El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXXVI
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Grant llevaba semanas desapareciendo.

No mucho rato, ni muy lejos: un par de horas al atardecer, casi cada día, durante las cuales nadie sabía decirle a Isla dónde estaba el laird .

Volvía con serrín en la ropa y olor a brea y a madera, y cuando ella le preguntaba, contestaba con un gruñido evasivo y cambiaba de tema, cosa rarísima en un hombre que nunca le había escondido nada desde el acantilado.

Isla, que de tonta no tenía un pelo, dedujo dos cosas: que su marido le ocultaba algo, y que, fuera lo que fuese, no era nada malo, porque volvía de aquellas escapadas con una luz contenida en los ojos que ella conocía bien y que no había vuelto a verle desde antes de la guerra.

Lo dejó estar. Una aprende, con un hombre como Grant, que los secretos buenos se esperan.

Lo que sí hizo, porque era ella y no podía evitarlo del todo, fue picarlo un poco.

Le preguntaba, con cara de inocente, si tenía una amante en la cala.

Le olía la ropa con exagerada suspicacia y diagnosticaba «brea y traición».

Grant le seguía el juego con su parquedad de siempre —«me has descubierto: es una sirena, y tiene mejor carácter que tú»—, y los dos se reían, e Isla, en el fondo, disfrutaba más de la espera que de lo que pudiera aguardarla, porque había aprendido que con aquel hombre el camino solía ser tan bueno como el destino.

El secreto llegó una mañana de finales de primavera, cuando Grant, en lugar de irse solo, la tomó de la mano sin una palabra y tiró de ella hacia la cala, al cobertizo de la ribera donde, una vida atrás, habían empezado a soñar juntos con barcos.

Isla creía que la guerra se lo había llevado todo por delante, también aquel sueño.

Estaba segura de que la quilla solitaria se habría podrido en el abandono mientras ellos peleaban en el norte.

No se había podrido.

Cuando Grant abrió las puertas del cobertizo y la luz entró, el aliento se le escapó a Isla de golpe.

Allí dentro, terminado, reluciente de brea fresca y madera nueva, con el casco curvo y ligero y los mástiles desnudos esperando velas, había un barco.

El barco. El de los caballos, el de la ruta de tres días, el del futuro que habían dibujado en un mapa una tarde antes de que el mundo se rompiera.

Estaba acabado. Más que acabado: estaba cuidado, pulido, mimado en cada junta con la misma paciencia con que Grant repujaba el cuero.

—No lo entiendo —murmuró Isla—. Cuando nos fuimos al norte, no era más que una quilla, y estuvimos fuera meses. ¿Cuándo...?

—No nos fuimos todos al norte —dijo Grant, con los ojos en el barco en lugar de en ella, como hacía siempre que decía algo que le costaba—. El maestro de ribera se quedó. Le pagué para que no parara, y cuando volvimos... seguí yo, por las tardes, con mis manos, lo que faltaba.

—Pero... —Isla tragó saliva—. Lo empezaste a terminar cuando yo no estaba. Cuando ni siquiera sabías si volverías a verme.

Grant tardó en contestar. Cuando lo hizo, seguía mirando el barco.

—Cuando te llevaron —dijo, despacio—, hubo una noche, en el camino del norte, en que pensé que no iba a recuperarte.

Que llegaría tarde, como llego siempre, y aquella noche, en lugar de hundirme, mandé un jinete de vuelta a Dunvara con una sola orden para el maestro de ribera: que no parase el barco.

Que lo acabase. —Por fin la miró—. No sé explicarlo bien, no soy hombre de explicar.

Pero terminar el barco era la única manera que tenía de no rendirme.

Un barco para llevar caballos con garantía de viento no sirve de nada sin el viento.

Sin ti, es leña cara. Así que si yo mandaba terminarlo...

era como obligarme a creer que ibas a volver.

Que volverías, y lo moverías, y todo esto tendría sentido.

—Se encogió de hombros, incómodo de haber hablado tanto—.

No construí un barco, Isla. Construí una razón para que volvieras, y volviste.

—Cuando me llegó la noticia de que te habíamos recuperado —siguió, ya lanzado, como si, abierta la puerta, le saliera todo de golpe—, lo primero que se me ocurrió, antes que nada, fue: bien, ya puedo terminar el barco con sentido.

Es una estupidez. Estabas medio muerta en una torre del norte y yo pensando en un barco.

Pero es que el barco eras tú, ¿entiendes?

Eras tú volviendo, tú moviendo las velas, tú teniendo razón sobre lo de la garantía de viento.

Cada cuaderna que clavaba era un día menos esperándote.

—Se frotó la nuca, incomodísimo de haberse explicado tanto—.

En fin. Que está terminado, y que es tuyo tanto como mío. Más.

Isla no fue capaz de articular nada durante un buen rato.

Recorrió el casco con la mano, en silencio, leyendo en cada junta cuidada los meses de miedo y de fe de aquel hombre que no decía «te quiero» pero que, mientras ella se pudría ciega en una torre del norte, había seguido clavando cuadernas a oscuras para tener un motivo para esperarla, y entonces, en la proa, lo vio: una palabra tallada en la madera, con la misma letra pequeña y cuidada con que había grabado su nombre en una cabezada de vencejos, tiempo atrás.

