellizca el puente de la nariz, como si mi dolor fuese inconveniente.

—Ya sabes a lo que me refiero.

Pues no, la verdad es que no. Pero me guardo ese pensamiento amargo para mí.

—Es que no veo dónde está lo evidente en permitir que un desertor entre en la guardia real.

—Sea o no desertor —explica padre—, Notos es la persona más fuerte de este reino.

Sabes tan bien como yo que la sequía ha debilitado a Ishmah.

Llevamos años de cosechas fallidas. No podemos permitirnos alimentar a nuestro pueblo, mucho menos a un ejército.

Los umbrandantes se vuelven más fuertes cada día que pasa.

Mucha gente ha caído víctima de sus ataques.

Lo sé, por supuesto que lo sé. Ishmah, tallada estratégicamente en las paredes de arcilla del valle, en su día aprovechó las inundaciones anuales para nutrir su enorme sistema de irrigación, incluyendo numerosos pozos, reservas y canales.

Sin embargo, hace más de dos décadas que no llueve en Ammara.

Las altas murallas de la capital, talladas con runas que repelen a los umbrandantes, proporcionan una protección adecuada frente a esas bestias.

Y sin embargo, cada año que pasa, estas parecen multiplicarse.

Hay quien afirma que los umbrandantes ya han entrado en la ciudad, pero yo no he visto pruebas de ello.

En cuanto al Viento del Sur, padre tiene razón. Notos es la única persona que ha entrado en el laberinto y ha regresado con vida. Su poder ayudará a mantener a raya a los umbrandantes…, aunque eso implique admitirlo como miembro de la guardia real.

—Los tiempos están cambiando, Sarai. —El rey me escruta con ojos teñidos de fatiga—. A veces hay que tomar medidas drásticas para resistir lo peor que ha de venir.

Parece derrotado. Quizá no debería haberme portado de forma tan imprudente en presencia del príncipe Balior. A fin de cuentas, padre lo arriesgó todo para salvar mi vida cuando era un bebé enfermizo. Le debo lealtad.

—Lo comprendo, pero ¿cómo puedes confiar en que Notos no nos abandonará por segunda vez?

—Confío en él, Sarai. Eso es lo único que importa.

—¡Le dio la espalda a nuestro reino!

«A mí.»

Su expresión se endurece. A pesar de mis preocupaciones, a pesar de mi dolor, mis sentimientos siempre serán insignificantes a ojos de un rey.

—No lo he olvidado —replica—, pero sí que lo he perdonado. Quizá es hora de que hagas lo mismo.