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S e me encoge el estómago al verlo, pero, aun así, consigo marcar con cuidado una equis sobre el número; uno de los muchos que he registrado por docenas en mi diario.
Mañana vendrá el día cuarenta y seis, y luego el cuarenta y cinco, seguido del cuarenta y cuatro.
Me pregunto si no debería acabar con todo ahora, en este pequeño despacho junto a mi dormitorio.
Podría volcar la vela que titila sobre el escritorio, entregarme al humo, derrotar a la maldición antes de que esta me derrote a mí.
Suena una campana cuyo eco reverbera en los resplandecientes tejados del próspero anillo superior de la ciudad hasta los regios y erosionados pilares de la Calzada de la Reina. Aliso las arrugas de mi vestido con mano temblorosa, pues ha llegado la hora antes de lo que habría deseado.
Me pongo en pie y me acerco a la ventana. Un enemigo se acerca a la frontera de Ishmah. Desde esta posición elevada puedo ver toda la Ciudad Roja. Atisbo una fila de soldados que serpentea por entre la tierra cruda y abrasada. La luz del sol destella sobre un millar de escudos forjados.
Las puertas de la ciudad se abrirán en cuanto llegue el príncipe Balior.
Se celebrará un festín en su honor. Las calles se atestarán de ciudadanos, se arrancarán adelfas de los jardines públicos y se arrojarán flores sobre los caminos polvorientos y agrietados.
Porque a este enemigo se le da la bienvenida.
Alzo la mano y apoyo la palma en el cristal de la ventana.
Durante los veinticuatro años que llevo con vida, mi mano izquierda ha estado desprovista de la runa de ópalo que, de tenerla, me identificaría como mujer casada.
Sin embargo, se acerca mi vigesimoquinto día del nombre.
Si he de cumplir con el papel que se espera que desempeñe en la supervivencia de mi pueblo, tendré que casarme con este príncipe de quien no sé nada.
Todos hemos de hacer sacrificios.
Regreso a mi escritorio y veo que el diario sigue abierto.
Contiene hilera tras hilera de números escritos con tinta negrísima.
Me recorre una oleada de total y absoluta desesperación.
Cuarenta y siete días parecen una eternidad, pero las mañanas frías darán paso a las tardes sofocantes.
El tiempo no se puede cambiar ni ralentizar.
Me acerco a toda prisa a mi guardarropa.
Abro las puertas y queda a la vista una colección de vestidos marrones, grises y negros.
Totalmente apagados, dolorosamente anodinos.
Los echo a un lado para revelar un grupo más pequeño de vestidos de tonos relucientes.
Soy la princesa Sarai Al-Khatib de Ammara, y aun así no se me permite llevar ni una nota o una chispa de color. La palabra de padre es la ley.
A regañadientes, saco dos vestidos sin color del armario.
Me giro y derribo accidentalmente la funda del violín que descansa en el fondo del armario, donde yo la había dejado.
Cae sobre la alfombra con un golpe sordo.
Me encojo y luego me arrodillo y me coloco la funda de cuero en el regazo.
Fahim me regañaría por ser tan descuidada. Pero Fahim no está aquí.
Se me hace un nudo en la garganta. Dejo el instrumento en su lugar, al fondo del armario, y alzo los dos vestidos frente al espejo. Lino de un apagado color marrón, que casa con el tono caoba de mi piel; o marfil, una promesa de pureza. Tuerzo la boca con gesto amargo. Marrón, sin duda.
Me recojo los profusos rizos de mi cabello color ébano y me ato un lazo para sujetar la trenza que cae de mi coronilla. Con mano firme, me aplico kohl en el rabillo de los ojos. Me echo una fina capa sobre los hombros y me pongo unas sandalias en los pies aceitados.
Después de soltar una lenta y reconfortante exhalación, me dirijo a la puerta, murmurando:
—E l deber hacia el propio reino es el deber hacia el propio corazón.
Por supuesto, he de cumplir con mi deber de darle la bienvenida al príncipe Balior. Pero ahora no. Aún no.
Escapo del palacio a toda prisa.
El inmenso edificio rodea una colina entre los regios hogares del anillo superior.
A pesar del apodo de Ishmah —l a Ciudad Roja —, los muros del palacio son de un pálido tono alabastro: mármol resplandeciente y caliza erosionada.
Ascienden hasta formar techos abovedados y arcadas tan profundas como románticas; todo ello cubierto con exquisitos mosaicos.
Se suceden los corredores ribeteados de columnas, con cámaras espaciosas y abiertas, ocultas en nichos astutamente diseñados, sus techos expuestos a los elementos.
De vez en cuando aparece algún que otro patio oscurecido por altos árboles.
Por los pasadizos cubiertos y estanques quietos se cuelan resplandecientes rayos de luz amarilla.
Giro un recodo y capto por el rabillo del ojo un movimiento.
Aminoro la marcha y me vuelvo hacia una sombra oscura cerca de las enormes puertas dobles que dan a la biblioteca de Ishmah.