No ponía «Isla». Eso habría sido demasiado fácil para un hombre como Grant.

Ponía «Profecía».

—Porque tu madre siempre decía que el viento sabe a dónde va —dijo Grant, viéndola leerlo—, y resulta que era verdad. —Carraspeó—. Me pareció mejor nombre que el tuyo. El tuyo me lo quedo yo. El barco que lo lleve el viento.

Isla se echó a llorar y a reír a la vez, como hacía siempre que aquel hombre imposible le tocaba el fondo del alma, y lo abrazó, y entre los dos, aquella misma tarde, sacaron el barco a la cala por primera vez, y cuando la Profecía se meció en el agua, ligera y perfecta, Isla se subió a bordo, levantó una mano hacia los mástiles desnudos, y llamó a su viento.

El viento del oeste acudió cantando, hinchó unas velas que aún no estaban —solo el aire, dándoles forma— y empujó el barco mar adentro, suave, seguro, igual que ella había prometido en un mapa una tarde feliz, antes de la sombra del norte.

Garantía de viento. Desde la orilla, el clan que se había acercado a mirar prorrumpió en vítores.

Fue, para el clan, otra de esas estampas que se contarían durante generaciones: la señora de pie en la proa de la Profecía, con los dos mechones blancos al viento, llevando un barco sin velas mar adentro con la sola fuerza del aire, y riéndose como no se la había oído reír desde antes de la guerra.

Los niños chapoteaban en la orilla pidiéndole que volviera a hacerlo.

Eilidh, desde la playa, levantó las manos y le devolvió la marea un poco más mansa: las dos sangres antiguas jugando juntas a la luz del día, por puro gozo, sin nadie a quien temer, y Grant, en la orilla, mirando a su mujer gobernar el viento sobre el barco que él había construido para no rendirse, pensó que un hombre podía pasarse la vida entera buscando un instante así y morirse sin encontrarlo, y que él lo tenía delante, y que no lo olvidaría jamás.

Aquel barco, primero de muchos, cambió Dunvara para siempre.

En los años que vinieron, los caballos del clan MacRhane viajarían al sur por mar, rápidos y descansados, llegando «como traídos en volandas», y se venderían al doble, no por suerte sino por sistema, hasta hacer de aquella costa pobre y agreste uno de los clanes más prósperos de Escocia.

Otros intentarían copiarlo; construirían barcos iguales, mejores incluso.

Pero ninguno tendría jamás lo único que de verdad enriquecía a Dunvara, lo que dormía cada noche en la cama del laird y se reía cada mañana galopando por las lomas: la garantía de viento.

Ese secreto no se podía copiar. Solo se podía querer.

Por aquellos días se marcharon también los que habían venido a salvarla.

Lachlan y Fiona volvieron a Ironhold; Caden, a Dùn Lorne y a su Roselyn, de nuevo encinta y a punto de parir, y Margaid, antes de partir hacia Dun Ailean con el cofre de Ròric bajo el brazo y una nueva razón de vivir —buscar a las otras, avisar a las que ardían, hacer su lista de hermanas—, se quedó una última mañana a solas con su hija en las almenas, mirando el mar.

—Te casé lejos para alejarte de él —dijo Margaid— y casi te mato con ello.

Pero mira. —Señaló Dunvara entera con la barbilla: el barco en la cala, el manzano en el patio, Eilidh jugando con el agua, los críos persiguiendo cometas que el viento subía solo—.

Te mandé al único sitio del mundo donde podías acabar siendo esto.

A lo mejor el viento sabía a dónde iba, después de todo.

Incluso cuando yo lo ignoraba. —Le tomó la cara entre las manos, como la noche antes de la boda—.

Elegiste bien quién duerme a tu lado, hija.

Es lo único que te pedí. Lo demás lo has hecho tú.

Isla la abrazó fuerte, a aquella madre dura y feroz que la había mandado lejos por amor y había cruzado media Escocia para recuperarla por amor también.

«Vuelve cuando puedas —le dijo—, y trae a las que encuentres.

Aquí hay sitio. Dunvara se está volviendo un lugar raro, madre: un sitio donde las que arden pueden vivir a la luz.

Cuantas más seamos, menos miedo». Margaid asintió, con los ojos brillantes que no derramó —ella no derramaba—, y añadió solo: «Tu abuela estaría orgullosa, y yo lo estoy, aunque me cueste decirlo, que ya me conoces».

Y se marchó, la hija de la única mujer que se le había escapado a Torcuil, erguida y feroz y libre, a pasarse los años que le quedaran arrancándole presas al fantasma de su hermano.

Isla la vio alejarse por las lomas, pequeña y recta contra el cielo.

No la alcanzó la pena de las despedidas, sino algo más limpio: la certeza de que aquello no era un final, sino el principio de otra cosa.

La volvería a ver, y, cuando lo hiciera, tendrían las dos mucho que contarse, porque a una madre y a una hija que han sobrevivido juntas a la misma casa negra no las separa una loma, ni el mar, ni los años.

Quedaron ellos dos, y Dunvara, y el verano entrando, y un barco nuevo meciéndose en la cala con un nombre tallado en la proa, y, aunque Isla aún lo ignoraba aquella tarde feliz, había además, ya, muy pequeño, un secreto más grande que todos los anteriores creciendo en silencio bajo su corazón.