El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3) XXXV
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XXXV

La primavera, que en el norte había sido de hierro y de sangre, llegó a la costa del oeste con otra cara: verde, tibia, llena de obras y de martillos.

Dunvara se reconstruyó despacio, piedra a piedra, y al hacerlo cambió, como todo lo que se rompe y se rehace: salió más fuerte.

Se levantó un portón nuevo, más recio que el viejo.

Se reparó la torre quemada, y, sobre las cicatrices del fuego en el patio, Isla mandó plantar un manzano, porque dijo que donde había ardido la peor noche del clan debía crecer algo que diera fruto, y que ya estaba bien de monumentos a las cosas malas; que un clan se acuerda mejor de sus muertos cuidando lo que ellos murieron por salvar, que mirando una mancha negra en el suelo.

Beathag, al oírla, asintió despacio y dijo que la señora hablaba como una vieja, y que en su boca aquello era el mayor de los elogios.

El clan entero trabajó en la reconstrucción con una alegría rara, la de la gente que ha estado a punto de perderlo todo y ha aprendido, a las malas, lo que vale lo que tiene.

Vinieron canteros y carpinteros de los clanes amigos; Ironhold mandó madera, Dùn Lorne envió hombres, Dun Ailean aportó grano para que nadie pasara hambre mientras se levantaban los muros.

Fue, a su manera, la mejor temporada que recordaba Dunvara: jornadas largas de trabajo bajo un sol que ya calentaba, comidas multitudinarias en el patio, canciones por la noche.

Los niños jugaban entre los andamios; las mujeres encalaban; los guerreros, que de pronto no tenían a nadie a quien combatir, descubrían que se les daba bien aserrar y cargar piedra, y se reían de sus propias manos llenas de astillas.

Hasta el duelo, que seguía ahí —siempre estaría ahí—, se llevaba mejor entre el ruido alegre de una casa que renace.

Reconstruir Dunvara fue, para todos, una manera de reconstruirse.

Y en aquella Dunvara nueva, Isla MacLeod dejó de ser, de una vez por todas, la dama del este que dormía sola.

Pasó a ser otra cosa. Grant lo hizo oficial una mañana, sin avisarla, durante una reunión del consejo a la que asistía medio clan: se levantó y dijo, con su parquedad de siempre, que a partir de aquel día la señora gobernaba Dunvara a su lado y en su ausencia con plena autoridad, en todo, no solo en los caballos; que lo que ella dispusiera era lo que él diría; y que quien tuviera algo que objetar se lo soltase a él, aunque no le aconsejaba que perdiera el tiempo, porque la señora había detenido sola a un ejército por aquella gente, y un clan que no honra eso no merecía tenerla.

Nadie objetó nada. Al contrario: los guerreros golpearon las mesas con los puños, que era su manera de aclamar, y la vieja Mòrag soltó un alarido de júbilo gaélico que hizo reír a todos.

Isla, colorada por primera vez en mucho tiempo, acababa de recibir el único título que de verdad le importaba: no el de señora por casarse con un laird , sino el de señora por derecho propio, ganado a viento y a sangre, reconocido por la gente a la que servía.

Aquella tarde, a solas, Isla le reprochó a Grant con una sonrisa que no le hubiera dicho ni palabra, que la hubiera puesto en aquel brete delante de medio clan.

Grant se encogió de hombros. «Si te aviso, te niegas o lo discutes, que eres así —dijo—.

Prefería soltarlo antes de que pudieras quitarte mérito.

Lo mereces desde el primer día que entraste en el consejo sin que nadie te llamara; solo lo hice oficial», y luego, porque era Grant y no podía dejar pasar una sin su pulla seca, añadió: «Además, alguien tiene que mandar cuando yo no esté, y la verdad es que mandas mejor que yo.

Yo soy mejor para los caballos. Tú, para las personas». Era, viniendo de él, casi un poema.

Y el viento dejó de ser un secreto.

Aquello fue, quizás, lo más extraordinario.

En la vieja Dunvara, el don de Isla era algo que el clan fingía no ver, una rareza protegida con el silencio.

En la nueva, después de lo que había hecho en el norte, se convirtió en motivo de orgullo.

Los críos le pedían que les moviera las cometas.

Los pescadores le rogaban, medio en broma medio en serio, un buen viento para faenar, y ella se lo daba, riendo, un soplo de propina.

Eilidh, que se deshelaba un poco más cada día bajo el ala de Mòrag, empezó a ayudar en el pozo y en el lavadero obrando con el agua cosas pequeñas que hacían chillar de gozo a los niños.

Dunvara se había convertido, sin que nadie lo decidiera, en el único lugar de Escocia donde dos mujeres de la sangre antigua vivían a la luz del día, queridas y libres, usando sus dones para regar huertos y secar coladas y alegrar a la chiquillería.

Justo lo contrario de Dùn Chreag. Justo lo que Ròric no había podido soportar que existiera.

A Isla no se le escapaba la magnitud de aquello.

