El viento del Sur (Cuatro vientos 3)
© inepub.com
PRÓLOGO
L a niña nació en silencio.
En un primer momento, la comadrona pensó que había nacido muerta.
No hubo ningún llanto que rompiese aquel ocaso bañado en oro, ningún poderoso anuncio de llegada.
Unas gruesas pestañas se posaban sobre sus mejillas redondeadas, que parecían haber sido desprovistas de todo color y calidez.
Y, sin embargo, se percibía un leve movimiento, el débil aleteo de un pulso. Estaba viva, pero por poco.
La niña necesitaba que la atendiese de inmediato una sanadora.
Pero su madre, enferma y frágil tras aquel parto largo y farragoso, alzó una mano temblorosa y le hizo un gesto a la comadrona para que se acercase.
Esta le colocó a la niña en brazos. «Qué pequeña es mi hija.
» Ese fue el último pensamiento de la reina, que hizo una inspiración final y quedó inmóvil.
Cuando el rey se enteró de que su esposa había fallecido, gritó y arrancó las cortinas de sus varas.
Elevó súplicas a las más altas deidades y lloró.
Llevaron al bebé a toda prisa al médico del palacio, quien, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió estabilizar a la débil recién nacida.
El tono azul de su piel, las respiraciones esporádicas y convulsivas de su pecho… No sobreviviría a la noche.
El rey se sentía impotente. No comprendía por qué había caído la desgracia sobre él, precisamente sobre él. ¿Era el destino? ¿Una venganza? ¿Por qué había llegado al mundo su hija solo para abandonarlo a la fuerza justo después de su esposa?
Y así, el rey fue al Monte Syr, el lugar sagrado que se alzaba sobre las abrasadoras arenas de Ammara.
Al llegar a la cumbre rocosa y desnuda, cayó de rodillas ante la tarima sobre la que descansaba un trono vacío.
Fue allí donde el rey llamó al Señor de la Montaña, el más poderoso de esos dioses primordiales.
Cuando un hombre envuelto en una capa se materializó ante el rey, este se postró en el suelo.
El Señor de la Montaña era enorme y ancho.
Llevaba el rostro oculto bajo la capucha.
Durante las siguientes horas, el rey negoció para salvar la vida de su hija.
Riquezas, poder e incluso el reino en sí mismo…
El rey ofreció todo lo que tenía. Y el Señor de la Montaña se mostró compasivo.
Accedió a salvar la vida de la niña… a cambio de un precio.
Embargado por la desesperación, el rey aceptó el trato sin dudarlo. Y así, la trampa quedó sellada.
Más tarde, después de que se hubiese cerrado el trato, el rey entró en el dormitorio de sus hijos, que dormían plácidamente sin saber que su madre había fallecido.
Les besó la frente y se aproximó a la cuna en la que yacía su hija recién nacida.
Estaba despierta. El color volvía a iluminar sus mejillas marrones.
Con la pequeña boca fruncida, el bebé lo miraba con unos ojos anchos y oscuros.
Pensando que estaba solo, el rey empezó a llorar.
No se fijó en una figura tenebrosa que se cernía sobre la cuna, a su lado.
Tampoco se fijó en que aquel fantasma acercaba una mano sombría a la frente de su hija.
«Duerme», arrulló la voz. «Duerme, bella mía.»