Se trata de un hombre de pecho ancho, sumido en una quietud antinatural.
Lleva pantalones holgados de tono marfil y una túnica esmeralda que le llega a las rodillas.
Se envuelve los cabellos con un turbante blanco cuyo extremo protege la parte inferior de su rostro del hirviente sol.
Aunque no puedo ver los ojos del hombre, sí que experimento la intensidad de su mirada.
Es como si las flechas más afiladas me punzaran el pecho.
No puede ser. El paso de los años ha erosionado buena parte de mi pasado, pero aún retengo algunos recuerdos con claridad. Podría jurar que lo conozco.
—D isculpadme…
Pero el hombre se retira por un corredor lateral.
Cuando llego al final de la sala, ya se ha desvanecido.
Los latidos de mi corazón tardan un instante en calmarse.
Debo de haberme equivocado. Seguramente, ese hombre no era más que un viajero que se había perdido.
Dado que no vuelve a aparecer, dejo atrás la biblioteca a toda prisa y me dirijo a los establos.
Lo que haría normalmente sería sobornar a los guardias de las puertas del palacio para que me dejaran pasar, pero hoy no.
Como el príncipe está a punto de llegar, han doblado la guardia del palacio.
Nadie puede entrar ni salir sin el permiso del rey, incluyéndome a mí.
Sin embargo, un pasadizo secreto escondido en los muros del establo me permite entrar en un túnel fresco y oscurecido, que me lleva más allá de los terrenos del palacio en el anillo superior.
La Calzada de la Reina recorre Ishmah de norte a sur, mientras que la Calzada del Rey la atraviesa perpendicularmente, de este a oeste.
Bordeo las calles, las casas de una sola planta hechas de arcilla roja.
Gloriosos vitrales multicolores tiñen la luz que se derrama por la calzada pavimentada.
La sequía ha afectado a todos los que viven en Ishmah, incluidos los ricos.
En su día, los pastos verdes estaban decorados con setos, de los que ahora solo quedan ramas marchitas.
Cubierta con mi anodina capa, me mezclo sin dificultad entre los viandantes.
Los caminos se estrechan. Las ventanas engalanadas se desvanecen.
Los adoquines se agrietan hasta dar paso a la grava, la tierra aplastada, el polvo.
En el anillo inferior se multiplican los carromatos y los puestos amontonados por las calles.
Hay mercaderes que anuncian a voz en grito sus artículos, y niños revoltosos que juguetean persiguiendo a un rebaño de cabras por entre la multitud.
Al cabo, el camino se estrecha al máximo. Por aquí solo pueden pasar viandantes. Una arcada señala la entrada al zoco.
Este lugar resulta desordenado en el mejor de los casos, y en el peor, una absoluta locura.
Más allá del muro medio derruido se extienden callejones entre bruscos recodos; toda la zona está tan repleta de carromatos, tiendas y puestos que resulta imposible atravesarla sin chocar con algo.
La mercancía es variopinta y numerosa. Todo tipo de colores asalta mi visión; en el aire flotan aromas tan potentes que marean.
Frutas, frutos secos, grano, cazuelas, tapices y baratijas inútiles.
—¡ Las mejores alfombras de la Ciudad Roja! ¡Compradlas ya!
—… si no puedes bajar el precio, me temo que tendré que irme a otro puesto…
—¿ Qué te he dicho de comer cosas del suelo?
Manos extendidas intercambian monedas. Una joven madre intenta arrastrar a sus cinco niños en medio del bullicio.
Más, siempre hay más. Cuencos bajos de cobre batido que contienen pequeñas colinas de especias recolectadas por la Ruta de la Especia: el fuego rojo del zumaque, el ocre del comino, la cúrcuma, el jengibre.
Giro un recodo y choco accidentalmente con un joven que desplaza un cajón lleno de gallinas vivas.
Me suelta un rugido, al que yo respondo con otro.
Luego, reprimiendo una sonrisa, sigo avanzando a la carrera.
Una puerta pintada de un descascarillado color amarillo descansa entreabierta al final del callejón. Me deslizo al interior, en una fresca oscuridad por la que flota un cálido y terroso aroma a madera de sándalo.
Esta pequeña habitación en la que me encuentro está ocupada por niños sentados en alfombras coloridas.
En la parte delantera hay una anciana arrugada y envuelta en un chal deshilachado.
Se llama Haneen. Está sentada en un taburete de tres patas.
Sus ojos lechosos miran al vacío, ciegos.
Como si hubiera percibido mi llegada, la anciana curva los labios.
Pero, por supuesto, algo así es imposible.
¿Cómo va a saber una rapsoda ciega que la princesa de Ammara asiste a su hora semanal de contar historias?
—B ueno —e mpieza, y su voz es como un crujido de madera vieja —. ¿Dónde me había quedado?
El aire se detiene; toda la habitación contiene el aliento.