Toda su vida, y la de su madre, y la de su abuela, habían girado en torno a una sola idea: que el don había que esconderlo, que era peligroso que se supiera, que las que ardían acababan cazadas, y allí, en Dunvara, ella demostraba lo contrario: que un don no era una maldición si la gente que te rodeaba decidía quererte por él en vez de temerte.

La diferencia no estaba en el poder. Estaba en quién lo miraba.

Ròric había contemplado el don de las mujeres de su sangre y solo vio algo que robar; Grant se había asomado al de Isla y la encontró a ella.

Ese era el secreto que su tío, con toda su paciencia, no llegó a entender jamás, y que mató por no comprenderlo.

Eilidh fue, de todos, quien más despacio sanó, y a quien más alegría dio ver recuperarse.

Llegó a Dunvara incapaz de mirar a nadie a los ojos; pasó semanas sobresaltándose con cada ruido, durmiendo con luz, pidiendo perdón por cosas que no había hecho.

Pero la costa obró en ella lo mismo que en Isla: la fue descongelando.

Un día se la oyó reír —una risa oxidada, descreída de sí misma, pero risa— por una travesura de Tam.

Otro día le devolvió una palabra brusca a una criada y luego se tapó la boca, asustada de su propio descaro, hasta que Mòrag soltó una carcajada y le dijo que ya iba siendo hora, y una tarde de verano, en el lavadero, Eilidh hizo bailar el agua de una tina formando una flor para los niños, a la vista de todos, a la luz del día, sin miedo; y rompió a llorar mientras tanto, no de pena, sino porque hacía treinta años que no usaba su don para algo hermoso.

Isla, que la observaba de lejos, tuvo que apartarse para que no la vieran a ella con los ojos húmedos.

Y por las noches, cuando se apagaban los martillos y el clan dormía, Isla y Grant se reencontraban en la alcoba que olía a cuero, y allí, lejos de la guerra y del duelo y del trabajo, terminaban de curarse el uno al otro de la única manera que de veras cura.

La noche en que Isla estuvo del todo de vuelta —cuerpo y viento y alma— no se pareció a las anteriores.

La primera había sido descubrimiento; la segunda, el alivio de no haberse perdido.

Esta fue entrega, sin más, la entrega plena de dos personas que se habían asomado dos veces al borde de perderse para siempre y que habían decidido, sin decirlo, no malgastar ni una sola de las noches que el destino les regalara de propina.

No hubo nada contenido, ni guardado, ni medido.

Isla, que había llegado a aquella costa incapaz de dejar que nadie la tocara sin armarse, se entregó entera, sin escudo, sin reservas, sin esa última puerta que toda la vida había tenido echada hasta con Grant, y comprendió, en brazos de su marido, con el viento del oeste soplando manso y feliz por toda la alcoba, que aquella era la verdadera victoria sobre Ròric: no haberlo matado, sino seguir siendo capaz de esto.

De abrirse. De querer sin miedo. De darse entera a alguien sabiendo lo que duele perderlo, y dárselo igual, justo porque cuesta.

Hubo, en aquella noche, una calma que no había habido en las anteriores.

No la calma de la costumbre —su amor no tenía nada de rutina—, sino la de dos personas que ya no temen nada el uno del otro.

Isla no necesitó hacer reír a Grant para romper el hielo, como la primera vez; ni reclamarlo con urgencia, como la segunda; aquella noche le bastó estar, permanecer quieta, dejarse querer despacio por las mismas manos que le habían tallado pájaros y horneado tortas y la habían sacado del borde de dos abismos, y darle, a cambio, todo lo que ella era: la salvaje de la feria, la señora del patio de tiro, la mujer que había doblado una tormenta y vuelto del norte con dos mechones blancos.

Sin guardarse nada. Por primera vez en su vida, Isla MacLeod no se guardó nada de nada, y descubrió que el mundo no se acababa por ello; que, al contrario, empezaba.

Su tío había dedicado la vida a robar dones a la fuerza, a arrebatar lo que nadie le ofrecía, y se había muerto sin entender lo único que importaba: que las cosas que de verdad valen no se arrancan nunca.

Se entregan. Se lo había dicho Grant la primera noche, junto a una puerta.

Lo otro no se toma, se da. Isla, tendida contra el pecho de su marido, libre y entera y en paz, midió su historia entera, desde la feria hasta la torre del norte: cabía en aquella frase.

Y pensó algo más, medio dormida, que no se atrevió a decir en voz alta por no romper la magia: que de todas las cosas que había ganado en aquella costa —un clan, un nombre, un hogar, un amor—, la más grande, la que ni siquiera echaba en falta cuando llegó, era esa: la capacidad de entregarse sin miedo.

Había hecho falta una guerra, un secuestro y dos viajes al borde de la muerte para enseñárselo.

Pero lo había aprendido, y lo más extraño era que no se lo había enseñado el don, ni la guerra, ni la sangre, sino algo mucho más sencillo y mucho más difícil: bajar la guardia ante su propia felicidad.

La niña que mordía a sus primos por decidir a qué jugaban se había convertido, sin dejar de ser ella, en una mujer capaz de darse entera, y eso, más que el viento y más que la victoria, era lo que la hacía libre de verdad.