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—L a semana pasada, nuestra fiera y leal Aziza se enroló en el ejército de Ammara tras disfrazarse de hombre y asumir la identidad de su abuelo. Se acercaba la guerra. Y si Aziza quería salvar a su abuelo de la obligación de alistarse en el ejército, ella misma tendría que ser su reemplazo.
»El entrenamiento fue implacable. Aquellos soldados eran fuertes y ágiles, puros vencedores.
Aziza era de lejos la más débil. Nadie sabía que era una mujer.
Tenía que bañarse lejos del campamento, a altas horas de la noche, y regresar a pie antes del alba.
Pero Aziza no se rindió. Pasó un mes, y luego otro.
Sus músculos se endurecieron. Su voluntad se convirtió en hierro irrompible.
Escucho la historia de Aziza con la desesperación de quien teme que le arrebaten algo preciado.
Esta narrativa me transporta, me ofrece un atisbo de lo que podría ser.
La historia avanza despacio y el nudo corredizo de la hora se va cerrando.
Yo me asombro ante esa mujer valiente y desprendida que consiguió vencer con todas las probabilidades en contra.
—U na noche —p rosigue Haneen con tono más oscuro — Aziza no fue tan cuidadosa. No se dio cuenta de que Omar, uno de los hombres de su unidad, la había oído salir de la tienda para ir a lavarse. Se preguntó a dónde iría y decidió seguirla.
Los niños ahogan una exclamación. Hasta a mí se me corta el aliento. No quiero que descubra a Aziza. Es valiente…, más valiente de lo que yo seré jamás.
—Tras llegar al pequeño oasis en el que se lavaba, Aziza se quitó la ropa y empezó a meterse en el agua, cuando, de pronto, el ruido de una bota la detuvo en seco.
»—¿Yousef? —susurró el hombre.
Hay una pausa. Espero a que Haneen prosiga, pero se limita a quedarse ahí sentada, más satisfecha que el gato más gordo del mundo tras hartarse de leche.
—¿Y qué pasó luego? —exclama un chico joven—. ¿Qué le pasó a Aziza?
Ella sonríe.
—Tendrás que volver mañana para enterarte.
El repiqueteo de mis sandalias reverbera por toda la longitud del corredor del palacio, con el ritmo de percusión de un tambor de piel. Casi he llegado al salón del trono cuando alguien dice, arrastrando las palabras:
—Me he enterado de que tienes mucho que celebrar, princesa Sarai.
Aminoro la marcha y giro a la derecha. Una mujer de pecho generoso, envuelta en sedas amarillas, se apoya contra una de las suaves columnas…, y no está sola. La flanquean tres mujeres nobles. Mi buen humor se agria de repente. Dalia Yassin.
De algún modo, me las arreglo para esbozar una sonrisa de labios apretados.
—¿Y qué es exactamente lo que hay que celebrar? —«Con ese vestido pareces una cabra vieja.»
Dalia bate las pestañas.
—Pues tu inminente pedida de mano por parte del príncipe Balior, por supuesto. —«No te lo mereces, bruja.»
Mi sonrisa se desvanece. Eso no ha sido anunciado públicamente.
Por otro lado, hay incontables cocineros, ayudas de cámara, criadas y mozos de establo a sueldo de otros miembros de la corte para espiar y sonsacar información.
Eso incluye también a la familia de Dalia, una de las más antiguas y ricas de toda Ammara.
—Aunque no estoy segura de si «celebración» es la palabra adecuada —prosigue la mujer.
Se aparta de la columna y estira un brazo en un absurdo gesto dramático.
Sus seguidoras le clavan la vista, cautivadas—.
El rey Halim debe de estar verdaderamente desesperado por buscarte esposo, porque te está vendiendo al enemigo.
Yo entrecierro los ojos en señal de advertencia.
—Eso no es…
—Pero ¿quién podría echarle la culpa? —me interrumpe con suavidad—. Cada día que pasa eres más vieja. Una princesa de veintitantos años y cero posibilidades de casarse. —Chasquea la lengua—. Qué lástima.
Unas furiosas llamaradas me pintan las mejillas de rojo. ¿Qué es peor, el veneno que vierte Dalia o el hecho de que yo no pueda negar su veracidad? Cuando era más joven, estaba demasiado ocupada estudiando música como para buscarme una pareja estratégica.
