El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 1 #3
4%

1 #3

Durante muchos años, los reinos de Ammara y Um Salim han estado en guerra.

¿Quién podría echarle la culpa al reino de mayor tamaño por intentar invadir al otro?

Ammara es muy rica, sobre todo su capital, Ishmah, aunque el pueblo de Um Salim no tiene ni idea de hasta qué punto ha disminuido su prosperidad.

Veinticinco años de una sequía de la que yo soy culpable.

Y también está la amenaza creciente de los umbrandantes.

El príncipe Balior es un estudioso de renombre que ha investigado los mitos más antiguos de la región.

Padre espera que sus hallazgos resulten útiles a la hora de encontrar un modo de romper mi maldición, de poner fin a la sequía y de evitar que los umbrandantes sigan invadiendo nuestra tierra.

Si las negociaciones entre el príncipe Balior y el rey Halim son favorables, nuestros reinos independientes se unirán pronto mediante un matrimonio.

Por supuesto, el príncipe no debe saber que su prometida está maldita ni que el reino que espera gobernar algún día está condenado. Tendré que andarme con ojo a la hora de abordar el tema de sus investigaciones. Este secreto me pesa. Padre es el único que también está al tanto.

—Majestad. —Nuestro huésped se arrodilla. Su turbante azul acaricia el níveo suelo de baldosas—. Es un honor.

Padre recorre con la vista la silueta postrada del hombre. Tras un momento, dice:

—Poneos en pie, príncipe Balior. Nuestro Señor de la Montaña os ve con buenos ojos. Confío en que hayáis tenido un buen viaje.

Balior se pone de pie con una fluidez que no suelo ver a menudo.

—Así ha sido. Mis hombres y yo agradecemos humildemente vuestra bienvenida.

—¿Y dónde están ahora mismo vuestros soldados?

—Al otro lado de las murallas de Ishmah. Esperan a que deis permiso para que entren.

El rey Halim une las puntas de los dedos de ambas manos.

—Por desgracia, príncipe Balior, no puedo permitir que vuestro ejército entre en la capital, al menos hasta que la ceremonia de la boda se haya celebrado.

Es por la seguridad de mi pueblo, no tengo duda de que lo comprenderéis.

Por supuesto, vuestra guardia personal puede alojarse dentro del palacio.

El príncipe frunce el ceño. En sus ojos aletea alguna emoción indescifrable. No se esperaba esto. Aunque yo estoy de acuerdo con la decisión de padre, no puede decirse que sea una bienvenida hospitalaria. Aun así, el príncipe Balior se inclina y dice:

—Lo comprendo, pero ha sido un viaje muy largo… No puedo pedirles a mis hombres que regresen a Um Salim ahora que acaban de llegar.

—Naturalmente —replica el rey en tono suave—. Pueden acampar al otro lado de las murallas mientras esperamos a que se celebre la ceremonia. —Padre me señala con un gesto, aunque no mira en mi dirección—. Mi hija, la princesa Sarai Al-Khatib.

El príncipe me contempla con curiosidad. Yo le hago un cabeceo, con una sonrisa fina y afilada.

El rey Halim prosigue:

—Espero que, en las próximas semanas, lleguemos a un acuerdo que beneficie tanto a Ammara como a Um Salim.

Entregar mi mano en matrimonio. Mi libertad a cambio de la supervivencia de Ammara. Dentro de menos de treinta días, el tatuaje que marca la mano izquierda de toda persona casada quedará grabado en mi piel.

—Gracias, majestad. Ammara tiene mucho que ofrecer…

Aunque el príncipe Balior sigue hablando, mi atención se ve atrapada por un movimiento repentino en medio de la quietud de la cámara.

Una figura se desliza al interior por una de las puertas laterales, tras los guardias.

Es ancha, de pasos seguros. Se trata del hombre con el turbante blanco que vi deambulando frente a la biblioteca.

Una oleada desafiante me obliga a ponerme de pie.

—¡Quieto! ¿Qué queréis del rey?

Los arqueros ubicados en la segunda planta dirigen sus flechas hacia el intruso. Un centenar de cimitarras salen de sus vainas. La guardia del príncipe Balior se apresura a formar un escudo alrededor de su soberano.

Los ojos de padre destellan en mi dirección.

—Sarai. Este hombre es nuestro invitado.

—Un invitado que se cuela por una puerta trasera —rujo yo—, como si fuera un zorro entre matorrales.

—¿Cómo ha dejado atrás a los guardias? ¿Los habrá matado?

Por las grietas cada vez mayores del reino se cuelan los disturbios.

A medida que la sequía se aproxima a su tercera década, la desesperación del pueblo aumenta—. Acercaos.

Para ser tan ancho, el intruso se mueve con alarmante ligereza. Algo en sus andares me provoca un extraño escalofrío que me recorre hasta la cabeza.

—¡Sarai! —La rabia del rey Halim es absoluta—. Si no tomas asiento en este mismo instante…

Debo de estar soñando y despierta al mismo tiempo, pues, aunque el rostro del hombre está parcialmente velado, estoy segura de haberlo visto antes.

—Quitaos el embozo, señor.

Él alza una mano y atrapa la tela entre los dedos. La desenrolla: nariz, boca, mandíbula. Su rostro queda al descubierto; es horriblemente familiar. Se me encoge el estómago cuando el Viento del Sur habla con una voz que recuerda a una corriente profunda e incesante:

—Hola, Sarai.