—Yo misma tuve que elegir entre varios nobles. —Se mira las uñas, de un vívido rosa brillante—. Suerte tiene mi esposo de que lo eligiese a él.
«Suerte» no es exactamente la palabra que yo usaría.
—Creía haber oído que tu marido se casó contigo para ayudar a pagar las deudas de juego de su padre.
Nuestro público se tapa la boca con la mano y se deshace en risitas nerviosas. Dalia se pone tan roja que estoy convencida de que podría morir de fiebre.
—Que sepas que de niña recibí clases junto con una de las primas del príncipe Balior —dice, echando humo—. Yo en tu lugar elegiría bien mis palabras.
Le muestro una amplia sonrisa.
—Deberías haber mantenido el contacto con ella.
Las exclamaciones ahogadas de las nobles me siguen mientras me dirijo a zancadas decididas hacia la sala del trono.
Dos enormes puertas pintadas con el pálido tono azul del cielo de media mañana se abren con un quejido.
Esta cámara es enorme; el gran vientre del palacio.
Numerosos guardias decoran las paredes. Arqueros, ocultos por completo excepto por las puntas de sus flechas listas para disparar, dominan la segunda planta.
Resplandecientes baldosas de mármol arrojan luz desde las altas ventanas al techo cubierto de mosaicos.
Una larga alfombra conecta la entrada con el pedestal al otro extremo de la estancia.
El rey Halim ocupa el asiento más impresionante: un sillón profusamente acolchado y cubierto de joyas.
A su derecha hay otro trono igual de impresionante aunque algo más pequeño.
Lleva vacío desde que mi madre falleció hace casi veinticinco años.
A su izquierda, tres tronos adicionales: el mío, el de Amir y el de Fahim.
Al llegar al pedestal, me arrodillo.
—Padre.
—Llegas tarde.
Se me encoge el estómago, una sensación que conozco bien. Alzo la cabeza y miro en derredor. La cámara está vacía.
—Nuestros invitados aún no han llegado.
Él se queda rígido.
—¿Disculpa? —Su voz es grave, peligrosa.
—Mientras esté sentada antes de que lleguen —digo—, ¿qué importa que aparezca con unos instantes de retraso?
—Importa porque yo sé que llegas tarde. Ya he hablado contigo de esto.
Contemplo a padre con una mirada fría. El rey Halim fue en su día un hombre impresionante. La amplitud y solidez de sus hombros, brazos y espalda. La curva de su orgullosa barriga. Era más alto que la mayoría de los hombres, y su barba negra era profusa y resplandeciente.
Sin embargo, el hombre que ahora me escruta no es sino una sombra de lo que fue mi padre. La enfermedad ha debilitado su musculatura. Bajo los pliegues de su túnica color marfil, parece frágil. La piel de sus carrillos le cuelga suelta a causa de la edad.
—¿Y qué pasa con Amir? —insisto—. Tú y yo sabemos que también le cuesta ser puntual.
Al rey no le complace oír eso.
—Hoy Amir no llega tarde. Como bien sabes, está de luna de miel. ¿Esperas que tu hermano se encuentre en dos lugares a la vez? —No me da la oportunidad de responder, sino que añade—: Para alguien de tu estatus, llegar tarde es inaceptable. Asegúrate de que no vuelva a pasar.
Yo me mordisqueo la carne tierna del interior del carrillo. Con mucha facilidad, se me afila la lengua, con pullas que amenazan con salir a borbotones. Me recuerdo lo que me estoy jugando: mi reino y mi vida.
—Tomo nota —digo entrecortadamente.
Padre gruñe y yo me pongo en pie, para ocupar mi lugar en el trono más pequeño. Una vez que he tomado asiento, las puertas vuelven a abrirse.
—Se presenta el príncipe Balior de Um Salim ante su majestad, el rey Halim Al-Khatib de Ammara.
Un hombre alto y de buena complexión cruza las puertas. Lo flanquean doce hombres vestidos con holgadas túnicas de color ébano. De sus cinturones cuelgan cimitarras. Supongo que se trata de su guardia personal.
El príncipe es joven, ronda los treinta años.
Es guapo, aunque incluso el continente más agradable puede esconder por debajo la podredumbre.
Tiene una mata de pelo negro rizado y pómulos afilados ligeramente sonrojados a causa del asfixiante calor.
Es más claro de piel de lo que estoy acostumbrada, aunque si pasase algo de tiempo al aire libre, a buen seguro su tez se pondría tan marrón como la mía.